sábado, 20 de junio de 2026

LA ILUSIÓN DE LA AUTONOMÍA MUNICIPAL EN CUBA: DESCENTRALIZACIÓN SIN CAPACIDADES PARA GOBERNAR📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

La Tarea Ordenamiento otorgó al municipio cubano un nivel de autonomía administrativa sin precedentes desde 1959. La reforma partió de una premisa atractiva: acercar la toma de decisiones a los territorios, estimular el desarrollo local y convertir a los gobiernos municipales en protagonistas de la transformación económica y social del país. Sin embargo, entre la aspiración política y la realidad institucional se abrió una brecha que hoy condiciona seriamente los resultados del proceso.

El problema fundamental no radica en la descentralización como concepto, sino en las condiciones concretas en que se intentó implementarla. Se asumió que los municipios disponían de las capacidades organizativas, técnicas y culturales necesarias para gestionar una autonomía ampliada. Sin embargo, durante más de seis décadas el modelo de dirección predominante se caracterizó por la centralización de decisiones, la subordinación jerárquica y una limitada capacidad de iniciativa local. Pretender que estructuras acostumbradas a ejecutar orientaciones externas se transformaran rápidamente en centros de gestión estratégica constituyó más una expectativa política que un diagnóstico realista.

La cultura de gestión autónoma no surge por decreto. Requiere conocimientos técnicos, experiencia administrativa, liderazgo local, capacidad de innovación, acceso a información, mecanismos de evaluación y una ciudadanía acostumbrada a exigir resultados a sus gobernantes. Ninguno de esos elementos puede construirse en pocos años cuando la práctica institucional dominante ha sido históricamente distinta.

Un error similar se produjo al depositar grandes expectativas en las universidades municipales y territoriales como motores científicos del desarrollo local. La idea respondía a una lógica correcta: vincular el conocimiento con la solución de los problemas concretos de cada territorio. Sin embargo, en numerosos municipios las instituciones académicas carecen de suficientes recursos, especialistas, proyectos de investigación aplicada o vínculos efectivos con los gobiernos locales para desempeñar ese papel con la magnitud requerida. La voluntad política de convertir a la universidad en actor estratégico no siempre ha estado acompañada por las capacidades materiales y humanas necesarias para lograrlo.

Al mismo tiempo, el discurso oficial ha trasladado progresivamente hacia los municipios responsabilidades relacionadas con la alimentación, la vivienda, los servicios comunales, el empleo, la cultura, la gestión del agua, el desarrollo industrial e incluso la captación de ingresos para sostener programas sociales. En teoría, esta transferencia busca fortalecer la capacidad de respuesta de los territorios. En la práctica, muchos gobiernos municipales deben asumir nuevas obligaciones sin contar con los recursos financieros, tecnológicos o humanos indispensables para cumplirlas.

La contradicción resulta evidente: se exige autonomía en la gestión mientras persisten limitaciones estructurales que restringen su ejercicio efectivo. Un municipio puede ser formalmente autónomo y, al mismo tiempo, depender de decisiones externas para acceder a financiamiento, aprobar inversiones o ejecutar proyectos estratégicos.

Esta situación no se manifiesta de igual manera en todo el país. Existen municipios que han logrado desarrollar experiencias innovadoras, aprovechar encadenamientos productivos, fortalecer la participación comunitaria o generar ingresos propios. Sin embargo, esos casos continúan siendo excepciones dentro de un escenario nacional donde predominan dificultades para diseñar estrategias de desarrollo sostenibles y ejecutarlas con eficacia. Reconocer estas diferencias resulta importante para evitar generalizaciones que invisibilicen experiencias valiosas y aprendizajes potencialmente replicables.

Otro obstáculo significativo es la persistencia de relaciones de subordinación entre las estructuras provinciales y municipales. Aunque las reformas han buscado fortalecer el papel de los gobiernos locales, en la práctica muchas decisiones continúan dependiendo de instancias superiores. Con frecuencia, las prioridades provinciales terminan imponiéndose sobre las estrategias territoriales, reduciendo los márgenes reales de autonomía y limitando la capacidad de los municipios para aprovechar sus potencialidades específicas.

