miércoles, 1 de julio de 2026

LA NOCHE GOBIERNA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Mi vecino no quiere la noche. Cuando la ve llegar, se enfurece. La noche avanza con su ejército y arrasa con el sueño.

Mi vecino sabe que combatirla es inútil. La noche siempre tendrá ventaja porque, al fin y al cabo, lo tiene todo para ganar.

En algunas casas, la noche mira desde afuera. Adentro hay luces, luces y sonidos; parece que allí la oscuridad no consigue entrar. Las familias ven la televisión, escuchan música y aparentan llevar una vida normal. Desde la calle, la noche las observa. Sabe de los paneles sobre los techos, de los EcoFlow que almacenan energía. Estudia la manera de convertirlas también al reino de la oscuridad, como ya hizo con las demás.

Otras casas intentan ponerle límites. Lo hacen como pueden: bombillos, lámparas, ventiladores, split, radios; todo lo que pueda recargarse sirve para empujar la oscuridad un poco más lejos.

Pero en la mayoría de las casas señorea la oscuridad. Allí las familias no alcanzan a verse los rostros; solo reconocen las voces de quienes viven bajo el mismo techo. Allí la noche gobierna.

Mi vecino es uno de ellos. Odia la noche. Siempre dice que daría cualquier cosa por vivir en un mundo de días infinitos, donde la oscuridad nunca llegara.

martes, 30 de junio de 2026

CAUPOLICÁN 📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Desde el amanecer, en la vegueta del río, cargo faralla arriba troncos secos. Luego, hacha en mano, los parto en trozos y los apilo al sol.

Es un trabajo callado, duro. Me roba toneladas de sudor; pero no tanto como los apagones diarios de veintidós horas, ni como los más de setenta días sin agua; no tanto como las colas infinitas en el banco para extraer apenas dos mil pesos, que no alcanzan ni para un pomo de aceite; no tanto como el tipo oscuro que llega a casa y pretende asustarme con sus palabras; no tanto como los encapuchados que, a medianoche, asaltan los hogares; no tanto como los ancianos que bajan al río al atardecer en busca de un poco de agua para beber y cocinar.

Desde el amanecer bajo y subo la faralla con enormes troncos secos sobre mi espalda. Ni Caupolicán puede conmigo. Son tantas las lunas que llevo haciéndolo, que ya no puede disputarme el cacicato de la desgracia.

Caupolicán desafió a los conquistadores y se convirtió en el emblema de un pueblo que nunca dejó de resistir. Su fuerza sigue viva en la memoria de sus descendientes y en la tierra donde combatió.

Desde el amanecer soy Caupolicán. Vivo aún en la tierra de mis ancestros. Luna tras luna bajo y subo la faralla para tener el fuego sagrado que me salve de los demagogos; de los que prometen patria para todos mientras viven en camas de oro y cenan manjares; de los que predican un país ideal y, en la verdad de sus vidas, viven como burgueses.

Desde el amanecer subo y bajo farallas. Soy Caupolicán. Soy el hombre que, con su hacha, roba el fuego milagroso de la vida.

domingo, 28 de junio de 2026

¿CON LOS MISMOS BUEYES? ECONOMÍA, PODER Y EL DESAFÍO PENDIENTE DE CUBA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

Deciden por todos. Ni siquiera, por respeto, consultan el nuevo destino. Un reducido grupo vuelve a definir el rumbo del país como si la sociedad fuera una simple espectadora de decisiones ya tomadas. Esa ha sido una constante en la historia política cubana: los grandes cambios nacen en la cúpula y descienden hacia la base, pero rara vez recorren el camino inverso.

Hoy se anuncia un nuevo modelo económico. Sus promotores hablan de eficiencia, productividad y modernización. Diversos análisis han señalado que algunos de sus principales diseñadores estudiaron durante años experiencias como las de los llamados tigres asiáticos y, en particular, el proceso de reformas impulsado por China desde finales de la década de 1970. La aspiración parecería ser una economía con mayores espacios para el mercado, manteniendo al mismo tiempo un sistema político de partido único y una fuerte centralización del poder.

La comparación merece una reflexión más profunda. El llamado "modelo chino" no consiste únicamente en permitir determinadas formas de propiedad privada. También incluye una amplia apertura a la inversión extranjera, una intensa competencia entre territorios para atraer capital, una burocracia sometida a fuertes incentivos económicos y una inserción muy activa en el comercio internacional. Pensar que basta con adoptar algunos elementos económicos sin considerar las profundas diferencias institucionales y demográficas entre ambos países resulta, cuando menos, discutible.

