domingo, 16 de abril de 2017

Cuando yo era un Siete pesos



Cuando  yo tenía 17 años.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 
 
Cualquier parecido con la realidad es pura ficción.
“¡La guagua de los nuevos reclutas! ¡Jajajajaja!.  Míralos con el pelito largo. ¡Qué  bigotitos más chulos! ¡Jajajajaja!.”. Parecía que habíamos llegado al reino de los jodedores. Eran la gente  del Llamado 24 en pleno vacile. Descendimos. Un mono de trapo con una soga al cuello apareció sobre un pasillo del cuartel que nos recibió. “Nuevecitos; ahórquense...”, nos decían con sorna; se creían los cheches, caminaban con el hombro derecho caído y las gorras las usaban viradas a un lado. Pasamos toda la mañana tirados en el suelo; nadie se fijó en nosotros, excepto los guardias viejos que seguían con el bonche. “Vamos a ver cuál es maricón, al apretar la cosa salen como hormigas, eso no falla”. “¡Blanquitos flojos!”, dice un negrón musculoso y muestra su enorme rabo. “¡Pronto comeré sus culitos y lavarán mis calzoncillos!”. Sonaron dos campanazos (¡Bommmm!, ¡bommmm!). “Debe ser la merienda”. “Arriba guardias, a formar”, dice un tenientito negro que muestra un casquillo en uno de sus dientes. Somos los últimos en pasar. Volvemos al mismo pasillo hasta la hora de la comida. Se repite el campanazo una y otra vez para todas las cosas (¡Bommmm!, ¡bommmm!) y aquello se vuelve un reloj que no camina. Me dio por pensar en las mujeres que tuve a ver si el tiempo se movía. Por mi mente pasaron Pili, Magalis, la profesora de Historia, ¡aaaaaahhhhhhhhh la profesora...! “Qué estará haciendo; seguro un tipo se la tira a esta hora y le dice lo mismo que a mí”. Desde el Polígono de infantería alguien nos grita: “¡Nuevos, a formar! A partir de este momento son guardias de esta unidad. ¡Es una vida de cojones! Mañana los van a pelar al rape. Se afeitan ya”. De allí salimos y nos metieron en una ropa que alguien dijo era china y nos mandaron todos los días para el terreno como decían los jefes, a recibir táctica, marchas mixtas, campo de tiro, guardias  nocturnas, retenes, etc. Los días de semana se iban rápido. Lo malo era el fin; las únicas opciones que teníamos era irnos a un cañaveral, al río, al 43, al 15, o batirnos una paja y luchar todas las comidas posibles, porque el hambre nos doblaba. Si había cerveza en el pueblo cercano, llegarnos y vacilar, siempre con mucho cuidado, pues los de Prevención (boinirojos le decíamos a los nos vigilaban siempre), andaban como tigres dándole caza a los siete pesos como nosotros. La infantería me tenía jodido. Odiábamos a los sargentos instructores. Hijoeputas, se la pasaban dando infantería, se hacían los bestias y eran tremendos pendejos. “Firmes. Derecha. Izquierda. Media derecha. Izquierda. Izquierda. Media derecha. Derecha. Todo guardia debe conocer y respetar el Reglamento”. Nos castigaban por cualquier mierda: Elsido, 100 viejitas por llegar tarde a formación; Matellán, 30 vueltas al Polígono por uso incorrecto del uniforme; Ulises, a lavar baños por reírte”.  Al principio nos cogieron la baja, pero cuando nos enteramos que eran unas putas, nunca más pudieron. “Fulano, tantas viejitas”. “Vete a la mierda sargento; méteme preso si te da la gana; me tocan los cojones tus palabritas mima; coge los cordones so puta; chivato; toma el sambrán mami”, le decíamos y virábamos la boca como el teniente del casquillo. Una vez caí en un calabozo siete días por fugarme. Me quitaron todas las prendas de vestir. Tuve que ponerme una cosa extraña con un olor a guardado de mil demonios. Me mortificaban diciéndome que habían avisado al jefe para que viniera a buscarme. Era mentira. La fetidez del calabozo se me metió hasta los huesos, la ropa. La piel tomó un pálido añejo…Lo único bueno que me pasó en el Verde (así le decíamos al Servicio Obligatorio) fue Raiza, una muchacha del primer llamado voluntario de mujeres. La vi una tarde entre el montón de muchachas y decidí fajarle, me correspondió con una sonrisa, era la única blanca, arrastraba la r. Nos encontramos en la noche, le hablé de amores, me respondió que sí. La abracé como un loco, el tolete se me partía de lo erguido. Me dijo, “no te apures, lo haremos más tarde. Busca un lugar”;  le respondí: “Ya lo tengo”.  Fuimos a la turbina donde dormía el Oso, -así le decíamos a Manolo, un socio del barrio-, en su cama lo hicimos muchas veces. “Siempre debería ser así”, me decía cada vez que lo hacíamos.  Pero Raiza quería subir a las estrellas. Un día la  vi junto al Tte coronel Leveque, desapareció en una de las oficinas;  molesto le dije: “Qué mal gusto tienes hija”, me respondió: “Dentro de unos meses te vas y  sigo con esta vida.” Los socios se burlan de mí por tarrú. “Te dejó por un oficialazo. La tipa quiere estrellas, eres un siete pesos. Esas mujeres quieren el cielo men”. Raiza, quien lo iba a decir, tan delicada, arrastrando la r, su perfume bebito, el talco en las axilas... Me pasé el resto del tiempo solo. Las del servicio voluntario no querían siete pesos como yo.  Un día me encontré a Raiza  y me dijo, “nunca Leveque me ha  templado como tú”,  “Pero déjalo mujer”, -le dije-. “No puedo, y sabes porqué”. Le respondí que no estaría más con ella. Decidí borrarla para siempre y seguí adelante. Se fue un año de mi vida…Meses después una noticia me colmó de alegría. “¡Llegó la blanca!”, decían todos a coro y se abrazaban, se daban hasta besos y corrían por el Polígono dando gritos como locos. Tomé aquel sobre blanco y me uní al coro de locos; corrí mucho; grité; hasta unos cañambrazos de un licor extraño me di. Vivíamos el día 21 de julio de 1989.  “¡Cuantos días he rayado en el almanaque! ¡Dios mío…!” Del Polígono salimos en unos Gaz 64 (camiones de carga  rusos) a nuestros municipios. Atrás quedaba la unidad militar donde nuestra adolescencia maduró en menos tiempo de lo que canta un gallo. Los rones movían las palabras. Cantábamos "Lágrimas negras" a coro. Caminamos sin temor las calles de Palma Soriano donde tantas veces tuvimos que correr huyéndole a los boinirojo. “¡Qué se atrevan ahora!, ¡qué se atrevan!, ¡somos civilotes cojone!  ¡Nunca más siete pesos!”, gritábamos bien alto  para que todo Palma nos pudiera oír.

