jueves, 11 de junio de 2026

BUNGO 7: EL CAMINO DE LOS RECUERDOS📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Fueron innumerables las veces que recorrimos este camino. Era mucho más que una simple vía de acceso: era parte de nuestra vida, un escenario cotidiano donde transcurrían historias, encuentros y despedidas que hoy permanecen intactos en la memoria.

Por aquí entraba y salía, día tras día, toda una comunidad escolar. Por aquí llegaban las noticias buenas y las malas; por aquí transitaban las alegrías, las preocupaciones y los sueños de quienes formaron parte de aquel mundo.

A un lado, cerca de un frondoso álamo, vivía Papa el plomero. Más adelante estaba Vidal, el carpintero, mis colegas Onniel Matos, Güicho y Alexis un poco más allá, y casi en la entrada, Genaro, el chofer de la guagua. Todos ellos eran parte inseparable del paisaje humano que daba vida al lugar.

Por este camino también entraba y salía el "Papillón" las noches de miércoles y domingos. Aquí esperábamos con ilusión a nuestros padres y aquí mismo los despedíamos. La guagua de los profesores iba y venía constantemente, marcando el ritmo de jornadas que parecían interminables y que hoy recordamos con cariño.

Verlo ahora, solitario y olvidado, produce una profunda conmoción. El silencio que lo envuelve contrasta con la vida que alguna vez corrió por él. Cada tramo guarda una anécdota, una risa, una travesura.

Por aquí muchos escapaban rumbo a casa y otros eran sorprendidos en la entrada por algún directivo del centro. Desde el laboratorio de Química contemplábamos cómo el camino se extendía hasta perderse en la distancia. Desde allí también se divisaba la mata de zapote junto al laboratorio, testigo de tantas ocurrencias juveniles. Aún arranca una sonrisa recordar las veces que alguien trepó por ella para hacerle alguna travesura a Francisco, el químico.

Por aquí llegamos muchos de los que, cariñosamente, eran conocidos como "los del punto", porque en Cruce de Anacahuita abordábamos la guagua de los profesores para dirigirnos a Bungo 7.

Este camino no es solo tierra, piedras y polvo. Es memoria viva. Es el hilo invisible que une generaciones de estudiantes, profesores, trabajadores y familias. Aunque el tiempo haya pasado y la soledad parezca haberse adueñado de él, cada paso dado sobre su superficie sigue resonando en el corazón de quienes lo recorrieron.

Porque hay caminos que conducen a un lugar, y hay otros que conducen para siempre a los recuerdos. Este es uno de ellos.

miércoles, 10 de junio de 2026

LOS ESPÍRITUS DE BUNGO 7📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Volví. Volví a aquel lugar donde cursé mi bachillerato. Regresé con el alma enlutada y sombría. Ante mis ojos apareció Bungo 7, la Manuel Guillermo González Polanco, la escuela a la que llegué siendo apenas un muchacho de trece años.

Allí pasé tres cursos. Allí conocí a amigos inolvidables: Cheo el aguatero, Vidal el carpintero, Papa el plomero, Orlando el fígaro, Julio el electricista, Chaca el jefe de comedor. Gente buena. Gente humilde.

Allí amé y fui amado. Allí crecí como hombre en un ambiente espartano donde sobrevivir no siempre era fácil. Viví momentos dorados, pero también fui testigo de muchas injusticias, porque no todo fue color de rosa.

Allí estaban nuestras caminatas hacia Indalla cuando escaseaba el agua; aquel río mágico rodeado de enormes árboles de mamoncillo y mango. Allí estaban los interminables campos de naranjas dulces, donde cualquier hora era buena para calmar el hambre.

Allí resonaban los gritos de los partidos de fútbol entre los Bungos, celebrados por un público fervoroso. Allí estaban también los juegos de béisbol, las primeras ilusiones amorosas, los Días de los Enamorados caminando hacia el comedor de la mano de una muchacha querida.