Cuando veía hablar en televisión a uno de los responsables del llamado ordenamiento monetario, experimentaba una profunda desconfianza. Su discurso me transmitía la imagen del burócrata convencido de que la planificación podía sustituir la realidad. Compartí esa impresión con muchas personas y, con el paso del tiempo, los resultados del propio proceso reforzaron esa percepción. Naturalmente, esa es una valoración personal, pero nace de observar cómo muchas de las expectativas creadas por aquella reforma terminaron chocando con una inflación acelerada, escasez y pérdida del poder adquisitivo.

Sin embargo, el problema no comenzó con el ordenamiento.

Para comprender el presente es necesario regresar a los años en que prácticamente toda la actividad económica fue concentrada en manos del Estado. Durante ese proceso se restringieron progresivamente los pequeños emprendimientos privados y se asumió que la planificación central podía sustituir la iniciativa económica de miles de ciudadanos.

En ese contexto suele citarse una intervención atribuida a Carlos Rafael Rodríguez. Ante la expansión del control estatal sobre la actividad económica preguntó: «¿Y dónde comerá el pueblo?». La respuesta habría sido: «En los comedores populares administrados por el Estado». Aunque existen distintas versiones de ese episodio y no siempre es posible documentar con precisión sus palabras exactas, la anécdota refleja un debate real de la época: hasta dónde debía llegar la estatización de la economía.

Poco después llegó la Ofensiva Revolucionaria de 1968. Desaparecieron miles de pequeños negocios: fondas, restaurantes, bares, talleres, comercios familiares y otras formas de pequeña propiedad fueron nacionalizados por considerarse incompatibles con el proyecto socialista que entonces se impulsaba.

Resulta inevitable pensar en quienes dedicaron años de esfuerzo a construir esos negocios. ¿Cómo vivieron aquellas intervenciones realizadas en nombre del futuro? ¿Qué sintieron cuando perdieron, de un día para otro, el fruto de toda una vida? Y si algunos aún viven, ¿cómo interpretan hoy que el propio Estado haya terminado autorizando nuevamente muchas de esas actividades que décadas antes había eliminado?

La historia parece haber dado una respuesta contundente: ningún Estado posee la capacidad administrativa para gestionar de forma eficiente hasta el último restaurante, la última cafetería, el último taller o el último pequeño comercio de un país.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué no se previó ese desenlace?

¿Por qué una tradición política que decía inspirarse en José Martí no anticipó el riesgo de construir una burocracia gigantesca? Martí advirtió en numerosas ocasiones sobre los peligros del poder concentrado y de los funcionarios alejados de las necesidades reales del pueblo. Sin embargo, el aparato administrativo terminó creciendo hasta convertirse en una estructura extraordinariamente compleja, semejante a una medusa que, con el paso del tiempo, desarrolla innumerables cabezas imposibles de controlar desde un único centro.

Hoy se afirma que las conquistas sociales podrán preservarse mediante una economía con mayor presencia del mercado. Es un objetivo legítimo. La verdadera incógnita consiste en saber si las transformaciones económicas podrán prosperar sin modificaciones institucionales de igual profundidad.

Las experiencias internacionales ofrecen motivos para la cautela. El crecimiento económico sostenido depende no solo de las reglas del mercado, sino también de instituciones capaces de generar confianza, seguridad jurídica, estabilidad normativa, transparencia y mecanismos eficaces de rendición de cuentas. Ninguno de esos factores puede construirse únicamente mediante decretos económicos.

Aquí aparece la vieja metáfora campesina.

¿Será posible impulsar una economía semejante a la china con los mismos bueyes?

La duda no se refiere únicamente a las personas. Se refiere, sobre todo, al funcionamiento del sistema. Un aparato político diseñado para controlar cada decisión difícilmente puede transformarse en otro cuya prioridad sea estimular la innovación, la iniciativa y la responsabilidad individual.

Por eso el verdadero desafío trasciende la economía. El modelo político necesita rejuvenecerse de arriba abajo y de abajo arriba. Necesita ampliar los espacios de participación ciudadana, fortalecer la autonomía de los gobiernos locales, establecer mecanismos efectivos de rendición de cuentas y permitir que los ciudadanos influyan de manera más directa en la selección de sus autoridades y en el control de la gestión pública. Sin una ciudadanía que participe activamente en las decisiones que afectan su vida cotidiana, cualquier reforma corre el riesgo de convertirse en un ejercicio exclusivamente administrativo.

En ese sentido conviene recordar los experimentos institucionales desarrollados durante años en Artemisa y Mayabeque. Fueron presentados como laboratorios para perfeccionar el funcionamiento del Estado. Sin embargo, cabe preguntarse qué enseñanzas dejaron realmente, cuáles de sus resultados fueron evaluados públicamente y hasta qué punto modificaron la relación entre los ciudadanos y el poder.

