jueves, 11 de junio de 2026

BUNGO 7: EL CAMINO DE LOS RECUERDOS📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Fueron innumerables las veces que recorrimos este camino. Era mucho más que una simple vía de acceso: era parte de nuestra vida, un escenario cotidiano donde transcurrían historias, encuentros y despedidas que hoy permanecen intactos en la memoria.

Por aquí entraba y salía, día tras día, toda una comunidad escolar. Por aquí llegaban las noticias buenas y las malas; por aquí transitaban las alegrías, las preocupaciones y los sueños de quienes formaron parte de aquel mundo.

A un lado, cerca de un frondoso álamo, vivía Papa el plomero. Más adelante estaba Vidal, el carpintero, mis colegas Onniel Matos, Güicho y Alexis un poco más allá, y casi en la entrada, Genaro, el chofer de la guagua. Todos ellos eran parte inseparable del paisaje humano que daba vida al lugar.

Por este camino también entraba y salía el "Papillón" las noches de miércoles y domingos. Aquí esperábamos con ilusión a nuestros padres y aquí mismo los despedíamos. La guagua de los profesores iba y venía constantemente, marcando el ritmo de jornadas que parecían interminables y que hoy recordamos con cariño.

Verlo ahora, solitario y olvidado, produce una profunda conmoción. El silencio que lo envuelve contrasta con la vida que alguna vez corrió por él. Cada tramo guarda una anécdota, una risa, una travesura.

Por aquí muchos escapaban rumbo a casa y otros eran sorprendidos en la entrada por algún directivo del centro. Desde el laboratorio de Química contemplábamos cómo el camino se extendía hasta perderse en la distancia. Desde allí también se divisaba la mata de zapote junto al laboratorio, testigo de tantas ocurrencias juveniles. Aún arranca una sonrisa recordar las veces que alguien trepó por ella para hacerle alguna travesura a Francisco, el químico.

Por aquí llegamos muchos de los que, cariñosamente, eran conocidos como "los del punto", porque en Cruce de Anacahuita abordábamos la guagua de los profesores para dirigirnos a Bungo 7.

Este camino no es solo tierra, piedras y polvo. Es memoria viva. Es el hilo invisible que une generaciones de estudiantes, profesores, trabajadores y familias. Aunque el tiempo haya pasado y la soledad parezca haberse adueñado de él, cada paso dado sobre su superficie sigue resonando en el corazón de quienes lo recorrieron.

Porque hay caminos que conducen a un lugar, y hay otros que conducen para siempre a los recuerdos. Este es uno de ellos.

miércoles, 10 de junio de 2026

LOS ESPÍRITUS DE BUNGO 7📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Volví. Volví a aquel lugar donde cursé mi bachillerato. Regresé con el alma enlutada y sombría. Ante mis ojos apareció Bungo 7, la Manuel Guillermo González Polanco, la escuela a la que llegué siendo apenas un muchacho de trece años.

Allí pasé tres cursos. Allí conocí a amigos inolvidables: Cheo el aguatero, Vidal el carpintero, Papa el plomero, Orlando el fígaro, Julio el electricista, Chaca el jefe de comedor. Gente buena. Gente humilde.

Allí amé y fui amado. Allí crecí como hombre en un ambiente espartano donde sobrevivir no siempre era fácil. Viví momentos dorados, pero también fui testigo de muchas injusticias, porque no todo fue color de rosa.

Allí estaban nuestras caminatas hacia Indalla cuando escaseaba el agua; aquel río mágico rodeado de enormes árboles de mamoncillo y mango. Allí estaban los interminables campos de naranjas dulces, donde cualquier hora era buena para calmar el hambre.

Allí resonaban los gritos de los partidos de fútbol entre los Bungos, celebrados por un público fervoroso. Allí estaban también los juegos de béisbol, las primeras ilusiones amorosas, los Días de los Enamorados caminando hacia el comedor de la mano de una muchacha querida.