Allí sonaba la radio base con aquella música romántica de los años setenta y ochenta, prodigiosa para algunos, inolvidable para muchos. Allí fueron los amaneceres y las noches de estudio, los sueños, las esperanzas y las conquistas.

Pero allí también habitaba otro mundo. El de la guapería en los dormitorios, las maldades contra los más humildes, los abusos contra los indefensos. Un mundo donde había que aprender a cuidarse solo o buscar alianzas para sobrevivir. Un mundo opresivo que despertaba cuando se apagaban las luces.

Allí hubo ajustes de cuentas en medio del sueño, golpes demoledores contra los abusadores, guerras de pandillas y silencios llenos de tensión. Un universo donde convivían la ternura y la agresividad, la amistad sincera y la violencia más cruda.

Sin embargo, allí también encontré amigos verdaderos. Amigos respetados que hicieron más ligera mi existencia en aquellos años.

Volver hoy a mi preuniversitario a través de estas imágenes es volver a encontrarme con muchos espíritus que creía olvidados. Y descubrir que, aunque el tiempo haya pasado, una parte de mí sigue viviendo allí.

martes, 9 de junio de 2026

BUNGO 7: EL PASILLO DE LOS SUEÑOS, LOS BESOS Y LA MEMORIA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hubo un tiempo en que el pasillo superior no era solo una estructura de concreto suspendida entre las aulas y los dormitorios. Era un mundo. Un espacio propio donde transcurrían los días más intensos de nuestra primera juventud y donde cada rincón guardaba una historia que parecía destinada a permanecer para siempre.

Allí dimos los primeros besos y pronunciamos las primeras palabras de amor que creíamos eternas. Allí aprendimos el lenguaje silencioso de las miradas, de las manos que se buscan, de los abrazos tímidos y de las emociones que hacían temblar el corazón. Las jardineras rebosantes de flores servían de escenario para los enamorados, mientras la vida parecía avanzar al ritmo de las ilusiones juveniles.

Cada miércoles, como un ritual secreto, muchos subíamos de la mano de la novia. Otros llegaban con la esperanza de iniciar una conversación, conquistar una sonrisa o provocar ese misterioso hechizo que, sin previo aviso, terminaba convirtiéndose en enamoramiento. El pasillo superior era mucho más que un lugar de tránsito: era el escenario donde se construían afectos, amistades y recuerdos imborrables.

Era el pasillo superior de Bungo 7, de la Manuel González Polanco, aquella escuela que para toda una generación representó el puente entre la adolescencia y el porvenir. Desde sus aulas partimos hacia profesiones, oficios y destinos distintos. Algunos encontraron caminos luminosos; otros tuvieron trayectorias más difíciles. Pero todos llevamos algo de aquel lugar grabado en la memoria.

No todo era inocencia. Como ocurre en toda comunidad juvenil, también allí se incubaban travesuras y maldades. Desde lo alto, los de abajo podían convertirse en blanco de bromas y ocurrencias que hoy sobreviven apenas como anécdotas. Sin embargo, incluso esos episodios forman parte de una época que el tiempo terminó envolviendo con un velo de nostalgia.

Cuando caía la noche, el lugar adquiría una magia especial. La radio base dejaba escapar las canciones de José José y las voces parecían mezclarse con la brisa. En esos momentos, uno deseaba que el tiempo se detuviera. Que la juventud no terminara nunca. Que las promesas, los amores y los sueños conservaran para siempre la intensidad de aquellos años.

Hoy, al contemplar el pasillo superior despojado de ventanas, puertas y de buena parte de la vida que lo habitó, resulta inevitable sentir una profunda tristeza. Ya no está la escuela que conocimos. El espacio físico permanece, pero la energía que lo convirtió en un universo de emociones parece haberse desvanecido.

Y, sin embargo, basta cerrar los ojos para verlo nuevamente lleno de estudiantes, de risas, de conversaciones interminables y de corazones que descubrían el amor por primera vez. Porque los edificios envejecen, las paredes se deterioran y los años pasan, pero ciertos lugares conservan una existencia distinta en la memoria de quienes los vivieron.

