Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Confieso que no deseo una Cuba dividida contra sí misma. No quiero una nación marcada eternamente por las heridas del enfrentamiento, la desconfianza y la separación. Creo que necesitaremos una profunda cura de amor para sanar tantas heridas acumuladas en nuestro cuerpo nacional.
En días recientes viví una experiencia que me hizo reflexionar sobre la manera en que los cubanos nos relacionamos entre nosotros. Fui cuestionado y atacado por haber compartido un momento con una persona que tiene ideas políticas diferentes a las de algunos sectores de nuestra sociedad. Su pensamiento, sus simpatías y su historia fueron utilizados como razones para descalificarlo completamente como ser humano.
Creo que ahí se encuentra uno de nuestros mayores desafíos: aprender a distinguir entre las ideas de una persona y el valor humano de esa persona. Podemos discrepar profundamente, podemos tener visiones distintas sobre el presente y el futuro de Cuba, pero esas diferencias no deberían impedirnos reconocer la dignidad, la bondad o las acciones positivas de quienes piensan diferente.
Las redes sociales tienen un enorme potencial para acercarnos, pero también pueden convertirse en espacios donde resurgen viejos antagonismos y donde las personas son reducidas a etiquetas: comunistas y capitalistas, de izquierda y de derecha, revolucionarios y contrarrevolucionarios, buenos y malos... Cuando dejamos de ver seres humanos y solo vemos categorías, perdemos la posibilidad de escucharnos y construir juntos.
El debate de ideas es necesario en cualquier sociedad. La crítica, la reflexión y la búsqueda de la verdad forman parte de nuestro crecimiento colectivo. Pero ese intercambio debe estar acompañado de respeto, responsabilidad y sensibilidad, evitando la descalificación, la manipulación o los juicios absolutos sobre quienes no comparten nuestro punto de vista.
Durante mucho tiempo permanecí alejado de esas confrontaciones, hasta que decidí dedicar parte de mi tiempo al activismo humanitario en favor de ancianos y niños. Ayudar a otros, aliviar sufrimientos y acompañar a quienes lo necesitan no debería ser interpretado como una postura política, sino como una expresión de humanidad.
Mi convicción es clara: como expresó José Martí, “patria es humanidad”. Creo en una Cuba donde exista espacio para la diversidad de pensamientos, donde cada persona pueda defender sus ideas con libertad y donde la solidaridad no tenga color político.
Nuestra nación podrá reencontrarse consigo misma cuando seamos capaces de mirar más allá de nuestras diferencias y poner en el centro aquello que nos une: el amor por Cuba y el deseo de bienestar para todos los cubanos.
Ese es, en mi opinión, el camino hacia una Cuba más justa, más humana y más reconciliada.
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