sábado, 10 de octubre de 2026

CONTRAMAESTRE: LOS INFLUENCER OCUPAN EL ESPACIO QUE ABANDONA LA COMUNICACIÓN OFICIAL📖👇

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

El escenario digital en Contramaestre ya no es un espacio en disputa. La comunicación oficial no solo ha perdido la iniciativa, sino que parece incapaz de reaccionar ante una realidad que la desborda. El aparato institucional, con todo el andamiaje que lo sostiene, no funciona como debería o, cuando lo hace, reproduce una narrativa tan desconectada de la cotidianidad que termina perdiendo toda credibilidad.

En medio de sus torpezas, no ha conseguido llenar los vacíos informativos que la población necesita cubrir. Y ahí, precisamente, los influencers han ganado por partida doble: ocupan el espacio que las instituciones dejan desatendido y, al mismo tiempo, capitalizan la creciente desconfianza de una ciudadanía que ya no encuentra respuestas en los canales oficiales.

La gente ha perdido la fe en un aparato comunicacional que no investiga, no indaga en las causas de los problemas, no cuestiona las estructuras que reproducen lo decadente y parece haberse refugiado en una narrativa de complacencia, donde todo marcha bien y Contramaestre se presenta como un municipio idealizado, muy distinto del que sus habitantes experimentan cada día.

Mientras esa brecha se ensancha ante sus propios ojos, quienes deberían hacer funcionar los mecanismos de la comunicación institucional se entretienen en loas y elogios a personas, organismos e instituciones. Abundan las alabanzas, pero escasean las preguntas incómodas; se amplifican las voces del poder, mientras se ignoran las de quienes reclaman, denuncian y exigen respuestas. Las numerosas voces que interpelan al poder local apenas encuentran espacio en una comunicación que parece más preocupada por preservar una imagen que por explicar la realidad.

Entretanto, el poder local, encerrado en su propia torre de marfil, persiste en el silencio y elude responder a muchas de las inquietudes ciudadanas. Y cuando las instituciones no hablan, no explican o no rinden cuentas, alguien termina ocupando ese vacío.

Eso es, precisamente, lo que está ocurriendo en Contramaestre. Cada vez más personas acuden a los influencers para exponer sus problemas, denunciar situaciones y buscar la atención que no encuentran en los canales institucionales. La ciudadanía ha comenzado a desplazar sus demandas hacia esos espacios alternativos, que ganan terreno no necesariamente porque ofrezcan un periodismo más riguroso, sino porque, en muchos casos, están más dispuestos a escuchar, publicar y poner determinados asuntos en circulación.

El resultado es evidente: los influencers han ganado protagonismo y hoy ocupan una posición central en el escenario digital del municipio. Su avance no puede explicarse únicamente por sus habilidades para comunicar o por el alcance de sus plataformas. También es consecuencia de las insuficiencias de un sistema que no ha sabido adaptarse a las nuevas dinámicas de consumo informativo ni comprender que la comunicación pública no consiste en difundir mensajes, sino en escuchar, investigar, contrastar, cuestionar y responder.

Detrás de esta realidad persiste una concepción anclada en viejas lógicas: la plaza sitiada, la idea de no darle armas al enemigo y la sospecha permanente ante cualquier crítica. Desde esa perspectiva, informar sobre un problema parece más peligroso que permitir que se agrave; reconocer una deficiencia se interpreta como una concesión, y cuestionar una decisión puede confundirse con un acto de deslealtad. Así, la comunicación deja de ser una herramienta para comprender y transformar la realidad y se convierte en un mecanismo para proteger la imagen institucional.

Pero la realidad no desaparece porque se oculte, ni los problemas se resuelven porque no se mencionen. Mucho menos puede recuperarse la credibilidad mediante una sucesión de mensajes triunfalistas que contradicen la experiencia cotidiana de la población.

