Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Hay un pueblo víctima de un cerco que perdura en el tiempo.
Hay también un pueblo prisionero de un pasado que alguna vez prometió el porvenir.
El cerco y el pasado son dos dimensiones de una misma fatalidad. Entre ambas lo vuelven miserable.
El cerco vende el relato de la ayuda mientras estrangula toda posibilidad de alivio. Aprieta lentamente, con paciencia de hierro. Disfruta el desgaste de los humildes, el hambre silenciosa, la desesperación convertida en costumbre. Incluso se dice que desea expulsarlos del mundo, devolverlos al pasado del que huyeron, como Moisés huyó del faraón.
El pasado, en cambio, no dialoga con el presente. Es inmóvil. Se contempla a sí mismo como una verdad terminada. Prometió el paraíso y una multitud trabajó para alcanzarlo; pero el futuro llegó, y quienes entregaron su vida a aquella promesa descubrieron que el porvenir podía ser más injusto que todo lo que habían imaginado combatir.
Mientras el pasado desperdicia un tiempo precioso negándose a escuchar a los suyos, a permitirles elegir cómo salir del estancamiento, el cerco cierra sus anillos de acero. Y ambos dialogan entre sí, como viejos enemigos condenados a necesitarse, mientras el pueblo permanece ignorado en medio de la disputa.
Hay entonces un pueblo a la deriva.
Abandonado por un pasado que ya no sabe responderle y por un cerco infinitamente complacido con el daño que provoca.
Y aun así, desde uno y otro lado, todavía hay quienes piden sangre. Ilusos al fin y al cabo. Como si la sangre pudiera apaciguar el odio. Como si la venganza del hoy contra el ayer, o del ayer contra los suyos, pudiera devolverle dignidad a quienes sólo han heredado ruinas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
MUY IMPORTANTE: No se publicarán comentarios anónimos en este blog, es necesario consignar siempre la identidad de la persona. No se admiten ofensas, insultos, propagandas de ningún tipo. Cada persona tiene la libertad de expresar lo que piensa, pero con respeto al otro diferente. d