miércoles, 18 de enero de 2023

AHORA EL MUNICIPIO RESUELVE TODO (Reflexión sobre un asunto, aún no entendido por la población)


Por Arnoldo Fernández Verdecia

Con la Tarea Ordenamiento, el Municipio como entidad administrativa, de la noche a la mañana, recibe una autonomía que nunca tuvo en la historia de la revolución,  para tener una gestión de gobierno propia, endógena. 

Se partió del supuesto de que todos los municipios tenían el capital cultural necesario para hacerlo. 

Tal vez ignoraron una seria amenaza sobre el asunto, más de 60 años de una comunicación  organizacional vertical, no podía cambiarse a corto plazo. 

Creyeron que tenían el potencial científico en las universidades locales, para concebir una estrategia capaz de gestionar el desarrollo territorial, pero fue más una intención, un deseo, sin un diagnóstico concreto de la realidad.

El relato político de los máximos dirigentes, intenta posicionar la matriz de opinión, de que la alimentación, la vivienda, la salud, la educación, la cultura, la industrialización, el empleo, el problema de la tierra, el agua, es una responsabilidad de los gobiernos municipales. 

Si lo anterior hubiera sido una práctica cultural sedimentada en décadas de trabajo sostenido, para corregir desviaciones, errores, idoneidades necesarias, entonces esa aspiración sería objetiva en el presente. 

Hay que reconcer, aunque a los propagandistas no le guste, que el Municipio está  atomizado, no logra conectarse con una situación histórica que supera la gestión de sus miembros. 

La realidad dice que no hay una mentalidad cultural formada, para que el Municipio cumpla el programa del Moncada, en todos los problemas aún presentes en la complejidad económica y social del Estado cubano.

Decretos, normativas, regulaciones, pretenden incentivar la mentalidad de gestionar lo necesario para la población del Municipio. Lo real, el cambio debe ser cultural, más allá de intenciones administrativas y nuevas funciones. Para que eso suceda, el Poder Popular debe ser capaz de promover liderazgos en los consejos populares, capaces de crear una cantera de donde salga una élite local, convencida de su papel en el nuevo escenario del Estado. 

Mientras eso llega, otras amenazas conspiran contra el Municipio, entre las que sobresale,  la subordinación a las entidades provinciales, que anulan la mayoría de las veces, cualquier intento de generar una visión estratégica propia. 

La contradicción no antagónica Provincia-Municipio, es una tarea pendiente. Lo político desde el entorno provincial se impone.  Contra esa práctica,  es muy difícil conseguir un despertar de las potencialidades locales. 

El Municipio,  hoy por hoy, está en una seria encrucijada que la población no ha podido comprender, a pesar de lo serio del asunto. De la noche a la mañana, sus gobernantes tienen que ser capaces de gestionar recursos y generar excedentes de riquezas, para hacer posible la prosperidad en lo privado y en lo público. En lo personal, no lo creo posible a corto plazo. La emergencia económica que vivimos demanda un cambio cultural urgente. La gente no puede esperar que los gobernantes aprendan a dirigir en el nuevo mapa de los tiempos.

viernes, 6 de enero de 2023

LA UNICA VERDAD EN CUBA ¿La del inmortal?


Por Arnoldo Fernández Verdecia

Con una ingenuidad colosal, algunos creímos que el socialismo de estado, en su versión cubana, admite críticas para corregir desviaciones, errores, o elementos que merecen valoraciones para iluminar nuevos senderos de “creación heroica”. 

Algunos caímos en la trampa de hacerlo sin parapeto alguno, e intentamos cruzar argumentos, no antagónicos, con la vanguardia política, que en su fuero interno y externo, es la elegida, por encima de la propia Constitución, para dictaminar si es bienvenido el cuestionamiento o no, incluso penalizarlo.

La realidad nos hizo despertar. 

