Por Arnoldo Fernández Verdecia
La muerte y el tiempo acompañan mi vida. Uno quiere creer que puede dominar el tiempo, volverlo dócil, domesticarlo como a un animal salvaje. Pero el tiempo consiste en levantarse todos los días, repetir los mismos gestos, hacer las mismas cosas, vivir atrapado en las mismas urgencias y las mismas nimiedades. El tiempo también es un anafre con la leña ardiendo, dispuesto a cocinar los alimentos de cada día.
El anafre es la metáfora que tengo más a mano para intentar domesticar el tiempo, porque todo ocurre a su alrededor: la música, la literatura, la historia, los pensamientos y los sueños. Todo comienza y termina junto a ese pequeño fuego que consume la leña mientras los días se consumen con ella. A veces cierro los ojos y me parece estar bailando alrededor del anafre, siguiendo el ritmo de las llamas, mientras el humo asciende y se pierde en el cielo, como si quisiera llevarse consigo algo de mi existencia.
Entonces me miro y descubro a un hombre prehistórico, casi desnudo, bañado en sudor, impregnado del olor inconfundible de la leña recién cortada y del fuego que se resiste a morir. Ese olor me transforma en una especie de pequeño demonio, un ser extraño, irreconocible en medio de la ciudad moderna. Tengo las manos negras de hollín, la cara tiznada y el cuerpo agotado por la batalla cotidiana contra un tiempo que, día tras día, impone sus leyes a través del anafre.
Y pienso en la muerte. Un día llegará mientras yo siga viviendo bajo el dominio de este fuego. Quizá no me encuentre haciendo otra cosa que alimentar las llamas, inclinado sobre la leña, vigilando las brasas, esperando a que los alimentos estén listos. Tal vez llegue sin anunciarse, como llegan las noches, y me sorprenda en medio de uno de esos días que parecen iguales a todos los demás.
Quizá, en un futuro remoto, un hombre de otra civilización encuentre mis restos, reducidos a cenizas junto al dios anafre. Se detendrá a contemplar aquellas ruinas y dirá:
—Miren cómo vivían estos hombres. ¡Qué distintos eran de nosotros, los habitantes de las civilizaciones modernas!
Y entonces, desde el fondo de mis cenizas, le hablaré.
Le diré que hubo un tiempo en que el anafre gobernaba la vida de los hombres; un tiempo en que los días se medían por la leña consumida, el carbón encendido y el humo que se elevaba sobre los tejados, visible incluso desde el cielo. Le contaré que nuestra existencia giraba alrededor de aquel pequeño dios doméstico, que nos exigía trabajo, sudor y paciencia, pero al que, a pesar de todo, confiábamos la humilde tarea de mantenernos vivos.
Le diré que, mientras creíamos dominar el fuego, era el fuego quien organizaba nuestros días. Y que, mientras intentábamos domesticar el tiempo, era el tiempo quien nos consumía lentamente, como la leña entre las brasas.
Al final, quizá eso sea la vida en Cuba: un puñado de días ardiendo sobre un anafre, un humo que asciende sin saber adónde va y un hombre que, en medio de sus afanes cotidianos, todavía se empeña en creer que el tiempo le pertenece.