Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Cuando todos los avisos de ciclón ponían a mi pueblo, Contramaestre, en el camino de Melissa, incluso en su propio ojo, cargué con lo que debía salvar: mis dos perros, mis tres gatos, mis aves de corral, los viejos muebles de majagua, el refrigerador, el televisor, mis documentos personales por si debía empezar de cero en otra vida...
Acomodé lo que pude en la parte de concreto, allí lo que un cubano humilde considera irrecuperable. En el lugar situé estampillas de La Virgen blanca, traída de España, y la mestiza, hija de la mezcla de culturas, la del Cobre.
Por última vez, aprecié los árboles de mi Edén, cerré los ojos, oré por ellos.
Por última vez, miré la casa familiar, sus paredes, su techo, oré también por ella.
Al cerrar la puerta para irme al refugio, se me llenaron los ojos de lágrimas, no podía cargar con la biblioteca de más 40 años, primero de mi padre, luego mía. Acepté que a mi regreso, si conseguía sobrevivir el huracán, ya no la tendría.
Ya en el refugio, mis dos perros parecían tranquilos, dormían. Todos nos concentramos en el cuarto más formidable, sólo tenía una ventana, y las paredes parecían inexpugnables. La corriente eléctrica enseguida la quitaron.
Conversamos. Todos teníamos la esperanza de que el ojo no pasara por nosotros. Oramos para que perdiera fuerza. Compartimos refrescos, pan. Recorrimos la casa, revisamos, aseguramos ventanas, puertas, para evitar sorpresas.
Cuando la noche se hizo profunda, llegaron ráfagas intensas de vientos, aguaceros interminables. El ulular de aquella bestia mete miedo. Apenas 40 o 50 metros nos separan de la faralla que da al río Contramaestre. Un árbol gigante se vino al suelo, la casa se estremeció. Otro árbol, y otro, en una sucesión infinita, fueron cayendo, pero la casa no cedía. El río empezó a bramar, era tan fuerte que nos entró miedo. Pensamos en la presa Carlos Manuel de Céspedes, a sólo un kilómetro de su muro. ¡Qué resista Dios!, ¡qué resista!, era el pensamiento de todos.
Pusimos los celulares en ahorro de batería, cada media hora, revisábamos las noticias para tomar las mejores decisiones. Agradecimos tener conexión a Internet, seguir en tiempo real a la bestia.
Cuando tocó tierra por Guamá, esperamos lo peor, el ojo venía sobre nosotros y no había forma de evadirlo. Los vientos arreciaron. La lluvia cada vez más torrencial. ¡Era mucho nuestro miedo! Ya viene. Ya viene. Está sobre nosotros, dije, entonces la noche se hizo tragedia, y nos volvimos nada ante aquel formidable huracán. ¡Éramos unos pulgarcitos! Oramos por la vida, lo demás podía salvarse, empezar de cero si Dios lo permitía.
Los perros metidos bajo mis piernas, Cacha tosiendo, muy asustada. El abuelo perro, igual, en un momento se paró sobre mis piernas, me observó, luego gritó muy fuerte, se orinó, se hizo caca. Tomé su hocico, soplé muy fuerte, apreté varias veces su pecho, pero no volvió. Un infarto puso fin a su longeva existencia. Lloré en silencio.
La bestia quería echar abajo el refugio, ordené irnos al baño, nos encerramos; sólo una pequeña ventana entre Melissa y nosotros. Muchas veces se lanzó contra aquella ventanita, era tanta su cólera, sus ganas de echarla abajo, arrasar con nosotros, pero la ventanita resistió con una dignidad encomiable. Dos horas y media soportando, dos horas y media que parecían infinitas. ¿Cuándo se irá? ¿Cuándo, Dios mío?, decíamos. Luego una paz abismal, es el ojo, no salga nadie, nadie, en unos minutos vuelve, no salga nadie, nos decíamos todos.
Pasaron unos veinte minutos, y otra vez regresó el viento, la lluvia, pero no con la intensidad de antes. Ya nos va dejando, dije. Salimos del baño. Regresamos al cuarto. Las cinco y media de la mañana. Compartimos pan, refrescos, galleticas, agua...
Afuera escuchamos voces, muchas voces, era la gente del barrio que había salido. Cuando abrimos la puerta del refugio, los tendidos, eléctrico y telefónico, en el suelo. Contados árboles resistieron. Corrí a mi casa, ¡dolor infinito!, el corredor, la sala y el primer cuarto sin techo, las tejas las arrancó y las hizo polvo. Abrí la puerta, al entrar, mis libros secos, Melissa respetó la sabiduría acumulada en aquella biblioteca que creí no encontrar a mi regreso. Corrí al Edén, mi pecho apretado ante tantos árboles caídos, otros arrasados, la casita de las aves sin techo, las cercas caídas, parecían los efectos de una bomba. Bajo la llovizna, cavé un hoyo profundo, despedí el cuerpo del abuelo perro. Volví a llorar.
El Contramaestre bramaba con fuerza, los vecinos corrían al farallón, yo también corrí, al asomarnos parecía un mar, muy cerca del puente, apenas unos metros, ¡Dios santo, si llueve más, llega a nuestras casas, sabe Dios lo que pueda pasar!, dijo un señor. Otra vez el miedo a la presa en la gente, a sus posibles deslizamientos. La hicieron los rusos, los franceses, resistirá, dijo alguien. Entonces llegó gente a ver el río, habló de los deslizamientos, de que se había ido por encima de la compuerta como hace tiempo no sucedía. La opinión de la gente se unió y todos pedían expertos que evaluaran la Carlos Manuel; ya el Ebir se había ido, decían de un ahogado. Posteé en mi perfil en Facebook la opinión de la gente. Algunos pidieron llamar a la Defensa Civil, al Gobierno, tener información clara. Lo hicimos pero nadie respondió. Un helicóptero sobrevoló la presa y la gente enseguida dijo que era por los deslizamientos. Otras personas también postearon su preocupación en las redes.
Tomé la cámara y recorrí el pueblo: su parque, la Carretera Central, el Centro histórico; un vacío profundo se alojó en mi estómago, dolía ver tanta destrucción, tanto árbol en el suelo, las casas humildes sin techo, algunas sin ventanas. ¡No habría tránsito en muchos días, tampoco corriente eléctrica, ni telefonía fija! Encontré a un amigo y me habló de los pueblitos bajo el río, de las casitas del batey América Libre, del Contramaestre profundo; costará salir de esto, hermano, dijo, costará mucho. Todavia hay gente sin techo de los tiempos de Sandy. Nos despedimos. Volví a casa, entonces supe que mis colchones los había mojado la lluvia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
MUY IMPORTANTE: No se publicarán comentarios anónimos en este blog, es necesario consignar siempre la identidad de la persona. No se admiten ofensas, insultos, propagandas de ningún tipo. Cada persona tiene la libertad de expresar lo que piensa, pero con respeto al otro diferente. d