Alguien dijo alguna vez que «el socialismo es un viaje hacia lo ignoto». Quizá sea cierto. Pero ningún viaje colectivo debería depender exclusivamente de quienes creen conocer de antemano el camino.

Las grandes transformaciones nacionales solo adquieren legitimidad cuando incorporan la inteligencia colectiva de la sociedad. Ningún grupo, por preparado que esté, posee el monopolio del acierto. La historia cubana demuestra que las decisiones adoptadas sin suficiente deliberación pública pueden tardar décadas en corregirse, con enormes costos económicos y humanos.

Cuba necesita transformar profundamente su economía. Pero necesita, con la misma urgencia, transformar su política. Necesita recuperar la confianza de sus ciudadanos, abrir espacios reales de participación, fortalecer instituciones capaces de corregir errores y construir consensos duraderos. Porque ninguna estrategia económica será suficiente si el pueblo continúa siendo únicamente destinatario de las decisiones y no protagonista de ellas. De lo contrario, seguiremos intentando mover el país con los mismos bueyes que durante décadas lo han mantenido inmóvil.

viernes, 26 de junio de 2026

LA LENTA MUERTE DE LA ESPERANZA📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hay tragedias que irrumpen con la violencia de un terremoto o la furia de un huracán. Llegan de golpe, derriban muros, arrancan techos y dejan una imagen precisa de la devastación. Otras, en cambio, avanzan despacio, casi en silencio. No hacen ruido al principio. Se deslizan por las grietas de la vida cotidiana hasta ocuparlo todo. Son las más difíciles de explicar porque no dejan una sola escena de destrucción, sino una sucesión interminable de ausencias.

En Cuba, la crisis tiene el ritmo lento y agotador de los días que transcurren sin agua.

Han pasado más de dos meses desde la última vez que el agua llegó con normalidad a mi comunidad. Sesenta días que parecen sesenta años. Sesenta días marcados por la incertidumbre de abrir una llave y encontrar únicamente silencio. Cada amanecer comienza con la misma pregunta y termina con la misma frustración.

A primera hora de la mañana, cuando el sol apenas asoma sobre los tejados, pueden verse hombres, mujeres y ancianos empujando carretillas o cargando cubos y recipientes por calles polvorientas. Algunos recorren largas distancias bajo un calor sofocante para conseguir unos pocos litros de agua. El regreso suele ser más lento. 

El peso del agua se suma al cansancio acumulado de una existencia que parece haberse convertido en una prueba permanente de resistencia. La ausencia de un recurso esencial ha obligado a muchas familias a retroceder décadas. Cocinar con leña o carbón vuelve a ser una necesidad y no una elección. El humo se eleva desde los patios y ennegrece las paredes mientras las ollas hierven lentamente. Lavar ropa o asearse depende de encontrar algún lugar donde todavía corra un hilo de agua. Actividades que deberían pertenecer al pasado han regresado para instalarse en el presente con una inquietante normalidad.

Pero la escasez nunca llega sola. Cada carencia arrastra otra detrás de sí. La falta de efectivo dificulta la compra de medicamentos, alimentos y productos básicos. Conseguir una simple caja de analgésicos puede implicar recorrer varios establecimientos privados, hacer largas colas o depender de la solidaridad de familiares y amigos. Comprar comida se ha convertido en una ecuación imposible para miles de hogares. Los precios aumentan, los salarios pierden valor y la incertidumbre se sienta cada día a la mesa.

La economía doméstica ya no se organiza alrededor de proyectos o aspiraciones. Se organiza alrededor de la supervivencia. Cada jornada exige tomar decisiones difíciles: qué comprar, qué posponer, qué sacrificar.

La desconexión agrava todavía más la vulnerabilidad de la población. Vivimos en una época donde la información puede recorrer continentes en cuestión de segundos, pero para muchos cubanos las noticias siguen llegando tarde. Demasiado tarde.

Así ocurrió con numerosas personas que conocieron la magnitud de la tragedia ocurrida en Venezuela varias horas después de los terremotos. Así ocurrió también con familias humildes de Guantánamo que apenas tuvieron noticia de la llegada de un huracán cuando los primeros vientos ya golpeaban sus viviendas. Mientras otros recibían alertas y actualizaciones constantes, muchos enfrentaban el peligro prácticamente a ciegas. La tormenta llegó antes que la advertencia. Y cuando finalmente llegó la información, ya había techos arrancados, paredes derrumbadas, pertenencias dispersas entre el barro y recuerdos de toda una vida convertidos en escombros. Para quienes lo perdieron todo, la falta de información no fue una molestia: fue otra forma de indefensión.