martes, 11 de abril de 2017

“A nadie importa huella de Fidel Castro en Cruce de Anacahuita”


Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Hoy llegué a mi barrio natal y mis ojos recorrieron lo que una vez fue un venturoso Aserrío donde trabajó toda mi familia hasta jubilarse; actualmente una vieja ruina, declarada así por la Empresa Forestal Provincial de Santiago de Cuba, incluso hasta indicó que debe ser demolido por Materias Primas. La tristeza hizo presa de mis pensamientos. ¿Cómo era posible que estuvieran sucediendo cosas así en un barrio con tanta Historia?  

Cerré los ojos y recordé a mis abuelos trabajando allí, a mis padres, a mis tíos, a mis primos, a mis hermanos; me vi cargando aserrín para enfrentar  los fangales de primavera que se hacían en nuestro humilde hogar de guano y tabla de palma;  me vi cargando costaneras destinadas a corrales de puercos, conejos, gallinas, patos; me vi incluso cargando tirigüillas secas para prender el fogón de mamá en medio de aquellos temporales que no cesaban en semanas. 

Allí estaban las viejas maquinarias a la vista, parecían objetos museables, eran la huella de viejas generaciones que dejaron testimonio de lo que antes fue un sitio esencial en el aserrado de maderas preciosas en el oriente cubano. 

Recorrí  cada espacio, tomé fotos y creía estar viendo al Aserrío en plena faena; al viejo Lapey, Efrén, Valdo, Guancho, Irra, Che, Santos, Puca, Xiomara, Purrucho, Valoy, Manuel, Sebita, Nacho, Mingolo, Chanto; los vi desayunar en el descanso de la mañana, los vi almorzar, los vi cerrar la tarde e irse al juego de dominó.  

