Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Cuando uno se pone en el lugar de los demás y decide actuar junto a personas de buena voluntad para aliviar el sufrimiento ajeno, crece ante los ojos de Dios. En el lenguaje cristiano, Dios llama a sus hijos a ejercer la caridad con quienes más la necesitan.
Cuba es hoy un país profundamente envejecido. Abundan los adultos mayores que sobrepasan los 60 años: enfermos, solos, cansados y estresados. Muchos viven sin la compañía de sus hijos o nietos, que han emigrado en busca de oportunidades para sostener, desde la distancia, a quienes dejaron atrás.
Sin embargo, la emigración no ha borrado el amor de muchos cubanos por su barrio, sus amigos y su gente. Desde donde están ayudan como pueden: donan pipas de agua, módulos de alimentos, medicamentos y todo aquello que pueda aliviar las necesidades de quienes aman.
Muchas de esas personas, que durante años han seguido mi trabajo, me escribieron para pedirme que sirviera como voluntario y llevara ayuda a ancianos que viven solos, madres solas, personas con discapacidad y enfermos. Fue entonces cuando decidí salir del mundo en el que permanecía concentrado únicamente en el trabajo y la escritura para dedicar parte de mi tiempo al activismo humanitario, tal como lo hacen las iglesias, el Sistema de Naciones Unidas y numerosas organizaciones filantrópicas en todo el mundo.
Nunca pregunto por las ideas políticas, la militancia o las creencias de quien necesita ayuda. Me interesa únicamente su realidad humana y familiar. Las ideologías pasan, los partidos pasan y los sistemas cambian. Por eso no considero justo utilizar una crisis humanitaria para alimentar el odio o el rechazo hacia una ideología, una utopía o un partido. En medio de esas circunstancias, madres, niños, enfermos, personas postradas y personas con discapacidad necesitan amor y, sobre todo, sentir que su comunidad no los abandona.
Soy un voluntario del activismo humanitario. Lo haría en cualquier lugar del mundo y por cualquier persona que lo necesitara. Nunca expondría públicamente la vida de quienes reciben ayuda, salvo cuando ellos mismos desean expresar, mediante una imagen o un gesto, su agradecimiento por el bien recibido, una virtud que siempre ha distinguido al pueblo cubano.
No me parece justo que, en nombre de una ideología, se descargue sobre quienes alguna vez fueron hermanos una enorme carga de odio simplemente por vivir dentro de un sistema económicamente inviable, con importantes derechos sociales, pero con limitados derechos políticos. Tampoco utilizaría el dolor de los más sufridos como instrumento de propaganda para proyectar, desde la distancia, un sufrimiento que no experimento en mi propio cuerpo ni en mi propio espíritu.
Jamás expondría a esas personas para que la maquinaria de un sistema termine castigándolas y profundizando aún más el dolor que ya padecen.
Quienes me conocen desde hace toda la vida saben cómo soy. Vengo de una familia honrada. Los abuelos que me criaron me enseñaron el valor del bien. Recuerdo a mi abuela-madre comprando cucuruchos de maní a una señora únicamente para ayudarla, aunque en casa cultivábamos maní. Recuerdo también a mi abuelo-padre comprando turrones de coco a un vecino con el mismo propósito. Mis padres me educaron en la solidaridad con los ancianos, los niños, los enfermos y las personas con discapacidad. No aprendí esos valores de una ideología, de un sistema ni de un partido. Los aprendí en mi familia y hoy procuro ser consecuente con ellos. Actúo de buena fe porque siento que, al hacerlo, crezco espiritualmente y me fortalezco ante Dios.
Entonces me pregunto: ¿por qué cuestionar mi entrega a los más necesitados? ¿Por qué llamar limosna a la generosidad de amigos de distintas partes del mundo que ayudan a mi sufrido pueblo? ¿Por qué exigirles a quienes apenas pueden sostener sus propias vidas que enfrenten a un sistema que ha demostrado no temer castigar a quienes lo desafían?
José Martí nunca se sintió un hombre completo hasta que regresó a Cuba para luchar junto a los suyos por una idea del bien. Mientras organizaba la lucha desde el exilio en Estados Unidos comprendía que su palabra solo sería plenamente legítima si compartía, en la tierra de sus compatriotas, los mismos sacrificios y peligros. Martí vino, vivió con los suyos, sufrió con los suyos y murió con los suyos por aquello en lo que creía.
Hace falta tener el código de honor de Martí: sentirlo y expresarlo con hechos, no alimentando extremismos ni sembrando odio entre quienes alguna vez fueron hermanos.
Yo nunca expondría la imagen de una madre sola sosteniendo un cartel para usarla con fines contrarios a mis valores. Mucho menos la pondría a sostener un mensaje político desafiando a un régimen, porque esa madre podría terminar en prisión y dejar tras de sí hijos huérfanos que jamás me perdonarían haber utilizado su dolor con fines de proselitismo político.
Nunca expondría a una mujer que ha limpiado pisos para sacar adelante a su familia. Nunca expondría a una persona por ayudar desde la emigración a quienes sufren. Nunca pondría en riesgo a alguien que quiero y respeto solo por hacer el bien. No. No y mil veces no.
La vocación de amar al prójimo fue el mayor legado que recibí de mis abuelos. Cuando ayudo no busco liderazgo ni protagonismo. Ayudo porque me hace mejor persona, porque me permite crecer humanamente y porque me saca del teclado de un teléfono para encontrarme con la vida real. Como Martí, procuro echar mi suerte con el pueblo adolorido.
Estoy convencido de que la mayoría comprenderá esta postura. Tal vez una minoría no lo haga. Y está bien. Lo importante es aprender a convivir en la pluralidad sin pretender imponer a los demás nuestras propias convicciones, porque al final uno termina pareciéndose a aquello mismo que critica.
Aquí estoy, dispuesto siempre a ayudar. Pueden contar conmigo, como también con tantos hombres y mujeres que nunca han dudado en acompañarme para llevar alivio, esperanza y amor a ese pueblo que no vive entre lujos ni abundancias, sino que enfrenta cada día enormes dificultades.
Como decía el escritor santiaguero Joel James, se trata de ser en favor de los otros: crecer en la idea del bien y entregarse a los suyos sin convertirlos en instrumentos de campañas de odio contra una ideología, un sistema o cualquier otra causa.
Ese pueblo adolorido sabrá cuándo ponerse de pie. Y cuando lo haga, será por convicción propia, no porque alguien haya alimentado su inconformidad recurriendo a métodos que sacrifican la dignidad de los más vulnerables. Porque el verdadero cambio, cuando nace de la conciencia y de la dignidad, nunca necesita servirse del sufrimiento de los inocentes.