Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu
El hombre debe hacerse cada seis meses exámenes de rigor; su corazón pesa; cada vez recibe menos oxígeno. Así andan sus días. Ya en el policlínico lo conocen todos. El electrocardiograma es una rutina, pudiera pensarse, pero él tiene esperanzas de vivir muchos años. No le importa lo que dicen sus compadres y comadres. Por eso el día que le toca, se levanta oscuro, atiende los animales, asegura todo en la finca y se viene al pueblo. En una libreta conserva el historial de electros, incluso el primero, donde el especialista hizo unas rayitas y alumbró la enfermedad: “Hay que seguirla, para prevenir males mayores”. Desde ese día, el dolor en el pecho no se le quita, cada vez su respiración es más cansada y lleva una dieta, casi imposible –por lo caro que están los vegetales y las frutas-. El sonido del electro es familiar a sus oídos, no puede vivir sin escucharlo. Sin embargo, nunca imaginó que ese viernes faltara el papel. Al escuchar las palabras de la técnica, la perplejidad lo invadió: tenía que regresar a la finca sin su prueba: ¿Cómo era posible en un país potencia en salud que sucediera un hecho así? Se informó con algunos amigos y supo de la situación crítica del municipio durante meses con los electros, incluso en terapia intensiva no había hacía varios días; entonces abanicó el sombrero y dijo: “¡Caramba. Tenía tantas cosas útiles hoy y he perdido el día!”
