Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Duele el alma. Duele la vida. Salir casi de la muerte y ver al pueblo destrozado, el silencio anidado en mucha gente que lo perdió todo, ver sus lágrimas como testimonio de su desamparo. Contramaestre estuvo en el ojo de Melissa, vivió la paz del ojo y el ulular de la bestia. En mi caso, nos encerramos en un baño, porque temíamos al viento, que podía echar abajo la puerta de la casa refugio. Vivimos instantes de una agonía infinita, casi vimos la muerte tras la pequeña ventana del baño. Lo vivido durante la madrugada de hoy, marca mi vida para siempre. Lo más triste, al regresar a casa, no había techo, Melissa cargó con él, lo hizo trizas. Hoy vi llover adentro de mi casa y lloré. Ya no tengo Edén, Melissa no dejó ningún árbol de mi patio vivo, lloré al ver la Guásima amiga de tantos años, el aguacatero de papá, los limoneros, las matas de café, las de mango y guayaba que iban también. Parece que sobre el Edén cayó una bomba. Mi dolor es mayor porque en el momento que nos metimos en el baño, el corazón del Abuelo perro se detuvo, no pudo vencer el miedo ante aquellos bramidos de una fiera dispuesta a comernos. Hoy he vuelto a vivir, aunque la tristeza reine en mi alma. Qué frágiles somos los humanos ante la furia de la naturaleza.
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