jueves, 6 de agosto de 2026

A LA DERIVA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

El hambre recorre las casas. Se detiene frente a cada ser humano, lo observa y termina por arrollarlo. Es tiempo de hambre; su reino se extiende hasta donde alcanza la vista.

He visto a una madre contar las monedas sobre un mostrador y volver a guardar un paquete de frijoles porque no le alcanzaba. He visto un litro de aceite superar los cinco mil pesos. He visto alimentos cotidianos volverse inalcanzables, tan lejanos que ni la suma de varios salarios basta para adquirirlos. Así ocurre con todo: el agua, las medicinas, el transporte. En los hospitales faltan insumos; en las farmacias particulares sobran recetas que nadie puede pagar; en las paradas de autobús se acumulan horas de espera y rostros resignados. Ya nada parece importar. Ya casi nadie cree.

Es tanto el gris, tanto el desencanto y tanto el cinismo, que las últimas velas del navío fueron arriadas. Ahora es un barco fantasma, a la deriva, que arroja al mar todo aquello que considera inútil. La vergüenza también fue lanzada por la borda, junto con la decencia y el honor.

Los capitanes de ese navío son la corrupción, la desidia y el pillaje. Entregan lo que alguna vez llamaron «del pueblo» a los mejores postores, casi siempre a los suyos. Lo que era del pueblo pasa a ser de ellos, aunque, para ser justos, quizá nunca dejó de serlo. La diferencia es que ahora han renunciado a cualquier disfraz: ya no necesitan máscaras y se muestran tal como son. Mientras unos celebran en los salones del poder, otros revisan bolsas de basura en busca de algo que llevar a la mesa. Dos países conviven sobre la misma cubierta, pero solo uno decide el rumbo.

Mientras el barco continúe a flote, seguirán arrojando al mar todo aquello que alguna vez sirvió para cautivar a una sociedad herida: las promesas, la justicia, la esperanza. Entretanto, el destino de esa sociedad parece ser el fondo del océano, donde tiburones insaciables se disputan los restos de una historia que se desvanece. Cada ola se lleva un sueño distinto: un joven que emigra, un anciano que renuncia a sus medicinas, un niño que aprende demasiado pronto que el hambre también educa.

Y pensar que, en medio de su propia locura, avanzan a toda velocidad hacia aquello que antes criticaban. O, mejor dicho, hace tiempo que llegamos allí, pero sin orden ni concierto.

Como escribió Reinaldo Arenas, las opciones parecen reducirse a dos: morir o escapar de la incertidumbre. Esa es, al menos para muchos, la estrecha encrucijada de una sociedad adolorida. Y mientras el barco siga a la deriva, la pregunta dejará de ser quién lo hundió para convertirse en quiénes lograrán sobrevivir al naufragio.

miércoles, 5 de agosto de 2026

CRÓNICA DE UN PAÍS A OSCURAS📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

La poquísima corriente eléctrica que nos dan es una tortura infinita. No permite siquiera enfriar el agua. Si tus equipos tienen protector de voltaje, permanecen la mayor parte del tiempo en voltaje bajo y nunca arrancan. 

Uno quiere seguir con la vida porque, al final, es lo único que nos queda en este país. Pero, en esa interminable intermitencia de apagones y encendidos, el estrés se dispara y uno termina, como aquel profesor de Física, al borde de la locura.

A esa inestabilidad eléctrica súmale el silencio de los datos móviles: días enteros totalmente desconectados, sin una sola respuesta institucional. Como dice un vecino: «No les importamos». Y tiene razón. Ellos viven en otro mundo: tienen Internet, telefonía, alimentos y medicinas asegurados. Habitan otra galaxia. 

Toda la institucionalidad del país parece colapsada. Nada ni nadie responde a los reclamos de la ciudadanía, si es que esa palabra todavía conserva algún significado aquí. Estamos en un barco a la deriva, cuyos capitanes solo tienen ojos para mirar a los vecinos de enfrente y culparlos de su propia ineficiencia. La institucionalidad es un camino amargo de recorrer porque, cuando decides transitarlo, descubres que se parece demasiado al infierno.

