martes, 3 de noviembre de 2026

MI ABUELO FICO FERNÁNDEZ

John Smithies Fernández. 

(Memorias de su nieto John Smithies-Fernández)

Por Arnoldo Fernández Verdecia

I. Una familia entre Cuba, Estados Unidos y Europa

La familia Smithies-Fernández ha cultivado, a lo largo de varias generaciones, una profunda admiración por la cultura europea, particularmente por la francesa. Sus raíces se entrelazan entre Cuba, Estados Unidos y Europa, en una trayectoria familiar marcada por la educación, el cosmopolitismo, el dominio de varios idiomas, la dedicación profesional y el compromiso con la sociedad.

La historia de esta familia es también la historia de una formación cultural que trascendió fronteras y que encontró en la educación uno de sus principales pilares.

Mi abuelo paterno, de origen inglés, emigró a Estados Unidos cuando tenía apenas siete años. Falleció en Chicago en 1936 y dejó un legado reconocido por Francia con la Legión de Honor, distinción relacionada con su colaboración con médicos franceses. Mi abuela paterna, norteamericana, nació en Topeka, Kansas, y falleció en 1966. Sus restos descansan en Bronxville, Nueva York.

Mi padre nació en 1912 en la clínica original de los hermanos Mayo, en Rochester, Minnesota. Se graduó en Princeton University en 1934, con la distinción Phi Beta Kappa y una calificación superior a Cum Laude. Médico especializado en cáncer de estómago y de confesión episcopal, dedicó su vida a la familia y al ejercicio de su profesión. Falleció en Miami el 15 de enero de 1968.

Por la rama materna, mi abuelo fue Federico Fernández Casas, nacido el 25 de diciembre de 1890 en Santiago de Cuba y fallecido el 27 de julio de 1974 en Madrid, España. Allí descansa junto a su padre y a su fiel criado Pantaleón, en San Sebastián.

Su educación tuvo un carácter marcadamente cosmopolita. Cursó el bachillerato en Pau, Francia, cerca de Lourdes, y posteriormente amplió sus experiencias educativas en Estados Unidos e Inglaterra. Era políglota: hablaba inglés, francés y español. Sentía un profundo afecto por Francia y España, países que ocuparon un lugar privilegiado en su vida.

Mi abuela materna fue Dolores Hechavarría de la Pezuela, conocida familiarmente como Lolita. Nació el 11 de mayo de 1892 en Santiago de Cuba y falleció en Miami el 7 de agosto de 1980. Fue enterrada en el cementerio Caballero Rivero Woodlawn, en la misma tumba que su hijo Alberto.

Parte de la familia de mi abuela se había establecido en Santiago de Cuba hacía muchos siglos. Ella recibió educación en Nueva York, hablaba inglés y francés y entendía italiano.

Mi abuela casi nunca visitaba el Central América porque les tenía mucho miedo a los aviones. Cuando viajaba, debíamos tomar el tren en Cacocún. Recuerdo haber realizado un viaje ferroviario con ella y mi madre; fue la única ocasión en que hicimos ese recorrido juntos.

Mi abuela vivía en su casa de La Habana y salía poco. Prefería recibir en su hogar a familiares y amistades, con quienes compartía meriendas y cenas.

Después de cada zafra en el Central América, mis abuelos seguían una rutina de viajes que parecía un ritual familiar. Primero tomaban el avión hacia Miami; desde allí continuaban en tren hasta Nueva York, donde permanecían aproximadamente una semana. Después cruzaban el Atlántico en barcos de la Cunard Line, como el Queen Elizabeth o el Queen Mary, hasta Cherburgo, en Francia. Desde allí seguían hacia París.

En la capital francesa permanecían varias semanas antes de separarse para continuar sus respectivos itinerarios. Mi abuelo viajaba por Francia y España, mientras mi abuela recorría Francia, Italia y Austria. Posteriormente se reunían de nuevo en París para emprender juntos el regreso, siguiendo la misma ruta.

Mi abuela era una mujer extraordinariamente cultivada. Había visitado innumerables museos y asistido a incontables representaciones de ópera, incluso en el célebre teatro La Scala de Milán. Su vida estuvo rodeada de experiencias culturales y viajes que le permitieron conocer buena parte de Europa.

Creo que su último viaje de aquella naturaleza tuvo lugar en 1959. Al año siguiente llegó a Estados Unidos: primero estuvo en Nueva York y después se trasladó a Key Biscayne, donde vivían su hija Cecile y su hijo Alberto. En 1967 se reunió con mi madre.

Mi abuelo, por su parte, prefería dividir el año entre España y Miami: seis meses en cada lugar, buscando siempre un clima agradable. La relación entre mis abuelos estuvo marcada por el cariño y el respeto mutuo. Mi abuelo se preocupó de que a mi abuela nunca le faltara nada, hasta el fallecimiento de ambos.

Para mí fueron personas maravillosas. En 1949, cuando tenía siete años, me llevaron a Francia y España. Aquella experiencia resultó decisiva en mi formación, pues durante esas estancias aprendí francés, idioma que todavía hablo con frecuencia.

Mis bisabuelos maternos también forman parte de esta historia familiar. América Casas Saumell nació en Bayamo, mientras que Federico Fernández Rosillo era originario de Alar del Rey, España, y falleció en Madrid durante la década de 1930.

Mi madre, Gladys Margarita Fernández Hechavarría, nació el 29 de noviembre de 1914 en Santiago de Cuba y falleció el 3 de septiembre de 2016 en Key Biscayne, Miami, pocos meses antes de cumplir 102 años.

Recibió educación en la Sorbona y en The Masters School de Nueva York. Dominaba cinco idiomas: español, inglés, francés, alemán e italiano. Conservó hasta avanzada edad una mente clara y refinada, acompañada siempre de un profundo amor por Cuba. También mantuvo un compromiso solidario con los demás, que se manifestó, entre otras acciones, en generosas donaciones a organizaciones benéficas cubanas.

Yo nací en el estado de Pensilvania y no tengo ciudadanía cubana. Desconozco si llegué a ser residente oficial de Cuba, pues nunca me solicitaron documentación que acreditara tal condición. Hablo inglés, español, francés y portugués.

Estoy casado desde hace 54 años, tengo dos hijos y dos nietos, y vivo en la misma casa desde 1974. Mi trayectoria profesional se desarrolló en los sectores bancario y hotelero, así como en el Aeropuerto Internacional de Miami, dependiente del gobierno local de Miami-Dade. Me retiré a los 80 años y dos meses, y cumplí 84 años en febrero de 2026.