Cuando volví a la realidad, el viejo Chemo me decía: “Nolito, el Aserrío de Fidel Castro lo quieren demoler para convertirlo en una CARBONERA; ya un pincho de la provincia vino, y sin bajarse del carro decretó su muerte”. No podía creerlo, era un delirio, una locura, aquel Aserrío tan familiar; nuestra principal industria en Cruce de Anacahuita, con un fin tan negro. Pedí argumentos y Chemo los puso todos sobre la mesa: 

“A nadie le importa la huella de Fidel Castro en Cruce de Anacahuita. Con estos bueyes no hay quien pueda arar la tierra;  porque quieren borrarlo todo. Mi padre trabajó aquí. El conoció a Fidel, conversó con él una de las cinco noches que durmió en casa de Hildo Rosales Pau. 

“El Aserrío era de Hildo; la Revolución lo intervino en 1959 y lo puso en manos obreras;  incluso lo registró con el nombre de un mártir de la lucha insurreccional, Rafael López. No es posible entonces, dijo -rascándose la cabeza- que alguien de un plumazo, desde un carro,  haciéndose el cheche, decida el fin de un sitio sagrado de la historia de nuestro barrio”; así terminó Chemo su clarinada patriótica. 

Lo abracé y  salí al camino. No podía dejar de pensar en Hildo, las cosas que dijo siempre: “Cuando la gente pierde la huella de sus ancestros, está en peligro de extraviarse en el futuro”. Una carbonera allí, donde el aire es sano, donde las casas crecieron alrededor del Aserrío, donde los árboles de mango campean, donde todavía se yerguen algunos cedros, donde está la vieja tienda de Liro, el aljibe de Toña;  Dios mío, me pellizqué hasta provocarme dolor, no era posible una pesadilla así en el país que me enseñó a respetar la huella de Fidel Castro… 

A la vista, la Carretera Central. Todo fue quedando atrás y me vi envejecer y morir, sin que nadie me recordara, ni pusiera sobre mi tumba, un ramo de flores y una bandera. 

Galería de fotos del Aserrío Rafael López actualmente

 

jueves, 6 de abril de 2017

El círculo de los estafadores camino a Santiago




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

No revelo el nombre de mi testimoniante
por razones de seguridad para ella y su niña.


Ya los ha visto y el miedo se apodera de sus instintos. Teme por la niña, la probable reacción del esposo ante unos personajes salidos de las más burdas novelas de violencia. No se explica cómo están presentes en el país más libre del mundo, en la ciudad cuna de la Revolución;  lo cierto es que en Calle 4  se les puede localizar con facilidad. Pregunta  a su yo más íntimo: ¿Por qué los guardianes del orden público no hacen nada? ¿Será por temor? ¿Acaso alguna complicidad?

Aquella mujer se estresa siempre que llega el viernes y debe regresar a su Contramaestre de la soledad  y el lunes volver a Santiago. Piensa en esos hombres de alma oscura  que no son sensibles ante la enfermedad, la vejez, los niños, o  las mismas féminas tan protegidas por las leyes.

Ya sentada, junto a la niña, los ve subir y regarse por los bancos del camión; se esconden bajo apariencias sencillas, cualquiera diría que son viajantes intermunicipales.

Escucha el sonido del motor. Ante sus ojos pasa la Avenida de los Libertadores, el Moncada ahí mismo; giro a la derecha y descenso por Martí;  otro giro y desciende hasta salir a la avenida que lleva a la vieja Terminal. A la vista, la Autopista nacional, entonces comienza la pesadilla del fin de semana. 
En Calle 4 empieza  la tragedia 
Un flaco, de unos treinta, -jabado por más señas-, metido en su gorra; sacó el tablero y empezó a jugar; ella está muy cerca y un extraño escalofrío invade su estómago. Las frases melosas incitan a los viajeros, buscan la probable víctima. “Mientras más miras menos ves. Aquí está. Aquí está”. Un mulatón de más de cuarenta años se puso en pie y colocó cien pesos a la vista; su dedo índice marca una de las chapas. Otro mulato lo escolta. Tres más están al acecho. Los ojos del flaco se detienen en un viejo, -de Tercer Frente por cierto- y allí empezó todo, lo sedujeron de tal manera, que el pobre sacó un sobre blanco con el dinerito que traía encima, - era la pensión del mes recién cobrada-; lo dejaron ganar. El señor estaba eufórico y entonces fue por más y llegó la derrota draconianamente planificada. Perdió reloj, sombrero tejano, una sortija…