De ser en verdad una vanguardia en su sentido mayúsculo, como postulan serlo, debieran militar en ella los más iluminados, capaces de promover zonas de debate plurales, diversos, sobre los problemas que aquejan el ideal y sus modos de llevarlo a la práctica en beneficio del pueblo y no en su detrimento. 

Los que se atreven a polemizar con esa vanguardia, desde criterios no antagónicos, son colocados bajo sospecha, y ella misma se encarga de socializar en su militancia, parametraciones excluyentes, sobre la base de códigos binarios, entre los que sobresalen: comunistas-anticomunistas, revolucionarios-contrarrevolucionarios, leales-traidores, independentistas-anexionistas, centristas-reformistas, ateos-creyentes, patriotas-mercenarios...

Es imposible no ser colocado en alguna de esas binariedades, sino se asume el vocabulario hegemónico que comunican medios de esa llamada vanguardia iluminada. Sólo ellos aparecen ante el pueblo como únicos depositarios de la verdad. Todo lo que no fluya por los canales de socialización instrumentados por ella, es etiquetado de modo peyorativo, excluyente y penalizado por la ley. 

Estamos en presencia de la construcción de una hegemonía, capaz ya de cualquier estrategia, con tal de lograr sus propósitos de dominación sobre sus audiencias. No importa el costo, ni la forma; lo importante es imponer un discurso y que en nombre del mismo, el sistema funcione de arriba a abajo, y de abajo a arriba, sin atasco de su eje principal.  

Esa hegemonía tiene sus parientes en provincias y municipios, que reproducen la estrategia y los modos de concretarla a  cualquier precio, aunque tengan que manipular excesivamente, para mostrar una realidad normal, donde los que critican, o no comparten las políticas del gobierno, son la minoría, seres hipercríticos que no deben tenerse en cuenta, porque no expresan ningún consenso. 

Salirse de esas binariedades e intentar ser coherente desde una crítica social no antagónica con el sistema y su vanguardia iluminada, es prácticamente imposible en las condiciones del socialismo cubano, pues el mismo cerró toda posibilidad a la democratización de las opiniones, la participación y colocó el destino del Estado, en una élite política dueña de toda la verdad que el pueblo necesita saber.  

En una democracia así, anclada en unas binariedades que desautorizan la voz del contrario, la difaman, heretizan, no es posible un socialismo libertario porque:  "...socialismo y democracia deben llegar a ser una unidad;  de lo contrario, no habrá socialismo". (Zagorka Goluvic: Criterios, La Habana, no 42, 15 de mayo de 2013)

jueves, 5 de enero de 2023

UN HAMBRE COLOSAL (Crónica de jueves



Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Recorro la ciudad donde vivo, arriba, abajo, allá, acá y en todos lados el desabastecimiento es colosal.

La gente lleva las manos a la cabeza, mira al cielo, pero no hay milagros, ninguno para estos días y llueven los ojos de los niños, ancianos, las madres. 

El chico llega de la escuela, tiene hambre, quiere una pizza para calmar sus papilas gustativas en rebelión, pero una pizza cuesta 60 pesos y sus padres son profesores. El chico patalea, grita, dice palabrotas, pero sus progenitores no tienen ni azúcar para una limonada. 

Mi vecino habla del precio de los frijoles, negros, ballitos, en la propia tienda que alguna vez creímos del pueblo. ¡Qué pueblo!, dice. El boniato a 20 pesos la libra. Virgen María, salva a tú pueblo, susurra mi vecino. Luego se llena de energías y grita bien alto para que lo puedan oír: -Algo muy oscuro está pasando. El pobre cada vez más pisoteado. Se olvidaron de nosotros. Aquí tiene que pasar algo. 

Recorro el pueblo, al norte, al sur, este, oeste y los mercados en silencio,  testigos de una hambruna colosal. En algunos, azúcar parda a 150 pesos la libra, sin embargo por la libreta de racionamiento ninguna de las cuatro que distribuyen por persona.  Mientras, ellos, los de siempre, celebran la zafra. 