Sin embargo, el daño más profundo no es el que puede verse. Las paredes pueden reconstruirse. Los muebles pueden reemplazarse. Incluso las ciudades encuentran la manera de levantarse después de los desastres. Lo más difícil de reparar es el desgaste emocional que producen los años de crisis acumuladas. 

Vivir durante tanto tiempo entre apagones, escasez, incertidumbre y promesas incumplidas termina erosionando algo esencial: la confianza colectiva. Cada nueva promesa encuentra a una población más cansada que la anterior. Cada anuncio es recibido con una mezcla de expectativa y escepticismo. La esperanza, repetida una y otra vez como una consigna, corre el riesgo de vaciarse de significado. Y cuando una sociedad comienza a desconfiar incluso de la esperanza, entra en un territorio particularmente doloroso.

A esa realidad se suma otro sentimiento que crece en silencio: el miedo. Cuando cae la noche y las calles quedan sumidas en la oscuridad, muchas familias permanecen en estado de alerta dentro de sus propias casas. El descanso ha sido sustituido por la vigilancia. Cada ruido inesperado provoca inquietud. Cada sombra alimenta sospechas. Dormir tranquilo se ha convertido en un privilegio cada vez más escaso.

Duele el país. Duele el pueblo. Duele contemplar cómo lo excepcional termina convirtiéndose en costumbre. Duele observar cómo generaciones enteras aprenden a vivir entre carencias que nunca debieron normalizarse. Y duele aún más preguntarse cuánto tiempo puede resistir una sociedad obligada a sobrevivir en una emergencia permanente.

Sin embargo, cada mañana vuelve a producirse un acto silencioso de resistencia. Las personas se levantan. Buscan agua. Buscan alimentos. Buscan medicinas. Buscan alguna noticia capaz de iluminar el horizonte. Siguen trabajando, ayudando a sus vecinos, compartiendo lo poco que tienen y sosteniendo a sus familias en medio de la incertidumbre.

La vida continúa. No porque las condiciones hayan mejorado ni porque las dificultades hayan desaparecido, sino porque la gente se niega a renunciar por completo a la posibilidad de un futuro diferente. Quizás esa sea la última reserva de esperanza que queda: la obstinada voluntad de seguir adelante cuando todo parece empujar en sentido contrario. En medio de la escasez, el cansancio y la frustración, esa persistencia cotidiana posee una grandeza que rara vez aparece en los discursos oficiales o en las estadísticas. Es la fuerza discreta de quienes resisten sin aplausos, de quienes vuelven a empezar cada día aun cuando las circunstancias les niegan motivos para hacerlo. Y mientras esa voluntad sobreviva, la esperanza podrá estar herida, debilitada y exhausta, pero todavía no habrá muerto por completo.

miércoles, 24 de junio de 2026

SOY EL LEÑADOR DEL AMANECER 📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Cada amanecer comienza con un olvido. No es una pérdida de memoria ni una distracción pasajera, sino una renuncia voluntaria y necesaria. Antes de que el día termine de nacer, dejo atrás mi profesión, los libros que he escrito, las páginas que me acompañan en la lectura cotidiana y todo aquello que constituye mi vida intelectual. Durante unas horas dejo de ser quien he sido durante años para convertirme en algo mucho más elemental: un leñador.

No se trata de un capricho ni de una afición tardía. Tampoco hay en ello el encanto romántico que la literatura suele conceder a ciertos oficios antiguos. La razón es más simple y más dura. Los pocos alimentos que aparecen en mi mesa sólo pueden cocinarse con leña. Y la leña no llega sola. Hay que buscarla, cortarla, partirla y apilarla. De modo que tomo el hacha y, golpe tras golpe, arranco a los troncos los pedazos que más tarde alimentarán el fuego del que depende la comida.

Mientras el acero cae sobre la madera, pienso a veces en los leñadores de los cuentos. Aquellos personajes que habitan bosques legendarios y atraviesan páginas célebres. Me gustaría pertenecer a alguna de esas historias, vivir en una narración donde el oficio estuviera rodeado de símbolos y maravillas. Pero la realidad rara vez concede semejantes privilegios. Aquí no hay hadas, ni tesoros ocultos, ni moralejas. Sólo existe una relación directa entre el esfuerzo y la supervivencia: si no me convierto en leñador, no como.

En esa verdad desnuda desaparecen las jerarquías que solemos establecer entre los trabajos del cuerpo y los del espíritu. Los libros esperan. La escritura puede aplazarse. Las ideas permanecen en silencio. El hambre, en cambio, no concede treguas ni admite aplazamientos. Por eso, en las primeras horas del día, la inteligencia cede el paso a los brazos, y la reflexión queda subordinada a la necesidad.

