Por Arnoldo Fernández Verdecia.
El 25 de agosto de 2008 salí a navegar. No llevaba una embarcación grande ni una carta náutica demasiado segura. Apenas tenía un blog, algunos temores y la convicción de que había que hacerlo. Desde Contramaestre, un municipio del interior de Cuba, intentar llegar al mundo a través de Internet podía parecer entonces una herejía.
Así nació Caracol de agua.
Han pasado 18 años desde aquel día y, mirando hacia atrás, comprendo que aquella travesía nunca fue tranquila. En la carta náutica aparecieron tormentas, huracanes, tornados y toda clase de obstáculos. Hubo momentos en que parecía posible que el barco terminara hundido. Sin embargo, cada golpe fue sorteado y el caracol continuó navegando.
Hoy, cuando los blogs han sido desplazados por la velocidad y la inmediatez de las redes sociales, podría parecer absurdo mantener a flote un espacio como este. Muchos comenzaron conmigo en aquellos primeros años. Compartimos inquietudes, escribimos, soñamos con contar nuestros pueblos desde nuestras propias voces. Pero con el tiempo, la presión de los poderes locales hizo que la mayoría abandonara sus embarcaciones. Sus blogs quedaron a la deriva, sin timonel.
En Contramaestre, Caracol de agua es hoy el único sobreviviente de aquella pequeña flotilla. Y quizá esa sea una de las razones por las que todavía vale la pena mantenerlo navegando.
Durante estos 18 años, sus páginas han ido construyendo, con aciertos y desaciertos, una memoria de Contramaestre. Una memoria que difícilmente podrá encontrarse completa en los llamados medios masivos de comunicación. Aquí están las historias, las personas, las polémicas, las alegrías, las dificultades y también los errores de quien escribe. Nada es perfecto en esta vida, tampoco lo ha sido Caracol de agua. Pero ha sido mío. Y ha sido de quienes lo hicieron posible.
Mucha gente creyó en este caracol. Otros lo adversaron. La polémica acompañó muchas de sus páginas. Por eso hoy quiero agradecer a todos: a los amigos que apoyaron, a quienes discreparon, a los que llegaron para sumar y también a quienes intentaron hundirlo. Todos, de alguna manera, forman parte de esta historia. Porque un blog también puede convertirse en una embarcación colectiva.
Y si hay alguien a quien debo mencionar especialmente en este aniversario es a Carolina, la musa que inspiró Caracol de agua. Sin ella, probablemente muchas de estas páginas no habrían existido y yo no habría conseguido evadir algunos de los golpes que recibió este pequeño barco. Gracias, Carolina mía. No me faltes nunca.
Ojalá Caracol de agua pueda cumplir otros 18 años, aunque los mares que lo rodean continúen siendo revueltos y brutales. No sé cuántas tormentas vendrán, pero a estas alturas he aprendido que navegar también consiste en resistir.
Hoy, sin embargo, no quiero pensar en las tormentas. Quiero celebrar. Y la celebración llegó en forma de una exquisita pizza que mi amigo Guillermo Melián, Guille, me trajo de su Café Bar Que Rico. Un detalle sencillo, pero de esos que llegan al corazón porque aparecen justo cuando deben aparecer. Recomiendo esa pizza: vale la pena saborearla. Gracias, Guille, hermano. Llegaste con ella justo a tiempo para celebrar los 18 años de Caracol de agua.
Así que aquí estamos: el caracol y yo, 18 años después de aquella primera salida al mar. Quizá con más cicatrices, seguramente con más experiencia, pero todavía navegando. Y mientras haya memoria que contar, historias que compartir y alguien dispuesto a leerlas, habrá razones para seguir.
Feliz cumpleaños, Caracol de agua. Que siga la travesía.