La educación fue una constante en mi vida desde la infancia. Sin embargo, mi salud, afectada por el asma, hizo que mi enseñanza primaria fuera intermitente.

En noviembre de 1949 ingresé en el Colegio De La Salle de Miramar. Mi dominio del francés, adquirido durante las estancias con mis abuelos en Francia y el norte de España, facilitó mi incorporación. Allí estudié desde segundo grado hasta 1955. Entre mis compañeros de aula estaba Jorge Luis Batista, hijo mayor del segundo matrimonio de Fulgencio Batista, con quien establecí una amistad.

El Colegio De La Salle, de orientación católica y tradición francesa, había sido fundado en 1905.

En 1955 fui enviado como alumno interno a Kent School, en Connecticut. Era una institución episcopal de formación rigurosa, aunque yo continué asistiendo a misa católica los domingos. La escuela concedía especial importancia a la excelencia académica y al compromiso personal, por encima de la posición social de los estudiantes. Durante las vacaciones regresaba a Cuba tres veces al año. Me gradué en junio de 1960.

En septiembre de ese mismo año ingresé en Tulane University, en Nueva Orleans. Completé mis estudios en agosto de 1963, obteniendo licenciaturas en Estudios Latinoamericanos y Literatura Hispánica. Allí aprendí también portugués gracias a un profesor originario del estado brasileño de Minas Gerais. Posteriormente amplié mi formación mediante cursos de posgrado en la Escuela de Negocios de New York University.

El aprendizaje de idiomas ha sido una característica distintiva de nuestra familia. Mi madre hablaba español, inglés, francés, alemán e italiano; mi padre dominaba español, inglés y francés, y yo hablo español, francés, inglés y portugués, además de comprender italiano.

Esta diversidad lingüística expresa nuestra conexión con distintas tradiciones culturales y refleja la importancia que siempre concedimos a la educación y a la apertura intelectual.

A los 21 años inicié mi vida profesional en Nueva York. Había completado mis estudios universitarios en tres años y dos veranos, con el propósito de reducir la carga económica que representaba mi educación para mi padre.

Durante más de cinco décadas residí en Coral Gables, Miami. Allí desarrollé buena parte de mi vida profesional y personal, hasta mi retiro a los 80 años.

Mis hermanos, Dolores y Michael, fallecieron en 2004 y 2001, respectivamente. Con sus partidas, quedé como único sobreviviente de los hermanos.

La historia de la familia Smithies-Fernández constituye un testimonio de la importancia de la educación, la cultura y los vínculos humanos. A través de varias generaciones, sus integrantes mantuvieron relaciones con Cuba, Estados Unidos y Europa, sin perder la conexión con sus raíces familiares.

En mi propia vida se reflejan esas influencias: una educación multicultural, el aprendizaje de varios idiomas, la dedicación al trabajo y el valor de la familia. Todo ello forma parte de una historia personal inseparable de la Cuba de mediados del siglo XX y de las relaciones culturales que unieron a la isla con Europa y Norteamérica.

II. MIS RECUERDOS DEL CENTRAL AMÉRICA

(Quince años de vida en un ingenio azucarero cubano (1945-1960)

Mi nombre es John y quiero compartir mis recuerdos del Central América, en Cuba, donde viví desde 1945 hasta 1960.

El central constituía un complejo industrial y agrícola de considerable magnitud. Disponía de un impresionante equipamiento: quince camiones para transportar caña, dos volquetas, veinte tractores, tres locomotoras y 170 vagones destinados al traslado ferroviario de la materia prima. Contaba, además, con 52 carretas con llantas, siete Jeeps y dos automóviles.

Toda aquella maquinaria estaba al servicio de aproximadamente 500 hombres que trabajaban directamente en el central y otros 1,500 que laboraban en el campo.

La zafra comenzaba casi siempre en enero y se prolongaba hasta junio. El trabajo industrial se organizaba en tres turnos: de tres de la madrugada a once de la mañana; de once de la mañana a siete de la noche, y de siete de la noche a tres de la madrugada. Treinta minutos antes del inicio de cada turno sonaba una alarma que advertía a los trabajadores que debían prepararse para comenzar sus labores.

Los olores y sonidos de la zafra

Conservo muy vivos los olores que impregnaban el batey durante la temporada azucarera: el jugo fresco de la caña, el bagazo, las mieles y el azúcar final, conocida como azúcar prieta.

El Central América no tenía refinería, por lo que no producía azúcar blanca o refinada, aunque esta última era preferida por muchas personas.

También recuerdo el agradable aroma del café que procedía de los almacenes y tostadoras de Contramaestre y Maffo. Una familia apellidada Macías tenía negocios relacionados con esa actividad en la zona.

El ambiente del central estaba definido por una combinación de sonidos, olores y movimientos que hoy forman parte inseparable de mis recuerdos de infancia: el ruido de las locomotoras, las alarmas que anunciaban los turnos, el movimiento de los camiones y el trabajo constante de cientos de hombres.

Una precisión sobre la historia del central

Contrario a lo que he leído en algunos artículos, el Central América no fue nacionalizado en 1959. Según recuerdo, la mayoría de los ingenios cubanos fueron confiscados durante el otoño de 1960, por decisión del Gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro, en un proceso en el que Ernesto Che Guevara desempeñó un papel importante.

Esta precisión es necesaria para distinguir la memoria de los acontecimientos históricos y evitar que se confundan las fechas de los diferentes procesos de intervención y nacionalización.

La Casa Vivienda: nuestro hogar en el batey

Cerca de la casa de mi abuelo, conocida como Casa Vivienda, había una pequeña estación ferroviaria donde se detenía el Gascar, un tren ligero de un solo vagón, con motor propio, que transportaba pasajeros por las líneas de los Ferrocarriles de Cuba.

Por allí llegaban personas de distintos lugares. Recuerdo, entre ellas, a un chino que vendía pescado y que venía de Manzanillo.

La Casa Vivienda era una construcción de madera con dos plantas. El segundo piso tenía cuatro habitaciones grandes y un baño. Se utilizaba principalmente cuando las habitaciones de la planta baja estaban ocupadas.

En la planta baja había una sala, un dormitorio con dos camas, otro con una cama muy grande y una habitación adicional con baño y entrada independiente.

