miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA MONOTONÍA INFINITA🇨🇺👇

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Todos los días, las mismas cosas: picar leña, prender el fogón con esa leña, cocinar lo mismo: picadillo, boniato y, de vez en cuando, alguna jamonada de elaboración dudosa.

Todos los días, el mismo dolor de ver avanzar las horas sufriendo las mismas cosas.

Todos los días, lo mismo: el apagón infinito, la crisis del agua, la necesidad de cocinar con lo que haya. Una monotonía infinita que, poco a poco, nos embrutece.

Todos los días, rogando que haya sol para cargar el ventilador en casa de un vecino amigo.

Todos los días, los mismos virus azotando los hogares; la gente cayendo a su paso: niños, ancianos, los más vulnerables.

Todos los días, más ancianos se suman a la legión de quienes piden limosna, de quienes no saben cómo vivir con lo poco que tienen y se lanzan a la calle en busca de algún alivio en las manos tendidas que todavía puedan sensibilizarse.

Todos los días, las mismas colas en los bancos, las mismas conversaciones sobre el dinero en efectivo.

Todos los días, las mismas palabras. Los burócratas se convierten, de la noche a la mañana, en emprendedores; cada día son más los que sacan licencias para ejercer como tales y la gente habla de ellos, habla de ellos con rabia.

Todos los días, las mismas obligaciones si quieres alargar un poco la vida.

La monotonía infinita es un cáncer que avanza con las fauces abiertas.

Todas las noches, lo mismo: sin entretenimiento alguno, solo la oscuridad infinita, solo el reinado de lo innombrable.

Todos los días, la lectura es mi tabla para no ahogarme en este río desbordado de heces y alimañas.

Todos los días, leo bajo la enramada de madreselva. Leo para no caer en la oscuridad infinita; leo para salvarme de mí mismo; leo para no ser cautivo de ninguna propaganda; leo para elevarme y contemplarlos a todos desde el trono de luz de las ideas. Leer es mi escudo, mi oración diaria.

Todos los días, la sucesión del caos infinito en todo. En todo. Nada escapa al caos, a la pose autoritaria de quienes se creen dueños de una verdad.

Todos los días, las mentiras infinitas: las mismas y otras nuevas, siempre más mentiras, siempre el mismo desconcierto ante lo que está naciendo torcido, sin eticidad alguna.

Adiós al país de mis bisabuelos, de mis abuelos, de mis padres.

Ahora ese país pertenece a la nostalgia. Allí emigramos, hacia los recuerdos, hacia lo bello y terrenal de un mundo que, con nuestra muerte, será olvidado.

Todos los días, familias vendiendo sus casas con todo adentro para huir, huir, huir a cualquier lugar donde puedan tener una vida digna; donde dormir, comer y entretenerse sea normal; donde trabajar sirva para sostener a la familia; donde vivir sea normal; donde tener electricidad sea lo más natural del mundo.

Todos los días, la misma monotonía infinita, la misma que, como un cáncer, se metió en la gente y la convirtió en zombis; la misma que anula la esperanza y el porvenir; la misma que nos hace reos de necesidades básicas imposibles de satisfacer en nuestro día a día.

Todos los días, el relato del pasado como un mantra: un relato donde lo dimos todo por el futuro y el futuro llegó y se olvidó de nosotros.

¿Cómo creer en el porvenir si el barco es un caos sin orden alguno?

Todos los días, los humildes valen menos, sus derechos son irrespetados.

Todos los días, mueren miles por falta de medicinas y alimentos.

Todos los días, la monotonía de lo mismo, de aquello que vuelve estéril el pensamiento, de aquello que coloca entre rejas las palabras más lúcidas.

Todos los días, esa monotonía infinita que acecha en todos los lugares, que corre sobre nosotros para quitarnos la vida.

Todos los días. Lo mismo. La misma oscuridad.

Y, sin embargo, leo. Leo para recordar que todavía estoy vivo.


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