La relación entre provincia y municipio constituye, probablemente, una de las contradicciones institucionales menos resueltas del proceso de descentralización cubano. Mientras no se definan con claridad las competencias, responsabilidades y límites de cada nivel de gobierno, la autonomía municipal seguirá siendo más formal que efectiva.

El desafío actual es esencialmente cultural. No basta con aprobar nuevas normativas ni con transferir funciones administrativas. Resulta imprescindible formar una nueva generación de dirigentes y gestores locales capaces de pensar estratégicamente el territorio, administrar recursos con eficiencia, promover alianzas productivas y rendir cuentas de manera sistemática ante la ciudadanía.

Para ello, el Poder Popular debe fortalecer el papel de los consejos populares como espacios reales de participación y liderazgo. Los municipios necesitan programas permanentes de formación para cuadros y funcionarios, sistemas de evaluación basados en resultados concretos, mayor articulación con universidades y centros de investigación, así como incentivos que premien la innovación y la generación de riqueza local.

Asimismo, la ciudadanía debe convertirse en un actor más activo dentro del proceso de desarrollo territorial. La autonomía municipal solo puede consolidarse cuando existe una población capaz de participar, fiscalizar y exigir transparencia en la gestión pública. Sin control social, la descentralización corre el riesgo de convertirse en una simple transferencia de responsabilidades sin mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

El municipio cubano se encuentra hoy ante una encrucijada histórica. Se le exige generar riqueza, sostener servicios públicos, impulsar el desarrollo económico y responder a demandas sociales crecientes en medio de una de las crisis más profundas que ha enfrentado el país en décadas. Sin embargo, las capacidades institucionales, culturales y financieras necesarias para asumir plenamente esas funciones todavía se encuentran en construcción.

La descentralización fue concebida como una vía para dinamizar el desarrollo nacional desde los territorios. No obstante, la experiencia demuestra que la autonomía administrativa por sí sola no produce autonomía de gestión. Entre ambas existe una distancia que solo puede cerrarse mediante un proceso sostenido de aprendizaje institucional, fortalecimiento de capacidades y transformación cultural.

La verdadera discusión ya no consiste en determinar cuánta autonomía deben tener los municipios, sino cómo construir las condiciones que les permitan ejercerla de manera efectiva. Hasta que esa cuestión no sea resuelta, la autonomía municipal seguirá siendo más una aspiración estratégica que una realidad consolidada.

viernes, 19 de junio de 2026

CUANDO MATAR AVES SE CONVIERTE EN COSTUMBRE 📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

He visto a personas con escopetas de perle asesinar aves indefensas. Las he visto disparar como si se tratara de una simple práctica de tiro al blanco. He visto a niños celebrar esas muertes. He sentido una profunda tristeza por esos adultos, incapaces de establecer una relación sana y respetuosa con la naturaleza.

Esos mismos niños recorren calles y avenidas pobladas de árboles matando lagartijas, bijiritas, azulejos, gorriones y palomas. El comportamiento que observan en los mayores se convierte en el modelo que los inspira a actuar sin compasión. Duele ver una nación donde algunos adultos matan aves sin escrúpulo alguno. Duele aún más comprobar cómo los niños imitan esas conductas.

¿Dónde está la ley que sanciona estos actos? ¿Dónde está la familia que educa a sus hijos en el respeto por la biodiversidad y por toda forma de vida?

He visto a personas dispararle a un tomeguín del pinar y celebrar su muerte. Qué triste saber que existen individuos capaces de causar ese daño sin ser conscientes de las consecuencias que provocan sobre una fauna cada vez más vulnerable.

Duele la existencia de quienes son incapaces de apreciar el canto de la tojosa o el arrullo de una paloma de monte. Duele la indiferencia ante la belleza y el valor de la naturaleza que nos rodea.

jueves, 18 de junio de 2026

LOS ENCAPUCHADOS📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Todas las noches son iguales. Por mucho que uno se esfuerce, resultan idénticas: infinitamente oscuras, infinitamente calladas.

En mi barrio, la mayoría se encierra apenas oscurece. Todas las noches, los encapuchados rondan las calles. Silban una y otra vez. Roban en cualquier casa donde encuentren una vulnerabilidad.

Antes, las noches eran para descansar. Eran para ver televisión, leer, vivir. Ahora son una pesadilla interminable.