El comedor tenía una espectacular mesa de madera. La cocina disponía de fogones eléctricos y de leña, además de una mesa grande donde se servía el almuerzo a los empleados.

Había también dos pequeños cuartos destinados al almacenamiento. En la parte posterior se encontraba otra construcción que albergaba la lavandería y el fregadero.

La casa tenía una organización doméstica que permitía atender tanto a la familia como a las personas que trabajaban allí.

Entre quienes prestaban servicios en la vivienda recuerdo a Paca y Lorenzo Olivo, españoles, que se desempeñaban como ama de llaves y mayordomo. Dora, descendiente de jamaicanos, era la cocinera. Georgina MacLean, también de ascendencia jamaicana, se ocupaba de la limpieza.

La lavandera se llamaba Cuna. Era una mujer negra y recuerdo que fue la primera mujer que vi fumando un tabaco. También trabajaban dos o tres jardineros y el sereno Santos, de origen español. Estos últimos vivían en casas independientes.

En la Casa Vivienda teníamos dos perros blancos de raza terrier, llamados Zig y Zag. Durante el día permanecían controlados y por la noche se soltaban junto al sereno. Diariamente se les preparaban grandes pailas de arroz.

Los vecinos y las instalaciones del batey

Cerca de nuestra casa vivían Mario Zanetti Gurdiel y mi padre, ambos administradores del Central América. Con el tiempo, Zanetti también se trasladó a Miami.

Vivía igualmente Ramón Font Saumell, jefe de la oficina del central. Su casa sería ocupada por Fidel Castro el 1 de enero de 1959.

Más allá estaban las viviendas de otros empleados, entre ellas la del señor Muñiz, responsable del servicio eléctrico. También se encontraban las oficinas de la Compañía Azucarera América S.A. y de la Compañía Agrícola El Purial.

Otra hilera de casas incluía El Club, donde vivía Modesto, un enfermero, y la residencia del señor Ángel Bueno, contador del central, junto a su esposa y su hija Rebeca, a quien llamábamos Becky.

Más adelante vivía el doctor Nano Galano, médico del pequeño hospital del central.

Al final se encontraban las caballerizas, donde residía Gilberto, conocido como Papacito, con su familia. Allí trabajaba también un hombre llamado Tito.

Junto a las caballerizas estaban los garajes destinados a los automóviles de la compañía, entre ellos Cadillac y Mercury.

En otra casa vivía el chofer Arsenio Ramírez con su familia. Recuerdo también a Miguel Figueredo, otro chofer, quien posteriormente se trasladó a Miami y trabajó en un club de golf.

Cada vivienda, cada instalación y cada persona formaban parte de una comunidad estrechamente relacionada con la actividad del central.

El río Contramaestre y nuestras excursiones

El río Contramaestre pasaba detrás del central. No era demasiado caudaloso y podíamos cruzarlo fácilmente en Jeep o a caballo cuando íbamos a visitar otras fincas.

De sus aguas se extraía el suministro destinado al riego de los campos de caña y al abastecimiento de las viviendas y las instalaciones industriales.

Mi padre tenía una canoa que colocábamos sobre el techo del Jeep para salir a pescar. Buscábamos truchas y biajacas. También cazábamos patos de la Florida que llegaban desde regiones más septentrionales de Estados Unidos.

Cuando llovía intensamente, el agua, normalmente clara, adquiría un color carmelita debido al fango que arrastraba la corriente.

En medio del río había unos chinos que cultivaban hortalizas. Cuando las crecidas llegaban con fuerza, el agua arrasaba sus sembrados. Sin embargo, después regresaban, volvían a cultivar la tierra y comercializaban sus productos en Contramaestre y Maffo.

Guardo un recuerdo muy especial de un viaje que hice con mi padre en Jeep a Dos Ríos. Fuimos a conocer el lugar donde murió José Martí y el monumento levantado en su honor. Aquella visita quedó profundamente grabada en mi memoria.

Cerca del central, junto al río, había también un paraje muy hermoso, rodeado de leyendas, conocido como Poza El Encanto.

Frutas, jardines y generosidad

En el batey abundaban los árboles de mango. Detrás de la Casa Vivienda teníamos caimitos, mameyes, nísperos y mandarinas, además de magníficas hortalizas.

Se cultivaban lechugas, tomates, pepinos, rábanos, remolachas, piñas, habichuelas y muchos otros productos.

Mi padre acostumbraba traer semillas de Estados Unidos, especialmente de la firma Burpee Seeds. Gracias a ello cultivábamos variedades poco conocidas en la zona, como las coles de Bruselas y las habas lima.

Más atrás había aproximadamente 400 árboles de naranja y toronja. Aquella producción nos permitía mantener un grado considerable de autosuficiencia y ofrecer frutas a los empleados, quienes podían disfrutar diariamente de jugos naturales y llevar frutas a sus hogares.

Recuerdo que algunas veces los trabajadores solicitaban naranjas para algún familiar enfermo. Lo único que se les pedía era que trajeran un saco o una bolsa. Se les entregaban gratuitamente, sin cobrarles nada.

El excedente se vendía a comerciantes a un centavo por naranja. Cuando se reunía suficiente cantidad, se llenaba un camión para su distribución.

Este sistema de aprovechamiento de los cultivos era una muestra de la organización de la vida cotidiana en el batey. La producción no se destinaba exclusivamente al consumo familiar o a la venta: también contribuía al bienestar de los trabajadores y sus familias.

La arboleda y los acontecimientos de 1959

Recuerdo que se sembró una gran arboleda en un terreno donde antes jugábamos pelota. Posteriormente, en ese espacio se construyó el estadio.

La arboleda cumplía una función importante: reducía el polvo y el bagacillo que llegaban hasta las viviendas del batey, procedentes de las actividades industriales del central.

Con el tiempo me dijeron que aquellos árboles también sirvieron de cobertura a las tropas de Fidel Castro, cuyos integrantes colgaban allí sus hamacas.

Es importante precisar un detalle que recuerdo bien: el 1 de enero de 1959, cuando Fulgencio Batista abandonó el poder, Fidel Castro se encontraba en la casa de Ramón Font Saumell, jefe de las oficinas del central, y no en la Casa Vivienda de mi abuelo.

Los caminos, el transporte y los viajes a Cuba

El central mantenía un servicio de autobús que cubría la ruta Central América-Contramaestre-Maffo. El pasaje costaba cinco o diez centavos, según el trayecto.

Los colonos de Baire enviaban su caña al central mediante ferrocarril y camiones.