Mientras tanto, unos se van y otros permanecen. Lo cierto es que la gente ya no puede más. No llegan soluciones para los problemas más inmediatos: el agua, la electricidad, los alimentos, las medicinas y tantas otras necesidades cotidianas. La inflación continúa su escalada, implacable, inalcanzable, galopante, mientras la institucionalidad no funciona y castiga a quien acude a ella con su incompetencia.

La poquísima corriente que recibimos —una hora cada cuarenta o cuarenta y cinco horas; a veces más, a veces menos— no permite utilizar prácticamente ningún equipo. Es una energía inservible, incapaz de resolver las necesidades más elementales de nuestro día a día.

Como cronista, al fin y al cabo, solo me queda narrar estos días, convencido de que algún día llegará el futuro y costará creer que existió una era de «hombres nuevos» que prometió un paraíso. Y cuando ese paraíso finalmente llegó, descubrimos que no tenía el swing que el hombrecito nuevo había prometido.

martes, 4 de agosto de 2026

EL AJIACO DE LA ALEGRÍA📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hay comidas que alimentan el cuerpo y hay otras que, además, alimentan el alma. Ayer, en mi barrio, no se cocinó solamente un ajiaco; se cocinó la solidaridad, la memoria compartida y ese viejo milagro de sabernos parte de una misma familia.

Fue un ajiaco en el sentido más profundo de la palabra: una olla donde, junto a las viandas y las carnes, hirvieron la generosidad, el cariño y el espíritu de un pueblo que todavía cree en el valor de compartir. Todo fue posible gracias al corazón inmenso de La Mora Férix, quien ya había sembrado esta misma semilla de amor en su tierra natal, el poblado de Maffo, y decidió llevarla después hasta nuestro barrio.

Desde temprano, las puertas dejaron de ser fronteras y se convirtieron en puentes. Los niños corrían entre risas; los jóvenes ofrecían sus manos fuertes; las mujeres y los hombres pelaban viandas, cortaban la carne, alimentaban el fuego con leña y removían la inmensa olla donde el ajiaco iba reuniendo mucho más que ingredientes. Los abuelos, guardianes de la memoria, contemplaban la escena con esa serenidad que solo concede el tiempo, mientras las abuelas parecían reconocer, en el aroma que escapaba del fogón, los sabores de otros domingos, de otras épocas, de otras alegrías.

Y entonces ocurrió lo verdaderamente extraordinario: el barrio dejó de ser un conjunto de casas para convertirse en una comunidad. La alegría fue pasando de rostro en rostro, de conversación en conversación, como si el humo del fogón llevara consigo el mensaje de que todavía es posible encontrarnos alrededor de una causa común. Son esas pequeñas grandezas las que sostienen la vida, las que nos recuerdan, como dice la canción, que son las pequeñas cosas las que hacen inmenso el camino.

Cuando el ajiaco estuvo listo, no hubo puertas olvidadas ni mesas vacías. Llegó a cada hogar como llegan las bendiciones: sin distinguir edades, condiciones ni apellidos. En cada cucharada viajaba el esfuerzo de muchas manos y el amor silencioso de quien comprende que la verdadera riqueza consiste en compartir.

Al final de la jornada, entre sonrisas, platos vacíos y corazones agradecidos, quedó resonando una frase sencilla, desprovista de adornos, pero llena de verdad:

—Gracias. Muy rico el ajiaco. Gracias.

Y acaso no exista elogio mayor. Porque cuando un pueblo comparte el pan —o el ajiaco—, comparte también su esperanza. Y mientras existan personas capaces de encender un fogón para todos, habrá razones para creer que la bondad sigue encontrando su lugar entre nosotros.

jueves, 30 de julio de 2026

LA TRAGEDIA SILENCIOSA DE LOS PERROS CALLEJEROS📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

A Elena Matamoros Fernández, a Dayana y  su esposo.