Los encapuchados son los dueños de la noche. Silban una y otra vez. Parecen señales, quizá avisos. Son los reyes de un mundo nuevo que nace a la vista de todos. Son capaces de cualquier cosa. Amplían su poder noche tras noche. Sólo he visto a tres encapuchados. Sólo conozco sus silbidos. Esperan el más mínimo error, el menor descuido, para asestar un golpe en los hogares.

Todas las noches son iguales. Por mucho que uno se esfuerce, siguen siendo infinitamente oscuras. Las noches pertenecen a los encapuchados. Son reyes a los que todos temen.

sábado, 13 de junio de 2026

BUNGO 9: MEMORIA DE UNA ESCUELA QUE FUE HOGAR📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hay lugares que no solo pertenecen a la historia de la educación, sino también a la memoria íntima de las familias. Bungo 9 es uno de ellos.

Allí realizó su preuniversitario mi tía Maira, en una época en la que los pasillos de aquella escuela estaban llenos de proyectos, amistades y una vida estudiantil que, con los años, se convirtió en recuerdo entrañable. En sus relatos siempre aparecían los mismos nombres con una mezcla de cariño y nostalgia: Bárbara y Loli, compañeras de estudio que terminaron formando parte de nuestro propio universo familiar, como si los vínculos creados en aquellas aulas hubieran trascendido el tiempo y la distancia.

Corrían los años 70 del siglo pasado, y Bungo 9 era más que un centro de enseñanza: era un punto de encuentro, un espacio donde se forjaban amistades duraderas y donde cada jornada dejaba una huella. En casa, su nombre se pronunciaba con respeto, casi con orgullo, como se habla de un lugar que marcó una etapa decisiva en la vida.

Con el paso del tiempo, también yo llegué a conocer parte de esa historia. Tuve la oportunidad de visitar la escuela en varias ocasiones y de conversar con uno de sus directores, Canal. En esas visitas no solo vi un edificio; vi lo que quedaba de una época que para mi tía Maira sigue viva en la memoria. Cada pasillo parecía contener fragmentos de aquellas historias que ella tantas veces había contado.

Por eso, ver hoy las imágenes de su deterioro duele de una manera difícil de explicar. No es solo la pérdida de una estructura física, sino el desvanecimiento simbólico de un espacio que fue importante para tantas vidas. Duele comprobar cómo un centro de tanto prestigio ha llegado a ese estado, como si el tiempo hubiese borrado, poco a poco, las voces que alguna vez lo llenaron.

Bungo 9 ya no es el mismo, pero en la memoria de quienes lo vivieron permanece intacto. Allí siguen, de algún modo, Maira, Bárbara, Loli y todos los que hicieron de sus años de estudio una historia compartida que todavía hoy resiste al olvido.

jueves, 11 de junio de 2026

BUNGO 7: EL CAMINO DE LOS RECUERDOS📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Fueron innumerables las veces que recorrimos este camino. Era mucho más que una simple vía de acceso: era parte de nuestra vida, un escenario cotidiano donde transcurrían historias, encuentros y despedidas que hoy permanecen intactos en la memoria.

Por aquí entraba y salía, día tras día, toda una comunidad escolar. Por aquí llegaban las noticias buenas y las malas; por aquí transitaban las alegrías, las preocupaciones y los sueños de quienes formaron parte de aquel mundo.

A un lado, cerca de un frondoso álamo, vivía Papa el plomero. Más adelante estaba Vidal, el carpintero, mis colegas Onniel Matos, Güicho y Alexis un poco más allá, y casi en la entrada, Genaro, el chofer de la guagua. Todos ellos eran parte inseparable del paisaje humano que daba vida al lugar.

Por este camino también entraba y salía el "Papillón" las noches de miércoles y domingos. Aquí esperábamos con ilusión a nuestros padres y aquí mismo los despedíamos. La guagua de los profesores iba y venía constantemente, marcando el ritmo de jornadas que parecían interminables y que hoy recordamos con cariño.

Verlo ahora, solitario y olvidado, produce una profunda conmoción. El silencio que lo envuelve contrasta con la vida que alguna vez corrió por él. Cada tramo guarda una anécdota, una risa, una travesura.