Cuando era niño, viajábamos en aviones DC-3 de Cubana de Aviación desde La Habana. La primera escala era Manzanillo y la segunda Bayamo, donde la pista era de tierra.

En Bayamo nos esperaba el automóvil del Central América. Desde allí continuábamos el recorrido pasando por Baire.

En ese pueblo siempre debíamos detenernos en la casa de un colono llamado Nolo, que me tenía mucho cariño. Cada vez que me veía, me saludaba con una expresión que nunca olvidé:

—¡Johnny, mi negro, cómo has crecido!

Son recuerdos sencillos, pero permanecen vivos porque representan la cercanía y el afecto de las personas que formaron parte de mi infancia.

También recuerdo que el cuartel de la Guardia Rural estaba situado en Baire, mientras que el de Contramaestre se encontraba junto al Central América.

La iglesia y la vida religiosa

Durante mi estancia en Contramaestre observé que la iglesia local dependía parcialmente de mi abuelo para su mantenimiento.

Los hombres asistían poco a misa y buena parte de las donaciones procedía de las mujeres y los niños.

Con el paso de los años he pensado que la parroquia podría estar recibiendo algún tipo de apoyo internacional. Una visita reciente del arzobispo de Milán me hizo considerar esa posibilidad, aunque no dispongo de información suficiente para confirmar la existencia de tales ayudas.

El Central América: un mundo que permanece en la memoria

Hoy, cuando miro hacia atrás, comprendo que el Central América no fue simplemente un lugar en el mapa. Fue un universo que conocí y experimenté con todos mis sentidos.

Todavía recuerdo los aromas del jugo de caña, el bagazo, las mieles y el azúcar prieta; los sabores de las frutas y hortalizas que cultivábamos; los sonidos de las locomotoras, las alarmas que anunciaban los turnos de trabajo y los ladridos de Zig y Zag.

También recuerdo a las personas que formaron parte de aquella vida: los trabajadores del campo y del central, los vecinos, los jardineros, las amas de llaves, los choferes, el médico, el enfermero y, por supuesto, mi familia.

Todos ellos contribuyeron a convertir un complejo azucarero en un hogar lleno de historias, trabajo, convivencia y cuidado mutuo.

El río Contramaestre, las matas de mango, la Poza El Encanto, los viajes en Jeep, las jornadas de pesca y aquel paseo a Dos Ríos constituyen hoy un tesoro de recuerdos que me acompaña.

El tiempo ha pasado y las transformaciones históricas han cambiado profundamente aquella tierra. Sin embargo, el Central América continúa vivo en mi memoria y en mi corazón. Fue el escenario de mis primeros aprendizajes y de una vida cotidiana compartida con cientos de hombres y mujeres.

Este testimonio no pretende ser únicamente una evocación personal. Es también una pequeña contribución a la historia de Cuba, de sus campos, de sus ingenios azucareros y de las comunidades humanas que crecieron alrededor de ellos.

Cada jornada vivida allí dejó una huella imborrable. Mientras pueda recordar y contar estas historias, aquel mundo seguirá existiendo.

GALERÍA DE FOTOS
Bóveda donde están enterrados Federico Fernández Rosillo y su hijo Federico Fernández Casas.

Federico Fernández Casas. 

Casa Vivienda de Federico Fernandez Casas en el batey del central América. 

Casa Vivienda de Federico Fernández Casas en La Habana. 

Biblioteca de Federico Fernández Casas en su vivienda de La Habana.

Sala de la Casa Vivienda de Federico Fernández Casas en La Habana.
 Central América. 

Iglesia  La Sagrada Familia de Contramaestre.
 





sábado, 24 de octubre de 2026

EL REINO DE LOS CERDOS📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Recorro la pequeña ciudad donde vivo. Las personas me parecen criaturas extrañas, seres que deambulan en todas direcciones, presas de sus desilusiones. Criaturas que alguna vez creyeron en el porvenir y que hoy habitan ese futuro prometido por alguien, sin advertir que el lugar al que tanto ansiaban llegar es, en realidad, un sitio inhabitable.

Son tan extrañas que parecen venidas de otro tiempo, quizá de uno en el que la vida ha dejado de importar y la muerte reina sobre todos. La ciudad entera parece habitada por ellas. Uno las llama y responden mecánicamente, como títeres cuyos movimientos obedecen a los tirones de unos hilos invisibles.

Se las encuentra por todas partes: unas reparan sombrillas viejas; otras cosen zapatos inservibles. La mayoría anda tras la huella del picadillo, de la jamonada, como si en esos pequeños rastros de supervivencia se agotara el horizonte de sus días.

Caminan como pingüinos. Les cuesta levantar las piernas y sus pasos parecen ciegos, ajenos a cualquier destino. Las he visto en tantos lugares, y son tantas, que poco a poco he comenzado a sospechar que yo también soy una de ellas. Camino como un pingüino. También a mí me conducen unos hilos invisibles.

Sobre los pingüinos, sobre mí, se extiende un cielo pálido, desprovisto de luz, tan gris como la vida cotidiana. Un cielo bajo el cual estamos muertos, aunque sigamos caminando; un cielo que contempla, indiferente, la tierra donde los cerdos sin alma se adueñaron del reino y nos dejaron sin otra alternativa que andar como pingüinos, obedecer los tirones de nuestros hilos y responder como autómatas cada vez que alguien nos dirige la palabra.

Recorro la pequeña ciudad donde vivo. Miro mis patas y no las reconozco. Alguien me llama «gente buena». Me vuelvo y lo saludo con afecto. En su rostro descubro algo familiar, una expresión que acaso sea la mía. Ese alguien también ha recorrido la ciudad, también ha mirado sus patas sin reconocerlas, también ha sentido el peso de los hilos invisibles que le dictan cada movimiento.

Nos saludamos como si aún fuéramos humanos, como si en algún rincón de nosotros sobreviviera algo que mereciera ese nombre.

Después, cada uno sigue su camino.

La ciudad continúa llena de pingüinos. Sobre nosotros persiste el cielo pálido. Y allá, en lo alto de un reino que alguna vez fue nuestro, los cerdos siguen gobernando. Todos hemos terminado convertidos en pingüinos. Y los cerdos se han quedado con el reino.

miércoles, 21 de octubre de 2026

EL REINO DEL ANAFRE🇨🇺📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia

La muerte y el tiempo acompañan mi vida. Uno quiere creer que puede dominar el tiempo, volverlo dócil, domesticarlo como a un animal salvaje. Pero el tiempo consiste en levantarse todos los días, repetir los mismos gestos, hacer las mismas cosas, vivir atrapado en las mismas urgencias y las mismas nimiedades. El tiempo también es un anafre con la leña ardiendo, dispuesto a cocinar los alimentos de cada día.