Por eso duele verlo así. Porque en ese pasillo amamos y fuimos amados. Porque allí quedaron guardados algunos de los momentos más felices de nuestra juventud. Y porque, aunque hoy parezca gravitar en el olvido, para quienes caminamos por él seguirá siendo el lugar donde una vez creímos que el futuro era infinito y que la felicidad podía encontrarse, simplemente, al final de un corredor.

domingo, 7 de junio de 2026

EL AJIACO DE LA NOSTALGIA📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Día tras día se repite el mismo drama: sobrevivir. No la supervivencia heroica de los libros ni la que inspira discursos solemnes, sino la más humilde y silenciosa, la que empieza cada mañana frente a un fogón que hay que encender con cualquier cosa. La llama se ha convertido en una conquista cotidiana, casi en un acto de fe. Y luego viene el café, apenas un buchito, un milagro doméstico cada vez más difícil de sostener porque la colada sube de precio con la misma obstinación con que crece la inflación.

En medio de esa rutina áspera, la memoria suele abrir sus puertas. Entonces aparece el ajiaco de mamá.

Basta evocarlo para que los sentidos despierten. Mis papilas parecen llenarse de humedad al recordar aquella olla abundante donde convivían las carnes, las viandas, el maíz y un sabor tan auténtico que uno quería seguir comiendo más allá de lo que el estómago permitía. El ajiaco no era simplemente un plato; era una celebración familiar, una forma de entender la vida, una expresión de pertenencia.

Hoy, sin embargo, el ajiaco parece haberse marchado de la mesa cotidiana. Prepararlo se ha convertido en un lujo. Lo que durante generaciones fue símbolo de cubanía y abundancia doméstica habita ahora en un territorio incierto llamado nostalgia. Allí también vive el lechón asado, aquel invitado habitual de los días felices: el Día de las Madres, la Navidad, el fin de año, el Año Nuevo. Durante décadas fue tan natural verlo en la mesa familiar como escuchar las conversaciones interminables después de la comida.

Pero las cosas cambiaron.

Una utopía rota, incapaz de sostener las promesas que proclamaba, terminó expulsando de la vida diaria muchas de las costumbres que definían a la familia cubana. Los platos tradicionales dejaron de ser cotidianos para convertirse en recuerdos. Y junto con ellos fueron desapareciendo ciertas certezas, ciertas alegrías sencillas que parecían eternas.

Mientras intento encender el fogón imposible, pienso a menudo en aquellas reuniones familiares. Veo a la familia reunida alrededor de la mesa, compartiendo historias, riendo, discutiendo incluso, pero unida. Entonces advierto también las fracturas que el tiempo y la política fueron dejando sobre las relaciones humanas. Porque la escasez no solo vacía despensas; también erosiona vínculos, separa generaciones y obliga a muchos a buscar lejos el futuro que no encuentran cerca.

Mi abuelo tenía momentos de lucidez extraordinaria. Entre una conversación y otra soltaba frases que parecían sencillas, pero que con los años revelaban una profundidad inesperada. Solía decir que el rojo y el negro no eran únicamente el título de una novela de Stendhal, sino la novela cotidiana de nuestros días. Después olvidaba sus propias palabras, como si las hubiera prestado apenas por un instante.

Hoy creo comprender mejor lo que quería decir.

Mientras millones de personas enfrentan el drama diario de conseguir comida, cocinar y llegar a fin de mes, quienes representan el rojo o el negro —los extremos del poder, las castas ideológicas, las élites de cualquier signo— rara vez tienen que preguntarse cómo encender un fogón o cuánto café queda para mañana. Su realidad transcurre lejos de la angustia cotidiana de los humildes.

Por eso vuelvo tantas veces a Martí, una referencia moral y humana que parece hablarle todavía al presente. Él advirtió los peligros de los dogmas y de los privilegios que nacen cuando una minoría se considera dueña de la verdad. Comprendió que allí donde se levantan castas políticas o ideológicas termina apareciendo una distancia insalvable entre quienes mandan y quienes padecen.

