martes, 17 de abril de 2018

Mis pequeños sueños



Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Cada hombre tiene sueños, sobre todo cuando anula la palabra vacía, el reconocimiento fatuo,   el deseo de oscuridad. Los sueños pequeños prenden luces y el tiempo gira; uno sabe que no son los de un millonario, menos los de un político de carrera, son los de un hombre crucificado que tiene memoria, sombrero, un par de botas, muchos libros, y algo muy especial, demasiado especial, las palabras grabadas en una vieja cinta de grabadora que les dijo su madre  cuatro días antes de morir. Escucharlas, es volver a esos sueños; no serán grandes para los de cerebro frío; para mí, son los que me ayudan a vivir, mientras unos hacen los muros y otros las puertas de este mundo.

Mi madre ya no veía en el momento de esta grabación, sus ojos se los había arrebatado el tiempo; pero su infinita ternura de madre estaba ahí, presente como rosal en primavera o las azucenas que tanto le gustaban. Conversamos gran parte de la noche, habló del niño que fui, los trabajos que pasó para hacerme un hombre de bien; no podía imaginar que cuatro días después estaría besando sus mejillas frías, en un hospital, sabiendo que la muerte me la había llevado. Me quedó aquella noche en mi memoria para siempre, con esa noche voy a todos lados, porque ella sigue viva en mí, a pesar de los años, yo siento que está ahí y no me olvida, como yo no la olvido a ella....Escuchar a mi madre hablarme con ese afecto tan sincero, es saber que nunca se ha ido.


domingo, 15 de abril de 2018

Mi profe de historia



El profe Manolo.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Mi profesor de historia es un alcohólico incurable, pero eso no lo hace una mala persona, pues es muy servicial, siempre con esa carga de recuerdos que lo vincula a mi pasado, allá por el bachillerato en Bungo 7, casi pegado a Resbaloso, oriente adentro, en aquellas memorables becas surgidas en la década del 70 en Cuba.

A todo el que me acompaña, no importa la edad, el país, la provincia, el barrio, le cuenta de aquel alumno  que el descubrió escondido tras el pupitre, metido en su mundo guajiro, con temor a decir tres o cuatro palabras juntas, pero que leía como un demonio cualquier cosa, sobre todo libros  de historia universal y de Cuba.

Manolo Silveira es su nombre, quizás a algunos no le diga nada su identidad, tal vez a otros sí, lo cierto es que era uno de los mejores dando clases; considerado en la década de los 80 del siglo XX, entre los más capaces para enseñar cualquier tipo de historia. Tenía una bellísima mujer, se llevaban bien.

En sus ratos libres me enseñó un poco de artes marciales, quizás por eso algunos se burlaban del guajirito y me decían Bruce Lee o Chenqui; pero me sentía orgulloso siendo formado por el “Tigre”,  alias con el que sus cercanos nos gustaba llamarlo. En señal de aprobación asomaba un suki que llevaba hasta nuestras mejillas.

Perdí la memoria de los concursos de historia a nivel de escuela, municipio, provincia y nación que fui, las medallas que gané, Manolo vivía ese orgullo, por eso me luchaba pases de fin de semana en aquella beca  que yo veía que demoraba una eternidad en pasar; el trato era ir a todos los concursos y traer alguna medalla. De tan bueno que era, según Manolo, me lo empecé a creer y la vocación se formó en mí sin darme cuenta.