Mientras el aparato comunicacional oficial permanece atrapado en esa burbuja, los influencers cosechan los frutos de su inacción. Lo hacen con sus propias lógicas, intereses, estilos y niveles de responsabilidad, que no necesariamente coinciden con los principios del periodismo profesional. No se trata de idealizarlos ni de asumir que todo lo que publican es riguroso o verificable. Se trata de comprender por qué han conseguido ocupar un espacio que, en condiciones normales, debería contar con una comunicación institucional capaz de informar con transparencia, investigar los problemas de la comunidad y servir de puente entre la ciudadanía y sus instituciones.

La paradoja es que ese terreno no fue conquistado únicamente por méritos ajenos: también fue cedido por las insuficiencias propias. Allí donde faltan respuestas, aparecen las especulaciones; donde no hay información oportuna, prosperan las versiones alternativas; donde la crítica se considera una amenaza, cualquier voz dispuesta a escuchar al ciudadano puede convertirse en referente.

Contramaestre ofrece, por tanto, una lección que trasciende el ámbito digital: ningún aparato comunicacional puede sostener indefinidamente una realidad construida desde el discurso cuando la experiencia cotidiana de la gente cuenta otra historia. La credibilidad no se decreta, no se impone y tampoco se recupera con consignas. Se construye escuchando, investigando, reconociendo errores y exigiendo respuestas a quienes tienen la responsabilidad de ofrecerlas.

Si la comunicación oficial quiere recuperar el espacio perdido, no bastará con publicar más contenidos ni con multiplicar los elogios a la gestión institucional. Tendrá que cambiar sus prácticas, abandonar la autocomplacencia, abrirse a la crítica y entender que su principal compromiso no es con la imagen de quienes gobiernan, sino con el derecho de la ciudadanía a estar informada.

En definitiva, los influencers no inventaron los vacíos informativos de Contramaestre. Encontraron esos vacíos y comenzaron a ocuparlos. Y mientras la comunicación oficial siga confundiendo propaganda con información, silencio con control y crítica con enemistad, serán otros quienes continúen contando la realidad que las instituciones se resisten a mirar de frente.

martes, 6 de octubre de 2026

LAS ÚLTIMAS PALMAS DE FICO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

Han sobrevivido huracanes, trombas y tempestades. A tantas cosas se han enfrentado… menos al hombre.

Allí permanecen, a la entrada de aquel central con nombre de madre: América.

Dicen que alguna vez fueron dos hileras de palmas que acompañaban el camino hasta el mismísimo central. Dicen también que quienes llegaban se sentían en casa al encontrarlas, como si aquellas palmas fueran los brazos abiertos de una tierra que recibía.

Hoy quedan estas.

Las últimas palmas de Fico siguen desafiando al tiempo, erguidas frente al azul turquí, como novias que se resisten a abandonar su paisaje.

Lástima que importen tan poco a la gente.

Quizás muchos pasan frente a ellas sin saber que esas palmas llevan, en sus letras, una historia. Son las palmas que recuerdan el nombre y los apellidos del dueño del América:

Federico Fernández Casas.

Y allí siguen, silenciosas, guardando la memoria de un tiempo que se niega a desaparecer.

lunes, 5 de octubre de 2026

FRANKLIN, EL DUEÑO DEL PARAÍSO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Allí está, tranquilo, seguro del paraíso donde vive.

Tiene nombre de artista de Hollywood: Franklin. También lleva el nombre de un viejo político. Pero, para un niño, simplemente es Franklin: su mascota, su compañero, ese ser que ocupa un lugar especial en su pequeño universo.

Allí está, bello y feliz, disfrutando de su mundo, mientras un niño lo adora y seguramente encuentra en él una de esas amistades que se recuerdan para toda la vida.

A veces, el paraíso no es un lugar lejano. Puede ser una casa, un jardín, un rincón del mundo… o simplemente el lugar donde alguien nos quiere.

sábado, 3 de octubre de 2026

PALOMA

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

El sábado en la tarde, después de un torrencial aguacero, la vi en lo alto de una casa: inalcanzable, serena, bella.

No podía acercarme, así que acerqué el zoom de la cámara. Y entonces ocurrió el regalo: pude contemplarla de cerca, aunque la distancia permaneciera intacta.

