lunes, 20 de junio de 2016

¿Para qué poetas en tiempos de angustia?



Orlando Concepción Pérez (21 de maro de 1932- 1 de noviembre de 2010)

Por Jorge L. Legrá. (Especial para Caracol de agua). 

¿Y para qué poetas en tiempos de angustia?, preguntaba Friedrich Holderlin. Mucho ha girado el mundo desde aquel lejano siglo XIX en que este poeta alemán se sumergía en aquella duda, y todavía hoy  los que nos aventuramos con el verso regresamos a la pregunta una, dos y más veces en cuanto la crisis de todo tipo se torna más presente que nunca y nos vuelve a derribar sobre la lona. Sin embargo, revisando algunas entrevistas al escritor Orlando Concepción realizadas entre los años 2007 y 2010, resulta obvio cuán bien definida tenía su respuesta este creador desde un municipio tan apartado de la cabeza provincial como Contramaestre.

La poesía del Conce (así le decíamos los más allegados) exploró la forma del soneto y la décima en mayor porción. Sus dos únicos libros de poesía publicados: El horno de la ira y Velamen, son exploraciones de los mecanismos de la cotidianidad a partir de la décima, aunque se le conocen textos en la forma soneto y el verso libre, la mayoría aún sin publicar.

Había llegado al verso tardíamente, pero una vez asumido su fe en esta forma de expresión, le dio la fortaleza de las grandes utopías. El Conce estaba seguro de la utilidad social del poema, de su capacidad para localizar esos puntos inadvertidos donde se puede extraer un saber fundamental para el vivir. Los anhelos sociales y culturales del hombre son trazados en su versificación a través de una imagen rebosada de eticidad, y que, a su vez, contiene todas las posibilidades de desencadenar un suceder en la historia. 

¿Quién dice que yo opté por el oficio de escribir? El oficio de escribir fue el que optó por mí; responde el poeta Orlando Concepción a una pregunta del periodista Arnoldo Fernández realizada en 2010, la última entrevista concedida antes de morir. Su respuesta es un lugar común en la mística de los poetas y escritores, que presienten la existencia de un sustrato de dones y sensibilidades literarias separadas de la personalidad, y con suficiente autonomía para elegir a su depositario. En el caso del Conce, se vio atrapado en el ejercicio periodístico desde los 14 años de edad, publicando con valentía su opinión en la prensa de la época. Años más tarde lo arrebatará el deseo de entregarse a la elaboración de una expresión estéticamente más madura, dando lugar a sus libros de narrativa La fuerza del hombre y Dos cuentos. 

Fue el poeta y narrador cubano Félix Pita Rodríguez quien lo trajo a cuenta por primera vez sobre ciertas fibras de poesía que palpitaban en su narrativa. La presencia de este espíritu de lo poético en sus cuentos no podía ser una ignorancia del Conce, pues él mismo aludió en una entrevista a ciertas resonancias del poeta César Vallejo intrincadas dentro de La fuerza del hombre, especialmente del primer poema de su libro Los heraldos negros.  Léase este poema del peruano (titulado “Los heraldos negros” como el libro) y compárese con toda la obra y la vida del escritor contramaestrense, y se comprobará  que estos versos ejercieron una particular influencia en la filosofía de toda su obra: el hombre enfrentado a las rudezas del destino, su disposición a sostenerse en pie ante las aplastantes fuerzas de la existencia. No es para nada coincidencia que un cuento del Conce, con el que obtuvo Mención única en 1969 en el Concurso 26 de Julio de las Fuerzas Armadas Revolcuinarias (FAR) se titulara  Unos golpes tan fuertes, directa alusión al primer verso del citado poema de Cesar Vallejo: 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

                               (César Vallejo. “Los heraldos negros”)

Como tampoco es coincidencia que en su último poemario publicado en 2007 por Ediciones Santiago, el Conce tenga la iniciativa de dividir el libro en dos secciones colocando estos versos finales de “Los heraldos…” en la apertura de la segunda parte: 

Vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
Se empoza, como un charco de culpa, en la mirada. 
                               (César Vallejo. “Los heraldos negros”)

¿Se podría trazar entonces una línea recta desde el poema “Los heraldos…” a travesando como una matriz toda su obra escrita?

Parte del programa cultural de aquel concurso de las FAR al que aludimos, otorgaba la oportunidad a los premiados para que sostuvieran un encuentro con una celebridad literaria. El Conce halló en su encuentro con el poeta José Lezama Lima la experiencia que, lo confesaría, influyera en su decisión para dejarse llevar por los misterios de la poesía. Pensemos ahora en aquella palabras de Félix Pita señalando pulsaciones poéticas en la narrativa del contramaestrense, en aquellos ecos vallejianos que el escritor llevó siempre consigo en su narrativa, y en este encuentro con la palabra fecunda del escritor de Paradiso, quizás era una manera de ser llamado a gritos por los dominios del verso. Sin embargo, Confiesa el Conce a Arnoldo Fernández, fue una muchacha, en medio de los hipercríticos años 90 cubanos, quien le dijo que al hablar lo hacía en octosílabos, subrayando que a partir de aquí comienzan sus primeros trabajos con el verso. Es posible que todo lo comentado por el Conce en diferentes entrevistas sea parte de esas típicas leyendas que siempre suelen construirse los escritores entorno a su oficio, pero el hecho es que una vez lanzado a versificar, su fe en el poema trascendió el gozo estético para comenzar a creer en la posibilidad de originar sucesos históricos, de construir lo ético social desde la palabra poética misma. 

¿Qué mensajes necesita el planeta? preguntó en otro momento, su puntual entrevistador, Arnoldo. Su respuesta me recuerda a Mallarmé, quien en medio de un contexto crítico también aconsejaba ir por todo el  mundo arrojando bombas de libros.  Para el Conce, resulta mucho mejor para el planeta que en vez de bombas empiecen a caer andanadas de poesía. Coloca así a este género literario en un nivel de potencia para la salvación ante las crisis actuales, con fuerza suficiente para el mejoramiento de lo humano, algo que el mismo experimento en espíritu y en carne propia. Quienes lo conocimos suficiente, recordamos aquella declaración honesta, casi un epitafio, con que resumió de modo fugaz toda vida: 

Fui periodista que es una forma de ser diablo, fui dirigente político y administrativo que es otra forma de ser diablo, con la poesía alcanzo la santidad y un poder tan grande que los que tienen otra fuerza no tienen el derecho de comprender.


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