El anafre es la metáfora que tengo más a mano para intentar domesticar el tiempo, porque todo ocurre a su alrededor: la música, la literatura, la historia, los pensamientos y los sueños. Todo comienza y termina junto a ese pequeño fuego que consume la leña mientras los días se consumen con ella. A veces cierro los ojos y me parece estar bailando alrededor del anafre, siguiendo el ritmo de las llamas, mientras el humo asciende y se pierde en el cielo, como si quisiera llevarse consigo algo de mi existencia.

Entonces me miro y descubro a un hombre prehistórico, casi desnudo, bañado en sudor, impregnado del olor inconfundible de la leña recién cortada y del fuego que se resiste a morir. Ese olor me transforma en una especie de pequeño demonio, un ser extraño, irreconocible en medio de la ciudad moderna. Tengo las manos negras de hollín, la cara tiznada y el cuerpo agotado por la batalla cotidiana contra un tiempo que, día tras día, impone sus leyes a través del anafre.

Y pienso en la muerte. Un día llegará mientras yo siga viviendo bajo el dominio de este fuego. Quizá no me encuentre haciendo otra cosa que alimentar las llamas, inclinado sobre la leña, vigilando las brasas, esperando a que los alimentos estén listos. Tal vez llegue sin anunciarse, como llegan las noches, y me sorprenda en medio de uno de esos días que parecen iguales a todos los demás.

Quizá, en un futuro remoto, un hombre de otra civilización encuentre mis restos, reducidos a cenizas junto al dios anafre. Se detendrá a contemplar aquellas ruinas y dirá:

—Miren cómo vivían estos hombres. ¡Qué distintos eran de nosotros, los habitantes de las civilizaciones modernas!

Y entonces, desde el fondo de mis cenizas, le hablaré.

Le diré que hubo un tiempo en que el anafre gobernaba la vida de los hombres; un tiempo en que los días se medían por la leña consumida, el carbón encendido y el humo que se elevaba sobre los tejados, visible incluso desde el cielo. Le contaré que nuestra existencia giraba alrededor de aquel pequeño dios doméstico, que nos exigía trabajo, sudor y paciencia, pero al que, a pesar de todo, confiábamos la humilde tarea de mantenernos vivos.

Le diré que, mientras creíamos dominar el fuego, era el fuego quien organizaba nuestros días. Y que, mientras intentábamos domesticar el tiempo, era el tiempo quien nos consumía lentamente, como la leña entre las brasas.

Al final, quizá eso sea la vida en Cuba: un puñado de días ardiendo sobre un anafre, un humo que asciende sin saber adónde va y un hombre que, en medio de sus afanes cotidianos, todavía se empeña en creer que el tiempo le pertenece.

domingo, 18 de octubre de 2026

LA VIDA SECUESTRADA POR LA NECESIDAD: ¿SOBREVIVIR O SER LIBRES?📖🇨🇺🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia

Así, día tras día. Mes tras mes. Año tras año. Y, casi sin darnos cuenta, la vida se nos va en ello.

A veces pienso que esta repetición incesante no es más que una argucia del sistema: mantenernos tan ocupados en sobrevivir que apenas nos quede tiempo para pensar la realidad, cuestionarla y actuar para transformarla. Ojalá me equivoque, pero quizá uno de los mecanismos más eficaces de la maquinaria social consista precisamente en eso: mantenernos atrapados en una rutina que nos obliga a hacer las mismas cosas todos los días, todos los meses, todos los años, hasta convertir la existencia en un ciclo interminable de obligaciones.

No hace falta que alguien diseñe conscientemente esta maquinaria para que funcione como un mecanismo de sometimiento. Basta con que sus condiciones de existencia absorban nuestro tiempo, consuman nuestras energías y reduzcan nuestra capacidad de imaginar una vida diferente.

El marxismo clásico nos proporciona herramientas fundamentales para comprender esta contradicción. Quien no tiene qué comer, carece de agua potable, no dispone de ropa, calzado o una vivienda digna, difícilmente puede ejercer una libertad real. Y en una sociedad en la que la comunicación se ha convertido en una necesidad esencial para participar en la vida colectiva, también la exclusión de esos medios limita las posibilidades de desarrollo individual y social.

Porque ¿de qué sirve proclamar la libertad si las condiciones materiales de existencia obligan a una persona a dedicar casi todo su tiempo y sus fuerzas a garantizar su supervivencia?

La libertad no puede reducirse a un derecho escrito en el papel. Necesita condiciones materiales que permitan ejercerla. De lo contrario, se convierte en una promesa abstracta, en un privilegio reservado para quienes disponen de los recursos necesarios para decidir sobre su propia vida.

Marx comprendió que la existencia humana está condicionada por las relaciones materiales de producción. Pero la cuestión no se agota en producir los bienes necesarios para vivir. El problema aparece cuando la actividad destinada a satisfacer nuestras necesidades termina convirtiéndose en una fuerza que nos domina, cuando trabajamos para vivir y, paradójicamente, acabamos viviendo casi exclusivamente para trabajar.

Entonces, ¿cuándo pensamos? ¿Cuándo leemos, creamos, amamos, reflexionamos o participamos conscientemente en la transformación de la sociedad? ¿Cuándo disponemos del tiempo necesario para desarrollar nuestras capacidades intelectuales, espirituales y humanas?

¿O es que también hemos terminado aceptando que esas necesidades son secundarias, que pensar es un lujo, que la cultura es un privilegio y que la libertad consiste simplemente en tener un empleo, pagar las cuentas y llegar vivos al día siguiente?

Quizá una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo sea esta: hemos desarrollado extraordinariamente las fuerzas productivas, la ciencia y la tecnología, pero ese progreso no se traduce necesariamente en una mayor libertad para quienes hacen posible la producción de la riqueza. Producimos más, disponemos de más conocimientos y contamos con herramientas capaces de transformar radicalmente nuestras condiciones de existencia; sin embargo, millones de personas continúan atrapadas en la incertidumbre, el agotamiento y la lucha cotidiana por sobrevivir.

