Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Me parece verlo todavía allá, en el pasado, bajo aquella guásima enorme y memoriosa, limpiando tablas de palma con paciencia de artesano y sueños de hombre joven. El sol se colaba entre las ramas mientras el golpe del hacha sonaba seco sobre los troncos perfectamente medidos. Yo lo observaba todo con la admiración absoluta con que un niño mira a su héroe. A nuestro alrededor, el potrero respiraba ancho y verde, y mi perro Gavilán corría libre, feliz de acompañarnos hasta los límites de la finca, allí donde comenzaba el territorio de los sueños.
Porque aquello no era solo trabajo. Era la construcción de un futuro.
Cada penca de guano que caía despertaba en nosotros una carrera desesperada y alegre. Corríamos a fondo para reunir suficiente techo para la casa venidera. Todavía puedo escuchar el sonido de las hojas secas, el jadeo de Gavilán, nuestras risas mezcladas con el viento de la tarde. Aquella casa empezó mucho antes de levantarse: nació en la imaginación de mi tío, bajo la sombra de la guásima.
Era mi tío preferido. Más que tío: hermano mayor del alma. Con él aprendí a amar la música universal, la latinoamericana, la cubana, la española de los años sesenta y setenta. Las noches junto a él eran un mundo aparte. Recuerdo el programa Nocturno sonando en la radio mientras jugábamos a descubrir autores e intérpretes. Él siempre parecía saberlo todo. Y cuando no sabía, improvisaba con gracia, con esa sonrisa suya que iluminaba la casa entera.
También recuerdo nuestro viaje a La Sociedad. El cruce del río Contramaestre todavía vive en mí como un sobresalto antiguo. Yo temía que aquellas aguas carmelitas, bajadas desde el remoto San Lorenzo, me arrastraran corriente abajo. Él, sin embargo, transmitía una seguridad invencible. Del otro lado esperaba la casa de aquella muchacha con nombre de flor, la mujer más hermosa de aquella comunidad campesina. Había grandes árboles en el patio, y los campos cercanos estaban llenos de naranjas nevo inmensas y dulces, como si la tierra hubiera decidido regalar allí su mejor abundancia. A cada rato levantaban vuelo bandadas de palomas aliblancas y rabiches, completando la sensación de paraíso.
La vida parecía sencilla entonces.
Pero la memoria también guarda el dolor. Faltaba poco para terminar la casa cuando el hacha cayó sobre su tobillo. Todavía veo el chorro de sangre y mi carrera desesperada pidiendo auxilio, sin que mi voz pareciera escucharse. La casa tuvo que esperar un tiempo. Luego él sanó. Y entonces sí: la casa se terminó, hubo boda y comenzó la familia.
Mi padre le ayudó a empezar, dándole lo necesario para levantar su hogar. Y qué hermoso quedó aquel hogar. Todavía puedo ver las persianas verdes, las tablas pulidas, el techo de guano que ambos ayudamos a reunir. Allí nació su primera hija. Yo quería que me llamara tío porque, en mi imaginación infantil, él no era solamente mi tío favorito: era mi hermano.
Nunca olvidaré los apodos que me inventaba. Desde Mantecao, por aquel famoso pelotero, hasta Liquén Bacteria. Tampoco olvidaré las madrugadas de música y conversación, ni sus improvisaciones repentinas, tipo son montuno, jugando con las rimas y el pie forzado como quien conversa con la alegría.
Qué grande pudo haber sido en la pelota aquel “zurdo de Maibío”, como lo llamó una vez el periódico al elogiar su picheo. Pero la vida le cambió el rumbo. Llegó el servicio militar y lo enviaron a Camagüey a cortar caña durante tres años interminables. Era duro como pocos. Cortando miles de arrobas ganó bonos para refrigeradores, televisores y motocicletas. Y aun así, con esa generosidad natural que parecía heredada de la tierra, terminó regalándolo todo a sus hermanos sin pedir nada a cambio.
Después, cuando mi abuelo ya no pudo trabajar la finca, lo eligió a él como sucesor. No pudo escoger mejor. Hizo prosperar aquellas tierras con justicia y nobleza, sin despertar rencores, porque sabía tratar a cada persona con humildad. Ese era uno de sus mayores dones: la bondad sin ruido.
Y estaba también la música. El bongó entre sus manos en aquellos sextetos improvisados del barrio. La risa franca. La improvisación constante. La vida convertida en ritmo.
Qué tiempos, tío querido.
Daría cualquier cosa por regresar a aquellas tardes bajo la guásima memoriosa, volver a acompañarte mientras limpiabas tablas de palma para levantar tu primera casa. Daría todo por volver a ver aquel cobijador llamado Camagüey descansando sobre los cujes, las pencas de guano amarradas con yarey, el sueño humilde de una familia naciendo poco a poco entre el sudor, la esperanza y el amor.
Qué bonita era aquella casa levantada en el lugar exacto de la finca que ambos consideramos perfecto para vivir.
Tío Guancho. El más querido. El más justo. El más humilde. El que más se parecía a mamá.
Y todavía, cuando cierro los ojos, me parece verlo allá, bajo aquella guásima, limpiando tablas de palma mientras soñaba con construir un hogar para aquella muchacha con nombre de flor.
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