Camino, el polvo come mis viejos zapatos por donde asoma una lengua cada vez más triste. Camino, camino y no hay esperanza para calmar una sed tan intensa. Somos el país de las promesas. Con arroz haremos una fiesta; sólo con arroz. 

Recorro el pueblo, arriba, abajo. Soy una estrella que cae donde nadie la ve. Todos alguna vez fuimos estrellas, ahora zombis extraviados en un camino que no se cansa de girar en círculo.

sábado, 31 de diciembre de 2022

ADIÓS 2022 (Impresiones del año que termina)


Por Arnoldo Fernández Verdecia
 

En unas horas diremos adiós al 2022, un año para los cubanos  muy difícil, en el que tocamos fondo en aspectos básicos de la vida social y económica. 

Para el ciudadano común, el plato de comida diario, la corriente eléctrica, las medicinas,  la vivienda y la familia, fueron sus preocupaciones esenciales. 

Lo sucedido con la alimentación rompió abruptamente el ritmo diario de las personas, la percepción del tiempo se redujo a la creación de estrategias de subsistencia, la mayoría enfocadas al mercado informal, el resto, hacia un mercado estatal desorganizado, caótico, del que comenzó a vivir una red significativa de supuestos organizadores. El control de la comida, su distribución y venta planificadas, llenaron muchos bolsillos e hicieron crítica la vida cotidiana del cubano de a pie. 

Los apagones tocaron el tejido espiritual de la familia, que día tras día agonizó por la falta de equilibrio al interior de los hogares, enfrentados a la compleja misión de crearles un mínimo de condiciones a los niños, ancianos, a los enfermos... 

Como nunca antes en la historia, los jóvenes llegaron a la conclusión de que no existía el futuro prometido por sus padres.  La estampida migratoria dejó atrás un país envejecido, con cifras de desesperanza cada vez más altas. 

El mercado alternativo de medicinas ocupó el centro de las personas enfermas,  pues la red de farmacias no cubrió la demanda. Allí también floreció la hierba del desorden, las colas, los organizadores-vividores, artífices de alianzas para lucrar con el dolor de la gente. 

Construir fue una lucha contra precios espeluznantes, donde una bolsa de cemento, un metro de cabilla, piedra, arena, mano de obra, era un hecho de cifras astronómicas, sólo posibles de pagar por los que tenían dinero fuerte.

Un año donde la polarización por cuestiones ideológicas, colocó al pueblo cubano ante el dilema de callar ante lo mal hecho, por temor a ser cuestionado, perder el trabajo o enfrentar presiones emocionales y físicas, dañinas para sus seres queridos.

El 2022 deja muchas heridas abiertas en la espiritualidad, el contra sí argumentado por el escritor Joel James, asoma con energía incalculable, otra vez binariedades que creíamos superadas están de vuelta: revolucionario-contrarrevolucionario, honesto-corrupto, amigos-enemigos, gusanos-patriotas, verdad-mentira, héroes-traidores...

Restañar el tejido espiritual de la nación costará mucho, para empezar tendrá que ponerse de moda la reconciliación, restituir a la vida normal a todos aquellos seres humanos que fueron víctima de un ultraje, un abuso, una injusticia... 

Habrá que desideologizar el trabajo, pues en la práctica funcionó como un feudo donde algunos jefes y funcionarios, obrando desde posiciones de nepotismo, articularon alianzas para favorecer una subalternidad leal, acrítica, repetidora de consignas,  que utilizó un lenguaje sucio para difamar, restar prestigio, credibilidad, a aquellos ciudadanos que se atrevieron a enjuciar lo políticamente incorrecto. 

Urge la decencia en las instituciones públicas, porque el fantasma de la degradación moral se ha filtrado en ellas y allí gana el compadreo, la burocracia y la corrupción. 

Urge ordenar la vida económica, para que la gente no sienta como el caos lo aplasta y la desesperanza roe su espíritu. 