Quizás Martí vio demasiado lejos.

Quizás la tragedia fue que muchos no supimos encontrar a tiempo ese Martí que hablaba de libertad, dignidad y justicia sin fanatismos. Tal vez, de haber escuchado mejor aquellas advertencias, el presente sería distinto. Tal vez otro gallo cantaría.

Mientras tanto, día tras día, la llama vuelve a resistirse. El café sigue siendo un milagro pequeño. Y el ajiaco de mamá continúa hirviendo en la memoria, convertido en algo más que un recuerdo culinario: una metáfora de todo lo que alguna vez fue cotidiano, abundante y nuestro. Allí permanece, intacto en el corazón, mientras la nostalgia hace el trabajo que la realidad ya no puede hacer.

sábado, 6 de junio de 2026

POLACOS DE FRANK PAÍS: UNA HERIDA ABIERTA DE CONTRAMAESTRE📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hoy volví a los edificios polacos de Frank País. Volví porque allí tuve una vida. Allí crecieron amistades, compartí con vecinos entrañables y aprendí a querer un barrio que durante años fue parte de mi historia. Regresé buscando recuerdos, pero encontré una realidad que estremeció mi alma.

Detrás del Polaco C me esperaba una imagen difícil de olvidar: una fosa desbordada, rebosante de aguas fétidas, amenazando con entrar en los apartamentos de la primera planta. Allí viven niños, ancianos y familias trabajadoras que cada día deben convivir con un peligro que no debería existir. El agua sucia cae a la calle, corre pendiente abajo, pasa frente a un mercado y continúa su recorrido entre varios edificios, como una herida abierta que nadie ha querido cerrar.

Observé en silencio. A veces el dolor no encuentra palabras inmediatas. Pensé en quienes despiertan cada mañana rodeados por aquel escenario, en quienes deben abrir sus ventanas y respirar el olor de la desidia. Pensé también en los niños que juegan cerca de esos espacios y en los ancianos que enfrentan con resignación una situación que amenaza su salud.

Sobre el registro de la fosa ha crecido un basurero colosal. Donde antes existía un depósito destinado a los desechos, hoy se levanta una montaña de desperdicios. Según cuentan los vecinos, trabajadores de servicios comunales destruyeron aquella instalación y nunca fue sustituida. El resultado está a la vista: basura acumulada, contaminación y abandono.

Pero lo más alarmante es que el problema no termina allí. Detrás del otro edificio la situación es igualmente preocupante. Basta una mirada para comprender que se necesita una intervención urgente. Con el calor, las aguas estancadas y los desechos acumulados, las arbovirosis encuentran el terreno perfecto para propagarse. Como siempre, los más vulnerables serían las principales víctimas.

Mientras caminaba por aquellos lugares que alguna vez sentí tan míos, varias pregunta no dejaban de acompañarme: ¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo llegamos a normalizar escenas tan dolorosas? ¿En qué momento permitimos que el abandono ocupara espacios donde antes había comunidad, cuidado y esperanza?

No volvía a Frank País desde hacía varios años. Quizás por eso el impacto fue tan fuerte. Los recuerdos que guardaba contrastaban demasiado con la realidad que tenía delante de los ojos. Y duele. Duele infinito contemplar el barrio de la memoria inundado por el detritus y cercado por la basura.

Me fui con el corazón encogido, pensando en quienes siguen allí, resistiendo. Pensando en los niños, en los ancianos, en las familias que merecen vivir con dignidad. Pensando, una vez más, en Cuba. Ay, Cuba. Qué dolor tan grande verte así.

viernes, 5 de junio de 2026

CUBA EN EL CANTO DE LA TOJOSA📖🤔

Por  Arnoldo Fernandez Verdecia. 

