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lunes, 16 de septiembre de 2013

Perros infelices en la ciudad donde vivo

Esperan ansiosos el almuerzo que siempre hacemos llegar a sus vilipendiados estómagos.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

En la ciudad donde vivo abundan los perros,  andan junto a los humanos, como silenciosos compañeros, en busca de un trozo de pan que comer, o una mano desgranadora de cariño.

No puedo evitar socorrerlos ante la presencia de un carro a exceso de velocidad, o una manada de jóvenes entretenidos en golpearlos para burlarse de sus dolores. De esos raros entretenimientos está llena la vida cotidiana de mucha gente que desanda las calles, en la noche o durante el día.

No logro explicarme cómo es posible desatender a cachorros, cachorras, y echarlos a la intemperie, a merced de los tiempos que los devorarán, si no se convierten en lobos de su compleja realidad.

Frente a la mesa de artesanías donde labora mi mujer acuden diariamente, al mediodía;  saben de nuestra ternura hacia ellos, por eso esperan ansiosos el almuerzo que siempre hacemos llegar a sus vilipendiados estómagos;  quizás sienten nuestra virtual protección, y nos regalan ladridos y meneos de rabos, como recompensa. 

En mis recorridos por la ciudad donde vivo los encuentro echados frente a un portal de un café, un mercado, una terminal, o esperando la mano amiga que lance una frita, un medrugo de pan, o la rara fascinación de educarlos como lo hacemos mi mujer y yo, y darles, todos los días, a una misma hora, una ración de comida, para hacerlos felices, en esa cotidianidad, quizás absurda desde la mirada humana; para ellos, la que les ha tocado vivir y no pueden hacer nada por cambiarla. 

Esperan la mano amiga que les de algo de comer.

Esperan ansiosos el almuerzo que siempre hacemos llegar a sus vilipendiados estómagos.
Esperando la mano amiga que le lance una frita o un medrugo de pan.
Huyendo de una manada de jóvenes entretenidos en golpearlo para burlarse de sus dolores.


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