viernes, 18 de septiembre de 2026

CUBA: EL PAÍS DONDE EL HAMBRE APRENDIÓ A HABLAR DE COMIDA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

(A mis vecinos con afecto sincero.)

Un ser que amo y respeto me dijo una vez una frase que, de tan sencilla, me dejó pensando:

—Los cubanos vivimos para comer. No comemos para vivir.

Tal vez tenga razón. Porque en Cuba hablar de comida no es una conversación cualquiera. Es una forma de contar el día. Es preguntar qué apareció, qué falta, qué se consiguió, qué se perdió, qué se puede inventar con lo poco que queda.

La comida dejó de ser solamente comida. Se convirtió en pensamiento, preocupación, deseo, recuerdo.

Se nos va la vida pensando qué vamos a comer. Y eso, aunque parezca una costumbre doméstica, es una de las formas más silenciosas que tiene el hambre de entrar en una sociedad.

Hemos aprendido a imaginar la comida antes de probarla. A reconocer un plato por una fotografía. A salivar frente a una pantalla. A convertir un olor lejano en una fiesta de la memoria.

Soñamos manjares. Un buen enchilado de langosta, por ejemplo, puede ser para muchos cubanos una experiencia televisiva, una fotografía, una referencia escuchada de alguien que lo probó. No necesariamente un recuerdo del paladar.

Hay sabores que existen para nosotros como existen algunos países: sabemos que están ahí, pero no los conocemos.

Nuestro paladar ha terminado acostumbrándose a la estrechez. Cerdo. Pollo. Arroz. Frijoles. Viandas. Y cuando aparecen, damos gracias. No porque sean poca cosa. Al contrario. Una buena carne de cerdo puede ser una celebración. Un arroz con frijoles puede reunir una familia. Una vianda bien preparada puede salvar un domingo.

El problema es otro. El problema es que durante demasiado tiempo hemos tenido que convertir lo cotidiano en extraordinario. Hemos aprendido a llamar banquete a lo que en otros lugares apenas alcanza para resolver una comida.

Por eso hablamos tanto de comida. Porque cuando falta, la comida ocupa más espacio en la cabeza.

El hambre tiene esa particularidad: mientras menos hay en la mesa, más grande se vuelve la conversación sobre ella.

¿Qué comiste?

¿Qué conseguiste?

¿Hay pollo?

¿Queda arroz?

¿Apareció aceite?

¿Dónde están vendiendo huevos?

¿Trajeron pescado?

¿Tú sabes dónde dieron carne?

Preguntas aparentemente inocentes que, repetidas durante años, terminan dibujando el mapa íntimo de un país.

Somos analfabetos en muchas materias de la culinaria universal y, sin embargo, hablamos de comida todos los días. Sabemos poco de aquello que no hemos podido probar.

Y quizá esa sea una de las tragedias menos contadas del hambre: no solo quita alimentos. También reduce el mundo. Reduce los sabores posibles. Reduce la imaginación del paladar. Reduce la experiencia.

Dicen que cuando un cubano sale por primera vez de la isla puede quedar desconcertado ante la abundancia. No solo por lo que ve, sino por todo lo que descubre que existe.

Colores.

Frutas.

Pescados.

Carnes.

Quesos.

Salsas.

Dulces.

Restaurantes llenos de platos cuyos nombres alguna vez parecían extranjeros incluso dentro del idioma.

Entonces ocurre algo que puede resultar incomprensible para quien nunca ha vivido una escasez prolongada: aparece el deseo acumulado. El cubano quiere probar. Quiere comer. Quiere recuperar de golpe todos los sabores que durante años pertenecieron a la imaginación.

Y alguien que observa desde afuera puede pensar que estamos ante un pueblo obsesionado con la comida.

Quizás no. Quizás estamos ante un pueblo que ha pasado demasiado tiempo con hambre. Porque el hambre no siempre tiene la cara del que no ha comido nada. A veces tiene la cara del que come, pero no puede escoger. Del que llena el plato, pero piensa en mañana. Del que consigue una libra de carne y comienza inmediatamente a calcular para cuántos días alcanzará. Del que celebra encontrar un alimento que debería formar parte de la normalidad. Del que convierte una compra en una hazaña. Del que pregunta por comida antes de preguntar por cualquier otra cosa.

Hemos tenido hambre de sabores. Hambre de olores. Hambre de variedad. Hambre de abundancia. Pero también hambre de normalidad. Hambre de sentarnos a una mesa sin hacer cuentas. Hambre de abrir una nevera sin miedo. Hambre de cocinar porque queremos, y no porque fue lo único que apareció. Hambre de comer algo que nos sorprenda el paladar, que nos haga cerrar los ojos por un segundo, tararear una canción y sonreír satisfechos.

Por eso aquella frase sigue dando vueltas en mi cabeza:

“Los cubanos viven para comer”.

Sí. Pero quizás haya que decirlo de otra manera. Quizás no vivimos para comer. Quizás llevamos demasiado tiempo viviendo alrededor del hambre. Y cuando el hambre se vuelve costumbre, termina ocupándolo todo: la conversación, los recuerdos, los sueños, las preocupaciones, las visitas, las celebraciones. Hasta el lenguaje.

Entonces comprendemos que hablar de comida todos los días no significa necesariamente amar demasiado la comida. A veces significa que nos ha faltado demasiado. Y esa es la verdadera tragedia. Que un pueblo termine hablando tanto de comer porque durante demasiado tiempo tuvo que aprender a vivir con hambre.

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