Urge que los funcionarios públicos rindan cuenta sobre sus ingresos personales al llegar a un cargo y al retirarse  del mismo. 

Urge que la verdad sea escuchada con respeto y no se acuda a la injuria y la mentira para no responder. 

Urge que la decencia gane, de lo contrario seremos un pueblo cada vez más extraviado en un laberinto, del que nunca conseguiremos salir.

jueves, 29 de diciembre de 2022

CARNE DE RES AL CORTE (Crónica de una mañana pérdida)


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Toda  la noche el pueblo en la cola. Tiene la secreta esperanza de comer algo fuerte. 

Amanece. El pueblo espera muy ansioso. La cola crece, se pierde en un número desproporcionado. 

Llega un funcionario y dice al pueblo que venderá cinco libras al corte a un precio de 180 pesos la libra. La esperanza se mantiene viva. El funcionario se retira. 

Llega la carne. La trae Pecuario. Confirma la información del funcionario. La cola se torna intensa. Mucha gente ha marcado a los suyos, empezando por los que deben supervisar. 

Acopio pide un precio a Pecuario por el local. No se ponen de acuerdo. El pueblo está bravo. Se va la mañana. Sigue el desacuerdo. Entonces llega la policía y ordena desbaratar la cola y procede al traslado de la carne a la estación cercana. 

El pueblo bravo, bajo el sol intenso, ve alejarse la esperanza. Parte del pueblo regresa a su casa muy triste,  muy culpable,  por haber creído en la remota esperanza de comprar carne, carne de verdad.

MILITO EN EL BANDO DEL AMOR


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Nunca he odiado a nadie, ni a mis enemigos, ni a los que me han hecho algún mal. 

Hay momentos en en que deseo alejarme, lo más lejos posible, de la estupidez humana, de sus ambiciones. 

No discrimino a nadie por sus ideas políticas, mucho menos por su sexo, ideas religiosas, económicas... 

Creo en la diversidad que moviliza contradicciones y empuja a estados nacientes del ser humano. 

Rechazo el odio de clases. No milito en ningún partido, ni secta religiosa, ni excomulgo de mis afectos a los que lo hacen. 

Un país necesita aceptar sus contradicciones, para desatar los nudos que lastran el albedrío de sus hijos. De esas posiciones encontradas, vendrá una mejor sociedad. 

Vivir bajo  la tiranía de una idea, una fe, una visión excluyente de la diferencia, va contra la naturaleza humana,  necesitada siempre de asociarse  con sus semejantes para creer, fundar, hacer. 

Ya no aspiro a militar en organizaciones iluminadas, ni vanguardismos de ningún tipo, tampoco estoy en contra de los que creen en eso. Es su derecho. El mío, también.

Aspiro a un 2023 donde prime el respeto a la individualidad, donde la verdad consiga oídos honestos para ser escuchada, y se gobierne apelando a ella como mandato supremo de la dignidad. 

Yo milito en el bando del amor, donde nos encontramos aquellos que creemos que cada ser humano tiene un don, una virtud, una experiencia que aportar al mejoramiento ético de los otros. Urge crear el partido del amor.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

NOSOTROS, LOS DEL 70



Por Arnoldo Fernández Verdecia 

Fuimos niños en una década que Ambrosio Fornet llamó gris, donde escritores y artistas fueron excomulgados de la vida pública. 

Crecimos escuchando hablar del año de la productividad, la educación...; de una zafra que cruzaría la colosal cifra de 10 millones y nos convertiría en la Suiza de América. 

Inauguramos escuelas. Éramos felices con eso del hombre nuevo;  tuvimos juguetes, comida y unas tradiciones que aún sobrevivían al cambio cultural de 1959. 

Nuestros abuelos, padres, creían en la familia como grupo donde se educaban los afectos y el virtuosismo. Querían un futuro donde estuviéramos unidos. 