Un día me vi en la universidad estudiando Licenciatura en Historia y ya la cosa era muy seria. El profe Manolo es el responsable, por eso no temo abrazarlo en sus alcoholes diarios, meterme la mano en el bolsillo y regalarle cinco o diez pesos; tomarme una foto con él o sencillamente dejarlo decir aquellos recuerdos de mi paso por el bachillerato, cuando me descubrió escondido en una pose de muchacho de campo, lector enfermizo de Herodoto, Plutarco, Julio César y Gerardo Castellanos.  

sábado, 14 de abril de 2018

Mi velorio y la sociedad civil




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

La librería del pueblo repleta de personas, organizaciones no gubernamentales; dentro, un ataúd, flores, cojines, coronas por doquier; no hay sitio ni para estar de pie. Corresponsales allí hasta de Tele Sur,  Cubavisión  Internacional, Tele Turquino, emisoras de radio, periódicos. Libros y revistas publicados por el fallecido pueden verse en una vitrina cuidadosamente ordenada. Sobre una mesa amplia, diplomas, premios, distinciones. La  Bandera Cubana cubre el féretro.  Las tazas de café van a uno y otro lado, muchos labios toman sorbos  seguidos; se habla de buena literatura, blogs, redes sociales, radio y televisión on line. Algunas mujeres improvisan gritos, al parecer sienten profundamente la partida de aquel hombre, martiano confeso y aferrado a una idea del bien, algo obsoleta en un mundo donde la gente se mide, no por lo que sabe, sino por lo que tiene o lo que ha viajado.  Un periodista detiene a Pedrito, pregunta sobre la hoja de vida del fallecido.  Destacado dirigente se acerca y le dice: “Nadie como usted para despedir el duelo”. Pedrito Verdecia despierta asustado;  el corazón salta;  el sudor anula su albedrío. Ha muerto el profe, dice a su mujer, o le ha pasado algo muy malo. Acabo de soñarlo. Le cuenta  todo. No dejes de llamarlo, dice ella, es salud para él. Así lo hace y sus palabras me llegan asustadas, siente alivio al oír mi voz. Me pregunta si estoy bien de salud; le respondo que sí. Profe, anoche lo vi en un sueño muertecito, había mucha luz, flores, libros, personas amigas;  me cuenta los detalles; algo dentro de mi espíritu despierta, asoman lágrimas de emoción. Pedrito Verdecia, uno de esos alumnos que no veía hace unos años, me ha soñado inquilino del Hades. Dios quiera y sólo sea un mal sueño.  

viernes, 13 de abril de 2018

¿La “Sociedad civil cubana” está perdida?




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

En una conversación de Café, un grupo de jóvenes decía que la “Sociedad civil cubana estaba perdida”, que debían enfocarse en asuntos más personales, menos públicos, porque no valía la pena participar. Con aguda crítica les dije, “no vale la pena sentirse excluido, mejor el diálogo de los problemas entre cubanos, instituciones nuestras, que la mea culpa señalada por otros”. “Compadre estás envejeciendo, -dijo uno-, la realidad es que hacia lo externo somos una cosa, brillamos, pero hacia lo interno, andamos muy mal, los valores extraviados, la gente no respeta el derecho, ni de los animales; la corrupción anda campeando hace años y no hay forma de ponerle coto. ¿Qué hacer ante situaciones así?, ¿participar?, ¿para qué?, ¿si a Esteban Morales, un monstruo en las relaciones Cuba-Estados Unidos, economista brillante, lo silenciaron por participar con criterios revolucionarios?”. Volví a la carga y riposté, “Cuba es una país en paz, debemos mantener eso a toda costa;  no dar margen al fantasma del caos. Río revuelto, ganancia de pescadores extraños. Los tiempos obligan a la inteligencia. Confío en la capacidad de los elegidos para asumir la complejidad, encausarla e intentar el cauce ético más profundo, “ese sol del mundo moral”, como diría el poeta y crítico Cintio Vitier Bolaños. Debemos empezar, proseguí mi argumentación, por nosotros mismos, tener la capacidad de convivir con los que piensan diferente, pero saber decir las cosas, señalar los problemas, salirnos de la retórica oscura que oculta las dificultades; creo que necesitamos profundizar la revolución en aquellos problemas aún no resueltos, la vivienda, los viales, la tierra misma, la calidad moral de las personas, hacer que la gente regrese al campo, se sienta dueña de lo suyo, que lo ame, lo defienda, enseñe a los otros a hacerlo. Necesitamos más que nunca un ejercicio cívico de la comunidad en las escuelas primarias, la enseñanza de la historia local en las educaciones preescolar y primaria;  sino formamos patriotas capaces de amar las raíces, ¿qué tipo de cubanos tomarán el futuro, lo moldearán, lo construirán? “Compadre, dijo otro de los jóvenes-, a nadie le importa el barrio, es cosa de gente vieja, así lo dice Lorenzo Lunar en un libro titulado “El barrio en llamas”. La gente anda metida en los alcoholes, la lucha del pan de cada día, en cómo me visto mejor, cómo puedo tener un celular de los mejores. Así anda el cubano men, sobre todo nosotros los jóvenes. Para conquistar una jevita tienes que tener una montaña de fulas, porque si no es así, no va a ningún lado contigo”. Otra vez el camino cerrado, la angustia. Llegaron las tazas con aquella tisana llamada café, cada cual lo apuró según sus intereses. Hablamos de la “verdadera Ruta Funeraria de José Martí”, la ignorada por millones de cubanos;  el Obelisco perdido en San Lorenzo a Carlos Manuel de Céspedes;  pero aquellos muchachos necesitaban vender cupones de navegación,  querían mejorar el día y uno empezó a hablar en inglés, porque el futuro estaba en diciembre de 2018 y él quería sentirse turista en cualquier tierra, menos en la cubana.   

