Por Arnoldo Fernández Verdecia.
A mi abuelo Sulpicio Jesús Fernández Peña que vivió personalmente esta historia.
Luces bajo el Mamoncillo Grande detienen a Manuel. Siempre le han asustado. Dicen que son muertos. A veces se ven bajo la luna. Unas marcas entre dos palmas a una distancia de diez metros es un enigma. Muchos creen que es dinero enterrado, otros dicen que no. Manuel tiene miedo y no espera la noche para abrazar el camino a su casa.
Una noche Manuel siente compañía, se ladea pero no ve a nadie. Algo está ahí, lo intuye, cree ver la sombra bajo el algarrobo de la cerca. Apura el paso y la extraña sensación se apodera de él. Echa a correr sin mirar atrás, la sombra se acerca. Un sonido lo aterra bajo el mamoncillo. Las luces amenazan.
Trepa el portillo y cree estar seguro, pero el sobresalto sigue. Llega a la casa y espera dormir tranquilo, pero la imagen a los pies de la cama le asusta. Debes buscar el dinero enterrado bajo el Mamoncillo Grande. Las marcas te ayudarán. No es posible, piensa, me estará dando la suerte o sólo pretende aterrarme.
Recuerda al misionero Cruz Milán, el que daba botijas y traía loca a la gente, no me está sucediendo, piensa. La noche anterior su padre narró una historia tétrica sobre el Mamoncillo Grande. Allí están enterrados siete esclavos africanos, sus almas vagan en el limbo. El dueño los asesino luego de enterrar su oro en el lugar.
La sombra habla nuevamente. Todo es para ti. Sólo tú puedes ayudarnos a descansar tranquilos. Huye al cuarto del viejo. No se aparta de mí, qué puedo hacer para quitármela. Estás dispuesto a abjurar en el Centro. Pues claro, no puedo vivir la vida en el Mamoncillo Grande.
En el Centro cargaron a Manuel de cadenas y pronunciaron extraños conjuros. Tomaron su brazo izquierdo y le dieron tres vueltas. Luego lo sacudieron. Una fuerza brutal domina. El cordón a su alrededor comenzó, el ritual de exorcismo gana en intensidad. Manuel siente que algo sale de su cuerpo y respira tranquilo. Pueden soltarlo, dice el Maestro. Ya está libre.
Esa noche Manuel pasó por el Mamoncillo Grande, las luces no habían desaparecido, pero nadie lo molestó. Durmió tranquilo. En la mañana debía sembrar el maíz de primavera.
A mi abuelo Sulpicio Jesús Fernández Peña que vivió personalmente esta historia.
Luces bajo el Mamoncillo Grande detienen a Manuel. Siempre le han asustado. Dicen que son muertos. A veces se ven bajo la luna. Unas marcas entre dos palmas a una distancia de diez metros es un enigma. Muchos creen que es dinero enterrado, otros dicen que no. Manuel tiene miedo y no espera la noche para abrazar el camino a su casa.
Una noche Manuel siente compañía, se ladea pero no ve a nadie. Algo está ahí, lo intuye, cree ver la sombra bajo el algarrobo de la cerca. Apura el paso y la extraña sensación se apodera de él. Echa a correr sin mirar atrás, la sombra se acerca. Un sonido lo aterra bajo el mamoncillo. Las luces amenazan.
Trepa el portillo y cree estar seguro, pero el sobresalto sigue. Llega a la casa y espera dormir tranquilo, pero la imagen a los pies de la cama le asusta. Debes buscar el dinero enterrado bajo el Mamoncillo Grande. Las marcas te ayudarán. No es posible, piensa, me estará dando la suerte o sólo pretende aterrarme.
Recuerda al misionero Cruz Milán, el que daba botijas y traía loca a la gente, no me está sucediendo, piensa. La noche anterior su padre narró una historia tétrica sobre el Mamoncillo Grande. Allí están enterrados siete esclavos africanos, sus almas vagan en el limbo. El dueño los asesino luego de enterrar su oro en el lugar.
La sombra habla nuevamente. Todo es para ti. Sólo tú puedes ayudarnos a descansar tranquilos. Huye al cuarto del viejo. No se aparta de mí, qué puedo hacer para quitármela. Estás dispuesto a abjurar en el Centro. Pues claro, no puedo vivir la vida en el Mamoncillo Grande.
En el Centro cargaron a Manuel de cadenas y pronunciaron extraños conjuros. Tomaron su brazo izquierdo y le dieron tres vueltas. Luego lo sacudieron. Una fuerza brutal domina. El cordón a su alrededor comenzó, el ritual de exorcismo gana en intensidad. Manuel siente que algo sale de su cuerpo y respira tranquilo. Pueden soltarlo, dice el Maestro. Ya está libre.
Esa noche Manuel pasó por el Mamoncillo Grande, las luces no habían desaparecido, pero nadie lo molestó. Durmió tranquilo. En la mañana debía sembrar el maíz de primavera.