Hay algo revelador en esa transformación cotidiana. El hombre que dedica parte de su vida a leer y escribir descubre que toda actividad intelectual descansa sobre fundamentos mucho más humildes. Antes de la palabra está el alimento. Antes de la reflexión, el fuego. Antes de cualquier página escrita, la tarea silenciosa de asegurar las condiciones materiales que permiten escribirla.

Cuando el hacha vuelve a caer y la leña empieza a acumularse, comprendo que ese trabajo no tiene nada de secundario. Al contrario. Posee una dignidad antigua, casi sagrada. Tal vez por eso, mientras el sol termina de levantarse, me entrego por entero al oficio de leñador. Un oficio duro, elemental y necesario. Un oficio que me obliga a olvidar, por unas horas, los libros que he escrito y los que aún me esperan, para recordar algo más antiguo que la literatura misma: que toda vida comienza alrededor del fuego.

martes, 23 de junio de 2026

CONTRAMAESTRE Y LA CRISIS DE LA INDUSTRIA CREATIVA: DESAFÍOS DEL ECOSISTEMA CULTURAL EN CUBA 📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

En el municipio de Contramaestre, en el oriente de Cuba, el debate sobre la cultura ha comenzado a desplazarse de las nociones tradicionales de gestión institucional hacia una pregunta más contemporánea: qué ocurre con la industria creativa y el ecosistema que debería sostenerla. Más allá de la preservación del patrimonio o la programación de eventos, lo que está en juego es la capacidad del territorio para generar, sostener y circular valor cultural de forma continua.

La llamada industria creativa no se limita a la producción artística en sentido estricto. Incluye la red de actores, espacios, instituciones, públicos y economías que permiten que la cultura se convierta en un sistema vivo: creación, formación, difusión, consumo y retroalimentación. En ese sentido, lo que ocurre en Contramaestre revela una fractura en varias de esas cadenas simultáneamente.

Durante décadas, el municipio sostuvo una diversidad de expresiones culturales que funcionaban como engranajes de una economía cultural local: festivales, peñas, agrupaciones musicales, teatro comunitario, eventos literarios y espacios de formación artística. Estas dinámicas no solo tenían valor simbólico, sino también impacto social y, en algunos casos, circulación económica dentro del territorio.

Sin embargo, distintos actores del sector cultural señalan que ese entramado ha sufrido un proceso de debilitamiento progresivo. La desaparición o reducción de eventos, la pérdida de continuidad en agrupaciones artísticas y la reducción de espacios de exhibición y participación han afectado la capacidad del sistema para funcionar como industria creativa en sentido pleno.

Uno de los elementos centrales de esta crisis es la desconexión entre creación cultural y gestión institucional. En un modelo de industria creativa funcional, las instituciones no solo administran recursos, sino que facilitan condiciones para la producción, profesionalización y circulación de bienes culturales. En el caso de Contramaestre, artistas y escritores locales denuncian la falta de mecanismos estables de participación, la debilidad de estructuras de asesoría cultural y la irregularidad en los apoyos materiales a la creación.

A ello se suma el deterioro de la infraestructura cultural básica. Bibliotecas con fondos desactualizados, casas de cultura con limitaciones materiales, librerías sin capacidad de abastecimiento regular y espacios patrimoniales con mantenimiento insuficiente afectan directamente la cadena de valor cultural. Sin estos nodos, la industria creativa pierde su base operativa y se fragmenta en iniciativas aisladas.

Otro factor clave es la transformación del uso de los espacios culturales. En varios casos, lugares históricamente dedicados a la creación y la difusión artística han sido reconvertidos o han perdido funciones esenciales. Esto no solo modifica el paisaje cultural, sino que altera la lógica de acceso, circulación y sostenibilidad de la producción artística local.

La consecuencia es una reducción del ecosistema creativo a acciones puntuales, con baja continuidad y escasa integración entre sus componentes. En términos de industria cultural, esto significa una ruptura en la cadena de valor: se debilitan la formación de públicos, la profesionalización de creadores, la circulación de obras y la retroalimentación entre producción y consumo cultural.

No obstante, el análisis de esta situación no debe reducirse a una lectura de pérdida absoluta. En muchos casos, persisten prácticas culturales informales, iniciativas individuales y esfuerzos comunitarios que intentan sostener la vitalidad creativa del territorio. Estas dinámicas, aunque fragmentadas, forman parte del potencial de reconstrucción de una industria creativa más equilibrada.