Hay momentos así, pequeños encuentros que nos recuerdan cuánta belleza nos acompaña en nuestro breve paso por la Tierra. Apreciarla es, también, una forma de amor; detenernos a mirarla, un acto de gratitud.

Cuidarla es nuestro deber.

Aquello que hoy nos maravilla, mañana debería seguir existiendo para que otros ojos puedan descubrirlo, contemplarlo y sentir, como nosotros, el asombro de estar vivos.

Que este domingo nos encuentre agradecidos por la belleza que no nos pertenece, pero que tenemos el privilegio de contemplar.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA MONOTONÍA INFINITA🇨🇺👇

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Todos los días, las mismas cosas: picar leña, prender el fogón con esa leña, cocinar lo mismo: picadillo, boniato y, de vez en cuando, alguna jamonada de elaboración dudosa.

Todos los días, el mismo dolor de ver avanzar las horas sufriendo las mismas cosas.

Todos los días, lo mismo: el apagón infinito, la crisis del agua, la necesidad de cocinar con lo que haya. Una monotonía infinita que, poco a poco, nos embrutece.

Todos los días, rogando que haya sol para cargar el ventilador en casa de un vecino amigo.

Todos los días, los mismos virus azotando los hogares; la gente cayendo a su paso: niños, ancianos, los más vulnerables.

Todos los días, más ancianos se suman a la legión de quienes piden limosna, de quienes no saben cómo vivir con lo poco que tienen y se lanzan a la calle en busca de algún alivio en las manos tendidas que todavía puedan sensibilizarse.

Todos los días, las mismas colas en los bancos, las mismas conversaciones sobre el dinero en efectivo.

Todos los días, las mismas palabras. Los burócratas se convierten, de la noche a la mañana, en emprendedores; cada día son más los que sacan licencias para ejercer como tales y la gente habla de ellos, habla de ellos con rabia.

Todos los días, las mismas obligaciones si quieres alargar un poco la vida.

La monotonía infinita es un cáncer que avanza con las fauces abiertas.

Todas las noches, lo mismo: sin entretenimiento alguno, solo la oscuridad infinita, solo el reinado de lo innombrable.

Todos los días, la lectura es mi tabla para no ahogarme en este río desbordado de heces y alimañas.

Todos los días, leo bajo la enramada de madreselva. Leo para no caer en la oscuridad infinita; leo para salvarme de mí mismo; leo para no ser cautivo de ninguna propaganda; leo para elevarme y contemplarlos a todos desde el trono de luz de las ideas. Leer es mi escudo, mi oración diaria.

Todos los días, la sucesión del caos infinito en todo. En todo. Nada escapa al caos, a la pose autoritaria de quienes se creen dueños de una verdad.

Todos los días, las mentiras infinitas: las mismas y otras nuevas, siempre más mentiras, siempre el mismo desconcierto ante lo que está naciendo torcido, sin eticidad alguna.

Adiós al país de mis bisabuelos, de mis abuelos, de mis padres.

Ahora ese país pertenece a la nostalgia. Allí emigramos, hacia los recuerdos, hacia lo bello y terrenal de un mundo que, con nuestra muerte, será olvidado.

Todos los días, familias vendiendo sus casas con todo adentro para huir, huir, huir a cualquier lugar donde puedan tener una vida digna; donde dormir, comer y entretenerse sea normal; donde trabajar sirva para sostener a la familia; donde vivir sea normal; donde tener electricidad sea lo más natural del mundo.

Todos los días, la misma monotonía infinita, la misma que, como un cáncer, se metió en la gente y la convirtió en zombis; la misma que anula la esperanza y el porvenir; la misma que nos hace reos de necesidades básicas imposibles de satisfacer en nuestro día a día.

Todos los días, el relato del pasado como un mantra: un relato donde lo dimos todo por el futuro y el futuro llegó y se olvidó de nosotros.

¿Cómo creer en el porvenir si el barco es un caos sin orden alguno?

Todos los días, los humildes valen menos, sus derechos son irrespetados.