El miedo corre sobre el camión. La mujer abraza  a la niña. El protector del cuarentón dice  en son amenazante: “no has visto nada, no sabes nada. Es lo mejor que puedes hacer por el bien de tu hija”. Ya no es miedo, es espanto; bajo  el pulóver de aquel ejemplar de ébano se aprecia un largo cuchillo. La mujer ruega al Señor un milagro que salve a su niña de aquellos depredadores. Cierra los ojos y ora para llegar rápido a Contramaestre. Una mulata de la estirpe de Antonio Maceo se pone en pie y dice: “Basta de abuso cojone. Dejen a ese pobre hombre. No les da vergüenza carajo”. Los hombres miraron asombrados. Aquella mujer parecía dispuesta a todo, así que  llegando a San Luis, se perdieron en la espesura de otro furgón que iba rumbo a Santiago de Cuba. 

Entre Palma y San Luis la misma pesadilla 
El lunes aborda el camión a las 5:30 am en la terminal de Contramaestre;  todo tranquilo hasta Palma Soriano;  cuando sale de los límites de la ciudad del Cauto y entra a la Autopista nacional, vuelve la pesadilla del viernes. En la parada del Alambre suben cinco personajillos;   colocaron sus ojos en un anciano de unos 70 años. Aprieto a mi niña con fuerza, es irresistible el miedo que provocan estos estafadores. Cualquier día, pistola en mano, cambiarán sus modos operandi, porque cada vez se sienten más impunes, argumenta con resignación la mujer.  ¿Eran los mismos del viernes?, pregunté. No. Eran dos morenos, uno jabao y dos bien indios. Timaron a un señor que estaba a mi lado;  al muy pobrecillo le susurré al oído, no juegue padre, lo van a atracar  y uno de los aindiados sacó una navaja afilada ante los ojos de mi niña. “No te metas, porque te voy a picar la cara nena”. Uno de los mulatos me dijo,  “si hasta bonita es la muy condenada”, como sugiriéndome lo que podía hacerme también. Me privé del susto y abracé a mi beba. Las demás personas se hicieron los suecos  y ante nuestros ojos aquellos estafadores esquilmaron al muy infeliz; lo dejaron con el pantalón que traía puesto. Alguien regaló unas chancletas viejas y una camiseta para que pudiera llegar a su destino. La impotencia capitaneaba en todos. Un joven oficial del Ministerio del Interior parecía mudo y ciego;  también sintió miedo. Llegando a San Luis, se apearon como si no tuvieran ninguna relación entre ellos, hicieron señas a un camión que venía de Santiago y se perdieron camino a la Palma de Soriano. 

La estafa de los cien dólares 
El viernes volví a mi Contramaestre natal; idéntico ritual, mi esposo me acompañó hasta Calle 4, tenía una sensación rara, que me hacía sentir muy fría, sin ánimo para abordar el camión. Mis ojos buscaban a aquellos tipos, pero no los encontraban. Tomé un asiento por el que pagué veinte pesos. Me despedí de mi compañero de amores y nuevamente el mismo recorrido para salir a la Autopista. No me había dado cuenta, los tenía a mi lado. Allí estaban como racimos de palmiche. Apretaban a mi niña, quería creer que era por lo congestionado y yo evitando para no hacer un escándalo, porque el miedo me tenía traumatizada, me faltaba la respiración; esta vez la víctima fue una mujer humilde de Zacatecas (lugar del Caney), lograron sugestionarla al extremo de hacerla jugar cien dólares; la dejaron ganar como siempre hacen;  después no había manera que pudiera desprenderse de ellos, hasta que finalmente se los ganaron. En la emoción de la estafa, tenían a mi niña machacada con sus cuerpos tirados encima; algunas personas no pudieron más, -eran dos mujeres de pantalones como decimos los orientales-, dijeron a aquellos tipejos las cuarenta;  pero ellos, dueños del camión, sin machacante (cobrador del pasaje), ni camionero que los ubicara, amenazaron con los males mayores que podrían suceder si seguían con aquella mierda  de la justicia y el país de la Revolución; “cada cual es dueño de su vida y juega lo que le da la gana. Nadie los obliga”; dijo uno de los hijoeputas. Se sabían intocables, controlaban nuestro miedo. Recuerdo conté a mi padre lo sucedido, -él había regresado de Argentina donde estuvo por unos seis meses-, le dije lo que había visto en mis viajes de Santiago a Contramaestre y de Contramaestre a la Ciudad Héroe; se me hizo un nudo en la garganta; padre me abrazó fuerte; no pude evitar el llanto intenso; en mi memoria estaban grabadas para siempre las miradas de aquellas personas que un día salieron de sus casas y regresaron aplastados por una banda de estafadores. Nunca olvidaré, -dije a mi Padre-,  al viejo de Tercer Frente, se parecía a mi abuelo; lo vi llorar, tan indefenso, en el país donde la tercera edad es una de las más protegidas del mundo. 