Allí sonaba la radio base con aquella música romántica de los años setenta y ochenta, prodigiosa para algunos, inolvidable para muchos. Allí fueron los amaneceres y las noches de estudio, los sueños, las esperanzas y las conquistas.

Pero allí también habitaba otro mundo. El de la guapería en los dormitorios, las maldades contra los más humildes, los abusos contra los indefensos. Un mundo donde había que aprender a cuidarse solo o buscar alianzas para sobrevivir. Un mundo opresivo que despertaba cuando se apagaban las luces.

Allí hubo ajustes de cuentas en medio del sueño, golpes demoledores contra los abusadores, guerras de pandillas y silencios llenos de tensión. Un universo donde convivían la ternura y la agresividad, la amistad sincera y la violencia más cruda.

Sin embargo, allí también encontré amigos verdaderos. Amigos respetados que hicieron más ligera mi existencia en aquellos años.

Volver hoy a mi preuniversitario a través de estas imágenes es volver a encontrarme con muchos espíritus que creía olvidados. Y descubrir que, aunque el tiempo haya pasado, una parte de mí sigue viviendo allí.

martes, 9 de junio de 2026

BUNGO 7: EL PASILLO DE LOS SUEÑOS, LOS BESOS Y LA MEMORIA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hubo un tiempo en que el pasillo superior no era solo una estructura de concreto suspendida entre las aulas y los dormitorios. Era un mundo. Un espacio propio donde transcurrían los días más intensos de nuestra primera juventud y donde cada rincón guardaba una historia que parecía destinada a permanecer para siempre.

Allí dimos los primeros besos y pronunciamos las primeras palabras de amor que creíamos eternas. Allí aprendimos el lenguaje silencioso de las miradas, de las manos que se buscan, de los abrazos tímidos y de las emociones que hacían temblar el corazón. Las jardineras rebosantes de flores servían de escenario para los enamorados, mientras la vida parecía avanzar al ritmo de las ilusiones juveniles.

Cada miércoles, como un ritual secreto, muchos subíamos de la mano de la novia. Otros llegaban con la esperanza de iniciar una conversación, conquistar una sonrisa o provocar ese misterioso hechizo que, sin previo aviso, terminaba convirtiéndose en enamoramiento. El pasillo superior era mucho más que un lugar de tránsito: era el escenario donde se construían afectos, amistades y recuerdos imborrables.

Era el pasillo superior de Bungo 7, de la Manuel González Polanco, aquella escuela que para toda una generación representó el puente entre la adolescencia y el porvenir. Desde sus aulas partimos hacia profesiones, oficios y destinos distintos. Algunos encontraron caminos luminosos; otros tuvieron trayectorias más difíciles. Pero todos llevamos algo de aquel lugar grabado en la memoria.

No todo era inocencia. Como ocurre en toda comunidad juvenil, también allí se incubaban travesuras y maldades. Desde lo alto, los de abajo podían convertirse en blanco de bromas y ocurrencias que hoy sobreviven apenas como anécdotas. Sin embargo, incluso esos episodios forman parte de una época que el tiempo terminó envolviendo con un velo de nostalgia.

Cuando caía la noche, el lugar adquiría una magia especial. La radio base dejaba escapar las canciones de José José y las voces parecían mezclarse con la brisa. En esos momentos, uno deseaba que el tiempo se detuviera. Que la juventud no terminara nunca. Que las promesas, los amores y los sueños conservaran para siempre la intensidad de aquellos años.

Hoy, al contemplar el pasillo superior despojado de ventanas, puertas y de buena parte de la vida que lo habitó, resulta inevitable sentir una profunda tristeza. Ya no está la escuela que conocimos. El espacio físico permanece, pero la energía que lo convirtió en un universo de emociones parece haberse desvanecido.

