(Memorias de su nieto John Smithies-Fernández)
Por Arnoldo Fernández Verdecia
I. Una familia entre Cuba, Estados Unidos y Europa
La familia Smithies-Fernández ha cultivado, a lo largo de varias generaciones, una profunda admiración por la cultura europea, particularmente por la francesa. Sus raíces se entrelazan entre Cuba, Estados Unidos y Europa, en una trayectoria familiar marcada por la educación, el cosmopolitismo, el dominio de varios idiomas, la dedicación profesional y el compromiso con la sociedad.
La historia de esta familia es también la historia de una formación cultural que trascendió fronteras y que encontró en la educación uno de sus principales pilares.
Mi abuelo paterno, de origen inglés, emigró a Estados Unidos cuando tenía apenas siete años. Falleció en Chicago en 1936 y dejó un legado reconocido por Francia con la Legión de Honor, distinción relacionada con su colaboración con médicos franceses. Mi abuela paterna, norteamericana, nació en Topeka, Kansas, y falleció en 1966. Sus restos descansan en Bronxville, Nueva York.
Mi padre nació en 1912 en la clínica original de los hermanos Mayo, en Rochester, Minnesota. Se graduó en Princeton University en 1934, con la distinción Phi Beta Kappa y una calificación superior a Cum Laude. Médico especializado en cáncer de estómago y de confesión episcopal, dedicó su vida a la familia y al ejercicio de su profesión. Falleció en Miami el 15 de enero de 1968.
Por la rama materna, mi abuelo fue Federico Fernández Casas, nacido el 25 de diciembre de 1890 en Santiago de Cuba y fallecido el 27 de julio de 1974 en Madrid, España. Allí descansa junto a su padre y a su fiel criado Pantaleón, en San Sebastián.
Su educación tuvo un carácter marcadamente cosmopolita. Cursó el bachillerato en Pau, Francia, cerca de Lourdes, y posteriormente amplió sus experiencias educativas en Estados Unidos e Inglaterra. Era políglota: hablaba inglés, francés y español. Sentía un profundo afecto por Francia y España, países que ocuparon un lugar privilegiado en su vida.
Mi abuela materna fue Dolores Hechavarría de la Pezuela, conocida familiarmente como Lolita. Nació el 11 de mayo de 1892 en Santiago de Cuba y falleció en Miami el 7 de agosto de 1980. Fue enterrada en el cementerio Caballero Rivero Woodlawn, en la misma tumba que su hijo Alberto.
Parte de la familia de mi abuela se había establecido en Santiago de Cuba hacía muchos siglos. Ella recibió educación en Nueva York, hablaba inglés y francés y entendía italiano.
Mi abuela casi nunca visitaba el Central América porque les tenía mucho miedo a los aviones. Cuando viajaba, debíamos tomar el tren en Cacocún. Recuerdo haber realizado un viaje ferroviario con ella y mi madre; fue la única ocasión en que hicimos ese recorrido juntos.
Mi abuela vivía en su casa de La Habana y salía poco. Prefería recibir en su hogar a familiares y amistades, con quienes compartía meriendas y cenas.
Después de cada zafra en el Central América, mis abuelos seguían una rutina de viajes que parecía un ritual familiar. Primero tomaban el avión hacia Miami; desde allí continuaban en tren hasta Nueva York, donde permanecían aproximadamente una semana. Después cruzaban el Atlántico en barcos de la Cunard Line, como el Queen Elizabeth o el Queen Mary, hasta Cherburgo, en Francia. Desde allí seguían hacia París.
En la capital francesa permanecían varias semanas antes de separarse para continuar sus respectivos itinerarios. Mi abuelo viajaba por Francia y España, mientras mi abuela recorría Francia, Italia y Austria. Posteriormente se reunían de nuevo en París para emprender juntos el regreso, siguiendo la misma ruta.
Mi abuela era una mujer extraordinariamente cultivada. Había visitado innumerables museos y asistido a incontables representaciones de ópera, incluso en el célebre teatro La Scala de Milán. Su vida estuvo rodeada de experiencias culturales y viajes que le permitieron conocer buena parte de Europa.
Creo que su último viaje de aquella naturaleza tuvo lugar en 1959. Al año siguiente llegó a Estados Unidos: primero estuvo en Nueva York y después se trasladó a Key Biscayne, donde vivían su hija Cecile y su hijo Alberto. En 1967 se reunió con mi madre.