Por aquí muchos escapaban rumbo a casa y otros eran sorprendidos en la entrada por algún directivo del centro. Desde el laboratorio de Química contemplábamos cómo el camino se extendía hasta perderse en la distancia. Desde allí también se divisaba la mata de zapote junto al laboratorio, testigo de tantas ocurrencias juveniles. Aún arranca una sonrisa recordar las veces que alguien trepó por ella para hacerle alguna travesura a Francisco, el químico.

Por aquí llegamos muchos de los que, cariñosamente, eran conocidos como "los del punto", porque en Cruce de Anacahuita abordábamos la guagua de los profesores para dirigirnos a Bungo 7.

Este camino no es solo tierra, piedras y polvo. Es memoria viva. Es el hilo invisible que une generaciones de estudiantes, profesores, trabajadores y familias. Aunque el tiempo haya pasado y la soledad parezca haberse adueñado de él, cada paso dado sobre su superficie sigue resonando en el corazón de quienes lo recorrieron.

Porque hay caminos que conducen a un lugar, y hay otros que conducen para siempre a los recuerdos. Este es uno de ellos.

miércoles, 10 de junio de 2026

LOS ESPÍRITUS DE BUNGO 7📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Volví. Volví a aquel lugar donde cursé mi bachillerato. Regresé con el alma enlutada y sombría. Ante mis ojos apareció Bungo 7, la Manuel Guillermo González Polanco, la escuela a la que llegué siendo apenas un muchacho de trece años.

Allí pasé tres cursos. Allí conocí a amigos inolvidables: Cheo el aguatero, Vidal el carpintero, Papa el plomero, Orlando el fígaro, Julio el electricista, Chaca el jefe de comedor. Gente buena. Gente humilde.

Allí amé y fui amado. Allí crecí como hombre en un ambiente espartano donde sobrevivir no siempre era fácil. Viví momentos dorados, pero también fui testigo de muchas injusticias, porque no todo fue color de rosa.

Allí estaban nuestras caminatas hacia Indalla cuando escaseaba el agua; aquel río mágico rodeado de enormes árboles de mamoncillo y mango. Allí estaban los interminables campos de naranjas dulces, donde cualquier hora era buena para calmar el hambre.

Allí resonaban los gritos de los partidos de fútbol entre los Bungos, celebrados por un público fervoroso. Allí estaban también los juegos de béisbol, las primeras ilusiones amorosas, los Días de los Enamorados caminando hacia el comedor de la mano de una muchacha querida.

Allí sonaba la radio base con aquella música romántica de los años setenta y ochenta, prodigiosa para algunos, inolvidable para muchos. Allí fueron los amaneceres y las noches de estudio, los sueños, las esperanzas y las conquistas.

Pero allí también habitaba otro mundo. El de la guapería en los dormitorios, las maldades contra los más humildes, los abusos contra los indefensos. Un mundo donde había que aprender a cuidarse solo o buscar alianzas para sobrevivir. Un mundo opresivo que despertaba cuando se apagaban las luces.

Allí hubo ajustes de cuentas en medio del sueño, golpes demoledores contra los abusadores, guerras de pandillas y silencios llenos de tensión. Un universo donde convivían la ternura y la agresividad, la amistad sincera y la violencia más cruda.

Sin embargo, allí también encontré amigos verdaderos. Amigos respetados que hicieron más ligera mi existencia en aquellos años.

Volver hoy a mi preuniversitario a través de estas imágenes es volver a encontrarme con muchos espíritus que creía olvidados. Y descubrir que, aunque el tiempo haya pasado, una parte de mí sigue viviendo allí.

martes, 9 de junio de 2026

BUNGO 7: EL PASILLO DE LOS SUEÑOS, LOS BESOS Y LA MEMORIA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hubo un tiempo en que el pasillo superior no era solo una estructura de concreto suspendida entre las aulas y los dormitorios. Era un mundo. Un espacio propio donde transcurrían los días más intensos de nuestra primera juventud y donde cada rincón guardaba una historia que parecía destinada a permanecer para siempre.