Cerca de la mitad del pueblo de Cuba tiene líneas móviles activas*

Parque Jesús Rabí, Contramaestre. Foto. Caracol de agua.

Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (Etecsa) anunció este jueves que el país alcanzó cinco millones de líneas móviles activas, lo que confirma la evolución de ese tipo de telefonía en los últimos años en la isla.

De acuerdo con la dirección de Comunicación Institucional de Etecsa, el cliente número cinco millones contrató su servicio en una unidad comercial ubicada en el municipio de Guanabacoa, en la zona este de La Habana.

A pesar de las condiciones adversas para el desarrollo del sector, debido principalmente al bloqueo económico impuesto por Estados Unidos, Cuba ha avanzado de manera sostenida en el campo de las telecomunicaciones.

Según datos divulgados por Etecsa, en diciembre de 2003 existían en la nación caribeña unas 43 mil líneas móviles activas, cifra que para abril de 2008 se había elevado a 223 mil.

El país antillano alcanzó su primer millón de servicios activos en junio de 2010; los dos millones en marzo de 2014; en abril de 2015 se llegó al tercer millon de contratados; y en diciembre de 2016, los cuatro millones.

*Tomado del Diario Granma.

jueves, 12 de abril de 2018

La esencia de la Guanábana




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

El poeta José Lezama Lima hubiera sucumbido esta tarde ante un pulposo batido de Guanábana: el blanco fúlgido, la espuma asomada, el sabor a Cuba oriental, el punto ideal  entre azúcar y sal, esta última aporta el encanto que invita a tomarse un cubo si el estómago aguanta.

Así  me dijo una amiga llegada desde España, cuando probó aquella esencia en Contramaestre,  salida de adorables mujeres de La Filomena, que laboran donde antes hubo una guarapera famosa y hoy los batidos mandan, porque allí la calidad es bandera.  

Antes mi amiga me había invitado a refrescar, quizás con una Cristal, tal vez una Bucanero;  pero mi astucia provinciana se impuso y la sorprendí con el reino de la Guanábana; al probarlo, sus ojos se prendieron  y pude ver su alma degustar tan preciada delicia.

Luego recorrimos una ciudad pequeña, donde algunas personas no hemos perdido todavía la hospitalidad que distingue al hombre de campo, trato generoso, sin mucho afeite; palabras como aguaceros; el deleite evocador del pasado; vivencias en  escuelas como Pepito Tey, Willy Valcárcel;  la vieja Tostadora de Café del abuelo allá en La Tabla…

Hubo tiempo para fotos en la Carreta, el corredor de “Los Precio Fijos”.