El desafío central radica en cómo articular nuevamente esos elementos dispersos dentro de un modelo de gestión cultural que reconozca la cultura no solo como patrimonio simbólico, sino también como sector productivo con impacto social, económico y educativo. Esto implica pensar la cultura como sistema, donde la institucionalidad, los creadores, los públicos y los espacios de circulación interactúan de manera continua.

Como advertía José Martí, la cultura es fundamento del decoro y de la libertad. En el contexto contemporáneo, también puede entenderse como un recurso estratégico de desarrollo humano y territorial. Desde esa perspectiva, la situación de Contramaestre no es únicamente una crisis cultural, sino un síntoma de las tensiones que enfrenta la industria creativa en entornos donde sus cadenas de valor se han debilitado.

El debate que se abre no es solo sobre lo que se ha perdido, sino sobre cómo reconstruir un ecosistema donde la creación, la gestión y la economía cultural vuelvan a integrarse. En esa articulación se juega no solo el futuro de la cultura local, sino su capacidad de sostenerse como industria viva y socialmente relevante.

sábado, 20 de junio de 2026

LA ILUSIÓN DE LA AUTONOMÍA MUNICIPAL EN CUBA: DESCENTRALIZACIÓN SIN CAPACIDADES PARA GOBERNAR📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

La Tarea Ordenamiento otorgó al municipio cubano un nivel de autonomía administrativa sin precedentes desde 1959. La reforma partió de una premisa atractiva: acercar la toma de decisiones a los territorios, estimular el desarrollo local y convertir a los gobiernos municipales en protagonistas de la transformación económica y social del país. Sin embargo, entre la aspiración política y la realidad institucional se abrió una brecha que hoy condiciona seriamente los resultados del proceso.

El problema fundamental no radica en la descentralización como concepto, sino en las condiciones concretas en que se intentó implementarla. Se asumió que los municipios disponían de las capacidades organizativas, técnicas y culturales necesarias para gestionar una autonomía ampliada. Sin embargo, durante más de seis décadas el modelo de dirección predominante se caracterizó por la centralización de decisiones, la subordinación jerárquica y una limitada capacidad de iniciativa local. Pretender que estructuras acostumbradas a ejecutar orientaciones externas se transformaran rápidamente en centros de gestión estratégica constituyó más una expectativa política que un diagnóstico realista.

La cultura de gestión autónoma no surge por decreto. Requiere conocimientos técnicos, experiencia administrativa, liderazgo local, capacidad de innovación, acceso a información, mecanismos de evaluación y una ciudadanía acostumbrada a exigir resultados a sus gobernantes. Ninguno de esos elementos puede construirse en pocos años cuando la práctica institucional dominante ha sido históricamente distinta.

Un error similar se produjo al depositar grandes expectativas en las universidades municipales y territoriales como motores científicos del desarrollo local. La idea respondía a una lógica correcta: vincular el conocimiento con la solución de los problemas concretos de cada territorio. Sin embargo, en numerosos municipios las instituciones académicas carecen de suficientes recursos, especialistas, proyectos de investigación aplicada o vínculos efectivos con los gobiernos locales para desempeñar ese papel con la magnitud requerida. La voluntad política de convertir a la universidad en actor estratégico no siempre ha estado acompañada por las capacidades materiales y humanas necesarias para lograrlo.

Al mismo tiempo, el discurso oficial ha trasladado progresivamente hacia los municipios responsabilidades relacionadas con la alimentación, la vivienda, los servicios comunales, el empleo, la cultura, la gestión del agua, el desarrollo industrial e incluso la captación de ingresos para sostener programas sociales. En teoría, esta transferencia busca fortalecer la capacidad de respuesta de los territorios. En la práctica, muchos gobiernos municipales deben asumir nuevas obligaciones sin contar con los recursos financieros, tecnológicos o humanos indispensables para cumplirlas.

La contradicción resulta evidente: se exige autonomía en la gestión mientras persisten limitaciones estructurales que restringen su ejercicio efectivo. Un municipio puede ser formalmente autónomo y, al mismo tiempo, depender de decisiones externas para acceder a financiamiento, aprobar inversiones o ejecutar proyectos estratégicos.

Esta situación no se manifiesta de igual manera en todo el país. Existen municipios que han logrado desarrollar experiencias innovadoras, aprovechar encadenamientos productivos, fortalecer la participación comunitaria o generar ingresos propios. Sin embargo, esos casos continúan siendo excepciones dentro de un escenario nacional donde predominan dificultades para diseñar estrategias de desarrollo sostenibles y ejecutarlas con eficacia. Reconocer estas diferencias resulta importante para evitar generalizaciones que invisibilicen experiencias valiosas y aprendizajes potencialmente replicables.

