Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Hay comidas que alimentan el cuerpo y hay otras que, además, alimentan el alma. Ayer, en mi barrio, no se cocinó solamente un ajiaco; se cocinó la solidaridad, la memoria compartida y ese viejo milagro de sabernos parte de una misma familia.
Fue un ajiaco en el sentido más profundo de la palabra: una olla donde, junto a las viandas y las carnes, hirvieron la generosidad, el cariño y el espíritu de un pueblo que todavía cree en el valor de compartir. Todo fue posible gracias al corazón inmenso de La Mora Férix, quien ya había sembrado esta misma semilla de amor en su tierra natal, el poblado de Maffo, y decidió llevarla después hasta nuestro barrio.
Desde temprano, las puertas dejaron de ser fronteras y se convirtieron en puentes. Los niños corrían entre risas; los jóvenes ofrecían sus manos fuertes; las mujeres y los hombres pelaban viandas, cortaban la carne, alimentaban el fuego con leña y removían la inmensa olla donde el ajiaco iba reuniendo mucho más que ingredientes. Los abuelos, guardianes de la memoria, contemplaban la escena con esa serenidad que solo concede el tiempo, mientras las abuelas parecían reconocer, en el aroma que escapaba del fogón, los sabores de otros domingos, de otras épocas, de otras alegrías.
Y entonces ocurrió lo verdaderamente extraordinario: el barrio dejó de ser un conjunto de casas para convertirse en una comunidad. La alegría fue pasando de rostro en rostro, de conversación en conversación, como si el humo del fogón llevara consigo el mensaje de que todavía es posible encontrarnos alrededor de una causa común. Son esas pequeñas grandezas las que sostienen la vida, las que nos recuerdan, como dice la canción, que son las pequeñas cosas las que hacen inmenso el camino.
Cuando el ajiaco estuvo listo, no hubo puertas olvidadas ni mesas vacías. Llegó a cada hogar como llegan las bendiciones: sin distinguir edades, condiciones ni apellidos. En cada cucharada viajaba el esfuerzo de muchas manos y el amor silencioso de quien comprende que la verdadera riqueza consiste en compartir.
Al final de la jornada, entre sonrisas, platos vacíos y corazones agradecidos, quedó resonando una frase sencilla, desprovista de adornos, pero llena de verdad:
—Gracias. Muy rico el ajiaco. Gracias.
Y acaso no exista elogio mayor. Porque cuando un pueblo comparte el pan —o el ajiaco—, comparte también su esperanza. Y mientras existan personas capaces de encender un fogón para todos, habrá razones para creer que la bondad sigue encontrando su lugar entre nosotros.
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