Todos los días, mueren miles por falta de medicinas y alimentos.

Todos los días, la monotonía de lo mismo, de aquello que vuelve estéril el pensamiento, de aquello que coloca entre rejas las palabras más lúcidas.

Todos los días, esa monotonía infinita que acecha en todos los lugares, que corre sobre nosotros para quitarnos la vida.

Todos los días. Lo mismo. La misma oscuridad.

Y, sin embargo, leo. Leo para recordar que todavía estoy vivo.


viernes, 18 de septiembre de 2026

CUBA: EL PAÍS DONDE EL HAMBRE APRENDIÓ A HABLAR DE COMIDA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

(A mis vecinos con afecto sincero.)

Un ser que amo y respeto me dijo una vez una frase que, de tan sencilla, me dejó pensando:

—Los cubanos vivimos para comer. No comemos para vivir.

Tal vez tenga razón. Porque en Cuba hablar de comida no es una conversación cualquiera. Es una forma de contar el día. Es preguntar qué apareció, qué falta, qué se consiguió, qué se perdió, qué se puede inventar con lo poco que queda.

La comida dejó de ser solamente comida. Se convirtió en pensamiento, preocupación, deseo, recuerdo.

Se nos va la vida pensando qué vamos a comer. Y eso, aunque parezca una costumbre doméstica, es una de las formas más silenciosas que tiene el hambre de entrar en una sociedad.

Hemos aprendido a imaginar la comida antes de probarla. A reconocer un plato por una fotografía. A salivar frente a una pantalla. A convertir un olor lejano en una fiesta de la memoria.

Soñamos manjares. Un buen enchilado de langosta, por ejemplo, puede ser para muchos cubanos una experiencia televisiva, una fotografía, una referencia escuchada de alguien que lo probó. No necesariamente un recuerdo del paladar.

Hay sabores que existen para nosotros como existen algunos países: sabemos que están ahí, pero no los conocemos.

Nuestro paladar ha terminado acostumbrándose a la estrechez. Cerdo. Pollo. Arroz. Frijoles. Viandas. Y cuando aparecen, damos gracias. No porque sean poca cosa. Al contrario. Una buena carne de cerdo puede ser una celebración. Un arroz con frijoles puede reunir una familia. Una vianda bien preparada puede salvar un domingo.

El problema es otro. El problema es que durante demasiado tiempo hemos tenido que convertir lo cotidiano en extraordinario. Hemos aprendido a llamar banquete a lo que en otros lugares apenas alcanza para resolver una comida.

Por eso hablamos tanto de comida. Porque cuando falta, la comida ocupa más espacio en la cabeza.

El hambre tiene esa particularidad: mientras menos hay en la mesa, más grande se vuelve la conversación sobre ella.

¿Qué comiste?

¿Qué conseguiste?

¿Hay pollo?

¿Queda arroz?

¿Apareció aceite?

¿Dónde están vendiendo huevos?

¿Trajeron pescado?

¿Tú sabes dónde dieron carne?

Preguntas aparentemente inocentes que, repetidas durante años, terminan dibujando el mapa íntimo de un país.

Somos analfabetos en muchas materias de la culinaria universal y, sin embargo, hablamos de comida todos los días. Sabemos poco de aquello que no hemos podido probar.

Y quizá esa sea una de las tragedias menos contadas del hambre: no solo quita alimentos. También reduce el mundo. Reduce los sabores posibles. Reduce la imaginación del paladar. Reduce la experiencia.

Dicen que cuando un cubano sale por primera vez de la isla puede quedar desconcertado ante la abundancia. No solo por lo que ve, sino por todo lo que descubre que existe.

Colores.

Frutas.

Pescados.

Carnes.

Quesos.

Salsas.

Dulces.

Restaurantes llenos de platos cuyos nombres alguna vez parecían extranjeros incluso dentro del idioma.

Entonces ocurre algo que puede resultar incomprensible para quien nunca ha vivido una escasez prolongada: aparece el deseo acumulado. El cubano quiere probar. Quiere comer. Quiere recuperar de golpe todos los sabores que durante años pertenecieron a la imaginación.