Epilogo al círculo de los estafadores 
Está comprobado que los estafadores no son los mismos, unos operan en los tramos de Calle 4 a San Luis; otros del Entronque de la Autopista a San Luis; sus fechorías las planifican siempre en los mismos lugares. Tienen modus operandis similares. Andan en racimos,  entre cinco y seis;  quizás son una misma banda que se ha repartido los territorios para dar golpes con más eficacia y no tener encima el control de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). Lo real es que se sienten dueños de la Autopista Nacional entre Santiago de Cuba y Palma Soriano;  allí reinan, nadie puede con ellos;  se han convertido en una plaga terrible que se aprovecha de la ingenuidad de muchas  personas, para asestar golpes terribles y  desaparecer en las aguas cómplices de otro furgón camino a Santiago o Palma. De seguir las cosas como van con el círculo de los estafadores, a la mujer de mi historia no le hace bien ese verso de Federico García Lorca que dice: “Siempre he dicho que yo iría a Santiago”.


En los medios cubanos no hay espacio para los "quinta columnas"*



"Somos periodistas revolucionarios y trabajamos en los medios de comunicación de la revolución".
Por Joel Macías.

El debate de este miércoles en la Asamblea pos y pre Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), en Santiago de Cuba, fue muy profesional, sincero, así me lo creo, aunque algunos consideraron que había sido "más de lo mismo". Y no les quito la razón: en buena medida hubo "más de lo mismo" pero con otros ingredientes, otros tonos y, aún cuando puedan tildarme de conformista, (aceptado, por si acaso) creo que fue diferente y hubo detalles que me dejaron con mejores esperanzas, y eso no es malo.

Como nunca antes escuché razonamientos de solicitudes urgentes pero de mucho compromiso: se habló de la superación constante de los periodistas, de que las líneas temáticas de los medios de comunicación se ajusten más a las necesidades de la agenda pública; se "soñó" con que los medios de comunicación puedan llegar a autofinanciarse (por lo menos en una parte del presupuesto que necesitan para funcionar), y ante las necesidades (necesarias) se habló de que no se está pidiendo "que nos regalen los recursos, es que se nos de la facilidad de adquirirlos con nuestros propios ingresos" (para ello habría que mejorar esos ingresos), y fueron muy enfáticos al aprobar la máxima de que "tenemos que salir de la trinchera e ir a combatir a campo abierto".

Parece que más pronto que tarde habrán mejores noticias: ese fue el sabor que me dejaron las intervenciones de los "nacionales" que compartieron esta mañana con los periodistas santiagueros. Y me quedó bien claro: "somos periodistas revolucionarios y trabajamos en los medios de comunicación de la revolución". (Moraleja: en estos medios no hay espacio para los "quinta columnas" y yo lo subrayo).

*Tomado de su página en Facebook.

miércoles, 5 de abril de 2017

Don Pepe vomitó fuego sobre Maffo*



No pude evitar  que me hicieran una foto junto a este legendario cañón.
Este 3 de abril la Casa Memorial Orlando Pantoja Tamayo en Contramaestre, unida a la Sociedad Cultural José Martí, desarrolló la segunda edición de la ya popular peña “El Cañón Don Pepe”, dedicada en esta ocasión a niños  y jóvenes del barrio de Maffo.

Unas 50 personas acudieron a la cita con la cultura, la historia y la identidad del lugar. Esta vez se habló sobre la historia de la Unión de Pioneros de Cuba, devenida Organización de Pioneros José Martí. También se conversó largo e interesante sobre los creadores de la escuela Mariana Grajales.

