Por Arnoldo Fernández Verdecia.
VolvĂ. VolvĂ a aquel lugar donde cursĂ© mi bachillerato. RegresĂ© con el alma enlutada y sombrĂa. Ante mis ojos apareciĂł Bungo 7, la Manuel Guillermo González Polanco, la escuela a la que lleguĂ© siendo apenas un muchacho de trece años.
AllĂ pasĂ© tres cursos. AllĂ conocĂ a amigos inolvidables: Cheo el aguatero, Vidal el carpintero, Papa el plomero, Orlando el fĂgaro, Julio el electricista, Chaca el jefe de comedor. Gente buena. Gente humilde.
Allà amé y fui amado. Allà crecà como hombre en un ambiente espartano donde sobrevivir no siempre era fácil. Vivà momentos dorados, pero también fui testigo de muchas injusticias, porque no todo fue color de rosa.
AllĂ estaban nuestras caminatas hacia Indalla cuando escaseaba el agua; aquel rĂo mágico rodeado de enormes árboles de mamoncillo y mango. AllĂ estaban los interminables campos de naranjas dulces, donde cualquier hora era buena para calmar el hambre.
AllĂ resonaban los gritos de los partidos de fĂştbol entre los Bungos, celebrados por un pĂşblico fervoroso. AllĂ estaban tambiĂ©n los juegos de bĂ©isbol, las primeras ilusiones amorosas, los DĂas de los Enamorados caminando hacia el comedor de la mano de una muchacha querida.
Allà sonaba la radio base con aquella música romántica de los años setenta y ochenta, prodigiosa para algunos, inolvidable para muchos. Allà fueron los amaneceres y las noches de estudio, los sueños, las esperanzas y las conquistas.
Pero allĂ tambiĂ©n habitaba otro mundo. El de la guaperĂa en los dormitorios, las maldades contra los más humildes, los abusos contra los indefensos. Un mundo donde habĂa que aprender a cuidarse solo o buscar alianzas para sobrevivir. Un mundo opresivo que despertaba cuando se apagaban las luces.
AllĂ hubo ajustes de cuentas en medio del sueño, golpes demoledores contra los abusadores, guerras de pandillas y silencios llenos de tensiĂłn. Un universo donde convivĂan la ternura y la agresividad, la amistad sincera y la violencia más cruda.
Sin embargo, allà también encontré amigos verdaderos. Amigos respetados que hicieron más ligera mi existencia en aquellos años.
Volver hoy a mi preuniversitario a travĂ©s de estas imágenes es volver a encontrarme con muchos espĂritus que creĂa olvidados. Y descubrir que, aunque el tiempo haya pasado, una parte de mĂ sigue viviendo allĂ.
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