Y, sin embargo, basta cerrar los ojos para verlo nuevamente lleno de estudiantes, de risas, de conversaciones interminables y de corazones que descubrían el amor por primera vez. Porque los edificios envejecen, las paredes se deterioran y los años pasan, pero ciertos lugares conservan una existencia distinta en la memoria de quienes los vivieron.

Por eso duele verlo así. Porque en ese pasillo amamos y fuimos amados. Porque allí quedaron guardados algunos de los momentos más felices de nuestra juventud. Y porque, aunque hoy parezca gravitar en el olvido, para quienes caminamos por él seguirá siendo el lugar donde una vez creímos que el futuro era infinito y que la felicidad podía encontrarse, simplemente, al final de un corredor.

domingo, 7 de junio de 2026

EL AJIACO DE LA NOSTALGIA📖🕰🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Día tras día se repite el mismo drama: sobrevivir. No la supervivencia heroica de los libros ni la que inspira discursos solemnes, sino la más humilde y silenciosa, la que empieza cada mañana frente a un fogón que hay que encender con cualquier cosa. La llama se ha convertido en una conquista cotidiana, casi en un acto de fe. Y luego viene el café, apenas un buchito, un milagro doméstico cada vez más difícil de sostener porque la colada sube de precio con la misma obstinación con que crece la inflación.

En medio de esa rutina áspera, la memoria suele abrir sus puertas. Entonces aparece el ajiaco de mamá.

Basta evocarlo para que los sentidos despierten. Mis papilas parecen llenarse de humedad al recordar aquella olla abundante donde convivían las carnes, las viandas, el maíz y un sabor tan auténtico que uno quería seguir comiendo más allá de lo que el estómago permitía. El ajiaco no era simplemente un plato; era una celebración familiar, una forma de entender la vida, una expresión de pertenencia.

Hoy, sin embargo, el ajiaco parece haberse marchado de la mesa cotidiana. Prepararlo se ha convertido en un lujo. Lo que durante generaciones fue símbolo de cubanía y abundancia doméstica habita ahora en un territorio incierto llamado nostalgia. Allí también vive el lechón asado, aquel invitado habitual de los días felices: el Día de las Madres, la Navidad, el fin de año, el Año Nuevo. Durante décadas fue tan natural verlo en la mesa familiar como escuchar las conversaciones interminables después de la comida.

Pero las cosas cambiaron.

Una utopía rota, incapaz de sostener las promesas que proclamaba, terminó expulsando de la vida diaria muchas de las costumbres que definían a la familia cubana. Los platos tradicionales dejaron de ser cotidianos para convertirse en recuerdos. Y junto con ellos fueron desapareciendo ciertas certezas, ciertas alegrías sencillas que parecían eternas.

Mientras intento encender el fogón imposible, pienso a menudo en aquellas reuniones familiares. Veo a la familia reunida alrededor de la mesa, compartiendo historias, riendo, discutiendo incluso, pero unida. Entonces advierto también las fracturas que el tiempo y la política fueron dejando sobre las relaciones humanas. Porque la escasez no solo vacía despensas; también erosiona vínculos, separa generaciones y obliga a muchos a buscar lejos el futuro que no encuentran cerca.

Mi abuelo tenía momentos de lucidez extraordinaria. Entre una conversación y otra soltaba frases que parecían sencillas, pero que con los años revelaban una profundidad inesperada. Solía decir que el rojo y el negro no eran únicamente el título de una novela de Stendhal, sino la novela cotidiana de nuestros días. Después olvidaba sus propias palabras, como si las hubiera prestado apenas por un instante.

Hoy creo comprender mejor lo que quería decir.

Mientras millones de personas enfrentan el drama diario de conseguir comida, cocinar y llegar a fin de mes, quienes representan el rojo o el negro —los extremos del poder, las castas ideológicas, las élites de cualquier signo— rara vez tienen que preguntarse cómo encender un fogón o cuánto café queda para mañana. Su realidad transcurre lejos de la angustia cotidiana de los humildes.