Los veía recorrer mi pueblo como si fueran parte inseparable de su paisaje. Habitaban los parques, las avenidas y las calles; caminaban con la paciencia de quien no espera milagros, husmeando entre la basura y los rincones en busca de un pedazo de pan capaz de engañar al hambre. Siempre que mis bolsillos me lo permitían, compartía con ellos algo de comida. Era un gesto pequeño, casi insignificante, pero en sus ojos encontraba una gratitud imposible de describir.

Tres de aquellos caminantes sin destino terminaron cruzando el umbral de mi casa. Allí dejaron de ser perros callejeros para convertirse en familia. Encontraron un hogar, un nombre, un lugar donde dormir y, sobre todo, un amor que jamás les exigiría nada a cambio. Quienes me conocen saben perfectamente quiénes fueron y el inmenso espacio que aún ocupan en mi memoria.

Durante años alimenté un sueño que siempre quedó aplazado: construir un santuario donde ningún perro tuviera que cargar con la cruel etiqueta de "callejero", esa palabra que tantas veces sirve para justificar el abandono, la indiferencia y hasta la violencia. Imaginaba un lugar donde pudieran correr sin miedo, dormir sin sobresaltos y envejecer rodeados de la dignidad que toda vida merece. Tal vez ese sueño nunca llegue a hacerse realidad.

Lo que sí ha cambiado es el paisaje de mi pueblo. Cada día veo menos perros vagando por sus calles. Desaparecen sin despedirse, como si la tierra los tragara en silencio. Hoy resulta casi un milagro encontrar uno caminando entre las aceras que antes les pertenecían.

Hace algún tiempo, una amiga entrañable, protectora incansable de animales y voluntaria en innumerables jornadas de rescate, pronunció una frase que jamás abandonó mi conciencia: si no hay alimentos para los seres humanos, mucho menos habrá algo para ellos en los depósitos de basura.

Desde entonces comprendí que estos animales libran una batalla invisible. Mueren lentamente ante nuestros ojos, sin titulares, sin homenajes y casi siempre sin testigos. Son las víctimas silenciosas de una sociedad que un día los llamó "el mejor amigo del hombre" y que hoy, con demasiada frecuencia, los condena a vivir y morir como si fueran desechos.

Pero ellos conocen el amor. Lo reconocen con una precisión que pocas personas poseen. Lo aprendí de aquellos tres compañeros que un día llegaron a mi vida. Su gratitud no necesitaba palabras. Bastaba una lengua húmeda acariciando mis manos, una mirada larga y transparente, el cuerpo tendido panza arriba en absoluta confianza o el incesante movimiento de una cola que parecía querer decir aquello que ningún idioma alcanza a expresar: gracias por quererme.

Quien nunca ha sentido esa conexión solo verá cuerpos cubiertos de pulgas, garrapatas o sarna; animales sucios a los que conviene alejar de la puerta. Quien, en cambio, ha abierto el corazón a uno de ellos descubrirá una verdad mucho más profunda: el valor de un ser vivo jamás depende de su apariencia, sino de la inmensa capacidad que posee para amar sin condiciones.

Quienes me conocen saben que, en mi hogar, mis perros comían primero, igual que mis gatos. Todos tuvieron un nombre, una historia y un lugar que procuré respetar como se respeta a un miembro de la familia. Nunca fueron simples animales; fueron compañeros de vida.

Por eso me considero profundamente privilegiado. Porque he conocido una de las formas más puras del amor: aquella que no pregunta quién eres, cuánto tienes o qué puedes ofrecer. Ese amor que llega moviendo la cola, se acurruca a tus pies y, sin pronunciar una sola palabra, termina enseñándote el verdadero significado de la lealtad, la compasión y la esperanza.

Quizá algún día comprendamos que la grandeza de una sociedad no se mide por la altura de sus edificios ni por la riqueza de sus habitantes, sino por la manera en que trata a los seres más indefensos. Cuando ese día llegue, tal vez ya no existan perros condenados a vivir en las calles, porque habremos entendido, al fin, que ellos nunca necesitaron nuestra lástima: solo una oportunidad para amar y ser amados.

lunes, 27 de julio de 2026

EL RUISEÑOR Y EL ECO DEL ABISMO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

A quien cambió el arte por el odio y a todos sus súbditos. 