Cada amanecer ocurre el mismo milagro. Allí, en lo alto de una guásima, una tojosa recibe los primeros rayos del sol y deja escapar su canto. No es un canto estridente ni destinado a imponerse sobre los demás sonidos del campo. Es una voz suave, repetida, antigua: uhh, uhh, uhh... Sin embargo, quien la escucha con atención descubre algo más que el llamado de un ave. Hay en esa melodía una belleza singular, pero también una nostalgia difícil de explicar, como si en ella se resumiera la memoria de un pueblo entero.

La tojosa parece conocer secretos que los hombres han olvidado. Desde la altura de la guásima observa la tierra y canta. Su concierto, inalcanzable para quienes permanecen abajo, se derrama sobre los caminos, los sembrados y los hogares. A veces da la impresión de que no canta sólo para anunciar la llegada del día, sino para recordar una historia: la de un país pequeño que nació para la luz y que, sin embargo, ha debido atravesar largas noches.

Al escucharla, es imposible no pensar en Cuba. También ella es pequeña en el mapa, pero inmensa en su capacidad de inspirar sentimientos. También ella posee una voz única, reconocible entre todas las demás. Cuba es, de algún modo, esa tojosa posada sobre la guásima, aferrada a su rama más alta, resistiendo el paso del tiempo mientras deja escapar su canto hacia el horizonte.

José Martí soñó una nación solar. La imaginó luminosa, plena, abierta al porvenir. Los años trajeron esperanzas, desencantos y sacrificios. Y aunque muchas veces la noche pareció más larga que el día, el canto nunca desapareció. Como la tojosa, Cuba ha seguido cantando. Su voz ha cruzado mares y fronteras, y ha llegado a los oídos de quienes viven dentro y fuera de la isla.

Quizás por eso el canto de la tojosa conmueve tanto. Porque en él habita algo más profundo que la simple armonía de la naturaleza. Habita la persistencia. Habita la memoria. Habita la voluntad de seguir existiendo aun cuando las circunstancias parezcan adversas.

Allí continúa, sobre la guásima, bañando su plumaje con la luz de cada amanecer. Allí permanece, dueña de una música que ninguna otra ave puede imitar. Y mientras su voz se expande por el aire —uhh, uhh, uhh...— parece recordarnos que los pueblos, como las aves, conservan una canción propia que ninguna noche logra silenciar.

Desde lo más alto del cielo, un águila la observa. La pequeña tojosa no compite con ella ni pretende alcanzarla. Le basta con cantar. Y en ese canto, humilde y eterno, sigue latiendo Cuba.

miércoles, 3 de junio de 2026

CRONICA DE UNA ESPERANZA AGOTADA📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Después del hambre, el silencio. Me aferro a la lectura como quien se aferra a un pedazo de madera en medio de un naufragio. Lo hago ahora y lo hice también en los años noventa, durante aquella crisis que el discurso oficial bautizó, eufemísticamente, como Período Especial. Entonces nos faltó casi todo: la ropa, los zapatos, la comida. Caminábamos por las calles con los cuerpos consumidos por la escasez y el humor convertido en mecanismo de supervivencia.

Muchos de los jóvenes de mi generación hicieron las maletas. Se fueron buscando horizontes más amplios y una vida que aquí parecía imposible. Yo decidí quedarme. No por falta de oportunidades para marcharme, sino por convicción. Creí que podría construir mi futuro en el país donde nací. Creí que la profesión que había estudiado me permitiría vivir con dignidad. Creí que las cosas cambiarían.

Han pasado décadas y hoy descubro que estaba equivocado.

Nunca imaginé que llegaría a vivir una crisis más profunda que aquella que marcó los años noventa. La de ahora no solo vacía los estómagos; también vacía las expectativas. Entonces existía la sensación de que el sacrificio era temporal, de que en algún momento llegaría una mejoría. Hoy esa esperanza parece haberse evaporado.

La pobreza ya no es una noticia ni una excepción. Es el paisaje.