Por eso vuelvo tantas veces a Martí, una referencia moral y humana que parece hablarle todavía al presente. Él advirtió los peligros de los dogmas y de los privilegios que nacen cuando una minoría se considera dueña de la verdad. Comprendió que allí donde se levantan castas políticas o ideológicas termina apareciendo una distancia insalvable entre quienes mandan y quienes padecen.

Quizás Martí vio demasiado lejos.

Quizás la tragedia fue que muchos no supimos encontrar a tiempo ese Martí que hablaba de libertad, dignidad y justicia sin fanatismos. Tal vez, de haber escuchado mejor aquellas advertencias, el presente sería distinto. Tal vez otro gallo cantaría.

Mientras tanto, día tras día, la llama vuelve a resistirse. El café sigue siendo un milagro pequeño. Y el ajiaco de mamá continúa hirviendo en la memoria, convertido en algo más que un recuerdo culinario: una metáfora de todo lo que alguna vez fue cotidiano, abundante y nuestro. Allí permanece, intacto en el corazón, mientras la nostalgia hace el trabajo que la realidad ya no puede hacer.

sábado, 6 de junio de 2026

POLACOS DE FRANK PAÍS: UNA HERIDA ABIERTA DE CONTRAMAESTRE📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hoy volví a los edificios polacos de Frank País. Volví porque allí tuve una vida. Allí crecieron amistades, compartí con vecinos entrañables y aprendí a querer un barrio que durante años fue parte de mi historia. Regresé buscando recuerdos, pero encontré una realidad que estremeció mi alma.

Detrás del Polaco C me esperaba una imagen difícil de olvidar: una fosa desbordada, rebosante de aguas fétidas, amenazando con entrar en los apartamentos de la primera planta. Allí viven niños, ancianos y familias trabajadoras que cada día deben convivir con un peligro que no debería existir. El agua sucia cae a la calle, corre pendiente abajo, pasa frente a un mercado y continúa su recorrido entre varios edificios, como una herida abierta que nadie ha querido cerrar.

Observé en silencio. A veces el dolor no encuentra palabras inmediatas. Pensé en quienes despiertan cada mañana rodeados por aquel escenario, en quienes deben abrir sus ventanas y respirar el olor de la desidia. Pensé también en los niños que juegan cerca de esos espacios y en los ancianos que enfrentan con resignación una situación que amenaza su salud.

Sobre el registro de la fosa ha crecido un basurero colosal. Donde antes existía un depósito destinado a los desechos, hoy se levanta una montaña de desperdicios. Según cuentan los vecinos, trabajadores de servicios comunales destruyeron aquella instalación y nunca fue sustituida. El resultado está a la vista: basura acumulada, contaminación y abandono.

Pero lo más alarmante es que el problema no termina allí. Detrás del otro edificio la situación es igualmente preocupante. Basta una mirada para comprender que se necesita una intervención urgente. Con el calor, las aguas estancadas y los desechos acumulados, las arbovirosis encuentran el terreno perfecto para propagarse. Como siempre, los más vulnerables serían las principales víctimas.

Mientras caminaba por aquellos lugares que alguna vez sentí tan míos, varias pregunta no dejaban de acompañarme: ¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo llegamos a normalizar escenas tan dolorosas? ¿En qué momento permitimos que el abandono ocupara espacios donde antes había comunidad, cuidado y esperanza?

No volvía a Frank País desde hacía varios años. Quizás por eso el impacto fue tan fuerte. Los recuerdos que guardaba contrastaban demasiado con la realidad que tenía delante de los ojos. Y duele. Duele infinito contemplar el barrio de la memoria inundado por el detritus y cercado por la basura.