Aprendimos que la casa era un refugio al que podíamos volver, en caso de naufragios en nuestras aventuras por la vida. 

Íbamos a las escuelas en el campo, las becas,  a aprender a trabajar, a crecer en la virtud, a ser útil. 

Nos enseñaron que la verdad era un bien necesario y había que expresarla con bravura, acompañada de hechos concretos.

A la universidad entramos cuando el comunismo se había venido al suelo en todo el mundo. Estudiamos una carrera porque era lo más importante que podía lograr un ser humano. 

No nos importaron las adversidades, todas las superamos y nos labramos un futuro, algunos ejerciendo las profesiones aprendidas, otros tomando el camino del aire, del mar. 

A todos nos golpeó con fuerza inaudita una crisis colosal llamada Período Especial. Nos quedamos sin ropas, zapatos. Nos pusimos como Quijote, pero seguimos con los sueños intactos y luchamos por conquistarlos. 

Un día, cuando pareció que habíamos dejado atrás toda locura, volvió con fuerza inaudita otra crisis, pero ya no éramos los mismos, ahora más viejos, menos rebeldes. 

La vida empezó a irse, tratamos de retenerla, pero la caída era meteórica, no había manera de conseguir un instante de paz, esperanza. 

Cruzamos el medio siglo y tenemos muy claro que ya no hay nada que hacer, sólo luchar por los sueños que aún nos quedan y olvidarnos de los quinquenios grises, que regresan otra vez para maldecir, escupir, difamar. 

A nosotros,  los del 70, sólo nos queda vivir.

martes, 27 de diciembre de 2022

LOS JUGUETES SON LA COMIDA DEL ALMA



Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Manolo casi no durmió. Adrianita tampoco. Es inmensa la felicidad asomada a sus ojillos traviesos. Un hecho hermoso los tiene embriagados de alegría. 

La Noche Buena les trajo regalos inolvidables: un carrito de control remoto, felpas de muchos colores y confituras. 

Manolo se fue a la cama con el carrito, el olor de la baquelita es divino. En la madrugada no pudo más, saltó del lecho y se puso a jugar en la sala. Así lo sorprendió el amanecer. 

Adrianita es un planeta. Por su cabello desfilaron todos los colores del universo. Sintió que vivir es una fiesta, que a veces llega un rey mago y con su varita mágica hace los sueños. 

Con el despertar del día fui a felicitarlos, abrazarlos. Me obsequiaron caramelos. La felicidad como una liebre aparecía en cada uno de sus gestos. 

Pensé en los niños que nacieron de 1990 para acá y asomaron lágrimas en mis ojos. Las palabras de mi profesora Rosa C Espinosa Rodriguez llegaron con energía: "los juguetes son la comida del alma infantil". La mayoría de los peques cubanos no saben lo que es un juguete, una confitura, quizás por eso crecen tan rápido y hablan y se comportan como adultos. 

Gracias a un rey mago del barrio,  que ahora vive en el país de Santa Claus, Manolo y Adrianita son muy felices.

jueves, 22 de diciembre de 2022

PROFESOR NO ES CUALQUIERA


Por Arnoldo Fernández Verdecia.
  

Fui profesor, amé dar clases, mis alumnos, que hoy andan por el mundo, lo saben muy bien. 

Cada clase para mí era como si fuera la primera vez: nervios,  emoción, fe en no defraudar a mis púpilos. 

La clase es un hecho creativo, porque te exige arte, ciencia y comunicación, envueltos en un todo hermoso y delirante. 

Ser profesor es ir al futuro y volver al presente, enseñar a conquistar lo nuevo, sin negar lo viejo. Es enseñar a caminar con mirada propia. 

Algunos simulan ser profesores, pero no creen en ellos, se conforman con la modorra del trillo, el mismo círculo y nunca sienten la emoción del resultado expresado en un ser humano, educado en valores y  empeñado en el crecimiento profesional. 