Se ve en las colas interminables. En los rostros agotados. En la incertidumbre cotidiana de quienes despiertan sin saber qué pondrán en la mesa ese día. Se ve en los salarios atrapados dentro de tarjetas electrónicas que muchas veces resultan inútiles porque el dinero existe solo en una pantalla, mientras los productos desaparecen de los comercios o se venden en mercados donde esa moneda carece de valor práctico.

Pero la crisis adquiere su verdadera dimensión cuando tiene rostro humano.

He visto ancianos desplomarse por el hambre. He visto niños llorar porque no tienen qué comer. Conozco artistas admirados por toda una comunidad que pasan largas horas del día sin probar alimento porque el dinero que reciben por su trabajo no alcanza para sobrevivir. Son escenas que ocurren lejos de los titulares y de los discursos, pero forman parte de la realidad diaria de miles de cubanos.

Por eso me cuesta entender a quienes aseguran no ver lo que sucede. Hay un pueblo sufriendo. Hay un pueblo agotado. Hay un pueblo que siente que se aproxima al límite de sus fuerzas.

Y, sin embargo, el problema más grave no es únicamente material.

Lo peor ha sido la pérdida de la esperanza colectiva. La sensación de que no existe un rumbo claro, un proyecto capaz de convocar a todos. La ausencia de un diálogo sincero donde la ciudadanía pueda participar como protagonista de su propio destino y no como simple espectadora.

Cada vez estoy más convencido de que la salida no vendrá de la confrontación ni del resentimiento. Cuba necesita una conversación nacional entre cubanos, dentro y fuera de la isla, para imaginar el día después. Un diálogo sin venganzas, sin exclusiones y sin odios, capaz de colocar en el centro aquello que nos une por encima de lo que nos separa.

Porque las naciones no desaparecen solamente cuando pierden territorio o población. También desaparecen cuando sus hijos dejan de creer en ellas.

Y ese es el riesgo que hoy enfrentamos.

Después del hambre, después de las carencias, después de los años perdidos, lo que más duele es el silencio de un país que todavía no encuentra la manera de hablar consigo mismo.

domingo, 28 de septiembre de 2025

UN CIELO ROJO (Crónica de una noche bajo la lluvia)


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Un cielo rojo fue el preámbulo. Decía mamá que venía lluvia intensa cuando se ponía así. Se lo dije a varios vecinos y confirmaron el acierto de mamá. Noticias de Guantánamo y Santiago eran alarmantes, pero aquí sólo lloviznaba a ratos y una que otra estrella sorprendía mis ojos. Un bellísimo arcoíris fue la nota de esperanza, porque hay un dicho que dice, que si aparece uno, no habrá lluvia. 

Con esos contrastes me fui a la cama, nunca imaginé que cerca de la media noche llegaría un diluvio; era tanta la lluvia, tan fuerte, acompañada de relámpagos, truenos, que me asusté un poco. 

Decidí salir de la cama, permanecer lo más alerta posible, atento a las noticias sobre la Depresión Tropical 9. Revisé varios sitios de mi pueblo buscando información y no encontré nada, lo mismo hice con los de la provincia y nada, visité los nacionales y había silencio; entonces opté por los de radares cercanos a nuestro archipiélago, allí la información en desarrollo, sentí un poco de miedo ante las imágenes que mostraban a mi pueblo bajo intensas lluvias. Imaginé que a mucha gente le pasó lo mismo que a mí, entonces opté por postear toda la información confirmada, objetiva, porque temía sucediera lo que en 2024 pasó a muchísimos pueblos de la hermana provincia de Guantánamo. 

Por más de tres horas llovió. Crecieron arroyos, cañadas, ríos, la presa de mi pueblo recibió más de 2, 5 millones de metros cúbicos de agua. 

A las cuatro de la madrugada, amainó la lluvia. Pasé todo ese tiempo en un apagón eléctrico. Cuando llegó la corriente, lo primero que hice fue prender la tv y allí no existía el mal tiempo de oriente, fui a los sitios de la radio y tampoco; en el sitio del Instituto de Meteorología, sólo el parte de la noche anterior. En redes sociales como Facebook había una tormenta de información, bebí lo necesario, la página de Cuscó Tarradell me decía lo serio de los hechos asociados a la lluvia; los de mis paisanos, sus videos, saciaban la sed de saber de los barrios cercanos al mío. 