Al despedirnos, quedó el compromiso de volvernos a encontrar, aunque el padre yace muy enfermo.  De todas maneras me dio su teléfono en un papelillo curiosamente envuelto; al abrirlo, supe que era por los 103 años de mi padre viejo;  no tuve tiempo de agradecer,  porque ya iba camino a Baire junto a sus compañeras.

Volví a Lezama Lima y agradecí la Cuba oriental que me sale a borbotones, cuando personas como Dannis Garrido  llegan desde España y no pierden esa identidad que agradece la magia de una fruta tropical, inmortalizada en la mejor poesía del siglo XIX insular.  

EDUARD ENCINA NO DEJÓ DE BOXEAR*

Eduard Encina junto a una de sus pinturas.
Rafael J. Rodríguez Pérez. 

Yo le decía el boxeador. Lo había sido, con éxito, pues era muy fuerte, y en cierto sentido siguió siéndolo hasta el final, solo que sus golpes, fortísimos, no iban ya dirigidos a mentones de oponentes físicos, sino a procesos, a actitudes, a poses que agreden cada día a la cultura cubana, que es decir a la patria profunda, a la que el boxeador amó con una intensidad digna de encomio.

Era un fanático de Cuba, de su Baire natal, de su gente campechana y sencilla. Había hurgado, hasta el dolor, en nuestra historia, y la citaba y manejaba con la soltura de los apasionados. La historia para él no era nunca pasado o peso muerto, sino levadura y fervor, índice luminoso señalando el futuro. Rabí, Lora o Quintín eran sus socios. Martí, su padre; y a veces, como yo mismo, de tanta devoción y cariño, solía llamarlo simplemente Pepito.

Durante muchos años disfruté el privilegio de su verbo cuando arrancaba a hablar de estas cosas del alma, o cuando nos las daba convertidas en poemas, como elixires vivos, y jamás me cansé ni dejó de asombrarme su talento creciente, su hambre de mundo, su prisa contagiosa de vivir, de soñar, de leerlo todo, de amar hasta las heces. En ocasiones parecía un perseguido, ¡A tal velocidad se movía por la vida!; en especial su pensamiento, siempre diez pasos por delante de él mismo, y de una honestidad tan belicosa y tan compleja como sus propios poemas.

Ya no recuerdo exactamente cuándo nos conocimos, pero debió de ser en una de las reuniones del grupo Hacedor, en casa de Enilsa Lemes y Delis Gamboa. Convocados por la literatura, nos reuníamos allí al menos una vez por semana. Eduard era de Baire, a unos 7 kilómetros de Jiguaní, y lideraba ya su notable grupo literario del Café Bonaparte, pero no se perdía ni una sola de nuestras tertulias, en las cuales llevaba, es preciso decirlo, la voz cantante, pues de todos nosotros era el más enterado de la realidad literaria del país, de las nuevas tendencias y voces. Sus poemas eran también brillantes, cargados de sentido y a veces de una irónica cólera que mostraba, implacable, los dolores profundos de una región y una isla a la cual defendió siempre con la entereza de un mambí. Sin dudas transitaba por esa época hacia su conversión definitiva en un formidable líder de opinión a nivel nacional. Su valentía, talento, visión artística e inteligencia práctica lo situaron en una posición prominente en el panorama cultural cubano. Y todo ello desde el oriente del país, desde las “áreas verdes”, las “no zonas”, alejado de casi todos los centros de poder. No suena a cosa fácil ¿verdad? No lo es. Es más bien una hazaña tremenda, y no exagero un ápice ni doy tintes heroicos por gusto. Es la mera verdad.