Fui profesor, un día dejé de serlo cuando aquella barbaridad llegó a nuestras vidas y de la noche a la mañana, el sistema quería que fueras cualquier cosa, menos maestro de lo que te habías graduado y amabas. Así que tomé el camino y dejé atrás lo que tanto quise; igual que a mí le sucedió a muchos. 

Lo más importante para ser un buen profesor es saber mucho, amar el proceso de enseñarlo y ser un comunicador apasionado. 

El alumno respeta al profesor que sabe, incluso lo admira y muchas veces lo convierte en referencia ética de su vida. 

Pero, qué difícil ser profesor en Cuba, tan indefenso ante una economía despiadada, con el pensamiento puesto en la comida del hogar, las necesidades básicas, las medicinas...  

Por mucho que quiera hoy, un profesor puede dar una clase muy buena, una sóla al mes, quizás a la semana,  el resto las imparte como pueda, unas veces simulando, otras improvisando... 

Hay que preguntarse: ¿Por qué los alumnos más brillantes casi nunca eligen ser profesores?  ¿Quiénes son los que eligen ser profesores? ¿ Qué haría falta para que el profesor sea más valorado por la sociedad?

miércoles, 21 de diciembre de 2022

AZUCENAS PARA MI MADRE (Hoy cumpliría 107 años)


Por Arnoldo Fernández Verdecia 

Un lucero aparecía en la madrugada sobre la cocina donde mi madre hacía el café. Siempre el candil como única luz en una de sus manos o sobre una vieja repisa de madera -en casa no hubo corriente eléctrica hasta el 31 de diciembre de 2000-. Ver los destellos asomarse en mi pequeño cuarto era mi despertador, saltaba de la cama y me iba con ella al fogón de leña. ―Busca unas brusquitas de leña para prenderlo, querido hijo —Eran sus palabras de bienvenida, acompañadas de un beso y abundantes caricias sobre los cabellos de un niño de cuatro años. Recorría el campo con alegría infinita, sin temor al rocío, ni a la noche que aún cubría su manto sobre el nacimiento del nuevo día; en breves minutos cumplía su encargo. Pronto, un humo azuloso salía entre el guano y un viejo árbol que nadie sabía el nombre. El olor a café recorría cada pedazo de tierra. El primer chorrito del colador lo tomaba mi madre, nadie podía disputárselo. Con ella aprendí que es el mejor, el más agradable al paladar. Me enseñó el punto ideal, no debía estar ni dulce ni amargo; lograr esa esencia me llevó años. Fue normal, por mucho tiempo, que yo le colara su café. Sabía identificar cuando salía de mis manos. Si otro lo hacía, la cubanía salía a flote: ―Está dulce ―O sencillamente lo llamaba aguachirre, en abierta alusión a su mala calidad. Si tenía el punto ideal, sus ojos brillaban como el lucero que nos recibía cada madrugada y decía: ―Lo coló mi hijo―. Con esa alegría de hacerle el “verdadero café” la acompañé muchos años. Mi ex-esposa nunca logró colar una infusión que se acercara a la esencia deseada por mi madre. Sus nueras tampoco se acercaron al sabor divino que un día aprendiera de la vieja Llalla en el caserío de Las Lajitas, lugar donde nació, cerca del poblado de Maffo, un 21 de diciembre de 1915. 

El 28 de noviembre de 2011, lunes, a las 3:55 de la mañana, bajo un frío terrible, el espíritu de mi madre se fue de este mundo. En la morgue su cuerpo dormía. Todos nos despedimos, la besamos, fui el último en hacerlo para que llevara mi olor a la eternidad. El mismo lucero que nos acompañó en las madrugadas estaba allí. Ese día tomé café, mucho café, pero ninguno se parecía al que hacía para mi vieja.  