Si el progreso no nos permite disponer de más tiempo para vivir, pensar y realizarnos como seres humanos, ¿de qué progreso estamos hablando?

Tal vez el mecanismo más perverso de esta realidad no consista únicamente en someternos a la necesidad, sino también en acostumbrarnos a ella; en convencernos de que la vida no puede ser otra cosa que trabajar, consumir, pagar deudas, descansar para recuperar las fuerzas y volver a empezar. Así, la repetición termina pareciéndonos natural, lo históricamente construido se presenta como inevitable y la posibilidad de transformar la realidad se desvanece bajo el peso de las urgencias cotidianas.

No se trata de afirmar que las personas sometidas a estas condiciones carezcan de conciencia o sean incapaces de pensar. Se trata de comprender que la precariedad, el agotamiento y la falta de tiempo pueden limitar seriamente las posibilidades de desarrollar esa conciencia y convertirla en acción colectiva.

Un ser humano no necesita únicamente alimentarse, vestirse y tener un techo. Necesita comprender el mundo en el que vive, encontrarle sentido a su existencia, desarrollar sus capacidades, establecer vínculos significativos y participar en la construcción de una sociedad diferente.

Cuando la supervivencia ocupa todo el horizonte, esas posibilidades quedan relegadas. Y cuando una sociedad convierte esa situación en algo normal, deberíamos preguntarnos si no estamos sacrificando precisamente aquello que hace humana a la existencia.

Llegados a este punto, la pregunta ya no es solamente económica ni filosófica. Es profundamente política: ¿qué clase de sociedad hemos construido si quienes producen la riqueza no siempre disponen del tiempo ni de las condiciones materiales necesarias para disfrutar de una vida digna y desarrollar plenamente sus capacidades?

Y, sobre todo, ¿qué sentido tiene transformar la naturaleza, multiplicar la producción y desarrollar las fuerzas productivas si no somos capaces de transformar también las condiciones sociales que nos impiden ser verdaderamente libres?

Quizá la emancipación humana comience cuando dejemos de aceptar que el único destino posible es sobrevivir dentro de las condiciones que nos han sido impuestas. Cuando comprendamos que la organización de la sociedad no es una realidad inmutable, sino una construcción histórica susceptible de ser cuestionada y transformada.

No hemos venido al mundo únicamente a reproducir nuestra existencia biológica ni a perpetuar, generación tras generación, las mismas condiciones de sometimiento. También somos seres capaces de pensar, crear, imaginar y luchar por una realidad diferente.

Y entonces vuelve a imponerse la pregunta fundamental:

¿Cómo llamar a nuestra condición humana cuando la lucha por sobrevivir nos arrebata el tiempo necesario para vivir, la tranquilidad necesaria para pensar y la libertad necesaria para transformar el mundo?

Quizá la tragedia no consista solamente en que tengamos que trabajar para vivir, sino en que hayamos llegado a considerar natural que debamos entregar la vida entera para poder hacerlo.

sábado, 17 de octubre de 2026

LA CULTURA EN CUBA DETRÁS DE LA CAVERNA 📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia

¿Adónde fue a parar la cultura espiritual? ¿Dónde quedó el entretenimiento sano en el hogar? ¿Qué se hicieron los cines, la televisión, las visitas nocturnas de sábado o domingo a una galería de arte, a una peña, a un concierto, a una venta de libros, a una obra de teatro o a la presentación de una orquesta bailable?

¿Adónde fue a parar todo aquello que daba sentido a nuestras noches, que nos convocaba a salir de casa, a encontrarnos con los otros, a compartir el arte y a reconocernos en la cultura? ¿Quién apagó esa luz que iluminaba la vida espiritual de nuestros pueblos?

¿Dónde quedaron los parques, las salidas nocturnas a tomar helado, a comer una pizza, a conversar sin apuros bajo la noche? ¿Qué se hizo de aquella vida cultural que, con sus virtudes y defectos, formaba parte de nuestra cotidianidad? ¿En qué rincón del tiempo se extravió todo ese universo de emociones, encuentros y descubrimientos que alguna vez tuvimos?

Mientras tanto, ahí siguen los mismos funcionarios de oficina, los mismos que parecen no haber aprendido nada de La futura esclavitud, de José Martí, posando en primera plana para las fotografías de ocasión, concebidas, al parecer, para satisfacer a quienes ocupan puestos semejantes en otras instancias. Las imágenes se repiten, los discursos se reciclan y las poses de autoridad sobreviven. Pero la cultura, esa que debería respirar en las calles, en los escenarios, en las bibliotecas y en el corazón de la gente, languidece.

Las oficinas se apoderaron de la vida espiritual y terminaron por estrechar el espacio de libertad de artistas y escritores. El funcionario cree saber más que quienes crean, imaginan y construyen la cultura. Desde la comodidad de su escritorio, pretende administrar la inspiración, dictar los caminos del arte y decidir qué debe florecer y qué puede quedar condenado al silencio.

Pero la cultura no nace en un buró ni se alimenta de informes, reuniones o fotografías. La cultura vive en la libertad de crear, en la posibilidad de disentir, en el encuentro espontáneo entre una obra y su público. No se decreta ni se impone desde un despacho: se cultiva, se comparte y se defiende.

Mientras esos funcionarios, engordados por la burocracia y envanecidos por sus poses de mando, no sean barridos por los vientos del tiempo, la vida espiritual seguirá encerrada en esa caverna donde la han confinado. Una caverna que, aquí, en Contramaestre, hace decir a muchos que hemos emprendido el triste camino de regreso a la prehistoria.

Hace tiempo que la cultura dejó de ser una presencia viva entre nosotros. En su lugar quedan los actos, las conmemoraciones, las ceremonias, las fotografías y los discursos. Muchos actos. Demasiados actos, quizás, para tan poca vida espiritual.

Y es que una cosa es organizar actividades culturales y otra, muy distinta, es conseguir que la cultura viva. Una puede llenar calendarios y escenarios; la otra necesita libertad, imaginación, sensibilidad y seres humanos capaces de reconocerse en ella.

Hace rato que no tenemos una cultura espiritual viva. Tenemos actos, muchos actos. Pero la cultura, esa que alguna vez nos hizo sentir que la vida era algo más que sobrevivir, sigue esperando que le abran las puertas.

viernes, 16 de octubre de 2026

CONTRAMAESTRE: EL SILENCIO DE ETECSA TAMBIÉN DESCONECTA📱🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia

Una vez más, la inestabilidad de la conexión a Internet regresa a Contramaestre, después de varios días de mejoría. Sin embargo, lo más preocupante no es solo la interrupción o el deterioro del servicio, sino también la ausencia de información por parte de ETECSA, la entidad responsable de las telecomunicaciones en Cuba, sobre las posibles causas de los problemas que han afectado la conectividad en los últimos días.