Mientras Santiago y sus municipios eran anegados por la lluvia, los medios oficiales permanecían callados, no éramos parte del relato nacional.  En los noticieros del sábado, del domingo, sólo magros reportes que no decían nada del desastre en la indómita Santiago de Cuba. La página de Cuscó, sació la sed de información de muchos como yo, porque estar informados es clave, para tomar decisiones, y saber a ciencia cierta cómo cuidar la vida de nuestros seres queridos, de nuestras mascotas, y cómo cuidar nuestros bienes.

viernes, 26 de septiembre de 2025

TRINITY


Por Arnoldo Fernández Verdecia

Mi abuela China me lo trajo. ¡Qué belleza! Ese día me vestí de vaquero y salí al maizal a retar enemigos. Tuve muchos duelos, en todos gané, me creía el mismísimo Trinity. Mis días se iban en el Oeste que armó mi cabeza. Mi abuela China me convirtió en el mejor vaquero de la comarca. En las noches, ponía todo en la cabecera de la cama y no me cansaba de mirarlo. ¡Cuánta alegría sentirme un pistolero del lejano Oeste! La abuela China me trajo otros regalos bellísimos, pero ninguno como el juego de vaqueros.

lunes, 22 de septiembre de 2025

OJO CON LA DESCONEXIÓN POR DATOS MÓVILES (La nueva moral del poder)


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Nunca pensé que estaría escribiendo, décadas después, un texto como este, desde la condición de "no conectado." Es increíble, e inaceptable, después de años de gestionar contenidos culturales, artísticos y de pensamiento, de la Cultura local de la que soy parte, sentirme marginado hoy de la red digital, supuestamente por una cacareada “obsolencia tecnológica.” 

Creo que está en marcha una “nueva moral”, basada en la obsolescencia de los medios que sostienen los servicios que presta ETECSA, única empresa de comunicaciones en Cuba, para justificar un retroceso a la condición de “no conectado”. ¿A quién beneficiaría un proceso así?

Según Olu Oguibe, la red funciona en varios niveles: 

"Como medio, puede ser manipulada para realizar una categoría enteramente nueva de productos y situaciones culturales."

"...como vehículo para la transmisión, distribución y evaluación crítica de esas formas y contextos culturales."

"...posibilita la comunicación y la colaboración entre artistas, así como entre artistas y otros productores de contenido fuera de la arena cultural."

"...como medio de información e intercambio de mercancías."

Como gestor de contenidos culturales, desde lo local, a partir de 2006, luché por existir en la red y conectar con usurarios interesados en los productos que compartía. Asociado a este proceso, surgió una "nueva retórica" de defensa de la red, donde los "conectados" eran los que pertenecían a esas comunidades imaginadas que surgían. Los "no conectados" eran desechados como "personas insignificantes."

Mi lucha, a partir del segundo lustro del 2000, en lo local, la enfoqué a la argumentación de sumar la mayor cantidad de personas a la condición de conectados, y alfabetizarlos en la gestión de contenidos culturales y de pensamiento crítico, dirigido a conectar con una migración local dispersa por todo el mundo. Confieso que en principio fue hermoso, pues se alcanzaron resultados notables, hasta donde fue posible, porque siempre el "ojo orwelleano" estuvo sobre nuestros pasos, e incluso fuimos adversados varias veces, hasta cuestionados por esos mismos contenidos que prestigiaban la Cultura local de la que éramos parte.