Y alguien que observa desde afuera puede pensar que estamos ante un pueblo obsesionado con la comida.

Quizás no. Quizás estamos ante un pueblo que ha pasado demasiado tiempo con hambre. Porque el hambre no siempre tiene la cara del que no ha comido nada. A veces tiene la cara del que come, pero no puede escoger. Del que llena el plato, pero piensa en mañana. Del que consigue una libra de carne y comienza inmediatamente a calcular para cuántos días alcanzará. Del que celebra encontrar un alimento que debería formar parte de la normalidad. Del que convierte una compra en una hazaña. Del que pregunta por comida antes de preguntar por cualquier otra cosa.

Hemos tenido hambre de sabores. Hambre de olores. Hambre de variedad. Hambre de abundancia. Pero también hambre de normalidad. Hambre de sentarnos a una mesa sin hacer cuentas. Hambre de abrir una nevera sin miedo. Hambre de cocinar porque queremos, y no porque fue lo único que apareció. Hambre de comer algo que nos sorprenda el paladar, que nos haga cerrar los ojos por un segundo, tararear una canción y sonreír satisfechos.

Por eso aquella frase sigue dando vueltas en mi cabeza:

“Los cubanos viven para comer”.

Sí. Pero quizás haya que decirlo de otra manera. Quizás no vivimos para comer. Quizás llevamos demasiado tiempo viviendo alrededor del hambre. Y cuando el hambre se vuelve costumbre, termina ocupándolo todo: la conversación, los recuerdos, los sueños, las preocupaciones, las visitas, las celebraciones. Hasta el lenguaje.

Entonces comprendemos que hablar de comida todos los días no significa necesariamente amar demasiado la comida. A veces significa que nos ha faltado demasiado. Y esa es la verdadera tragedia. Que un pueblo termine hablando tanto de comer porque durante demasiado tiempo tuvo que aprender a vivir con hambre.

martes, 8 de septiembre de 2026

🇨🇺 ¿HASTA DÓNDE TIENE QUE CAER CUBA PARA QUE ABRAMOS LOS OJOS?📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

Hoy vi algo que todavía me duele.

Un anciano llegó a un café privado de mi pueblo con hambre.

Entre varias personas tuvimos que reunir dinero para pagarle un café y un helado.

Un anciano con hambre.

En Cuba.

No hace falta ningún discurso político para entender lo que significa.

Cuando un abuelo tiene hambre, algo está profundamente mal.

Mientras tanto:

💧 Meses sin agua.

💡 Apagones interminables.

🍚 Comida que falta.

💊 Medicinas que no aparecen.

🚨 Robos y violencia cada vez más frecuentes.

😔 Familias agotadas y desesperadas.

Y todavía nos dicen:

“Resistan.”

“Estamos avanzando.”

“La recuperación viene.”

¿Avanzando hacia dónde?

Porque el cubano de a pie no vive de discursos.

Vive la realidad.

La realidad de levantarse sin saber si habrá agua.

De acostarse sin electricidad.

De buscar comida.

De recorrer farmacias buscando una medicina.

De ver a sus padres envejecer en medio de la escasez.

Y de preguntarse cuánto más puede resistir.

La esperanza también se cansa.

Cuba no necesita más consignas.

Necesita soluciones.

Necesita que se reconozca la realidad.

Necesita que alguien tenga el valor de decir:

BASTA.

🇨🇺 CUBA TOCÓ FONDO.

La pregunta ya no es si estamos mal.

La pregunta es:

¿QUÉ VAMOS A HACER AHORA?

Si esto te duele, compártelo.

No por mí.

Por ese anciano.

Por nuestros abuelos.

Por nuestros padres.

Por nuestros hijos.

