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domingo, 26 de julio de 2026

EL ACTOR Y EL ECO DEL ODIO馃摉馃

Por Arnoldo Fern谩ndez Verdecia. 

A quien cambi贸 el arte por el odio y a todos sus s煤bditos.

Hab铆a una vez un actor que so帽aba con alcanzar la gloria. En su pueblo natal era c茅lebre por declamar poemas 茅picos, cantar las haza帽as de los h茅roes y dedicar loas al poder. Su voz era firme, solemne, y todos admiraban la pasi贸n con que daba vida a cada verso.

El poder, complacido, le entreg贸 incontables pergaminos y distinciones. El actor los guardaba como quien atesora un reino entero. Sin embargo, el tiempo, que jam谩s se detiene ante los deseos de los hombres, pas贸. Los aplausos comenzaron a apagarse y s贸lo era llamado para los mismos actos y las mismas tribunas. Entonces crey贸 que el mundo le deb铆a un lugar mayor.

Decidi贸 crear un hermoso proyecto con ni帽os, convencido de que en 茅l habitaba lo mejor de su arte. Lo present贸 una y otra vez ante el poder, esperando que por fin descubrieran el talento que 茅l cre铆a inmenso. Pero el poder ten铆a o铆dos para escuchar los discursos y ojos para contemplarse a s铆 mismo; nunca mir贸 al actor.

Cierto d铆a, durante una ceremonia, pidi贸 ayuda a una figura influyente. Quer铆a viajar a un pueblo hermano para ofrecer all铆 lo 煤nico que pose铆a de verdad: su oficio. La figura respondi贸 que ver铆a qu茅 pod铆a hacer.

Pasaron los meses y el viaje lleg贸. El actor parti贸 lleno de esperanza. En la tierra hermana volvi贸 a recitar, volvi贸 a cantar y volvi贸 a servir en actos y tribunas. All铆 comprendi贸 que hab铆a cruzado fronteras, pero no hab铆a escapado de su destino.

Desencantado, huy贸 al pa铆s que durante toda su vida hab铆a aprendido a odiar. Pens贸 que all铆 encontrar铆a la gloria que siempre le hab铆a sido negada. Pero tampoco interes贸 su arte ni su historia.

Entonces cambi贸 la palabra que elevaba por la palabra que destru铆a. Descubri贸 que el odio encontraba m谩s p煤blico que la belleza. Comenz贸 a calumniar, a insultar y a sembrar discordia. Cada mentira le daba un instante de fama, y cada injuria apagaba un poco m谩s al actor que alguna vez hab铆a sido. Sin darse cuenta, dej贸 de representar personajes y termin贸 representando al peor de todos: a s铆 mismo.

Una noche abri贸 los ojos y descubri贸 que yac铆a en el infierno. No supo cu谩ndo hab铆a llegado. S贸lo recordaba que, en el silencio de la oscuridad, unos hombres le hab铆an servido la misma medicina que 茅l reparti贸 durante a帽os. Cada palabra venenosa que hab铆a lanzado regres贸 convertida en un eco que ya no pod铆a silenciar.

Y comprendi贸, demasiado tarde, que quien hace del odio su oficio termina viviendo en el reino que ese odio construye.

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