A golpe de premios, de trabajo, de periplos insomnes, simpatía y franqueza total, el boxeador macheteó la manigua y no solo abrió brechas para él y otros muchos, sino que finalmente se elevó sobre ella, en una mano el arma afiladísima, su poesía, y en la otra, un haz de bejucos nutricios que mantenían su alma en comunión perenne con su tierra. Esa sería una manera justa de pintarlo: emergiendo del monte, con un largo machete de letras, y una explosión de lianas germinando de él, conectadas al suelo, al corazón, al cielo…

El boxeador libró luchas difíciles. Pero no se cansó. No una vez, sino muchas, dijo lo que había que decir en el lugar y el momento adecuados: ante las cámaras, ante los decisores, frente al mundo. Su arsenal de argumentos no se agotaba nunca, y solía desplegarlo con la maestría de un tribuno moderno. Era pura pasión, lógica y fe. Estoy seguro que encarnó, innumerables veces, lo mejor y más sano de una patria que adoró como pocos.

Recuerdo una ocasión, en mi casa jiguanicera, siempre abierta a todos mis amigos, en la cual nos reunimos a hablar de literatura. El boxeador había “descubierto” a los grandes filósofos y estaba como en trance, conectando su experiencia de vida con aquellos universos intensos que han explicado al mundo desde sus perspectivas. Un tema apasionante, sobre el que me lancé, pues la filosofía es uno de mis grandes amores. En un momento dado —tengo ese problemita— ya la “conversación” había derivado hacia un monólogo. Me di cuenta de pronto por la cara de Eduard, henchida de un asombro hilarante. Entonces, sonriendo, me callé. Iba a pedir disculpas, pero me lo impidió su abrazo. “Coño, muchacho”, dijo, “Mira que yo he perdido tiempo. Cuando tenía tu edad, yo estaba todavía comiendo mierda por ahí.” Y hablando para todos, exclamó: “¡Señores, hay que apurarse!” Eduard nos llenó de momentos así. Tampoco olvidaré su cara, pegadita a la tierra, escuchando el “corazón de Martí” en el sitio donde El Apóstol fue sepultado por primera vez. Era un ritual hermoso, que él se encargó de alimentar con todo su pasión de martiano en un evento que ostentaba, y ostenta, el mejor de los nombres: Orígenes.

Tampoco creía en quejas, ni andaba tolerándolas. Podía “cantarle las cuarenta” a cualquiera, especialmente a los amigos. Y luego te abrazaba y si había que llorar, lloraba, y si reír, era su carcajada la más alta, y si beber, era la más perfecta compañía.

Al volver de su entierro, con el alma en los huesos, algunos de sus íntimos no supimos “estallar” de otra forma que reunirnos a beber en su nombre algunos rones. “Él habría hecho lo mismo”, dije. “Vamos a homenajearlo como es”. Terminamos borrachos, hablando de poesía, de Martí y sus discursos, de Cubita la Bella, cantando a voz de cuello las trovas inmortales que el boxeador amaba y defendía. No hubo botella descorchada de la cual no bebiera primero, ni poema que no le dedicáramos, ni lágrimas que no cayeran prontamente en su alma. El boxeador estuvo entre nosotros esa tarde, y era el único alegre de verdad.

Fue un ser humano realmente excepcional, por demás, un gran poeta; condiciones muy raras y más raras aún conjugadas en un único ser. A veces, para no decir siempre, quisiera tener la fuerza de su poético brazo para dar un nocaut a tanto farsante y sus compinches, encarnar la valentía que tuvo, su forma de confrontar la vida y de encausarla, su gran capacidad de trabajo, pero sobre todo, su fe sin cansancio posible en todo cuanto amó y soñó.

Mi boxeador, mi hermano, si puedes escucharme, ayúdame por Dios a parecerme a ti todo el tiempo que me quede de vida. Sé que el listón es alto, pero debo intentarlo. Cuba nos necesita. Tú lo sabes.

12 de abril de 2018, Santo Domingo, República Dominicana.

*Tomado de su página en Facebook
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