Mi abuelo, por su parte, prefería dividir el año entre España y Miami: seis meses en cada lugar, buscando siempre un clima agradable. La relación entre mis abuelos estuvo marcada por el cariño y el respeto mutuo. Mi abuelo se preocupó de que a mi abuela nunca le faltara nada, hasta el fallecimiento de ambos.
Para mí fueron personas maravillosas. En 1949, cuando tenía siete años, me llevaron a Francia y España. Aquella experiencia resultó decisiva en mi formación, pues durante esas estancias aprendí francés, idioma que todavía hablo con frecuencia.
Mis bisabuelos maternos también forman parte de esta historia familiar. América Casas Saumell nació en Bayamo, mientras que Federico Fernández Rosillo era originario de Alar del Rey, España, y falleció en Madrid durante la década de 1930.
Mi madre, Gladys Margarita Fernández Hechavarría, nació el 29 de noviembre de 1914 en Santiago de Cuba y falleció el 3 de septiembre de 2016 en Key Biscayne, Miami, pocos meses antes de cumplir 102 años.
Recibió educación en la Sorbona y en The Masters School de Nueva York. Dominaba cinco idiomas: español, inglés, francés, alemán e italiano. Conservó hasta avanzada edad una mente clara y refinada, acompañada siempre de un profundo amor por Cuba. También mantuvo un compromiso solidario con los demás, que se manifestó, entre otras acciones, en generosas donaciones a organizaciones benéficas cubanas.
Yo nací en el estado de Pensilvania y no tengo ciudadanía cubana. Desconozco si llegué a ser residente oficial de Cuba, pues nunca me solicitaron documentación que acreditara tal condición. Hablo inglés, español, francés y portugués.
Estoy casado desde hace 54 años, tengo dos hijos y dos nietos, y vivo en la misma casa desde 1974. Mi trayectoria profesional se desarrolló en los sectores bancario y hotelero, así como en el Aeropuerto Internacional de Miami, dependiente del gobierno local de Miami-Dade. Me retiré a los 80 años y dos meses, y cumplí 84 años en febrero de 2026.
La educación fue una constante en mi vida desde la infancia. Sin embargo, mi salud, afectada por el asma, hizo que mi enseñanza primaria fuera intermitente.
En noviembre de 1949 ingresé en el Colegio De La Salle de Miramar. Mi dominio del francés, adquirido durante las estancias con mis abuelos en Francia y el norte de España, facilitó mi incorporación. Allí estudié desde segundo grado hasta 1955. Entre mis compañeros de aula estaba Jorge Luis Batista, hijo mayor del segundo matrimonio de Fulgencio Batista, con quien establecí una amistad.
El Colegio De La Salle, de orientación católica y tradición francesa, había sido fundado en 1905.
En 1955 fui enviado como alumno interno a Kent School, en Connecticut. Era una institución episcopal de formación rigurosa, aunque yo continué asistiendo a misa católica los domingos. La escuela concedía especial importancia a la excelencia académica y al compromiso personal, por encima de la posición social de los estudiantes. Durante las vacaciones regresaba a Cuba tres veces al año. Me gradué en junio de 1960.
En septiembre de ese mismo año ingresé en Tulane University, en Nueva Orleans. Completé mis estudios en agosto de 1963, obteniendo licenciaturas en Estudios Latinoamericanos y Literatura Hispánica. Allí aprendí también portugués gracias a un profesor originario del estado brasileño de Minas Gerais. Posteriormente amplié mi formación mediante cursos de posgrado en la Escuela de Negocios de New York University.
El aprendizaje de idiomas ha sido una característica distintiva de nuestra familia. Mi madre hablaba español, inglés, francés, alemán e italiano; mi padre dominaba español, inglés y francés, y yo hablo español, francés, inglés y portugués, además de comprender italiano.
Esta diversidad lingüística expresa nuestra conexión con distintas tradiciones culturales y refleja la importancia que siempre concedimos a la educación y a la apertura intelectual.
A los 21 años inicié mi vida profesional en Nueva York. Había completado mis estudios universitarios en tres años y dos veranos, con el propósito de reducir la carga económica que representaba mi educación para mi padre.
Durante más de cinco décadas residí en Coral Gables, Miami. Allí desarrollé buena parte de mi vida profesional y personal, hasta mi retiro a los 80 años.
Mis hermanos, Dolores y Michael, fallecieron en 2004 y 2001, respectivamente. Con sus partidas, quedé como único sobreviviente de los hermanos.
