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| Colador criollo de mi Vieja |
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
Un lucero aparecía en la madrugada sobre la cocina donde mi Madre colaba café. La acompañaba un candil. Era brújula de sus pasos. Su luz llegaba hasta mi cama. Me iba con ella al fogón de leña. “Busca unas brusquitas para prenderlo y mantenerlo encendido”, sus palabras de bienvenida.
| Mi Vieja a los 96 años |
Fue normal, por mucho tiempo, que yo le colara café. Mi Madre sabía identificar cuando salía de mis manos. Si otro lo hacía, enseguida la cubanía salía a flote: “Está dulce”. O sencillamente precisaba: “Es aguachirre”, en abierta alusión a su mala calidad. Si tenía el punto ideal, los ojos le brillaban como el lucero que nos saludaba cada madrugada y decía: “Lo coló Nolito”.
Con esa alegría de hacerle el café que le gustaba la acompañé muchos años. En sus últimos días decía: “Necesito un buchito de café como lo hace Nolito”. Mi ex-mujer nunca logró concebir un elixir que respondiera con creces al perfil soñado. Sus nueras tampoco se acercaron al sabor divino, que un día aprendiera mi Madre, de la vieja Llalla, en la finca Las Lajitas, cerca de Maffo.
El 28 de noviembre de 2011, lunes, a las 3 y 55 de la mañana, bajo un frío terrible mi Madre abandonó este mundo. En la morgue su cuerpo dormía. Todos la besamos. Nos despedimos. Fui el último en hacerlo; llevaría mi olor adonde fuera. El mismo lucero, que nos acompañara en las madrugadas, estaba allí. Ese día tomé café, tomé muchas tazas de café, pero ninguno se parecía al que colara mi Vieja; incluso hoy confieso que nadie sabe hacerlo como ella.
Mi aprendizaje de niño a hombre, en aquella Finca, me dice que mi Madre no ha se ha ido; me mira cada madrugada desde el lucero, nuestro lucero, el único testigo de un amor eterno a prueba de hacer un café divino al paladar.


