Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Por la mañana, cuando la ciudad apenas despierta, ya hay filas que parecen no terminar nunca. Frente a las sucursales bancarias, los cuerpos se acomodan con paciencia resignada: uno detrás de otro, como si el tiempo también se hubiera puesto a cobrar su parte. No es una fila cualquiera. Es la fila del efectivo.
Cada mes, el mismo ritual se repite. El salario llega, la pensión también. Pero no llega en forma de billetes que se doblan en el bolsillo ni de monedas que tintinean en la mano. Llega en una tarjeta, en una cifra que aparece en una pantalla y que promete seguridad, modernidad y eficiencia. El dinero está ahí… pero no está.
Al principio, la promesa parecía sencilla: menos riesgos, menos robos, más control. Pero con el paso del tiempo empezó a chocar con la realidad cotidiana. Porque el dinero que no se puede usar no es dinero; es una idea atrapada en un sistema que no termina de funcionar.
En los comercios, la escena se repite con variaciones mínimas. “Solo pago en línea”, dicen algunos. Pero el “en línea” depende de una conexión inestable, de una red que cae justo cuando más se necesita, de una cobertura que aparece y desaparece como si jugara a esconderse. En las primeras horas del día, cuando los sistemas aún responden, algunos logran pagar. Pero esas horas son pocas, y a menudo el problema no es la voluntad de pagar, sino la imposibilidad técnica de hacerlo.
Entonces el efectivo vuelve a imponerse como norma no escrita. El billete pequeño se convierte en el rey silencioso de la economía diaria. Con él se compra arroz, frijoles, lo esencial. Sin él, incluso lo más básico queda fuera de alcance. Y así, el sistema que debía modernizar la vida termina empujándola hacia atrás, hacia una dependencia más rígida de lo físico, de lo inmediato, de lo contable en la mano.
Las colas en los bancos no son solo filas: son la expresión visible de una tensión invisible. Personas esperando no riqueza, sino acceso. Esperando convertir una cifra digital en algo que pueda tocarse, dividirse, guardarse bajo el colchón si hace falta. A veces el dinero está disponible, pero no el efectivo suficiente. Otras veces, simplemente no hay cómo transformarlo.
En ese tránsito forzado entre lo digital y lo físico, entre lo prometido y lo utilizable, se instala una sensación persistente: la de tener dinero sin tenerlo. De trabajar sin poder disponer plenamente del fruto del trabajo. De depender de un sistema que existe en teoría, pero que en la práctica se interrumpe a cada paso.
No es una historia de abundancia ni de escasez absoluta, sino de fricción. De un mecanismo que no encaja del todo con la vida que intenta regular. Y en esa fricción, los días se van llenando de pequeñas renuncias: una compra que no se hace, una cola que se repite, una transacción que falla, una mañana que se pierde esperando a que el dinero, por fin, funcione.
Al final, la paradoja se impone con crudeza: el dinero existe, circula, se acumula en cifras y pantallas, pero no alimenta, no paga, no resuelve. Y cuando el acceso a lo básico depende de un sistema que falla, el problema deja de ser técnico y se vuelve cotidiano. Porque no hay modernidad posible cuando el dinero, simplemente, no llega a las manos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
MUY IMPORTANTE: No se publicarán comentarios anónimos en este blog, es necesario consignar siempre la identidad de la persona. No se admiten ofensas, insultos, propagandas de ningún tipo. Cada persona tiene la libertad de expresar lo que piensa, pero con respeto al otro diferente. d