Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Fueron innumerables las veces que recorrimos este camino. Era mucho más que una simple vía de acceso: era parte de nuestra vida, un escenario cotidiano donde transcurrían historias, encuentros y despedidas que hoy permanecen intactos en la memoria.
Por aquí entraba y salía, día tras día, toda una comunidad escolar. Por aquí llegaban las noticias buenas y las malas; por aquí transitaban las alegrías, las preocupaciones y los sueños de quienes formaron parte de aquel mundo.
A un lado, cerca de un frondoso álamo, vivía Papa el plomero. Más adelante estaba Vidal, el carpintero, mis colegas Onniel Matos, Güicho y Alexis un poco más allá, y casi en la entrada, Genaro, el chofer de la guagua. Todos ellos eran parte inseparable del paisaje humano que daba vida al lugar.
Por este camino también entraba y salía el "Papillón" las noches de miércoles y domingos. Aquí esperábamos con ilusión a nuestros padres y aquí mismo los despedíamos. La guagua de los profesores iba y venía constantemente, marcando el ritmo de jornadas que parecían interminables y que hoy recordamos con cariño.
Verlo ahora, solitario y olvidado, produce una profunda conmoción. El silencio que lo envuelve contrasta con la vida que alguna vez corrió por él. Cada tramo guarda una anécdota, una risa, una travesura.
Por aquí muchos escapaban rumbo a casa y otros eran sorprendidos en la entrada por algún directivo del centro. Desde el laboratorio de Química contemplábamos cómo el camino se extendía hasta perderse en la distancia. Desde allí también se divisaba la mata de zapote junto al laboratorio, testigo de tantas ocurrencias juveniles. Aún arranca una sonrisa recordar las veces que alguien trepó por ella para hacerle alguna travesura a Francisco, el químico.
Por aquí llegamos muchos de los que, cariñosamente, eran conocidos como "los del punto", porque en Cruce de Anacahuita abordábamos la guagua de los profesores para dirigirnos a Bungo 7.
Este camino no es solo tierra, piedras y polvo. Es memoria viva. Es el hilo invisible que une generaciones de estudiantes, profesores, trabajadores y familias. Aunque el tiempo haya pasado y la soledad parezca haberse adueñado de él, cada paso dado sobre su superficie sigue resonando en el corazón de quienes lo recorrieron.
Porque hay caminos que conducen a un lugar, y hay otros que conducen para siempre a los recuerdos. Este es uno de ellos.
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