La historia de la familia Smithies-Fernández constituye un testimonio de la importancia de la educación, la cultura y los vínculos humanos. A través de varias generaciones, sus integrantes mantuvieron relaciones con Cuba, Estados Unidos y Europa, sin perder la conexión con sus raíces familiares.
En mi propia vida se reflejan esas influencias: una educación multicultural, el aprendizaje de varios idiomas, la dedicación al trabajo y el valor de la familia. Todo ello forma parte de una historia personal inseparable de la Cuba de mediados del siglo XX y de las relaciones culturales que unieron a la isla con Europa y Norteamérica.
II. MIS RECUERDOS DEL CENTRAL AMÉRICA
(Quince años de vida en un ingenio azucarero cubano (1945-1960)
Mi nombre es John y quiero compartir mis recuerdos del Central América, en Cuba, donde viví desde 1945 hasta 1960.
El central constituía un complejo industrial y agrícola de considerable magnitud. Disponía de un impresionante equipamiento: quince camiones para transportar caña, dos volquetas, veinte tractores, tres locomotoras y 170 vagones destinados al traslado ferroviario de la materia prima. Contaba, además, con 52 carretas con llantas, siete Jeeps y dos automóviles.
Toda aquella maquinaria estaba al servicio de aproximadamente 500 hombres que trabajaban directamente en el central y otros 1,500 que laboraban en el campo.
La zafra comenzaba casi siempre en enero y se prolongaba hasta junio. El trabajo industrial se organizaba en tres turnos: de tres de la madrugada a once de la mañana; de once de la mañana a siete de la noche, y de siete de la noche a tres de la madrugada. Treinta minutos antes del inicio de cada turno sonaba una alarma que advertía a los trabajadores que debían prepararse para comenzar sus labores.
Los olores y sonidos de la zafra
Conservo muy vivos los olores que impregnaban el batey durante la temporada azucarera: el jugo fresco de la caña, el bagazo, las mieles y el azúcar final, conocida como azúcar prieta.
El Central América no tenía refinería, por lo que no producía azúcar blanca o refinada, aunque esta última era preferida por muchas personas.
También recuerdo el agradable aroma del café que procedía de los almacenes y tostadoras de Contramaestre y Maffo. Una familia apellidada Macías tenía negocios relacionados con esa actividad en la zona.
El ambiente del central estaba definido por una combinación de sonidos, olores y movimientos que hoy forman parte inseparable de mis recuerdos de infancia: el ruido de las locomotoras, las alarmas que anunciaban los turnos, el movimiento de los camiones y el trabajo constante de cientos de hombres.
Una precisión sobre la historia del central
Contrario a lo que he leído en algunos artículos, el Central América no fue nacionalizado en 1959. Según recuerdo, la mayoría de los ingenios cubanos fueron confiscados durante el otoño de 1960, por decisión del Gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro, en un proceso en el que Ernesto Che Guevara desempeñó un papel importante.
Esta precisión es necesaria para distinguir la memoria de los acontecimientos históricos y evitar que se confundan las fechas de los diferentes procesos de intervención y nacionalización.
La Casa Vivienda: nuestro hogar en el batey
Cerca de la casa de mi abuelo, conocida como Casa Vivienda, había una pequeña estación ferroviaria donde se detenía el Gascar, un tren ligero de un solo vagón, con motor propio, que transportaba pasajeros por las líneas de los Ferrocarriles de Cuba.
Por allí llegaban personas de distintos lugares. Recuerdo, entre ellas, a un chino que vendía pescado y que venía de Manzanillo.
La Casa Vivienda era una construcción de madera con dos plantas. El segundo piso tenía cuatro habitaciones grandes y un baño. Se utilizaba principalmente cuando las habitaciones de la planta baja estaban ocupadas.
En la planta baja había una sala, un dormitorio con dos camas, otro con una cama muy grande y una habitación adicional con baño y entrada independiente.
El comedor tenía una espectacular mesa de madera. La cocina disponía de fogones eléctricos y de leña, además de una mesa grande donde se servía el almuerzo a los empleados.
Había también dos pequeños cuartos destinados al almacenamiento. En la parte posterior se encontraba otra construcción que albergaba la lavandería y el fregadero.
La casa tenía una organización doméstica que permitía atender tanto a la familia como a las personas que trabajaban allí.
Entre quienes prestaban servicios en la vivienda recuerdo a Paca y Lorenzo Olivo, españoles, que se desempeñaban como ama de llaves y mayordomo. Dora, descendiente de jamaicanos, era la cocinera. Georgina MacLean, también de ascendencia jamaicana, se ocupaba de la limpieza.