Por Cuba.

viernes, 4 de septiembre de 2026

¿ETECSA SE BURLA DE LOS CUBANOS? PAGAMOS POR UN SERVICIO QUE LA MAYORÍA DE LAS VECES NO PODEMOS USAR 📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Lo digo con total honestidad: la paciencia se agotó. En Contramaestre, Santiago de Cuba, conectarse a Internet se ha convertido en una verdadera odisea. Pasamos buena parte del día y de la noche sin una conexión estable. Y mientras tanto, los paquetes se vencen.

¿Quién nos devuelve ese dinero?

¿Quién responde por los paquetes que compramos y no podemos utilizar?

¿Quién responde por las recargas internacionales que nuestros familiares en el extranjero realizan con tanto esfuerzo?

ETECSA anuncia bonificaciones, promociones e Internet “libre” en determinados horarios. Pero si precisamente durante esos horarios no hay conexión, ¿de qué sirve la promoción? Es como vender un producto que el cliente no puede consumir antes de que caduque.

Y la situación no se limita a los datos móviles. La telefonía fija también permanece prácticamente inutilizada durante horas.

Entonces la pregunta es inevitable:

¿QUÉ NOS QUEDA, CUBANOS?

¿Seguir pagando y aceptar en silencio?

¿Seguir perdiendo paquetes y recargas?

¿Seguir esperando una conexión que nunca llega?

Los usuarios no estamos pidiendo un regalo. Estamos pagando por un servicio. Y cuando un servicio se cobra, lo mínimo que merece el cliente es recibirlo con una calidad razonable y obtener respuestas cuando falla.

No se trata solamente de Internet. Se trata de respeto.

Respeto al dinero de quienes pagan.

Respeto al esfuerzo de las familias que recargan desde el extranjero.

Respeto a quienes dependen de la comunicación para trabajar, estudiar, informarse o simplemente comunicarse con sus seres queridos.

ETECSA, los usuarios estamos cansados.

Mi paciencia se agotó. Y seguramente no soy el único.

¿Cuántos cubanos más están viviendo exactamente lo mismo?

Si también te ocurre, comparte esta denuncia y deja tu experiencia en los comentarios. Que se sepa lo que está pasando.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

“VAMOS AL PUEBLO”📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

“Vamos al pueblo” es una expresión que, durante más de un siglo, ha definido lo que el habitante de Contramaestre entiende por pueblo. Para la gente, el pueblo es el centro, el casco histórico; el lugar donde están sus principales instituciones públicas y sociales, los parques, los espacios de encuentro y, en definitiva, el corazón de la vida cotidiana y nocturna.

Pero esa noción de pueblo ha sido herida por un poder local incapaz de comprender el valor de conservar, incluso con energía eléctrica, ese casco histórico: el lugar donde permanece buena parte de aquello que define e identifica a Contramaestre.

Lo que el contramaestrense ha entendido por pueblo durante más de un siglo es, durante las noches, un espacio muerto; cada vez más despojado de significados culturales y antropológicos. Esa noción de “subir al pueblo”, de “ir al pueblo” desde cualquier punto geográfico del municipio, ha sido enterrada por el poder local.

Con ella también se erosiona una identidad construida durante más de un siglo alrededor de un lugar al que todos fuimos otorgando significados, afectos y memorias; un lugar que nos hacía sentir que estábamos, verdaderamente, en Contramaestre.

Y así avanzamos, inexorablemente, hacia una mutación histórica.

Habrá que preguntarle a la gente qué entiende ahora por pueblo. Habrá que replantearse qué significa ese concepto que durante tantas décadas fue, en buena medida, el alma de Contramaestre.

Confieso que no espero ninguna reacción positiva del poder local ante un asunto de esta naturaleza. Es, sencillamente, un tema cultural que no parece formar parte de sus prioridades, sometidas casi por completo a los intereses del poder provincial.

Pero si tan importante es un hospital —y, desde luego, lo es—, ¿acaso no es también, o incluso más en determinados sentidos, importante la espiritualidad que los seres humanos han construido alrededor de un centro considerado durante décadas el pueblo?

Un pueblo no es solamente un conjunto de edificios, instituciones y calles. También es la memoria acumulada, los lugares de encuentro, las costumbres, los afectos y los significados que una comunidad deposita en un espacio y transmite de generación en generación.

