Por Arnoldo Fernández Verdecia.
El escenario digital en Contramaestre ya no es un espacio en disputa. La comunicación oficial no solo ha perdido la iniciativa, sino que parece incapaz de reaccionar ante una realidad que la desborda. El aparato institucional, con todo el andamiaje que lo sostiene, no funciona como debería o, cuando lo hace, reproduce una narrativa tan desconectada de la cotidianidad que termina perdiendo toda credibilidad.
En medio de sus torpezas, no ha conseguido llenar los vacíos informativos que la población necesita cubrir. Y ahí, precisamente, los influencers han ganado por partida doble: ocupan el espacio que las instituciones dejan desatendido y, al mismo tiempo, capitalizan la creciente desconfianza de una ciudadanía que ya no encuentra respuestas en los canales oficiales.
La gente ha perdido la fe en un aparato comunicacional que no investiga, no indaga en las causas de los problemas, no cuestiona las estructuras que reproducen lo decadente y parece haberse refugiado en una narrativa de complacencia, donde todo marcha bien y Contramaestre se presenta como un municipio idealizado, muy distinto del que sus habitantes experimentan cada día.
Mientras esa brecha se ensancha ante sus propios ojos, quienes deberían hacer funcionar los mecanismos de la comunicación institucional se entretienen en loas y elogios a personas, organismos e instituciones. Abundan las alabanzas, pero escasean las preguntas incómodas; se amplifican las voces del poder, mientras se ignoran las de quienes reclaman, denuncian y exigen respuestas. Las numerosas voces que interpelan al poder local apenas encuentran espacio en una comunicación que parece más preocupada por preservar una imagen que por explicar la realidad.
Entretanto, el poder local, encerrado en su propia torre de marfil, persiste en el silencio y elude responder a muchas de las inquietudes ciudadanas. Y cuando las instituciones no hablan, no explican o no rinden cuentas, alguien termina ocupando ese vacío.
Eso es, precisamente, lo que está ocurriendo en Contramaestre. Cada vez más personas acuden a los influencers para exponer sus problemas, denunciar situaciones y buscar la atención que no encuentran en los canales institucionales. La ciudadanía ha comenzado a desplazar sus demandas hacia esos espacios alternativos, que ganan terreno no necesariamente porque ofrezcan un periodismo más riguroso, sino porque, en muchos casos, están más dispuestos a escuchar, publicar y poner determinados asuntos en circulación.
El resultado es evidente: los influencers han ganado protagonismo y hoy ocupan una posición central en el escenario digital del municipio. Su avance no puede explicarse únicamente por sus habilidades para comunicar o por el alcance de sus plataformas. También es consecuencia de las insuficiencias de un sistema que no ha sabido adaptarse a las nuevas dinámicas de consumo informativo ni comprender que la comunicación pública no consiste en difundir mensajes, sino en escuchar, investigar, contrastar, cuestionar y responder.
Detrás de esta realidad persiste una concepción anclada en viejas lógicas: la plaza sitiada, la idea de no darle armas al enemigo y la sospecha permanente ante cualquier crítica. Desde esa perspectiva, informar sobre un problema parece más peligroso que permitir que se agrave; reconocer una deficiencia se interpreta como una concesión, y cuestionar una decisión puede confundirse con un acto de deslealtad. Así, la comunicación deja de ser una herramienta para comprender y transformar la realidad y se convierte en un mecanismo para proteger la imagen institucional.
Pero la realidad no desaparece porque se oculte, ni los problemas se resuelven porque no se mencionen. Mucho menos puede recuperarse la credibilidad mediante una sucesión de mensajes triunfalistas que contradicen la experiencia cotidiana de la población.
Mientras el aparato comunicacional oficial permanece atrapado en esa burbuja, los influencers cosechan los frutos de su inacción. Lo hacen con sus propias lógicas, intereses, estilos y niveles de responsabilidad, que no necesariamente coinciden con los principios del periodismo profesional. No se trata de idealizarlos ni de asumir que todo lo que publican es riguroso o verificable. Se trata de comprender por qué han conseguido ocupar un espacio que, en condiciones normales, debería contar con una comunicación institucional capaz de informar con transparencia, investigar los problemas de la comunidad y servir de puente entre la ciudadanía y sus instituciones.
La paradoja es que ese terreno no fue conquistado únicamente por méritos ajenos: también fue cedido por las insuficiencias propias. Allí donde faltan respuestas, aparecen las especulaciones; donde no hay información oportuna, prosperan las versiones alternativas; donde la crítica se considera una amenaza, cualquier voz dispuesta a escuchar al ciudadano puede convertirse en referente.
Contramaestre ofrece, por tanto, una lección que trasciende el ámbito digital: ningún aparato comunicacional puede sostener indefinidamente una realidad construida desde el discurso cuando la experiencia cotidiana de la gente cuenta otra historia. La credibilidad no se decreta, no se impone y tampoco se recupera con consignas. Se construye escuchando, investigando, reconociendo errores y exigiendo respuestas a quienes tienen la responsabilidad de ofrecerlas.
Si la comunicación oficial quiere recuperar el espacio perdido, no bastará con publicar más contenidos ni con multiplicar los elogios a la gestión institucional. Tendrá que cambiar sus prácticas, abandonar la autocomplacencia, abrirse a la crítica y entender que su principal compromiso no es con la imagen de quienes gobiernan, sino con el derecho de la ciudadanía a estar informada.
En definitiva, los influencers no inventaron los vacíos informativos de Contramaestre. Encontraron esos vacíos y comenzaron a ocuparlos. Y mientras la comunicación oficial siga confundiendo propaganda con información, silencio con control y crítica con enemistad, serán otros quienes continúen contando la realidad que las instituciones se resisten a mirar de frente.