La lavandera se llamaba Cuna. Era una mujer negra y recuerdo que fue la primera mujer que vi fumando un tabaco. También trabajaban dos o tres jardineros y el sereno Santos, de origen español. Estos últimos vivían en casas independientes.
En la Casa Vivienda teníamos dos perros blancos de raza terrier, llamados Zig y Zag. Durante el día permanecían controlados y por la noche se soltaban junto al sereno. Diariamente se les preparaban grandes pailas de arroz.
Los vecinos y las instalaciones del batey
Cerca de nuestra casa vivían Mario Zanetti Gurdiel y mi padre, ambos administradores del Central América. Con el tiempo, Zanetti también se trasladó a Miami.
Vivía igualmente Ramón Font Saumell, jefe de la oficina del central. Su casa sería ocupada por Fidel Castro el 1 de enero de 1959.
Más allá estaban las viviendas de otros empleados, entre ellas la del señor Muñiz, responsable del servicio eléctrico. También se encontraban las oficinas de la Compañía Azucarera América S.A. y de la Compañía Agrícola El Purial.
Otra hilera de casas incluía El Club, donde vivía Modesto, un enfermero, y la residencia del señor Ángel Bueno, contador del central, junto a su esposa y su hija Rebeca, a quien llamábamos Becky.
Más adelante vivía el doctor Nano Galano, médico del pequeño hospital del central.
Al final se encontraban las caballerizas, donde residía Gilberto, conocido como Papacito, con su familia. Allí trabajaba también un hombre llamado Tito.
Junto a las caballerizas estaban los garajes destinados a los automóviles de la compañía, entre ellos Cadillac y Mercury.
En otra casa vivía el chofer Arsenio Ramírez con su familia. Recuerdo también a Miguel Figueredo, otro chofer, quien posteriormente se trasladó a Miami y trabajó en un club de golf.
Cada vivienda, cada instalación y cada persona formaban parte de una comunidad estrechamente relacionada con la actividad del central.
El río Contramaestre y nuestras excursiones
El río Contramaestre pasaba detrás del central. No era demasiado caudaloso y podíamos cruzarlo fácilmente en Jeep o a caballo cuando íbamos a visitar otras fincas.
De sus aguas se extraía el suministro destinado al riego de los campos de caña y al abastecimiento de las viviendas y las instalaciones industriales.
Mi padre tenía una canoa que colocábamos sobre el techo del Jeep para salir a pescar. Buscábamos truchas y biajacas. También cazábamos patos de la Florida que llegaban desde regiones más septentrionales de Estados Unidos.
Cuando llovía intensamente, el agua, normalmente clara, adquiría un color carmelita debido al fango que arrastraba la corriente.
En medio del río había unos chinos que cultivaban hortalizas. Cuando las crecidas llegaban con fuerza, el agua arrasaba sus sembrados. Sin embargo, después regresaban, volvían a cultivar la tierra y comercializaban sus productos en Contramaestre y Maffo.
Guardo un recuerdo muy especial de un viaje que hice con mi padre en Jeep a Dos Ríos. Fuimos a conocer el lugar donde murió José Martí y el monumento levantado en su honor. Aquella visita quedó profundamente grabada en mi memoria.
Cerca del central, junto al río, había también un paraje muy hermoso, rodeado de leyendas, conocido como Poza El Encanto.
Frutas, jardines y generosidad
En el batey abundaban los árboles de mango. Detrás de la Casa Vivienda teníamos caimitos, mameyes, nísperos y mandarinas, además de magníficas hortalizas.
Se cultivaban lechugas, tomates, pepinos, rábanos, remolachas, piñas, habichuelas y muchos otros productos.
Mi padre acostumbraba traer semillas de Estados Unidos, especialmente de la firma Burpee Seeds. Gracias a ello cultivábamos variedades poco conocidas en la zona, como las coles de Bruselas y las habas lima.
Más atrás había aproximadamente 400 árboles de naranja y toronja. Aquella producción nos permitía mantener un grado considerable de autosuficiencia y ofrecer frutas a los empleados, quienes podían disfrutar diariamente de jugos naturales y llevar frutas a sus hogares.
Recuerdo que algunas veces los trabajadores solicitaban naranjas para algún familiar enfermo. Lo único que se les pedía era que trajeran un saco o una bolsa. Se les entregaban gratuitamente, sin cobrarles nada.