Otro obstáculo significativo es la persistencia de relaciones de subordinación entre las estructuras provinciales y municipales. Aunque las reformas han buscado fortalecer el papel de los gobiernos locales, en la práctica muchas decisiones continúan dependiendo de instancias superiores. Con frecuencia, las prioridades provinciales terminan imponiéndose sobre las estrategias territoriales, reduciendo los márgenes reales de autonomía y limitando la capacidad de los municipios para aprovechar sus potencialidades específicas.

La relación entre provincia y municipio constituye, probablemente, una de las contradicciones institucionales menos resueltas del proceso de descentralización cubano. Mientras no se definan con claridad las competencias, responsabilidades y límites de cada nivel de gobierno, la autonomía municipal seguirá siendo más formal que efectiva.

El desafío actual es esencialmente cultural. No basta con aprobar nuevas normativas ni con transferir funciones administrativas. Resulta imprescindible formar una nueva generación de dirigentes y gestores locales capaces de pensar estratégicamente el territorio, administrar recursos con eficiencia, promover alianzas productivas y rendir cuentas de manera sistemática ante la ciudadanía.

Para ello, el Poder Popular debe fortalecer el papel de los consejos populares como espacios reales de participación y liderazgo. Los municipios necesitan programas permanentes de formación para cuadros y funcionarios, sistemas de evaluación basados en resultados concretos, mayor articulación con universidades y centros de investigación, así como incentivos que premien la innovación y la generación de riqueza local.

Asimismo, la ciudadanía debe convertirse en un actor más activo dentro del proceso de desarrollo territorial. La autonomía municipal solo puede consolidarse cuando existe una población capaz de participar, fiscalizar y exigir transparencia en la gestión pública. Sin control social, la descentralización corre el riesgo de convertirse en una simple transferencia de responsabilidades sin mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

El municipio cubano se encuentra hoy ante una encrucijada histórica. Se le exige generar riqueza, sostener servicios públicos, impulsar el desarrollo económico y responder a demandas sociales crecientes en medio de una de las crisis más profundas que ha enfrentado el país en décadas. Sin embargo, las capacidades institucionales, culturales y financieras necesarias para asumir plenamente esas funciones todavía se encuentran en construcción.

La descentralización fue concebida como una vía para dinamizar el desarrollo nacional desde los territorios. No obstante, la experiencia demuestra que la autonomía administrativa por sí sola no produce autonomía de gestión. Entre ambas existe una distancia que solo puede cerrarse mediante un proceso sostenido de aprendizaje institucional, fortalecimiento de capacidades y transformación cultural.

La verdadera discusión ya no consiste en determinar cuánta autonomía deben tener los municipios, sino cómo construir las condiciones que les permitan ejercerla de manera efectiva. Hasta que esa cuestión no sea resuelta, la autonomía municipal seguirá siendo más una aspiración estratégica que una realidad consolidada.

viernes, 19 de junio de 2026

CUANDO MATAR AVES SE CONVIERTE EN COSTUMBRE 📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

He visto a personas con escopetas de perle asesinar aves indefensas. Las he visto disparar como si se tratara de una simple práctica de tiro al blanco. He visto a niños celebrar esas muertes. He sentido una profunda tristeza por esos adultos, incapaces de establecer una relación sana y respetuosa con la naturaleza.

Esos mismos niños recorren calles y avenidas pobladas de árboles matando lagartijas, bijiritas, azulejos, gorriones y palomas. El comportamiento que observan en los mayores se convierte en el modelo que los inspira a actuar sin compasión. Duele ver una nación donde algunos adultos matan aves sin escrúpulo alguno. Duele aún más comprobar cómo los niños imitan esas conductas.

¿Dónde está la ley que sanciona estos actos? ¿Dónde está la familia que educa a sus hijos en el respeto por la biodiversidad y por toda forma de vida?

He visto a personas dispararle a un tomeguín del pinar y celebrar su muerte. Qué triste saber que existen individuos capaces de causar ese daño sin ser conscientes de las consecuencias que provocan sobre una fauna cada vez más vulnerable.

Duele la existencia de quienes son incapaces de apreciar el canto de la tojosa o el arrullo de una paloma de monte. Duele la indiferencia ante la belleza y el valor de la naturaleza que nos rodea.

jueves, 18 de junio de 2026

LOS ENCAPUCHADOS📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Todas las noches son iguales. Por mucho que uno se esfuerce, resultan idénticas: infinitamente oscuras, infinitamente calladas.

