Por Arnoldo Fernández Verdecia.
La primera vez que escuché decir que el cubano era un ser ligero, choteador y poco reflexivo, pensé en los hombres que juegan dominó bajo el sol de cualquier barrio y en las mujeres que sostienen una casa entera con apenas un salario y una fe obstinada. Pensé también en los viejos que hablan de la guerra, de las pérdidas y de los hijos que se fueron, mientras se ríen con una naturalidad que desconcierta. Entonces comprendí que muchas veces la alegría cubana no nace de la superficialidad, sino de una antigua manera de resistir.
Desde afuera, Cuba suele resumirse en pocas imágenes: la mulata sensual, el ron, la música, el calor húmedo del Caribe y cierta disposición al goce perpetuo. El turismo ha contribuido a convertir esa visión en una postal repetida hasta el cansancio. Pero basta caminar cualquier ciudad cubana, desde La Habana hasta Santiago, para descubrir que debajo de esa aparente ligereza existe un pueblo marcado por profundas cicatrices históricas.
El cubano arrastra derrotas, frustraciones y sobresaltos que atraviesan generaciones. En la memoria colectiva permanecen Yara, el Zanjón, la intervención norteamericana después de la Guerra del 95, los Independientes de Color, la Revolución del 30, el asalto al Moncada, Alegría de Pío, Playa Girón y los años duros del Período Especial. Cada uno de esos episodios dejó heridas visibles o secretas. Quizá por eso el cubano aprendió a burlarse del dolor, a domesticar la tragedia mediante el humor y a convertir la necesidad en ingenio.
Hablar de cubanía es entrar en una mezcla imposible de ordenar del todo. Cuba es injerto, suma y mestizaje. Lo mismo conviven en ella las raíces africanas que la herencia española, las huellas chinas, canarias, haitianas y latinoamericanas. Todo eso se mezcla en la comida, en la música, en las creencias religiosas y hasta en la manera de hablar.
Tal vez ninguna imagen explique mejor al cubano que la del ajiaco. Una olla puesta al fuego donde hierven ingredientes distintos que, lejos de anularse, terminan creando un sabor irrepetible. En Cuba ocurre algo semejante: la identidad no nace de una pureza cultural, sino de la mezcla constante, del hervor compartido bajo el calor del Trópico. Y como sucede con el ajiaco, lo cubano parece adquirir más fuerza con el tiempo.
Por eso resulta inútil buscar el alma nacional únicamente en las grandes cumbres de la alta cultura. Cuba no tiene un Marx, ni un Cervantes, ni un Shakespeare. Tampoco fundó una religión universal ni dejó grandes monumentos filosóficos. Sin embargo, creó algo distinto: una extraordinaria capacidad popular para reinventar la vida cotidiana.
Esa riqueza aparece en la música que sale de un solar, en los pregones callejeros, en la picardía verbal, en los juegos infantiles, en la santería, en los mitos, en los bailes y en el modo único de nombrar las cosas. El cubano transforma el idioma todos los días porque necesita palabras capaces de explicar una realidad llena de matices. Su lenguaje nace de la calle, de la escasez, del humor, de la supervivencia y de la imaginación.
Quizá ahí resida la verdadera profundidad de Cuba: en la manera de mirar el mundo. El cubano parece entrenado para observar la vida “de lo ancho a lo profundo”. Puede reírse en medio de la adversidad, convertir una desgracia en cuento y hallar belleza donde otros solo ven ruinas. No porque ignore el dolor, sino porque aprendió a convivir con él sin dejarse vencer del todo.
Ser cubano, entonces, no es una definición terminada. Es un proceso. Una mezcla de memoria y resistencia, de tragedia y fiesta, de heridas y creatividad. Un pueblo que sigue inventándose mientras habla, canta, baila y sobrevive.
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