Al revisar las páginas institucionales de Contramaestre en las redes sociales, desde la emisora de radio hasta el Departamento de Comunicación, encontramos mensajes triunfalistas, promoción de actividades y contenidos destinados a destacar la labor de las instituciones. Sin embargo, escasea la información de servicio público capaz de orientar a la población y responder a sus preocupaciones cotidianas.

En los últimos días, varias personas me han escrito para preguntarme qué está ocurriendo con la conexión a Internet. Ante esas inquietudes, he revisado las páginas institucionales y los espacios informativos disponibles en Internet y las redes sociales, sin encontrar explicaciones que permitan conocer las causas de esta situación.

Cabe preguntarse, entonces: ¿qué está ocurriendo con la comunicación institucional en nuestro entorno local? ¿Por qué, ante un problema que afecta a tantos ciudadanos, no se ofrecen información oportuna, explicaciones claras ni orientaciones útiles?

Lo que sucede invita a reflexionar sobre un fenómeno que podríamos definir como silencio institucional y déficit de comunicación pública. La comunicación institucional no debería limitarse a divulgar actividades, resaltar logros o reproducir mensajes triunfalistas. También debe informar sobre los problemas que afectan a la comunidad, escuchar las inquietudes ciudadanas y contribuir a que las personas comprendan lo que sucede a su alrededor.

La responsabilidad de explicar las incidencias del servicio corresponde, en primer lugar, a ETECSA. Es esta entidad la que debe ofrecer información sobre las causas de las interrupciones, el alcance de las afectaciones y las posibles soluciones. Pero los medios de comunicación y las instituciones locales también tienen la responsabilidad social de atender las necesidades informativas de la población y contribuir a que la información de interés público llegue a los ciudadanos.

¿De qué sirve mantener una presencia activa en las redes sociales si, cuando la población necesita respuestas sobre un problema que afecta directamente su vida cotidiana, esas mismas plataformas no ofrecen información útil?

En Contramaestre, como en cualquier comunidad, la comunicación institucional debe estar al servicio de la ciudadanía. Informar sobre las actividades y los resultados de las instituciones es importante, pero también lo es explicar los problemas, ofrecer respuestas y orientar a la población. No se trata de sustituir a la entidad responsable ni de atribuir funciones que no corresponden a cada institución, sino de comprender que el acceso a la información pública es una necesidad ciudadana que no debería quedar relegada.

El problema, por tanto, no es solamente la inestabilidad de la conexión a Internet. También preocupa la falta de información que permita comprender qué está sucediendo y qué se está haciendo para resolverlo.

Cuando las instituciones callan ante las preocupaciones de la ciudadanía, el silencio deja de ser una simple ausencia de mensajes y se convierte en una barrera que profundiza la distancia entre quienes deben informar y quienes necesitan respuestas.

En Contramaestre, hoy no solo se necesita una conexión a Internet más estable. También se necesita una comunicación institucional más transparente, oportuna y comprometida con la realidad cotidiana de la población. Cuando falla la conexión, la información pública no debería desconectarse también.

jueves, 15 de octubre de 2026

EL ASERRÍO DE LA MEMORIA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia

Era el aserrío de Hildo. Así lo conocí, así lo conoció toda la gente de mi barrio, en Cruce de Anacahuita, un barrio de Contramaestre, en el oriente de Cuba.

Después, con la Ofensiva Revolucionaria, dejó de ser de Hildo, pero la gente de mi barrio siguió llamándolo «el aserrío de Hildo» durante muchísimo tiempo más.

Era el centro cultural y político más importante del barrio. Allí se hacían las elecciones barriales, allí tenían lugar las acciones artísticas, allí llegaba el cine móvil, allí se celebraban las célebres partidas de dominó entre los vecinos. Allí jugábamos a los tiros cuando éramos niños; allí jugábamos a los vikingos y éramos Erik el Rojo; allí jugábamos a los mosqueteros. También jugábamos a Sandokán, a la Máscara Roja y al Zorro. Allí todos queríamos ser Trinity.

En aquel lugar se celebraban las fiestas familiares de «los Fernández», sobre todo cuando venía la tía Idelisa de los Estados Unidos.

De allí salieron también las tirigüillas, las costaneras y el serrín que cargué en sacos para mi casa.

Aquí fuimos felices la mayoría. Aquí trabajaron los hijos de las familias del barrio. Aquí se jubilaron muchos.

Era el aserrío de Hildo y, en nuestra memoria, lo seguirá siendo, aunque la realidad se empeñe en negarlo y la desidia, junto con la mala gestión del Estado, haya terminado borrándolo físicamente del espacio que ocupó durante tantos años en Cruce de Anacahuita.

Hay lugares que no son solamente lugares. Son parte de lo que fuimos, de lo que somos y de aquello que, a pesar del tiempo y del olvido, nunca dejaremos de ser.

sábado, 10 de octubre de 2026

CONTRAMAESTRE: LOS INFLUENCER OCUPAN EL ESPACIO QUE ABANDONA LA COMUNICACIÓN OFICIAL📖👇

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

El escenario digital en Contramaestre ya no es un espacio en disputa. La comunicación oficial no solo ha perdido la iniciativa, sino que parece incapaz de reaccionar ante una realidad que la desborda. El aparato institucional, con todo el andamiaje que lo sostiene, no funciona como debería o, cuando lo hace, reproduce una narrativa tan desconectada de la cotidianidad que termina perdiendo toda credibilidad.

En medio de sus torpezas, no ha conseguido llenar los vacíos informativos que la población necesita cubrir. Y ahí, precisamente, los influencers han ganado por partida doble: ocupan el espacio que las instituciones dejan desatendido y, al mismo tiempo, capitalizan la creciente desconfianza de una ciudadanía que ya no encuentra respuestas en los canales oficiales.

La gente ha perdido la fe en un aparato comunicacional que no investiga, no indaga en las causas de los problemas, no cuestiona las estructuras que reproducen lo decadente y parece haberse refugiado en una narrativa de complacencia, donde todo marcha bien y Contramaestre se presenta como un municipio idealizado, muy distinto del que sus habitantes experimentan cada día.

