Por Arnoldo Fernández Verdecia.
El sábado en la tarde, después de un torrencial aguacero, la vi en lo alto de una casa: inalcanzable, serena, bella.
No podía acercarme, así que acerqué el zoom de la cámara. Y entonces ocurrió el regalo: pude contemplarla de cerca, aunque la distancia permaneciera intacta.
Hay momentos así, pequeños encuentros que nos recuerdan cuánta belleza nos acompaña en nuestro breve paso por la Tierra. Apreciarla es, también, una forma de amor; detenernos a mirarla, un acto de gratitud.
Cuidarla es nuestro deber.
Aquello que hoy nos maravilla, mañana debería seguir existiendo para que otros ojos puedan descubrirlo, contemplarlo y sentir, como nosotros, el asombro de estar vivos.
Que este domingo nos encuentre agradecidos por la belleza que no nos pertenece, pero que tenemos el privilegio de contemplar.
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