Allí dimos los primeros besos y pronunciamos las primeras palabras de amor que creíamos eternas. Allí aprendimos el lenguaje silencioso de las miradas, de las manos que se buscan, de los abrazos tímidos y de las emociones que hacían temblar el corazón. Las jardineras rebosantes de flores servían de escenario para los enamorados, mientras la vida parecía avanzar al ritmo de las ilusiones juveniles.

Cada miércoles, como un ritual secreto, muchos subíamos de la mano de la novia. Otros llegaban con la esperanza de iniciar una conversación, conquistar una sonrisa o provocar ese misterioso hechizo que, sin previo aviso, terminaba convirtiéndose en enamoramiento. El pasillo superior era mucho más que un lugar de tránsito: era el escenario donde se construían afectos, amistades y recuerdos imborrables.

Era el pasillo superior de Bungo 7, de la Manuel González Polanco, aquella escuela que para toda una generación representó el puente entre la adolescencia y el porvenir. Desde sus aulas partimos hacia profesiones, oficios y destinos distintos. Algunos encontraron caminos luminosos; otros tuvieron trayectorias más difíciles. Pero todos llevamos algo de aquel lugar grabado en la memoria.

No todo era inocencia. Como ocurre en toda comunidad juvenil, también allí se incubaban travesuras y maldades. Desde lo alto, los de abajo podían convertirse en blanco de bromas y ocurrencias que hoy sobreviven apenas como anécdotas. Sin embargo, incluso esos episodios forman parte de una época que el tiempo terminó envolviendo con un velo de nostalgia.

Cuando caía la noche, el lugar adquiría una magia especial. La radio base dejaba escapar las canciones de José José y las voces parecían mezclarse con la brisa. En esos momentos, uno deseaba que el tiempo se detuviera. Que la juventud no terminara nunca. Que las promesas, los amores y los sueños conservaran para siempre la intensidad de aquellos años.

Hoy, al contemplar el pasillo superior despojado de ventanas, puertas y de buena parte de la vida que lo habitó, resulta inevitable sentir una profunda tristeza. Ya no está la escuela que conocimos. El espacio físico permanece, pero la energía que lo convirtió en un universo de emociones parece haberse desvanecido.

Y, sin embargo, basta cerrar los ojos para verlo nuevamente lleno de estudiantes, de risas, de conversaciones interminables y de corazones que descubrían el amor por primera vez. Porque los edificios envejecen, las paredes se deterioran y los años pasan, pero ciertos lugares conservan una existencia distinta en la memoria de quienes los vivieron.

Por eso duele verlo así. Porque en ese pasillo amamos y fuimos amados. Porque allí quedaron guardados algunos de los momentos más felices de nuestra juventud. Y porque, aunque hoy parezca gravitar en el olvido, para quienes caminamos por él seguirá siendo el lugar donde una vez creímos que el futuro era infinito y que la felicidad podía encontrarse, simplemente, al final de un corredor.

domingo, 7 de junio de 2026

EL AJIACO DE LA NOSTALGIA📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Día tras día se repite el mismo drama: sobrevivir. No la supervivencia heroica de los libros ni la que inspira discursos solemnes, sino la más humilde y silenciosa, la que empieza cada mañana frente a un fogón que hay que encender con cualquier cosa. La llama se ha convertido en una conquista cotidiana, casi en un acto de fe. Y luego viene el café, apenas un buchito, un milagro doméstico cada vez más difícil de sostener porque la colada sube de precio con la misma obstinación con que crece la inflación.

En medio de esa rutina áspera, la memoria suele abrir sus puertas. Entonces aparece el ajiaco de mamá.

Basta evocarlo para que los sentidos despierten. Mis papilas parecen llenarse de humedad al recordar aquella olla abundante donde convivían las carnes, las viandas, el maíz y un sabor tan auténtico que uno quería seguir comiendo más allá de lo que el estómago permitía. El ajiaco no era simplemente un plato; era una celebración familiar, una forma de entender la vida, una expresión de pertenencia.

Hoy, sin embargo, el ajiaco parece haberse marchado de la mesa cotidiana. Prepararlo se ha convertido en un lujo. Lo que durante generaciones fue símbolo de cubanía y abundancia doméstica habita ahora en un territorio incierto llamado nostalgia. Allí también vive el lechón asado, aquel invitado habitual de los días felices: el Día de las Madres, la Navidad, el fin de año, el Año Nuevo. Durante décadas fue tan natural verlo en la mesa familiar como escuchar las conversaciones interminables después de la comida.

