Por Arnoldo Fernández Verdecia.
¡Pan, hay pan! O simplemente el sonido del pito, igual al de un cartero, llega al barrio.
Antes la gente salía, compraba y podía desayunar. Pero desde hace un tiempo el pan se ha vuelto cada vez más imposible de poner sobre la mesa diaria.
Suena el pregón y cada vez menos personas salen a comprar. Ya nadie pregunta el precio. El pan, tan cotidiano, ahora es una masa hueca y sin peso, de tamaño irregular. Puedes comer todos los que quieras y no te llenan. La gente lo llama “pan de aire”.
Esta semana cuesta 160 pesos y seguirá subiendo. Pronto llegará a 200, tal vez más. No hay opciones: todos venden el mismo pan vacío. Lo llaman suave, semisuave o de corteza dura, pero es aire al fin y al cabo. Se vuelve polvo cuando lo abres; ni siquiera puede tostarse porque se deshace en fragmentos.
Un buen pan, en mi pueblo, Contramaestre, ya es una rareza para el paladar.
Todos los días sonará el pito, en las mañanas y en las tardes. También el pregón. Y cada vez serán menos las personas que salgan a comprar un pan que no llena, una masa inútil que ni las gallinas comen.
Adiós, pan querido de nuestras vidas.
Tal vez hasta el pregón desaparezca.
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