Por Arnoldo Fernández Verdecia
Así, día tras día. Mes tras mes. Año tras año. Y, casi sin darnos cuenta, la vida se nos va en ello.
A veces pienso que esta repetición incesante no es más que una argucia del sistema: mantenernos tan ocupados en sobrevivir que apenas nos quede tiempo para pensar la realidad, cuestionarla y actuar para transformarla. Ojalá me equivoque, pero quizá uno de los mecanismos más eficaces de la maquinaria social consista precisamente en eso: mantenernos atrapados en una rutina que nos obliga a hacer las mismas cosas todos los días, todos los meses, todos los años, hasta convertir la existencia en un ciclo interminable de obligaciones.
No hace falta que alguien diseñe conscientemente esta maquinaria para que funcione como un mecanismo de sometimiento. Basta con que sus condiciones de existencia absorban nuestro tiempo, consuman nuestras energías y reduzcan nuestra capacidad de imaginar una vida diferente.
El marxismo clásico nos proporciona herramientas fundamentales para comprender esta contradicción. Quien no tiene qué comer, carece de agua potable, no dispone de ropa, calzado o una vivienda digna, difícilmente puede ejercer una libertad real. Y en una sociedad en la que la comunicación se ha convertido en una necesidad esencial para participar en la vida colectiva, también la exclusión de esos medios limita las posibilidades de desarrollo individual y social.
Porque ¿de qué sirve proclamar la libertad si las condiciones materiales de existencia obligan a una persona a dedicar casi todo su tiempo y sus fuerzas a garantizar su supervivencia?
La libertad no puede reducirse a un derecho escrito en el papel. Necesita condiciones materiales que permitan ejercerla. De lo contrario, se convierte en una promesa abstracta, en un privilegio reservado para quienes disponen de los recursos necesarios para decidir sobre su propia vida.
Marx comprendió que la existencia humana está condicionada por las relaciones materiales de producción. Pero la cuestión no se agota en producir los bienes necesarios para vivir. El problema aparece cuando la actividad destinada a satisfacer nuestras necesidades termina convirtiéndose en una fuerza que nos domina, cuando trabajamos para vivir y, paradójicamente, acabamos viviendo casi exclusivamente para trabajar.
Entonces, ¿cuándo pensamos? ¿Cuándo leemos, creamos, amamos, reflexionamos o participamos conscientemente en la transformación de la sociedad? ¿Cuándo disponemos del tiempo necesario para desarrollar nuestras capacidades intelectuales, espirituales y humanas?
¿O es que también hemos terminado aceptando que esas necesidades son secundarias, que pensar es un lujo, que la cultura es un privilegio y que la libertad consiste simplemente en tener un empleo, pagar las cuentas y llegar vivos al día siguiente?
Quizá una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo sea esta: hemos desarrollado extraordinariamente las fuerzas productivas, la ciencia y la tecnología, pero ese progreso no se traduce necesariamente en una mayor libertad para quienes hacen posible la producción de la riqueza. Producimos más, disponemos de más conocimientos y contamos con herramientas capaces de transformar radicalmente nuestras condiciones de existencia; sin embargo, millones de personas continúan atrapadas en la incertidumbre, el agotamiento y la lucha cotidiana por sobrevivir.
Si el progreso no nos permite disponer de más tiempo para vivir, pensar y realizarnos como seres humanos, ¿de qué progreso estamos hablando?
Tal vez el mecanismo más perverso de esta realidad no consista únicamente en someternos a la necesidad, sino también en acostumbrarnos a ella; en convencernos de que la vida no puede ser otra cosa que trabajar, consumir, pagar deudas, descansar para recuperar las fuerzas y volver a empezar. Así, la repetición termina pareciéndonos natural, lo históricamente construido se presenta como inevitable y la posibilidad de transformar la realidad se desvanece bajo el peso de las urgencias cotidianas.
No se trata de afirmar que las personas sometidas a estas condiciones carezcan de conciencia o sean incapaces de pensar. Se trata de comprender que la precariedad, el agotamiento y la falta de tiempo pueden limitar seriamente las posibilidades de desarrollar esa conciencia y convertirla en acción colectiva.
Un ser humano no necesita únicamente alimentarse, vestirse y tener un techo. Necesita comprender el mundo en el que vive, encontrarle sentido a su existencia, desarrollar sus capacidades, establecer vínculos significativos y participar en la construcción de una sociedad diferente.
Cuando la supervivencia ocupa todo el horizonte, esas posibilidades quedan relegadas. Y cuando una sociedad convierte esa situación en algo normal, deberíamos preguntarnos si no estamos sacrificando precisamente aquello que hace humana a la existencia.
Llegados a este punto, la pregunta ya no es solamente económica ni filosófica. Es profundamente política: ¿qué clase de sociedad hemos construido si quienes producen la riqueza no siempre disponen del tiempo ni de las condiciones materiales necesarias para disfrutar de una vida digna y desarrollar plenamente sus capacidades?
Y, sobre todo, ¿qué sentido tiene transformar la naturaleza, multiplicar la producción y desarrollar las fuerzas productivas si no somos capaces de transformar también las condiciones sociales que nos impiden ser verdaderamente libres?
Quizá la emancipación humana comience cuando dejemos de aceptar que el único destino posible es sobrevivir dentro de las condiciones que nos han sido impuestas. Cuando comprendamos que la organización de la sociedad no es una realidad inmutable, sino una construcción histórica susceptible de ser cuestionada y transformada.
No hemos venido al mundo únicamente a reproducir nuestra existencia biológica ni a perpetuar, generación tras generación, las mismas condiciones de sometimiento. También somos seres capaces de pensar, crear, imaginar y luchar por una realidad diferente.
Y entonces vuelve a imponerse la pregunta fundamental:
¿Cómo llamar a nuestra condición humana cuando la lucha por sobrevivir nos arrebata el tiempo necesario para vivir, la tranquilidad necesaria para pensar y la libertad necesaria para transformar el mundo?
Quizá la tragedia no consista solamente en que tengamos que trabajar para vivir, sino en que hayamos llegado a considerar natural que debamos entregar la vida entera para poder hacerlo.