Me fui con el corazón encogido, pensando en quienes siguen allí, resistiendo. Pensando en los niños, en los ancianos, en las familias que merecen vivir con dignidad. Pensando, una vez más, en Cuba. Ay, Cuba. Qué dolor tan grande verte así.

viernes, 5 de junio de 2026

CUBA EN EL CANTO DE LA TOJOSA📖🤔

Por  Arnoldo Fernandez Verdecia. 

Cada amanecer ocurre el mismo milagro. Allí, en lo alto de una guásima, una tojosa recibe los primeros rayos del sol y deja escapar su canto. No es un canto estridente ni destinado a imponerse sobre los demás sonidos del campo. Es una voz suave, repetida, antigua: uhh, uhh, uhh... Sin embargo, quien la escucha con atención descubre algo más que el llamado de un ave. Hay en esa melodía una belleza singular, pero también una nostalgia difícil de explicar, como si en ella se resumiera la memoria de un pueblo entero.

La tojosa parece conocer secretos que los hombres han olvidado. Desde la altura de la guásima observa la tierra y canta. Su concierto, inalcanzable para quienes permanecen abajo, se derrama sobre los caminos, los sembrados y los hogares. A veces da la impresión de que no canta sólo para anunciar la llegada del día, sino para recordar una historia: la de un país pequeño que nació para la luz y que, sin embargo, ha debido atravesar largas noches.

Al escucharla, es imposible no pensar en Cuba. También ella es pequeña en el mapa, pero inmensa en su capacidad de inspirar sentimientos. También ella posee una voz única, reconocible entre todas las demás. Cuba es, de algún modo, esa tojosa posada sobre la guásima, aferrada a su rama más alta, resistiendo el paso del tiempo mientras deja escapar su canto hacia el horizonte.

José Martí soñó una nación solar. La imaginó luminosa, plena, abierta al porvenir. Los años trajeron esperanzas, desencantos y sacrificios. Y aunque muchas veces la noche pareció más larga que el día, el canto nunca desapareció. Como la tojosa, Cuba ha seguido cantando. Su voz ha cruzado mares y fronteras, y ha llegado a los oídos de quienes viven dentro y fuera de la isla.

Quizás por eso el canto de la tojosa conmueve tanto. Porque en él habita algo más profundo que la simple armonía de la naturaleza. Habita la persistencia. Habita la memoria. Habita la voluntad de seguir existiendo aun cuando las circunstancias parezcan adversas.

Allí continúa, sobre la guásima, bañando su plumaje con la luz de cada amanecer. Allí permanece, dueña de una música que ninguna otra ave puede imitar. Y mientras su voz se expande por el aire —uhh, uhh, uhh...— parece recordarnos que los pueblos, como las aves, conservan una canción propia que ninguna noche logra silenciar.

Desde lo más alto del cielo, un águila la observa. La pequeña tojosa no compite con ella ni pretende alcanzarla. Le basta con cantar. Y en ese canto, humilde y eterno, sigue latiendo Cuba.

miércoles, 3 de junio de 2026

CRONICA DE UNA ESPERANZA AGOTADA📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Después del hambre, el silencio. Me aferro a la lectura como quien se aferra a un pedazo de madera en medio de un naufragio. Lo hago ahora y lo hice también en los años noventa, durante aquella crisis que el discurso oficial bautizó, eufemísticamente, como Período Especial. Entonces nos faltó casi todo: la ropa, los zapatos, la comida. Caminábamos por las calles con los cuerpos consumidos por la escasez y el humor convertido en mecanismo de supervivencia.

Muchos de los jóvenes de mi generación hicieron las maletas. Se fueron buscando horizontes más amplios y una vida que aquí parecía imposible. Yo decidí quedarme. No por falta de oportunidades para marcharme, sino por convicción. Creí que podría construir mi futuro en el país donde nací. Creí que la profesión que había estudiado me permitiría vivir con dignidad. Creí que las cosas cambiarían.

Han pasado décadas y hoy descubro que estaba equivocado.

