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viernes, 30 de junio de 2017

Los “falsos amigos”



El día que pueda Joseph Fouché  cava un hoyo y te hace mártir de sus vanidades.
Por Arnoldo Fernández  Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

Hace un tiempo mi amigo el poeta Reynaldo García Blanco me hacía llegar, como mismo lo hizo a tantos otros, un texto titulado “Graduarse de buena persona”;  usaba una metáfora universitaria para visualizar, desde una carrera moral, el camino a la decencia. Lo conservé entre mis textos preferidos y de vez en cuando lo compartía, vía correo electrónico, con personas interesadas en el ejercicio del bien como fin supremo de la virtud. Hace unos días alguien, con insistencia, hablaba una y otra vez de este texto, decía que me lo hacía llegar y no sabía porque razón nunca lo conseguía.  Recordé mis palabras para él: “Tengo ese texto; Rey me lo mandó vía correo hace cuatro años. Formaba parte de un cadena de mensajes. Se publicó en mi blog Caracol de agua el 5 de octubre de 2013”. Al retirarme a la soledad de los días, cavilé intensamente y algo me hizo conectar “Graduarse de buena persona”, con uno de mi autoría: “Tengo cerrada la lengua”. Allí escribí con profundidad sobre los falsos amigos, esos que uno cree indispensables y de pronto se convence de otra cosa, porque una y otra vez  se conocen por sus acciones. Toda la vida los consideramos hermanos y de pronto  te convences que tienen el don de la ubicuidad, están en todos lados y hablan en cualquier tribuna. Como diría Sweig en El mundo de ayer: “(…) todos los puentes  entre nuestro hoy, nuestro ayer y nuestro anteayer han sido destruidos”. Los puentes hemos querido hacerlos; intentos de crearlos de hormigón no han faltado, pero la realidad es  que: “Vivimos individualmente tan aislados como siglos atrás, cuando  aún  no se había inventado  el vapor, el ferrocarril ni el correo”. Con Internet hoy esa sensación de soledad es mayor; aunque algunos se empeñen en creer que estamos más conectados, puede que tengan razón;  pero en la universidad donde se estudia esa carrera llamada “buena persona”, no hay muchos quijotes en la matrícula y sí muchos zombis que se despiertan en la noche sin ojos y memoria,  para hacer leña lo que antes fueron puentes. Desconfía siempre del que regala adjetivos. Al calificarte, me dice al oído el duque de Otranto, Joseph Fouché, piensa lo contrario de ti;  no lo pierdas de vista nunca;  el día que pueda cava un hoyo y allí te hace mártir de sus vanidades. Una vez más recordé mi lectura de Sweig: “Pero cualquier sombra es,  en última instancia, sin embargo, hija  también de la luz. Y sólo el que ha experimentado  sucesos claros y oscuros, la guerra y la paz, el ascenso y el descenso, sólo ese  ha vivido en verdad”. 

viernes, 13 de enero de 2017

Fabulilla de la mediocridad


La vanidad lo ciega, porque se llama así mismo “elegido”.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Cualquier parecido con la realidad, es pura ficción.

Donde vivo alguien se autocalifica periodista. En cualquier tribuna llama a todos montón; pregona a diestra y siniestra, extorsiones, megalomanías. Es amplificador de odios, rencores y falsas historias, donde asesina la reputación de los otros.

En su ceguera de reconocimiento, cubre de heces a los que están a su lado, con tal de subir, subir, subir, aunque sea hundiéndolos.  El  mismo es el rey, no quiere sombras a su lado; se sabe protegido.

Lo mismo se le ve cerca del gran hermano, que junto a personajes oscuros; Orwell temblaría al escribir su nombre;  la pluma de Sweig expulsaría hiel al esbozarlo. Este señor  dice tener el don de la ubicuidad, lo mismo está en la oficina de un alto dirigente, que en un pasillo triste de la vida.

Busca a los humildes, promete soluciones; a cambio llena jabas y crece su ego, al extremo de creerse el mismísimo Dios, porque el poder lo arropa; canta loas a su quehacer.

Siempre recuerdo la anécdota del pavo real, mucha belleza en el plumaje, pero patas sucias que no pueden esconderse. 

Se dice graduado de muchas cosas y escribe con faltas de ortografía; ni el profesor Astromar le haría competencia, pues olvida el tiempo y sus leyes. Se enseñorea de sus audiencias. La vanidad lo ciega, se llama así mismo “elegido”.

En su almacén de ambigüedades no cabe otra fórmula que la de José Fouché; no importa si Capeto, Robespierre o Napoleón; a todos traiciona, porque en su reino, la oscuridad es el cielo.



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