Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Uno abre las redes sociales como quien abre una ventana, sin saber si entrará aire fresco o un viento helado. Aparecen entonces las fotos: ciudades lejanas, calles limpias, cielos que parecen nuevos, sonrisas que no cargan pasado. Son ellos. Los amigos, la familia, el amor. Los que un dÃa entendieron —o sintieron— que aquà no habÃa nada que hacer y salieron a buscar el porvenir en otro mapa.
Las fotos dicen tanto, aunque no hablen. Hay algo en la manera en que se paran frente al mundo, en la luz que les cae encima, en la forma en que abrazan con los ojos a quien los mira desde lejos. Uno se queda ahÃ, detenido, sosteniendo la imagen como si pudiera entrar en ella. Como si bastara desearlo mucho para cambiar de lugar.
A uno le hubiera gustado ser el de las fotos. Estar ahÃ, en ese instante congelado donde todo parece haber salido bien. Escribirle a los amigos, contarles de la nueva vida construida, de las calles recorridas, de los dÃas que por fin avanzan hacia algún lado. Pero no. No somos los de las fotos. Somos los que miran.
Y mirar, a veces, es un ejercicio doloroso. Porque las fotos no solo muestran lo que es, sino todo lo que pudo haber sido. Según lo que uno les pregunte, responden distinto. Si uno les pregunta por la felicidad, la devuelven. Si uno les pregunta por las oportunidades perdidas, también. Por eso mirarlas es imaginar la otra vida posible, la que no fue, la que quedó suspendida en alguna decisión que no se tomó o en algún miedo que pesó más de la cuenta.
Entonces aparece la comprensión, pero no como alivio, sino como un golpe suave y constante: se nos fue la vida, o eso parece, y seguimos aquÃ, intentando unir los trozos rotos de algo que nunca terminó de ser. Una nada que uno intenta llenar, que uno insiste en nombrar como si al hacerlo pudiera cobrar sentido, pero que al final sigue siendo nada.
Ellos, en cambio, sonrÃen. Desde la pantalla, parecen completos. Hay una serenidad en sus gestos, una promesa de que el salto valió la pena. Te miran desde lejos y, de alguna manera extraña, te abrazan. Y uno, desde este lado, siente cómo la propia vida se inclina hacia un abismo sin fondo, una caÃda que no hace ruido pero no cesa. Todo se vuelve gris, espeso, y la esperanza parece alejarse como una luz que no alcanza.
Los de las fotos son los nuestros. No son extraños. Por eso duele más. Porque en cada imagen hay un reflejo de lo que fuimos juntos y de lo que ya no compartimos. Y, sin embargo, uno darÃa lo que le queda de vida por empezar otra vez. Por tener la oportunidad de cruzar esa lÃnea invisible que separa al que mira del que aparece.
Tal vez, en algún futuro que ahora parece improbable, uno también esté en una de esas fotos. Y alguien más, detenido en otro tiempo, la mire con esa mezcla de deseo y tristeza. Tal vez entonces entienda que las fotos nunca cuentan toda la historia, pero aun asÃ, seguirán diciendo mucho.
📖 Crónica escrita al amanecer de hoy 23 de abril de 2026.
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