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Mi viejo de 102 años comiendo frituras de maíz. |
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com
El
rumor del pino en el Cruce me llega. La guagua hace silencio y piso tierra. No soy Cristóbal Colón en un
tiempo futuro, sencillamente me llamo Arnoldo Fernández y estoy llegando al
pueblito donde nací, que por obra y gracia de la Carretera Central de Cuba, se llama “Cruce de Anacahuita”. De aquí
soy yo, nunca lo he negado, ni lo haré. Mi gente sigue por estos lares; casi
todos somos familia. Nosotros Fernández, los de la guardarraya a la izquierda,
Domínguez, los de la derecha, Mora, al fondo Beltrández y por el frente, los
Aguirre. Curiosamente nos bautizamos con nombres de la fauna. Desde pequeño
supe que era “carpintero”, los Domínguez (codornices), los Beltrández (cabeza
de vaca), los Mora (monos) y los Aguirre (pitirres). Un sol radiante y espeso
cae sobe mi cuerpo. Gracias a Dios cubro mi cabeza con un sombrero. Los
adoquines del tiempo de Machado ante mí, inmóviles, resisten el tiempo, a pesar
de sus más de 80 años. El camino real a la vista. Desciendo, cual niño tras sus
olores y colores amados; profundo hormigueo en el estómago. Tomo fotos del
viejo Bar, hoy, un Paladar que ha enfrentado a las familias, porque sus dueños
lo han convertido en un antro de bebidas y goces espirituosos, donde no hay
paz, ni siquiera en la noche. Antes allí hubo honor, ahora se ven hombres
orinando a toda hora sobre cercas y postes de las casas vecinas, no importan
niñas, mujeres; el pum pum cultural es lo que vale y llenarse los bolsillos. En
el lugar se dan cita, en las noches, curiosos personajes del ámbito local,
desde dirigentes, hasta funcionarios públicos, van montados en sus caballos de
gasolina. Los dueños, mejor, la dueña, se siente la Sisi emperatriz de Cruce de
Anacahuita; lo que no puede, no lo puede nadie. La tienda de mi tío Liro a la
derecha, hoy la del pueblo. El nombre es una ironía, “La Ratonera”, cuando este
último pueblito está a unos dos kilómetros de aquí. Sigo hacia el arroyo y las
sucias aguas estancadas me hablan de pasados aguaceros y de la sequía que una
vez más amenaza. Alzo la vista y el camino se yergue. Por aquí se va para
Maibío, la Graciana
y la Pelúa, se
llega incluso a Maffo. A unos trescientos metros, la casa de padre viejo espera;
hasta sus límites llego y disfruto el verde de los campos de maíz, los árboles
de mangos imponentes, los mamoncillos exuberantemente paridos. Aprecio los
cachorros de Negrita, tan amada por mi tío, el más joven, ángel
guardián de las noches del viejo. Muelo maíz en un viejo molino de la Revolución industrial,
por obra y gracia del espíritu santo, todavía funciona; hablamos de hallacas, frituras, harina, pero
termina venciendo la fritura. Al mediodía, almuerzo, un montón de frituras,
mojadas con café fuerte; goce grande, divino. Da gusto ver al padrazo comer, a
pesar de sus 102 años de vida; es un
duende escapado al tiempo. El 20 de abril de 1915 lo trajo a este mundo, pero
él sigue ahí, desafiando el siglo XXI. Llevo regalos; me abraza con ojos de niño bueno, al oído
susurro un nombre de flor y me regala entonces una sonrisa pícara. Enseguida
calza los zapatos nuevos, el pulóver, las medias. Los demás presentitos los puse
en su armario. Cuando pasan la una de la
tarde, me despido, salgo a ese camino tantas veces recorrido en mi vida y el polvo que deja un tractor, me arranca
estornudos. El sol quema profundo, a pesar del sombrero, la camisa. El Cruce a
la vista, los carros que pasan a Contramaestre y Baire. Llego a la parada y
abordo un camión. Todo va quedando atrás. Recuerdo haber sentido en la brisa de
los árboles del patio del viejo, el espíritu de mamá; se lo dije; una sonrisa fue el premio a mi capacidad de
ver donde otros no pueden. El pueblo donde vivo me recibe en la más absurda de
las soledades. Si el río estuviera sano, bañaba mi cuerpo en sus aguas para
huirle a este calor terrible, pero no tengo río y el mar me queda a unos 200 kilómetros.
Llego a casa y me quedo en calzoncillos, qué otra cosa puedo hacer; el vecino asoma por la ventana y ofrece un
prú helado. La tarde empieza a perderse y mis dedos corren sobre este teclado
para contarles mi viaje al lugar más
bello del mundo, al menos para mí, Cruce de Anacahuita. Compay, comay, yo soy
guajiro y a mucha honra, qué caray….Venga ese prú ahora; brindo con todos los
que me leen aquí; contigo amor, seguro te encantará leerme.
Quiero invitarlos ahora, a apreciar estas fotos de ese mundo, para mí idílico, mágico. Gracias por seguir aquí.
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Mi viejo. |
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Con mi viejo. |
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Los nuevos zapatos del viejo. |
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Los cachorros de Negrita. |
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Sentado a la sombra del mamoncillo exhuberantemente parido. |
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La casa donde nací. |
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Mi tío preparando el maíz para molerlo. |
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Mi viejo dándose el festín de las frituras de maíz. |
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Ese es el camino que tantas veces he recorrido en mi vida. |
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