En un reino donde las plazas nunca callaban, vivía un ruiseñor de voz portentosa. Nadie declamaba como él los cantos a los héroes, las gestas antiguas y las alabanzas al Trono. Su fama recorría todos los caminos y, en recompensa, los guardianes del reino le entregaban pergaminos dorados que él guardaba como el mayor de los tesoros.

Sin embargo, los años, que no respetan ni al más célebre de los artistas, comenzaron a posarse sobre sus alas. El ruiseñor seguía siendo invitado a las ceremonias y a las tribunas del reino, pero ya no le bastaba. Estaba convencido de que su talento merecía horizontes más amplios.

Decidió entonces reunir a un grupo de pequeños gorriones para enseñarles el arte del canto. Con ellos preparó una hermosa obra que presentó una y otra vez ante el Trono, esperando que alguien viera en ella un futuro distinto. Pero el Trono sólo escuchaba en él la misma voz de siempre.

Un día, durante una gran celebración, el ruiseñor pidió a una alta figura del reino que le permitiera llevar su arte a un pueblo hermano. La figura respondió que estudiaría su petición. Pasaron los meses y, por fin, el ruiseñor emprendió el viaje. Creyó que al otro lado del horizonte encontraría el destino que tanto anhelaba.

Pero en el reino hermano descubrió que las jaulas podían tener otro color y seguir siendo jaulas. Allí también lo llamaban únicamente para cantar en tribunas y ceremonias. Comprendió que, si permanecía allí, toda su vida sería un eco de la misma canción.

Desesperado, cruzó el mar hacia una tierra que durante años había aprendido a despreciar. Pensó que, al fin, podría reinventarse. Sin embargo, nadie mostró interés por sus versos ni por sus antiguos laureles. El aplauso que tanto había perseguido se había extinguido.

Entonces encontró un mercado donde el odio se compraba y se vendía como si fuera pan. Descubrió que las injurias atraían más miradas que la belleza y que las calumnias se propagaban más rápido que cualquier poema. Poco a poco dejó de cantar para aprender a gritar. Cada día exageraba más, cada día hería a más criaturas, hasta olvidar que alguna vez había sido un artista.

Una noche, al cerrar los ojos, soñó que seguía siendo aclamado. Pero al despertar se encontró en un lugar oscuro donde no brillaba ningún pergamino. Estaba en el Abismo.

Confundido, intentó preguntar cómo había llegado hasta allí. Entonces, de entre las sombras, surgieron innumerables ecos. Eran las mismas palabras crueles que él había lanzado contra otros durante tantos años. Convertidas en piedras, regresaban una tras otra hasta caer sobre él.

Sólo entonces comprendió que nadie lo había condenado más que sus propios actos y que el odio siempre acaba devorando la voz de quien lo alimenta.

domingo, 26 de julio de 2026

EL ACTOR Y EL ECO DEL ODIO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

A quien cambió el arte por el odio y a todos sus súbditos.

Había una vez un actor que soñaba con alcanzar la gloria. En su pueblo natal era célebre por declamar poemas épicos, cantar las hazañas de los héroes y dedicar loas al poder. Su voz era firme, solemne, y todos admiraban la pasión con que daba vida a cada verso.

El poder, complacido, le entregó incontables pergaminos y distinciones. El actor los guardaba como quien atesora un reino entero. Sin embargo, el tiempo, que jamás se detiene ante los deseos de los hombres, pasó. Los aplausos comenzaron a apagarse y sólo era llamado para los mismos actos y las mismas tribunas. Entonces creyó que el mundo le debía un lugar mayor.

Decidió crear un hermoso proyecto con niños, convencido de que en él habitaba lo mejor de su arte. Lo presentó una y otra vez ante el poder, esperando que por fin descubrieran el talento que él creía inmenso. Pero el poder tenía oídos para escuchar los discursos y ojos para contemplarse a sí mismo; nunca miró al actor.

Cierto día, durante una ceremonia, pidió ayuda a una figura influyente. Quería viajar a un pueblo hermano para ofrecer allí lo único que poseía de verdad: su oficio. La figura respondió que vería qué podía hacer.