Pero las cosas cambiaron.

Una utopía rota, incapaz de sostener las promesas que proclamaba, terminó expulsando de la vida diaria muchas de las costumbres que definían a la familia cubana. Los platos tradicionales dejaron de ser cotidianos para convertirse en recuerdos. Y junto con ellos fueron desapareciendo ciertas certezas, ciertas alegrías sencillas que parecían eternas.

Mientras intento encender el fogón imposible, pienso a menudo en aquellas reuniones familiares. Veo a la familia reunida alrededor de la mesa, compartiendo historias, riendo, discutiendo incluso, pero unida. Entonces advierto también las fracturas que el tiempo y la política fueron dejando sobre las relaciones humanas. Porque la escasez no solo vacía despensas; también erosiona vínculos, separa generaciones y obliga a muchos a buscar lejos el futuro que no encuentran cerca.

Mi abuelo tenía momentos de lucidez extraordinaria. Entre una conversación y otra soltaba frases que parecían sencillas, pero que con los años revelaban una profundidad inesperada. Solía decir que el rojo y el negro no eran únicamente el título de una novela de Stendhal, sino la novela cotidiana de nuestros días. Después olvidaba sus propias palabras, como si las hubiera prestado apenas por un instante.

Hoy creo comprender mejor lo que quería decir.

Mientras millones de personas enfrentan el drama diario de conseguir comida, cocinar y llegar a fin de mes, quienes representan el rojo o el negro —los extremos del poder, las castas ideológicas, las élites de cualquier signo— rara vez tienen que preguntarse cómo encender un fogón o cuánto café queda para mañana. Su realidad transcurre lejos de la angustia cotidiana de los humildes.

Por eso vuelvo tantas veces a Martí, una referencia moral y humana que parece hablarle todavía al presente. Él advirtió los peligros de los dogmas y de los privilegios que nacen cuando una minoría se considera dueña de la verdad. Comprendió que allí donde se levantan castas políticas o ideológicas termina apareciendo una distancia insalvable entre quienes mandan y quienes padecen.

Quizás Martí vio demasiado lejos.

Quizás la tragedia fue que muchos no supimos encontrar a tiempo ese Martí que hablaba de libertad, dignidad y justicia sin fanatismos. Tal vez, de haber escuchado mejor aquellas advertencias, el presente sería distinto. Tal vez otro gallo cantaría.

Mientras tanto, día tras día, la llama vuelve a resistirse. El café sigue siendo un milagro pequeño. Y el ajiaco de mamá continúa hirviendo en la memoria, convertido en algo más que un recuerdo culinario: una metáfora de todo lo que alguna vez fue cotidiano, abundante y nuestro. Allí permanece, intacto en el corazón, mientras la nostalgia hace el trabajo que la realidad ya no puede hacer.

sábado, 6 de junio de 2026

POLACOS DE FRANK PAÍS: UNA HERIDA ABIERTA DE CONTRAMAESTRE📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hoy volví a los edificios polacos de Frank País. Volví porque allí tuve una vida. Allí crecieron amistades, compartí con vecinos entrañables y aprendí a querer un barrio que durante años fue parte de mi historia. Regresé buscando recuerdos, pero encontré una realidad que estremeció mi alma.

Detrás del Polaco C me esperaba una imagen difícil de olvidar: una fosa desbordada, rebosante de aguas fétidas, amenazando con entrar en los apartamentos de la primera planta. Allí viven niños, ancianos y familias trabajadoras que cada día deben convivir con un peligro que no debería existir. El agua sucia cae a la calle, corre pendiente abajo, pasa frente a un mercado y continúa su recorrido entre varios edificios, como una herida abierta que nadie ha querido cerrar.

Observé en silencio. A veces el dolor no encuentra palabras inmediatas. Pensé en quienes despiertan cada mañana rodeados por aquel escenario, en quienes deben abrir sus ventanas y respirar el olor de la desidia. Pensé también en los niños que juegan cerca de esos espacios y en los ancianos que enfrentan con resignación una situación que amenaza su salud.