Nunca imaginé que llegaría a vivir una crisis más profunda que aquella que marcó los años noventa. La de ahora no solo vacía los estómagos; también vacía las expectativas. Entonces existía la sensación de que el sacrificio era temporal, de que en algún momento llegaría una mejoría. Hoy esa esperanza parece haberse evaporado.

La pobreza ya no es una noticia ni una excepción. Es el paisaje.

Se ve en las colas interminables. En los rostros agotados. En la incertidumbre cotidiana de quienes despiertan sin saber qué pondrán en la mesa ese día. Se ve en los salarios atrapados dentro de tarjetas electrónicas que muchas veces resultan inútiles porque el dinero existe solo en una pantalla, mientras los productos desaparecen de los comercios o se venden en mercados donde esa moneda carece de valor práctico.

Pero la crisis adquiere su verdadera dimensión cuando tiene rostro humano.

He visto ancianos desplomarse por el hambre. He visto niños llorar porque no tienen qué comer. Conozco artistas admirados por toda una comunidad que pasan largas horas del día sin probar alimento porque el dinero que reciben por su trabajo no alcanza para sobrevivir. Son escenas que ocurren lejos de los titulares y de los discursos, pero forman parte de la realidad diaria de miles de cubanos.

Por eso me cuesta entender a quienes aseguran no ver lo que sucede. Hay un pueblo sufriendo. Hay un pueblo agotado. Hay un pueblo que siente que se aproxima al límite de sus fuerzas.

Y, sin embargo, el problema más grave no es únicamente material.

Lo peor ha sido la pérdida de la esperanza colectiva. La sensación de que no existe un rumbo claro, un proyecto capaz de convocar a todos. La ausencia de un diálogo sincero donde la ciudadanía pueda participar como protagonista de su propio destino y no como simple espectadora.

Cada vez estoy más convencido de que la salida no vendrá de la confrontación ni del resentimiento. Cuba necesita una conversación nacional entre cubanos, dentro y fuera de la isla, para imaginar el día después. Un diálogo sin venganzas, sin exclusiones y sin odios, capaz de colocar en el centro aquello que nos une por encima de lo que nos separa.

Porque las naciones no desaparecen solamente cuando pierden territorio o población. También desaparecen cuando sus hijos dejan de creer en ellas.

Y ese es el riesgo que hoy enfrentamos.

Después del hambre, después de las carencias, después de los años perdidos, lo que más duele es el silencio de un país que todavía no encuentra la manera de hablar consigo mismo.

martes, 2 de junio de 2026

EL HOMBRE QUE ME ENSEÑÓ A MIRAR MI TIEMPO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

En 1998 asistí a un curso de posgrado que, sin yo saberlo entonces, terminaría influyendo decisivamente en mi vida. Lo impartía el profesor Rafael Duarte, un hombre de pensamiento agudo y palabra precisa, capaz de iluminar con una explicación sencilla zonas enteras de la historia y la cultura. Han pasado los años, pero todavía puedo recordar la claridad con que habló aquel día sobre la importancia de los cronistas.

No se refería únicamente a los grandes nombres de la historiografía. Hablaba de hombres y mujeres que habían dedicado su atención a la vida inmediata, a los acontecimientos cotidianos, a la existencia aparentemente común de pueblos, barrios y comunidades. Nos dijo que la prensa, muchas veces absorbida por los grandes sucesos políticos y económicos, dejaba fuera de su agenda esos pequeños universos donde también transcurre la historia. Allí, en la rutina de la gente, en las costumbres, en las celebraciones, en los conflictos y en las maneras de vivir, se encontraba una parte esencial de la memoria colectiva.

Recuerdo que comenzó evocando a los cronistas de Indias. Explicó cuánto debía América a aquellos hombres que describieron paisajes desconocidos, culturas diversas y los complejos procesos de descubrimiento, conquista y colonización. Sin sus testimonios, dijo, numerosas zonas de nuestro pasado habrían quedado envueltas en la oscuridad.