Pasaron los meses y el viaje llegó. El actor partió lleno de esperanza. En la tierra hermana volvió a recitar, volvió a cantar y volvió a servir en actos y tribunas. Allí comprendió que había cruzado fronteras, pero no había escapado de su destino.

Desencantado, huyó al país que durante toda su vida había aprendido a odiar. Pensó que allí encontraría la gloria que siempre le había sido negada. Pero tampoco interesó su arte ni su historia.

Entonces cambió la palabra que elevaba por la palabra que destruía. Descubrió que el odio encontraba más público que la belleza. Comenzó a calumniar, a insultar y a sembrar discordia. Cada mentira le daba un instante de fama, y cada injuria apagaba un poco más al actor que alguna vez había sido. Sin darse cuenta, dejó de representar personajes y terminó representando al peor de todos: a sí mismo.

Una noche abrió los ojos y descubrió que yacía en el infierno. No supo cuándo había llegado. Sólo recordaba que, en el silencio de la oscuridad, unos hombres le habían servido la misma medicina que él repartió durante años. Cada palabra venenosa que había lanzado regresó convertida en un eco que ya no podía silenciar.

Y comprendió, demasiado tarde, que quien hace del odio su oficio termina viviendo en el reino que ese odio construye.

sábado, 25 de julio de 2026

MANIFIESTO FRENTE A LA INFAMIA📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hay momentos en que el silencio deja de ser prudencia y se convierte en complicidad. Este es uno de ellos. Denuncio ante los administradores de Facebook la campaña de difamación, manipulación y acoso que se ha desatado contra mi persona. No se trata de una diferencia de criterios ni del legítimo derecho a disentir. Se trata de una estrategia que sustituye los argumentos por la calumnia, el debate por el insulto y la verdad por la mentira.

Hay quienes han hecho del odio una forma de existir. Confunden la descalificación con la inteligencia, la injuria con la crítica y la destrucción del otro con una supuesta victoria. En ese terreno fértil para la intolerancia, las redes sociales —y particularmente Facebook— se convierten con demasiada frecuencia en un escenario donde se intenta asesinar la reputación antes que confrontar las ideas.

No responderé con el mismo lenguaje ni descenderé a ese nivel. Mi respuesta seguirá siendo la misma que ha guiado mi vida: el trabajo, la coherencia y las obras.

Pueden escribir cuanto deseen. Pueden inventar, tergiversar y multiplicar las falsedades. Ninguna mentira, por repetida que sea, tiene la capacidad de transformar la verdad en falsedad. La reputación no se sostiene sobre rumores; se construye con una vida entera.

La historia demuestra que las campañas de odio tienen fecha de caducidad. El tiempo, ese juez implacable e incorruptible, termina separando el ruido de la verdad, la propaganda de los hechos y la calumnia de la dignidad. Cuando las pasiones se apaguen y las aguas recuperen su transparencia, no serán los difamadores quienes hablen. Hablarán las obras. Hablará la conducta. Hablará la memoria de quienes saben distinguir entre la mentira interesada y la verdad vivida.

No renunciaré a hacer el bien porque otros hayan elegido hacer daño. No abandonaré mis principios para satisfacer el odio de quienes viven de sembrar resentimiento. Mi compromiso sigue siendo el mismo: actuar con honestidad, servir con dignidad y defender la verdad sin recurrir jamás a las armas de la difamación.

A quienes han convertido el rencor en su bandera, les deseo algo que no podrán encontrar en la descalificación de los demás: paz.

Porque la verdad no necesita ejércitos para sobrevivir. La mentira, en cambio, necesita repetirse cada día para no desaparecer.

Y cuando este tiempo pase, como todos los tiempos pasan, quedará únicamente aquello que ninguna campaña puede destruir: la integridad de una vida y el valor de las obras.

Como escribió el poeta: «Buena suerte viviendo».

viernes, 24 de julio de 2026

CUBA: EL CAMINO DE REENCONTRARNOS DESDE EL AMOR Y EL RESPETO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Confieso que no deseo una Cuba dividida contra sí misma. No quiero una nación marcada eternamente por las heridas del enfrentamiento, la desconfianza y la separación. Creo que necesitaremos una profunda cura de amor para sanar tantas heridas acumuladas en nuestro cuerpo nacional.