Los avances tecnológicos y la conexión llegaron pasito a pasito; primero en salas de navegación de ETECSA, en parques wiffi, en centros de trabajo priorizados, Nauta hogar, hasta la democratización total al darle acceso a la condición de conectados, a todos aquellos que pudieran comprar un móvil, una línea y pagar un servicio de conexión mediante datos, muy caro, pero que muy pronto llegó a la mayoría, para convertirse en una "conquista social."  Nacía así una moral que hacía creer a todos en nuevos cauces de libertad, desarrollo personal y comercio digital de amplia resonancia.

Lo que habíamos venido preparando, en materia de pensamiento crítico y contenidos culturales, no resistió la avalancha e intercambio de mercancías que invadió todo. Revolico antes era una página dedicada al comerció electrónico, una tienda virtual al alcance de los conectados. Al llegar la navegación por datos móviles, surgieron numerosas caricaturas de Revolico; todo el que quería tener una tienda virtual la llamó así, y le agregó un apellido territorial. A través de los revolicos se difundió de todo, hasta volverse un proceso incontrolable, anárquico.

La red de artistas e intelectuales que habíamos creado en Contramaestre, para articular un pensamiento crítico, libre, capaz de gestionar contenidos culturales y llegar a los migrantes de lo local por el mundo, le costó existir en medio de esa anarquía de revolicos, porque muy pronto las audiencias necesitadas de comprar mercancías de primera necesidad se desplazaron a ellos.

Otra nueva retórica, el "síndrome de la sospecha", comenzó a socializarse desde las instituciones, en contra de la comunidad imaginada por blogueros y activistas en redes sociales”, que habían conectado con audiencias globales, urgía destruirlas por los peligros que entrañaban para el ejercicio de la Cultura en lo local. A partir de ahí, artistas e intelectuales fueron obligados a pasar numerosos filtros, si querían existir en la red y publicar contenidos. El miedo entró en muchos, y lo que creíamos un "palenque de resistencia" se desplomó; cada cual sobrevivió en la red como pudo. La mayoría emigró a la comunidad de intercambio de mercancías y servicios; otros se fueron del país, o a otras provincias. No resistieron la presión de las instituciones políticas y de seguridad, que actuaron, sobre cada uno, por separado.   

Lo que pudiera haber ayudado a la articulación de una “moral crítica en la red”, lo que McLuhan llamó, "campo global unificado de conciencia", fue descalificado desde los grupos de presión política en lo local, asesorados por los servicios de seguridad. Todo activista, influencer, del sector intelectual, o artístico, era potencialmente visto como "enemigo", así fue, aún lo sigue siendo.  

Desde hace unos meses, la supuesta obsolescencia que sostiene la visión de "conectado", asoma como argumento para justificar la normalización del retorno a los "no conectados." Otra vez gravita sobre nosotros, los normales como dijera el poeta, el hecho de ser considerados "personas insignificantes." Lo triste es que no existe una moral crítica en la red, articulada por las mayorías como resistencia cultural, para interpelar ese recurso al que apela la hegemonía política, vital hoy para imponer su poder en momentos donde el "relato altruista" es altamente adversado por otras narrativas en la red.

De imponerse como estrategia hegemónica, el recurso a la obsolescencia para sostener la “condición de conectados”, desaparecerá el poquísimo albedrío que aún nos queda en materia de información.

Termino estas líneas en el parque wiffi de mi pueblo, Contramaestre, donde a duras penas consigo captar la 4 G. En casa, hace un tiempo razonable, es muy inestable la comunicación mediante datos móviles. En cualquier momento desaparecerá para siempre, y la gente terminará aceptándolo como algo normal, igual que los apagones. 

BIBLIOGRAFÍA 

OLU OGUIBE: La conectividad y los no conectados, en Criterios, La Habana, nº 33, 2002. 

* Imagen: El grito de los desconectados.



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Aviso a los lectores de Caracol de agua

Este blog admite juicios diferentes, discrepancias, pero no insultos y ofensas personales, ni comentarios anónimos. Revise su comentario antes de ponerlo, comparta su identidad y debatiremos eternamente sobre lo que usted desee. Los comentarios son propiedad de quien los envió. No somos responsables éticos por su contenido.