Hoy, esa noción de pueblo parece haber muerto. Y temo que no habrá resurrección alguna para ella.

martes, 25 de agosto de 2026

CARACOL DE AGUA: 18 AÑOS NAVEGANDO CONTRA CORRIENTE📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

El 25 de agosto de 2008 salí a navegar. No llevaba una embarcación grande ni una carta náutica demasiado segura. Apenas tenía un blog, algunos temores y la convicción de que había que hacerlo. Desde Contramaestre, un municipio del interior de Cuba, intentar llegar al mundo a través de Internet podía parecer entonces una herejía.

Así nació Caracol de agua.

Han pasado 18 años desde aquel día y, mirando hacia atrás, comprendo que aquella travesía nunca fue tranquila. En la carta náutica aparecieron tormentas, huracanes, tornados y toda clase de obstáculos. Hubo momentos en que parecía posible que el barco terminara hundido. Sin embargo, cada golpe fue sorteado y el caracol continuó navegando.

Hoy, cuando los blogs han sido desplazados por la velocidad y la inmediatez de las redes sociales, podría parecer absurdo mantener a flote un espacio como este. Muchos comenzaron conmigo en aquellos primeros años. Compartimos inquietudes, escribimos, soñamos con contar nuestros pueblos desde nuestras propias voces. Pero con el tiempo, la presión de los poderes locales hizo que la mayoría abandonara sus embarcaciones. Sus blogs quedaron a la deriva, sin timonel.

En Contramaestre, Caracol de agua es hoy el único sobreviviente de aquella pequeña flotilla. Y quizá esa sea una de las razones por las que todavía vale la pena mantenerlo navegando.

Durante estos 18 años, sus páginas han ido construyendo, con aciertos y desaciertos, una memoria de Contramaestre. Una memoria que difícilmente podrá encontrarse completa en los llamados medios masivos de comunicación. Aquí están las historias, las personas, las polémicas, las alegrías, las dificultades y también los errores de quien escribe. Nada es perfecto en esta vida, tampoco lo ha sido Caracol de agua. Pero ha sido mío. Y ha sido de quienes lo hicieron posible.

Mucha gente creyó en este caracol. Otros lo adversaron. La polémica acompañó muchas de sus páginas. Por eso hoy quiero agradecer a todos: a los amigos que apoyaron, a quienes discreparon, a los que llegaron para sumar y también a quienes intentaron hundirlo. Todos, de alguna manera, forman parte de esta historia. Porque un blog también puede convertirse en una embarcación colectiva.

Y si hay alguien a quien debo mencionar especialmente en este aniversario es a Carolina, la musa que inspiró Caracol de agua. Sin ella, probablemente muchas de estas páginas no habrían existido y yo no habría conseguido evadir algunos de los golpes que recibió este pequeño barco. Gracias, Carolina mía. No me faltes nunca.

Ojalá Caracol de agua pueda cumplir otros 18 años, aunque los mares que lo rodean continúen siendo revueltos y brutales. No sé cuántas tormentas vendrán, pero a estas alturas he aprendido que navegar también consiste en resistir.

Hoy, sin embargo, no quiero pensar en las tormentas. Quiero celebrar. Y la celebración llegó en forma de una exquisita pizza que mi amigo Guillermo Melián, Guille, me trajo de su Café Bar Que Rico. Un detalle sencillo, pero de esos que llegan al corazón porque aparecen justo cuando deben aparecer. Recomiendo esa pizza: vale la pena saborearla. Gracias, Guille, hermano. Llegaste con ella justo a tiempo para celebrar los 18 años de Caracol de agua.

Así que aquí estamos: el caracol y yo, 18 años después de aquella primera salida al mar. Quizá con más cicatrices, seguramente con más experiencia, pero todavía navegando. Y mientras haya memoria que contar, historias que compartir y alguien dispuesto a leerlas, habrá razones para seguir.

Feliz cumpleaños, Caracol de agua. Que siga la travesía.



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