El excedente se vendía a comerciantes a un centavo por naranja. Cuando se reunía suficiente cantidad, se llenaba un camión para su distribución.
Este sistema de aprovechamiento de los cultivos era una muestra de la organización de la vida cotidiana en el batey. La producción no se destinaba exclusivamente al consumo familiar o a la venta: también contribuía al bienestar de los trabajadores y sus familias.
La arboleda y los acontecimientos de 1959
Recuerdo que se sembró una gran arboleda en un terreno donde antes jugábamos pelota. Posteriormente, en ese espacio se construyó el estadio.
La arboleda cumplía una función importante: reducía el polvo y el bagacillo que llegaban hasta las viviendas del batey, procedentes de las actividades industriales del central.
Con el tiempo me dijeron que aquellos árboles también sirvieron de cobertura a las tropas de Fidel Castro, cuyos integrantes colgaban allí sus hamacas.
Es importante precisar un detalle que recuerdo bien: el 1 de enero de 1959, cuando Fulgencio Batista abandonó el poder, Fidel Castro se encontraba en la casa de Ramón Font Saumell, jefe de las oficinas del central, y no en la Casa Vivienda de mi abuelo.
Los caminos, el transporte y los viajes a Cuba
El central mantenía un servicio de autobús que cubría la ruta Central América-Contramaestre-Maffo. El pasaje costaba cinco o diez centavos, según el trayecto.
Los colonos de Baire enviaban su caña al central mediante ferrocarril y camiones.
Cuando era niño, viajábamos en aviones DC-3 de Cubana de Aviación desde La Habana. La primera escala era Manzanillo y la segunda Bayamo, donde la pista era de tierra.
En Bayamo nos esperaba el automóvil del Central América. Desde allí continuábamos el recorrido pasando por Baire.
En ese pueblo siempre debíamos detenernos en la casa de un colono llamado Nolo, que me tenía mucho cariño. Cada vez que me veía, me saludaba con una expresión que nunca olvidé:
—¡Johnny, mi negro, cómo has crecido!
Son recuerdos sencillos, pero permanecen vivos porque representan la cercanía y el afecto de las personas que formaron parte de mi infancia.
También recuerdo que el cuartel de la Guardia Rural estaba situado en Baire, mientras que el de Contramaestre se encontraba junto al Central América.
La iglesia y la vida religiosa
Durante mi estancia en Contramaestre observé que la iglesia local dependía parcialmente de mi abuelo para su mantenimiento.
Los hombres asistían poco a misa y buena parte de las donaciones procedía de las mujeres y los niños.
Con el paso de los años he pensado que la parroquia podría estar recibiendo algún tipo de apoyo internacional. Una visita reciente del arzobispo de Milán me hizo considerar esa posibilidad, aunque no dispongo de información suficiente para confirmar la existencia de tales ayudas.
El Central América: un mundo que permanece en la memoria
Hoy, cuando miro hacia atrás, comprendo que el Central América no fue simplemente un lugar en el mapa. Fue un universo que conocí y experimenté con todos mis sentidos.
Todavía recuerdo los aromas del jugo de caña, el bagazo, las mieles y el azúcar prieta; los sabores de las frutas y hortalizas que cultivábamos; los sonidos de las locomotoras, las alarmas que anunciaban los turnos de trabajo y los ladridos de Zig y Zag.
También recuerdo a las personas que formaron parte de aquella vida: los trabajadores del campo y del central, los vecinos, los jardineros, las amas de llaves, los choferes, el médico, el enfermero y, por supuesto, mi familia.
Todos ellos contribuyeron a convertir un complejo azucarero en un hogar lleno de historias, trabajo, convivencia y cuidado mutuo.
El río Contramaestre, las matas de mango, la Poza El Encanto, los viajes en Jeep, las jornadas de pesca y aquel paseo a Dos Ríos constituyen hoy un tesoro de recuerdos que me acompaña.
El tiempo ha pasado y las transformaciones históricas han cambiado profundamente aquella tierra. Sin embargo, el Central América continúa vivo en mi memoria y en mi corazón. Fue el escenario de mis primeros aprendizajes y de una vida cotidiana compartida con cientos de hombres y mujeres.
Este testimonio no pretende ser únicamente una evocación personal. Es también una pequeña contribución a la historia de Cuba, de sus campos, de sus ingenios azucareros y de las comunidades humanas que crecieron alrededor de ellos.
Cada jornada vivida allí dejó una huella imborrable. Mientras pueda recordar y contar estas historias, aquel mundo seguirá existiendo.