El animador principal de la peña “El Cañón Don Pepe”, el conocido artista plástico René Emonides Quintana, tuvo a su cargo las palabras de bienvenida a los participantes y contó con el talento artístico de importantes figuras de la cultura local como Cachao, el Polo de Maffo y el decimista popular Virgilio Estrada.

Fue impresionante apreciar la voz de Cachao cantando el Son a Maffo, ovacionado largamente por jóvenes y niños,  impresionados ante este juglar, todo un símbolo de la cultura local, quizás no valorado como realmente merece por su obra creativa.

La peña tuvo un visitante de la Junta Provincial de la Sociedad Cultural José Martí en Santiago de Cuba, el profesor Antonio Isaac Hechavarría. Sus palabras sobre este acontecimiento lo dicen todo: “Fuera de Santiago de Cuba, no existe ninguna peña con estas características. Honor a quien honor merece. Ustedes han logrado hacer lo que otros ni siquiera  consiguen. Felicidades. Maffo merece acciones culturales como estas”. 

*Ver galería de fotos sobre la peña en el blog Contramaestre crecido

viernes, 31 de marzo de 2017

La poesía no es una llorona



Me correspondió el honor de presentar "Lupus",  para el público lector de Contramaestre.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Eduard  Encina ha ganado visibilidad en el mapa poético cubano por un conjunto de cuadernos que han trascendido las líricas depresivas de municipios, donde la queja, la denuncia y la lloradera, campean por sus fueros. Los que conocemos toda su obra sabemos que lo social siempre ha estado presente en su quehacer, como una especie de obsesión, por eso me atrevo a afirmar que sus poemas mayores son viñetas cronicadas de la realidad que marca sus días.

En su última entrega editorial ha cambiado esa estética, al volcarse completamente al mundo de lo íntimo y desde allí visibilizar familia, amigos y  vida cotidiana.

El cuaderno está bautizado con el nombre “Lupus”, un homenaje simbólico a su esposa, portadora de esa enfermedad sistémica y animadora principal del poema mayor que forma parte del libro, igualmente titulado de esa manera.

“Lupus” tiene como estrategia discursiva la presentación, casi fotográfica, de un universo que va de la enfermedad asechando la estabilidad del hogar, a las obsesiones de un hombre por sobrevivir los días y no convertirse en zombi, de esos que caminan a ritmo de reggaetón y van adonde lo lleven las olas.

Este libro apuesta a la resistencia, a las zonas de fe que necesita el ser humano, para imponerse en el reino cotidiano y no terminar barrido por la inercia, ese agente contaminante de la voluntad, que ata los pensamientos a la deriva y hace a las personas adictas a la resignación.

¿Qué decir de su calidad editorial? Quizás no está a la altura del poemario que sirve a los lectores;  incluso pudiera argumentarse que su tirada es demasiado limitada pues son solo quinientos ejemplares, que en realidad, deben haberse quedado en Pinar del Río y quizás en algunas librerías de La Habana. De hecho pertenece al sello “Hermanos Loynaz” y fue merecedor del “premio poesía”, de la citada casa de vuelta abajo.

Diría también que estamos ante una obra de tránsito, un momento de replanteos temáticos y  búsquedas, quizás urgido por el agotamiento de esas zonas que con mucha reiteración están en libros como “De ángel y perverso”, “El perdón del agua”, “Golpes bajos” y “Patmos”, donde el poeta es un arcano que carga contra la historia, la libertad, la anomia y el dolor.

Alguien dijo que esas líricas deben superarse e instaurar otro reino, donde el sujeto poético explore nuevas sensibilidades de lo cubano y universal, para no seguir orbitando sobre algo que exalta todo el escepticismo del ser y no lo deja proyectarse a la futuridad.

Esta vez no estamos ante una obra donde la lloradera es fuente de la versificación; creo que su autor tiene muy claro las nuevas zonas de fe que pretende recuperar para sus días.  Ojalá y el fantasma de lo analógico no traicione al “Cimarronzuelo.cu”, que visualiza un nuevo estado de lo nacional en “Lupus”, pero ya montado sobre el arca de lo digital, sin dejar de ser totalmente cubano: “cimarronzuelo, molde en qué repartir la mansedumbre, el instinto de la piedra inmóvil, con el brazo en alto”.
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