En días recientes viví una experiencia que me hizo reflexionar sobre la manera en que los cubanos nos relacionamos entre nosotros. Fui cuestionado y atacado por haber compartido un momento con una persona que tiene ideas políticas diferentes a las de algunos sectores de nuestra sociedad. Su pensamiento, sus simpatías y su historia fueron utilizados como razones para descalificarlo completamente como ser humano.

Creo que ahí se encuentra uno de nuestros mayores desafíos: aprender a distinguir entre las ideas de una persona y el valor humano de esa persona. Podemos discrepar profundamente, podemos tener visiones distintas sobre el presente y el futuro de Cuba, pero esas diferencias no deberían impedirnos reconocer la dignidad, la bondad o las acciones positivas de quienes piensan diferente.

Las redes sociales tienen un enorme potencial para acercarnos, pero también pueden convertirse en espacios donde resurgen viejos antagonismos y donde las personas son reducidas a etiquetas: comunistas y capitalistas, de izquierda y de derecha, revolucionarios y contrarrevolucionarios,  buenos y malos... Cuando dejamos de ver seres humanos y solo vemos categorías, perdemos la posibilidad de escucharnos y construir juntos.

El debate de ideas es necesario en cualquier sociedad. La crítica, la reflexión y la búsqueda de la verdad forman parte de nuestro crecimiento colectivo. Pero ese intercambio debe estar acompañado de respeto, responsabilidad y sensibilidad, evitando la descalificación, la manipulación o los juicios absolutos sobre quienes no comparten nuestro punto de vista.

Durante mucho tiempo permanecí alejado de esas confrontaciones, hasta que decidí dedicar parte de mi tiempo al activismo humanitario en favor de ancianos y niños. Ayudar a otros, aliviar sufrimientos y acompañar a quienes lo necesitan no debería ser interpretado como una postura política, sino como una expresión de humanidad.

Mi convicción es clara: como expresó José Martí, “patria es humanidad”. Creo en una Cuba donde exista espacio para la diversidad de pensamientos, donde cada persona pueda defender sus ideas con libertad y donde la solidaridad no tenga color político.

Nuestra nación podrá reencontrarse consigo misma cuando seamos capaces de mirar más allá de nuestras diferencias y poner en el centro aquello que nos une: el amor por Cuba y el deseo de bienestar para todos los cubanos.

Ese es, en mi opinión, el camino hacia una Cuba más justa, más humana y más reconciliada.

jueves, 23 de julio de 2026

CUANDO EL ODIO SUPLANTA LOS ARGUMENTOS (Réplica al señor Yois Ramos)📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hay personas que creen que la difamación es un argumento, que el insulto es una demostración de inteligencia y que la descalificación moral puede sustituir el debate de las ideas. El señor Yois Ramos acaba de demostrar exactamente eso.

Su reacción desmedida no fue provocada por un acto de corrupción, una mentira o una injusticia de mi parte. Fue provocada porque acompañé a niños y ancianos de mi barrio a un cumpleaños. Ese es el "delito" que ha desatado toda su furia.

Cada cual saque sus conclusiones.

No responderé con el mismo lenguaje. No porque no pueda, sino porque no quiero parecerme a quienes han hecho del odio un método de acción política y de la calumnia un modo de ganar seguidores.

Hace mucho tiempo comprendí que existen personas incapaces de aceptar que alguien ayude a los demás sin pedir permiso a una ideología. Les molesta que exista un cubano que tienda puentes cuando ellos solo saben levantar trincheras.

Yo no utilizo a los humildes para alimentar discursos. No convierto el sufrimiento de un anciano, de una madre o de un niño en combustible para acumular aplausos en las redes sociales. Quien necesita exhibir el dolor ajeno para sostener su discurso termina convirtiendo ese dolor en un espectáculo.