Más tarde avanzó hacia otros cronistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Entre ellos se detuvo especialmente en Emilio Bacardí Moureau. Con admirable precisión nos mostró las múltiples dimensiones de su obra. Gracias a Bacardí conocemos episodios de la última guerra independentista cubana y aspectos esenciales de la vida santiaguera de su tiempo. Sus crónicas no solo conservaron hechos; preservaron atmósferas, sensibilidades y maneras de ser. Gracias a ellas podemos acercarnos al espíritu de una ciudad y de una época.

Aquel día Duarte también habló de numerosos pueblos de América Latina que reconocían la importancia de sus cronistas hasta el punto de nombrarlos oficialmente guardianes de la memoria local. Era una tradición que valoraba a quienes observaban y registraban el pulso diario de las comunidades.

Luego la conferencia tomó un giro que me resultó especialmente revelador. Analizó cómo la sovietización de Cuba durante las décadas de 1970 y parte de los años 80 había contribuido a relegar la crónica y la historia inmediata. Se extendió entonces la idea de que lo contemporáneo no era todavía materia historiable. La historia parecía reservada para los grandes procesos políticos, económicos e institucionales. El enfoque primordialista dominante convirtió a muchos historiadores en reproductores de las áreas temáticas consideradas prioritarias por el Estado. La vida cotidiana quedó frecuentemente fuera de ese horizonte.

Duarte cuestionó aquella visión. Defendió la necesidad de narrar la inmediatez sin temor a cruzar las fronteras del periodismo. Explicó que periodismo e historia no eran disciplinas enfrentadas, sino complementarias. Lo que hoy parece un acontecimiento menor puede convertirse mañana en una fuente invaluable para comprender una época.

Sus palabras encontraron terreno fértil en mí. Por aquellos años Cuba atravesaba las dificultades del llamado Período Especial. Yo observaba una realidad compleja que pocas veces encontraba reflejo en la prensa. Las largas horas sin electricidad, las bicicletas invadiendo las calles, las estrategias familiares para enfrentar la escasez, los silencios, los sacrificios y también las muestras de solidaridad cotidiana apenas aparecían en los medios. Predominaba un discurso triunfalista que rara vez se detenía en las experiencias concretas de la gente común.

Comprendí entonces que, si nadie las narraba, muchas de aquellas vivencias desaparecerían. El futuro no podría encontrarlas fácilmente en las colecciones de periódicos. La memoria de esos años corría el riesgo de fragmentarse o perderse.

Salí de aquel curso convencido de una idea que me acompaña hasta hoy: narrar la inmediatez desde la crónica también es una labor de historiador. Quizás una de las más urgentes. Porque el presente se desvanece con rapidez y solo permanece aquello que alguien decide contar.

Esa convicción me condujo al periodismo. Aprendí técnicas, géneros y recursos narrativos. Pero más allá de los aprendizajes profesionales, procuré desarrollar una mirada. La mirada del cronista que se detiene ante lo que otros consideran insignificante. La mirada que descubre en una conversación de portal, en una fiesta popular, en un personaje excéntrico o en una tradición familiar, fragmentos esenciales de la identidad de una comunidad.

Con el paso de los años encontré en Contramaestre un territorio inagotable para ese ejercicio de observación. Sus calles, sus barrios, sus campesinos, maestros, obreros, músicos, deportistas y soñadores me ofrecieron historias que merecían ser contadas. Muchas veces escribí pensando precisamente en aquella lección de 1998: algún día alguien buscará comprender este tiempo y necesitará escuchar las voces que lo vivieron.

Nunca he recibido un nombramiento oficial. No existe decreto ni ceremonia que me otorgue título alguno. Sin embargo, hay reconocimientos que nacen de un lugar más profundo. Cuando algunos vecinos me presentan como "el cronista de su tiempo", siento que esa sencilla expresión vale más que cualquier acreditación institucional. Es la comunidad la que identifica a quien intenta preservar sus recuerdos, registrar sus transformaciones y dejar constancia de su existencia.

Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo que la mayor enseñanza de Rafael Duarte no fue una lección académica. Me enseñó a mirar. Me enseñó que la historia también habita en los márgenes de las grandes narrativas, en las vidas comunes, en los acontecimientos que parecen destinados al olvido. Me enseñó que cada generación necesita personas dispuestas a registrar su presente para que el futuro pueda comprenderlo.

Por eso, tantos años después, vuelvo mentalmente a aquella aula de 1998 y agradezco. Gracias, profesor Duarte, por mostrarme el valor de la crónica como ejercicio de memoria y responsabilidad histórica. Gracias por convencerme de que la vida cotidiana también merece ser contada. Y gracias a Contramaestre, mi pueblo, por haberme regalado las historias y la confianza necesarias para intentar cumplir, día tras día, con esa misión.

lunes, 1 de junio de 2026

TOCA FONDO LA GENTE📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

Toca fondo la gente, no da más. Los precios suben. El desespero se acumula en cada hogar. Ya no hay lágrimas: hay ojos hundidos en las cuencas, cada vez más cerca de la bestia.

Duele caminar. Duele tener ojos para ver a un pueblo muriendo de hambre, de sed, de necesidades que cercan sus días y sus noches.

¿Qué hacer para no dejar entrar a la bestia? Irse al río. Darles paz a los pensamientos. Cerrar los ojos y desear lo imposible. Pedírselo a Dios con fe, con una fe infinita.

Junio comienza; es apenas la puerta que se abre. Julio y agosto están ahí, con sus bocazas abiertas para tragarnos.

Toca fondo la gente, no da más. Y, sin embargo, algunos ilusos siguen culpando al vecino, cuando en realidad todos somos culpables.

miércoles, 27 de mayo de 2026

UN PAÍS ASADO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Me estoy cocinando vivo. Esa es la sensación que tengo mientras intento una breve siesta que me veo obligado a abandonar. Soy un mar de sal, un océano interminable incapaz de liberarse de unas temperaturas insoportables. Y apenas estamos a finales de mayo.

Si ahora el calor resulta difícil de soportar, ¿qué ocurrirá cuando lleguen julio y agosto? Seremos cuerpos asados caminando por un país fantasma. El aire acondicionado será un lujo inaccesible para muchos y ni siquiera los ventiladores recargables alcanzarán para aliviar las noches y conquistar unas pocas horas de sueño precario.

Seremos cuerpos asados devorados por el día y por la noche, tragados por una voracidad sin descanso. Y, sin embargo, parecerá que a nadie le importa. O quizás sí: a los propios espíritus que habitan esos cuerpos y que, cada vez más desesperados, sueñan con abandonarlos a su suerte.

“Me estoy cocinando vivo” es una frase que se escucha cada vez más dentro de los hogares. La dicen quienes intentan dormir y no pueden. La repiten los niños que lloran porque no toleran el calor. La murmuran los ancianos mientras se abanican con viejos sombreros de yarey, buscando un alivio que nunca llega.

Aun así, siempre habrá alguien dispuesto a asegurar que todo es normal, que estas temperaturas son las propias de la época. Alguien, seguramente desde una oficina refrigerada, se encargará de comunicarlo. Poco importa que otra expresión recorra las calles, las casas y los cuerpos: “Esto es insoportable”.

Y si ya es insoportable a finales de mayo, ¿cómo será en julio y agosto?

En julio y agosto seremos un país entero dentro de un horno infinito. El calor se instalará en las paredes, en los colchones, en la piel. No habrá sombra suficiente ni espíritu capaz de resistirlo durante mucho tiempo.

Al final, seremos eso: un país asado, inmóvil bajo el fuego, esperando ser devorado por el hambre insaciable de un vecino goloso.



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