En mi barrio, la mayoría se encierra apenas oscurece. Todas las noches, los encapuchados rondan las calles. Silban una y otra vez. Roban en cualquier casa donde encuentren una vulnerabilidad.

Antes, las noches eran para descansar. Eran para ver televisión, leer, vivir. Ahora son una pesadilla interminable.

Los encapuchados son los dueños de la noche. Silban una y otra vez. Parecen señales, quizá avisos. Son los reyes de un mundo nuevo que nace a la vista de todos. Son capaces de cualquier cosa. Amplían su poder noche tras noche. Sólo he visto a tres encapuchados. Sólo conozco sus silbidos. Esperan el más mínimo error, el menor descuido, para asestar un golpe en los hogares.

Todas las noches son iguales. Por mucho que uno se esfuerce, siguen siendo infinitamente oscuras. Las noches pertenecen a los encapuchados. Son reyes a los que todos temen.

sábado, 13 de junio de 2026

BUNGO 9: MEMORIA DE UNA ESCUELA QUE FUE HOGAR📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hay lugares que no solo pertenecen a la historia de la educación, sino también a la memoria íntima de las familias. Bungo 9 es uno de ellos.

Allí realizó su preuniversitario mi tía Maira, en una época en la que los pasillos de aquella escuela estaban llenos de proyectos, amistades y una vida estudiantil que, con los años, se convirtió en recuerdo entrañable. En sus relatos siempre aparecían los mismos nombres con una mezcla de cariño y nostalgia: Bárbara y Loli, compañeras de estudio que terminaron formando parte de nuestro propio universo familiar, como si los vínculos creados en aquellas aulas hubieran trascendido el tiempo y la distancia.

Corrían los años 70 del siglo pasado, y Bungo 9 era más que un centro de enseñanza: era un punto de encuentro, un espacio donde se forjaban amistades duraderas y donde cada jornada dejaba una huella. En casa, su nombre se pronunciaba con respeto, casi con orgullo, como se habla de un lugar que marcó una etapa decisiva en la vida.

Con el paso del tiempo, también yo llegué a conocer parte de esa historia. Tuve la oportunidad de visitar la escuela en varias ocasiones y de conversar con uno de sus directores, Canal. En esas visitas no solo vi un edificio; vi lo que quedaba de una época que para mi tía Maira sigue viva en la memoria. Cada pasillo parecía contener fragmentos de aquellas historias que ella tantas veces había contado.

Por eso, ver hoy las imágenes de su deterioro duele de una manera difícil de explicar. No es solo la pérdida de una estructura física, sino el desvanecimiento simbólico de un espacio que fue importante para tantas vidas. Duele comprobar cómo un centro de tanto prestigio ha llegado a ese estado, como si el tiempo hubiese borrado, poco a poco, las voces que alguna vez lo llenaron.

Bungo 9 ya no es el mismo, pero en la memoria de quienes lo vivieron permanece intacto. Allí siguen, de algún modo, Maira, Bárbara, Loli y todos los que hicieron de sus años de estudio una historia compartida que todavía hoy resiste al olvido.

LOS OJOS DEL HAMBRE📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

He visto los ojos del hambre. Los he visto en mi vecino de setenta y cuatro años. Los he visto en los niños que acuden varias veces al día a una mata de mango, buscando en la fruta el alivio de su desespero. Los he visto en el hombre que, día tras día, entra a la tienda a pedir un pan diminuto que casi nunca hay. Los he visto en la anciana que cruza calles y reza pidiendo un milagro al cielo.

Los he visto en el pueblo entero: esa masa adolorida que recorre comercios con precios inflados y regresa a casa con las bolsas vacías. Un pueblo que ya no resiste, que se deshace en silencio, que cae como espigas secas bajo un sol que no perdona.

Es un país que se desangra en la mesa vacía.

Duele verlo: hombres, niños, ancianos, todos reducidos a una fragilidad que camina. Todo se vuelve más delgado, más lento, más cercano a la desaparición. La vida se encoge.

He visto los ojos del hambre también en las mascotas, que lloran a sus amos pidiendo lo que no hay.

Y mis propios ojos no son distintos. También son esos ojos. Engaño al estómago con la lectura, pero el estómago no acepta ese consuelo.

En mis tarjetas hay un dinero que no alimenta. Un dinero electrónico que pocos aceptan y que otros convierten en negocio, vendiendo efectivo a precios imposibles. Un dinero atrapado que no sirve mientras el hambre circula libre, visible, diaria.

Y entonces comprendo: no es solo mi mirada. Es la del pueblo entero. La mayoría somos esos ojos que otros se niegan a ver, mientras una soga invisible se tensa en ambos extremos, asfixiando lentamente lo que queda.



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