Mientras esa brecha se ensancha ante sus propios ojos, quienes deberían hacer funcionar los mecanismos de la comunicación institucional se entretienen en loas y elogios a personas, organismos e instituciones. Abundan las alabanzas, pero escasean las preguntas incómodas; se amplifican las voces del poder, mientras se ignoran las de quienes reclaman, denuncian y exigen respuestas. Las numerosas voces que interpelan al poder local apenas encuentran espacio en una comunicación que parece más preocupada por preservar una imagen que por explicar la realidad.

Entretanto, el poder local, encerrado en su propia torre de marfil, persiste en el silencio y elude responder a muchas de las inquietudes ciudadanas. Y cuando las instituciones no hablan, no explican o no rinden cuentas, alguien termina ocupando ese vacío.

Eso es, precisamente, lo que está ocurriendo en Contramaestre. Cada vez más personas acuden a los influencers para exponer sus problemas, denunciar situaciones y buscar la atención que no encuentran en los canales institucionales. La ciudadanía ha comenzado a desplazar sus demandas hacia esos espacios alternativos, que ganan terreno no necesariamente porque ofrezcan un periodismo más riguroso, sino porque, en muchos casos, están más dispuestos a escuchar, publicar y poner determinados asuntos en circulación.

El resultado es evidente: los influencers han ganado protagonismo y hoy ocupan una posición central en el escenario digital del municipio. Su avance no puede explicarse únicamente por sus habilidades para comunicar o por el alcance de sus plataformas. También es consecuencia de las insuficiencias de un sistema que no ha sabido adaptarse a las nuevas dinámicas de consumo informativo ni comprender que la comunicación pública no consiste en difundir mensajes, sino en escuchar, investigar, contrastar, cuestionar y responder.

Detrás de esta realidad persiste una concepción anclada en viejas lógicas: la plaza sitiada, la idea de no darle armas al enemigo y la sospecha permanente ante cualquier crítica. Desde esa perspectiva, informar sobre un problema parece más peligroso que permitir que se agrave; reconocer una deficiencia se interpreta como una concesión, y cuestionar una decisión puede confundirse con un acto de deslealtad. Así, la comunicación deja de ser una herramienta para comprender y transformar la realidad y se convierte en un mecanismo para proteger la imagen institucional.

Pero la realidad no desaparece porque se oculte, ni los problemas se resuelven porque no se mencionen. Mucho menos puede recuperarse la credibilidad mediante una sucesión de mensajes triunfalistas que contradicen la experiencia cotidiana de la población.

Mientras el aparato comunicacional oficial permanece atrapado en esa burbuja, los influencers cosechan los frutos de su inacción. Lo hacen con sus propias lógicas, intereses, estilos y niveles de responsabilidad, que no necesariamente coinciden con los principios del periodismo profesional. No se trata de idealizarlos ni de asumir que todo lo que publican es riguroso o verificable. Se trata de comprender por qué han conseguido ocupar un espacio que, en condiciones normales, debería contar con una comunicación institucional capaz de informar con transparencia, investigar los problemas de la comunidad y servir de puente entre la ciudadanía y sus instituciones.

La paradoja es que ese terreno no fue conquistado únicamente por méritos ajenos: también fue cedido por las insuficiencias propias. Allí donde faltan respuestas, aparecen las especulaciones; donde no hay información oportuna, prosperan las versiones alternativas; donde la crítica se considera una amenaza, cualquier voz dispuesta a escuchar al ciudadano puede convertirse en referente.

Contramaestre ofrece, por tanto, una lección que trasciende el ámbito digital: ningún aparato comunicacional puede sostener indefinidamente una realidad construida desde el discurso cuando la experiencia cotidiana de la gente cuenta otra historia. La credibilidad no se decreta, no se impone y tampoco se recupera con consignas. Se construye escuchando, investigando, reconociendo errores y exigiendo respuestas a quienes tienen la responsabilidad de ofrecerlas.

Si la comunicación oficial quiere recuperar el espacio perdido, no bastará con publicar más contenidos ni con multiplicar los elogios a la gestión institucional. Tendrá que cambiar sus prácticas, abandonar la autocomplacencia, abrirse a la crítica y entender que su principal compromiso no es con la imagen de quienes gobiernan, sino con el derecho de la ciudadanía a estar informada.

En definitiva, los influencers no inventaron los vacíos informativos de Contramaestre. Encontraron esos vacíos y comenzaron a ocuparlos. Y mientras la comunicación oficial siga confundiendo propaganda con información, silencio con control y crítica con enemistad, serán otros quienes continúen contando la realidad que las instituciones se resisten a mirar de frente.

martes, 6 de octubre de 2026

LAS ÚLTIMAS PALMAS DE FICO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

Han sobrevivido huracanes, trombas y tempestades. A tantas cosas se han enfrentado… menos al hombre.

Allí permanecen, a la entrada de aquel central con nombre de madre: América.

Dicen que alguna vez fueron dos hileras de palmas que acompañaban el camino hasta el mismísimo central. Dicen también que quienes llegaban se sentían en casa al encontrarlas, como si aquellas palmas fueran los brazos abiertos de una tierra que recibía.

Hoy quedan estas.

Las últimas palmas de Fico siguen desafiando al tiempo, erguidas frente al azul turquí, como novias que se resisten a abandonar su paisaje.

Lástima que importen tan poco a la gente.

Quizás muchos pasan frente a ellas sin saber que esas palmas llevan, en sus letras, una historia. Son las palmas que recuerdan el nombre y los apellidos del dueño del América:

Federico Fernández Casas.

Y allí siguen, silenciosas, guardando la memoria de un tiempo que se niega a desaparecer.

lunes, 5 de octubre de 2026

FRANKLIN, EL DUEÑO DEL PARAÍSO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Allí está, tranquilo, seguro del paraíso donde vive.

Tiene nombre de artista de Hollywood: Franklin. También lleva el nombre de un viejo político. Pero, para un niño, simplemente es Franklin: su mascota, su compañero, ese ser que ocupa un lugar especial en su pequeño universo.

Allí está, bello y feliz, disfrutando de su mundo, mientras un niño lo adora y seguramente encuentra en él una de esas amistades que se recuerdan para toda la vida.

A veces, el paraíso no es un lugar lejano. Puede ser una casa, un jardín, un rincón del mundo… o simplemente el lugar donde alguien nos quiere.



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