Un día después de su muerte, regresé a mi casa natal, en el viejo armario seguía el perfume que le había regalado por su cumpleaños 95, las pantuflas blancas frente a la cama, el talco de tocador, la bata de flores, la toalla que tanto quería, la frazada de corazones rojos para el invierno... Su mota tenía un olor que no quiero olvidar, en su peine algunos de sus cabellos... Puse mi cabeza en su almohada y pude sentirla respirar, soñar incluso... Cerré los ojos, me parecía verla apagar el candil con una de sus manos, en un movimiento que nunca pude aprender antes de caer en los brazos de Morfeo; la vi macerar granos de café tostados en el pilón durante las madrugadas, o apurar el primer buchito del colador para que nadie que no fuera yo la viera, o alborotar a las gallinas con su pi-pi-pi, la canción que más me gusta recordar en su voz Recorrí la casa. Llegué al fogón de leña del que nunca quiso desprenderse, a pesar de los tiempos modernos; en el patio seguían sus flores, perfumadas, tan hermosas; todo parecía normal, pero faltaba algo irrecuperable... Fui al viejo balance, mi cuerpo descansó allí por un largo rato, sentí sus manos en mí apagado cabello y sus frases de aliento ante mis derrumbes: ―Tienes que seguir, hijo, no puedes detenerte. No dejaré de cuidarte, una madre nunca se va. Un aluvión de lágrimas invadió mis ojos. Ya nunca más estaría mi vieja amada, pero mi espíritu no quería aceptarlo. 

Una semana después visité su tumba, mis ojos buscaron la palma cercana donde dormía el sueño eterno, sólo había un tronco, al parecer un rayo le puso fin. Con tristeza infinita recordé el amor de mi vieja por aquel árbol tan cubano, tan real. Cierro los ojos y aún me parece verla en la madrugada, con el sombrero de yarey protegiendo su cabeza. Evoco aquellos días memorables en que fui muy feliz a su lado. En mi mano derecha el ramo de sus más amadas flores, azucenas y mariposas. Me inclino ante la placa de mármol y converso como siempre lo hacíamos, tengo la certeza de que me escucha en las entrañas de la tierra; hablé de mis preocupaciones, esperanzas, futuros inmediatos, susurré tu nombre amor mío y un ligero sobresalto recorrió mi cuerpo, por un momento creí que me respondería y esperé. Cerré los ojos, la busqué en la memoria, la encontré a mi lado como siempre lo hizo, entonces recobré las energías silenciadas por el dolor y volví a un presente que nunca más sería el mismo. Tomé un coche tirado por caballos; atrás, el viejo tronco de una palma, un torrencial aguacero y unos huesos que veneraré mientras tenga vida.

sábado, 17 de diciembre de 2022

EL VENDEDOR DE ORQUÍDEAS (Crónica)


Por Arnoldo Fernández Verdecia

En el mar de los pregones, mis oídos buscan su voz, me cuesta encontrar de dónde sale: "Hay orquídeas. Hay orquídeas". 

Casi lo tengo encima. Me detengo a admirar su edad, el paso cansado, el cuerpo marchito, la noche de la vida sobre el espíritu. 

Pasa muy despacio por donde me encuentro. "Hay orquídeas. Hay orquídeas". Luego lo veo perderse en una multitud asombrada ante los precios astronómicos de una feria, que no vacila ante nadie, arrastra, devora y  escupe a los que mastica en sus fauces, muy lejos. 

"Hay orquídeas". Es el único pregón hermoso. Me llega el perfume de sus flores.  La voz queda registrada en mí memoria y sigo sobre un sábado tremebundo, enconado. 

Después de un largo caminar por la ciudad buscando ofertas asequibles y no encontrar ninguna, regreso y él allí, sobre un banco, a la sombra de un Álamo, con el viejo sombrero lleno de orquídeas contando unos magros billeticos. Me acerco y le pregunto el precio de sus flores, 25 me dijo. Le pedí dos de las más hermosas. Me miró directo a los ojos y sonrió. 

Yo seguí a mi casa; él quedó allí, bajo el Álamo, con la esperanza de que otros compraran también sus orquídeas.



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