Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Cuando leí su mensaje sentí una profunda emoción. A pesar de la distancia, vivía la crisis del agua como si la estuviera padeciendo en carne propia. Y es que La Mora, por encima de todo, es cubana de pura cepa.
Me dijo que ayudaría con la compra de las pipas de agua, tan necesarias y, al mismo tiempo, tan inalcanzables para muchas familias. Y cumplió su palabra. Donó 40 mil pesos: una pipa para mi calle y otra para la calle donde se encuentra su casa.
La Mora posee una profunda sensibilidad. Es de esas personas capaces de ponerse en el lugar de los suyos y tender la mano con un amor inmenso, sin esperar nada a cambio. Gestos como el suyo dejan una huella imborrable, porque nacen de una compatriota que mantiene intacta su fe en su pueblo y en su gente.
Mientras conversábamos, sentí cómo su voz se quebraba varias veces al escuchar el drama que vivimos por la falta de agua. Pero, junto a esa emoción, pronunció unas palabras que enseguida convirtió en hechos: "Vamos a ayudar". No fueron promesas vacías. Sus acciones hablan por sí solas y confirman la enorme calidad humana de esta mujer que, aunque vive lejos, siente como propia la agonía de los suyos.
Su generosidad nos ha permitido afrontar estos días con un poco más de alivio. Tener agua en casa significa mucho más que cubrir una necesidad básica: significa recuperar la tranquilidad, la dignidad y la esperanza de que el hogar vuelve a respirar.
Gracias, Mora, por este gesto inmenso. Gracias por la extraordinaria calidad humana que te distingue. Gracias, en nombre de todas las familias que se beneficiaron con tu ayuda.
Tu solidaridad demuestra que la distancia jamás podrá romper los lazos que unen a quienes aman profundamente a su tierra y a su gente. Porque hay gestos que llevan agua, pero también llevan esperanza. Y el tuyo ha llevado ambas.
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