He sido atacado antes por servir de puente para llevar agua a comunidades necesitadas. Ahora soy atacado por acompañar a niños y ancianos a un cumpleaños. Si ayudar a los demás provoca nuevas campañas contra mí, pueden estar seguros de que seguiré ayudando.

José Martí enseñó que la patria es "con todos y para el bien de todos". Hay quienes solo parecen creer en una patria para los que piensan como ellos. Yo no comparto esa visión excluyente. Nunca la compartiré.

El señor Yois Ramos ha anunciado que dirigirá sus "cañones" contra mí. Le respondo con absoluta serenidad: las amenazas no convierten una mentira en verdad, ni los insultos destruyen una trayectoria de servicio. El ruido puede ser ensordecedor, pero jamás sustituirá la fuerza de una conciencia tranquila.

Por esa razón he decidido bloquearlo. No porque tema la crítica, sino porque el debate termina cuando una de las partes abandona los argumentos y abraza la injuria. No tengo obligación alguna de servir de blanco a quien confunde la libertad de expresión con el derecho a ofender.

Seguiré haciendo exactamente lo mismo que hasta ahora: tender la mano a quien la necesite, defender mis ideas con respeto y creer en una Cuba donde nadie sea excluido por pensar diferente.

La historia siempre termina poniendo a cada cual en su lugar. A unos los recuerda por las campañas que promovieron; a otros, por el bien que hicieron. Yo ya escogí de qué lado quiero estar.

martes, 21 de julio de 2026

LA DIGNIDAD DE AYUDAR AL NECESITADO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Cuando uno se pone en el lugar de los demás y decide actuar junto a personas de buena voluntad para aliviar el sufrimiento ajeno, crece ante los ojos de Dios. En el lenguaje cristiano, Dios llama a sus hijos a ejercer la caridad con quienes más la necesitan.

Cuba es hoy un país profundamente envejecido. Abundan los adultos mayores que sobrepasan los 60 años: enfermos, solos, cansados y estresados. Muchos viven sin la compañía de sus hijos o nietos, que han emigrado en busca de oportunidades para sostener, desde la distancia, a quienes dejaron atrás.

Sin embargo, la emigración no ha borrado el amor de muchos cubanos por su barrio, sus amigos y su gente. Desde donde están ayudan como pueden: donan pipas de agua, módulos de alimentos, medicamentos y todo aquello que pueda aliviar las necesidades de quienes aman.

Muchas de esas personas, que durante años han seguido mi trabajo, me escribieron para pedirme que sirviera como voluntario y llevara ayuda a ancianos que viven solos, madres solas, personas con discapacidad y enfermos. Fue entonces cuando decidí salir del mundo en el que permanecía concentrado únicamente en el trabajo y la escritura para dedicar parte de mi tiempo al activismo humanitario, tal  como lo hacen las iglesias, el Sistema de Naciones Unidas y numerosas organizaciones filantrópicas en todo el mundo.

Nunca pregunto por las ideas políticas, la militancia o las creencias de quien necesita ayuda. Me interesa únicamente su realidad humana y familiar. Las ideologías pasan, los partidos pasan y los sistemas cambian. Por eso no considero justo utilizar una crisis humanitaria para alimentar el odio o el rechazo hacia una ideología, una utopía o un partido. En medio de esas circunstancias, madres, niños, enfermos, personas postradas y personas con discapacidad necesitan amor y, sobre todo, sentir que su comunidad no los abandona.

Soy un voluntario del activismo humanitario. Lo haría en cualquier lugar del mundo y por cualquier persona que lo necesitara. Nunca expondría públicamente la vida de quienes reciben ayuda, salvo cuando ellos mismos desean expresar, mediante una imagen o un gesto, su agradecimiento por el bien recibido, una virtud que siempre ha distinguido al pueblo cubano.

No me parece justo que, en nombre de una ideología, se descargue sobre quienes alguna vez fueron hermanos una enorme carga de odio simplemente por vivir dentro de un sistema económicamente inviable, con importantes derechos sociales, pero con limitados derechos políticos. Tampoco utilizaría el dolor de los más sufridos como instrumento de propaganda para proyectar, desde la distancia, un sufrimiento que no experimento en mi propio cuerpo ni en mi propio espíritu.