Sobre el registro de la fosa ha crecido un basurero colosal. Donde antes existía un depósito destinado a los desechos, hoy se levanta una montaña de desperdicios. Según cuentan los vecinos, trabajadores de servicios comunales destruyeron aquella instalación y nunca fue sustituida. El resultado está a la vista: basura acumulada, contaminación y abandono.

Pero lo más alarmante es que el problema no termina allí. Detrás del otro edificio la situación es igualmente preocupante. Basta una mirada para comprender que se necesita una intervención urgente. Con el calor, las aguas estancadas y los desechos acumulados, las arbovirosis encuentran el terreno perfecto para propagarse. Como siempre, los más vulnerables serían las principales víctimas.

Mientras caminaba por aquellos lugares que alguna vez sentí tan míos, varias pregunta no dejaban de acompañarme: ¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo llegamos a normalizar escenas tan dolorosas? ¿En qué momento permitimos que el abandono ocupara espacios donde antes había comunidad, cuidado y esperanza?

No volvía a Frank País desde hacía varios años. Quizás por eso el impacto fue tan fuerte. Los recuerdos que guardaba contrastaban demasiado con la realidad que tenía delante de los ojos. Y duele. Duele infinito contemplar el barrio de la memoria inundado por el detritus y cercado por la basura.

Me fui con el corazón encogido, pensando en quienes siguen allí, resistiendo. Pensando en los niños, en los ancianos, en las familias que merecen vivir con dignidad. Pensando, una vez más, en Cuba. Ay, Cuba. Qué dolor tan grande verte así.

viernes, 5 de junio de 2026

CUBA EN EL CANTO DE LA TOJOSA📖🤔

Por  Arnoldo Fernandez Verdecia. 

Cada amanecer ocurre el mismo milagro. Allí, en lo alto de una guásima, una tojosa recibe los primeros rayos del sol y deja escapar su canto. No es un canto estridente ni destinado a imponerse sobre los demás sonidos del campo. Es una voz suave, repetida, antigua: uhh, uhh, uhh... Sin embargo, quien la escucha con atención descubre algo más que el llamado de un ave. Hay en esa melodía una belleza singular, pero también una nostalgia difícil de explicar, como si en ella se resumiera la memoria de un pueblo entero.

La tojosa parece conocer secretos que los hombres han olvidado. Desde la altura de la guásima observa la tierra y canta. Su concierto, inalcanzable para quienes permanecen abajo, se derrama sobre los caminos, los sembrados y los hogares. A veces da la impresión de que no canta sólo para anunciar la llegada del día, sino para recordar una historia: la de un país pequeño que nació para la luz y que, sin embargo, ha debido atravesar largas noches.

Al escucharla, es imposible no pensar en Cuba. También ella es pequeña en el mapa, pero inmensa en su capacidad de inspirar sentimientos. También ella posee una voz única, reconocible entre todas las demás. Cuba es, de algún modo, esa tojosa posada sobre la guásima, aferrada a su rama más alta, resistiendo el paso del tiempo mientras deja escapar su canto hacia el horizonte.

José Martí soñó una nación solar. La imaginó luminosa, plena, abierta al porvenir. Los años trajeron esperanzas, desencantos y sacrificios. Y aunque muchas veces la noche pareció más larga que el día, el canto nunca desapareció. Como la tojosa, Cuba ha seguido cantando. Su voz ha cruzado mares y fronteras, y ha llegado a los oídos de quienes viven dentro y fuera de la isla.

Quizás por eso el canto de la tojosa conmueve tanto. Porque en él habita algo más profundo que la simple armonía de la naturaleza. Habita la persistencia. Habita la memoria. Habita la voluntad de seguir existiendo aun cuando las circunstancias parezcan adversas.

Allí continúa, sobre la guásima, bañando su plumaje con la luz de cada amanecer. Allí permanece, dueña de una música que ninguna otra ave puede imitar. Y mientras su voz se expande por el aire —uhh, uhh, uhh...— parece recordarnos que los pueblos, como las aves, conservan una canción propia que ninguna noche logra silenciar.

Desde lo más alto del cielo, un águila la observa. La pequeña tojosa no compite con ella ni pretende alcanzarla. Le basta con cantar. Y en ese canto, humilde y eterno, sigue latiendo Cuba.



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