Por Arnoldo Fernández Verdecia
Era el aserrío de Hildo. Así lo conocí, así lo conoció toda la gente de mi barrio, en Cruce de Anacahuita, un barrio de Contramaestre, en el oriente de Cuba.
Después, con la Ofensiva Revolucionaria, dejó de ser de Hildo, pero la gente de mi barrio siguió llamándolo «el aserrío de Hildo» durante muchísimo tiempo más.
Era el centro cultural y político más importante del barrio. Allí se hacían las elecciones barriales, allí tenían lugar las acciones artísticas, allí llegaba el cine móvil, allí se celebraban las célebres partidas de dominó entre los vecinos. Allí jugábamos a los tiros cuando éramos niños; allí jugábamos a los vikingos y éramos Erik el Rojo; allí jugábamos a los mosqueteros. También jugábamos a Sandokán, a la Máscara Roja y al Zorro. Allí todos queríamos ser Trinity.
En aquel lugar se celebraban las fiestas familiares de «los Fernández», sobre todo cuando venía la tía Idelisa de los Estados Unidos.
De allí salieron también las tirigüillas, las costaneras y el serrín que cargué en sacos para mi casa.
Aquí fuimos felices la mayoría. Aquí trabajaron los hijos de las familias del barrio. Aquí se jubilaron muchos.
Era el aserrío de Hildo y, en nuestra memoria, lo seguirá siendo, aunque la realidad se empeñe en negarlo y la desidia, junto con la mala gestión del Estado, haya terminado borrándolo físicamente del espacio que ocupó durante tantos años en Cruce de Anacahuita.
Hay lugares que no son solamente lugares. Son parte de lo que fuimos, de lo que somos y de aquello que, a pesar del tiempo y del olvido, nunca dejaremos de ser.
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