Jamás expondría a esas personas para que la maquinaria de un sistema termine castigándolas y profundizando aún más el dolor que ya padecen.

Quienes me conocen desde hace toda la vida saben cómo soy. Vengo de una familia honrada. Los abuelos que me criaron me enseñaron el valor del bien. Recuerdo a mi abuela-madre comprando cucuruchos de maní a una señora únicamente para ayudarla, aunque en casa cultivábamos maní. Recuerdo también a mi abuelo-padre comprando turrones de coco a un vecino con el mismo propósito. Mis padres me educaron en la solidaridad con los ancianos, los niños, los enfermos y las personas con discapacidad. No aprendí esos valores de una ideología, de un sistema ni de un partido. Los aprendí en mi familia y hoy procuro ser consecuente con ellos. Actúo de buena fe porque siento que, al hacerlo, crezco espiritualmente y me fortalezco ante Dios.

Entonces me pregunto: ¿por qué cuestionar mi entrega a los más necesitados? ¿Por qué llamar limosna a la generosidad de amigos de distintas partes del mundo que ayudan a mi sufrido pueblo? ¿Por qué exigirles a quienes apenas pueden sostener sus propias vidas que enfrenten a un sistema que ha demostrado no temer castigar a quienes lo desafían?

José Martí nunca se sintió un hombre completo hasta que regresó a Cuba para luchar junto a los suyos por una idea del bien. Mientras organizaba la lucha desde el exilio en Estados Unidos comprendía que su palabra solo sería plenamente legítima si compartía, en la tierra de sus compatriotas, los mismos sacrificios y peligros. Martí vino, vivió con los suyos, sufrió con los suyos y murió con los suyos por aquello en lo que creía.

Hace falta tener el código de honor de Martí: sentirlo y expresarlo con hechos, no alimentando extremismos ni sembrando odio entre quienes alguna vez fueron hermanos.

Yo nunca expondría la imagen de una madre sola sosteniendo un cartel para usarla con fines contrarios a mis valores. Mucho menos la pondría a sostener un mensaje político desafiando a un régimen, porque esa madre podría terminar en prisión y dejar tras de sí hijos huérfanos que jamás me perdonarían haber utilizado su dolor con fines de proselitismo político.

Nunca expondría a una mujer que ha limpiado pisos para sacar adelante a su familia. Nunca expondría a una persona por ayudar desde la emigración a quienes sufren. Nunca pondría en riesgo a alguien que quiero y respeto solo por hacer el bien. No. No y mil veces no.

La vocación de amar al prójimo fue el mayor legado que recibí de mis abuelos. Cuando ayudo no busco liderazgo ni protagonismo. Ayudo porque me hace mejor persona, porque me permite crecer humanamente y porque me saca del teclado de un teléfono para encontrarme con la vida real. Como Martí, procuro echar mi suerte con el pueblo adolorido.

Estoy convencido de que la mayoría comprenderá esta postura. Tal vez una minoría no lo haga. Y está bien. Lo importante es aprender a convivir en la pluralidad sin pretender imponer a los demás nuestras propias convicciones, porque al final uno termina pareciéndose a aquello mismo que critica.

Aquí estoy, dispuesto siempre a ayudar. Pueden contar conmigo, como también con tantos hombres y mujeres que nunca han dudado en acompañarme para llevar alivio, esperanza y amor a ese pueblo que no vive entre lujos ni abundancias, sino que enfrenta cada día enormes dificultades.

Como decía el escritor santiaguero Joel James, se trata de ser en favor de los otros: crecer en la idea del bien y entregarse a los suyos sin convertirlos en instrumentos de campañas de odio contra una ideología, un sistema o cualquier otra causa.

Ese pueblo adolorido sabrá cuándo ponerse de pie. Y cuando lo haga, será por convicción propia, no porque alguien haya alimentado su inconformidad recurriendo a métodos que sacrifican la dignidad de los más vulnerables. Porque el verdadero cambio, cuando nace de la conciencia y de la dignidad, nunca necesita servirse del sufrimiento de los inocentes.



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