jueves, 23 de abril de 2026

CHEO: EL HOMBRE QUE CONVIRTIÓ LA PAILA EN ETERNIDAD 📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

En Lumumba, tierra adentro, donde la vida suena a cotidianidad y raíces, un niño de apenas siete años descubrió su destino sin saberlo. No había escenarios, ni luces, ni aplausos. Solo la casa de su abuela Amalia Mustelier, unos taburetes improvisados y una paila que, en sus manos, dejó de ser utensilio para convertirse en instrumento. Allí comenzó todo.

Se llamaba José Gutiérrez González, aunque en aquel pequeño universo pronto sería “Pipito el de la paila”. Había nacido el 14 de julio de 1962, hijo de Alfonso y Guarina, y desde temprano la música lo eligió a él.

A los 11 años dio su primer salto importante: ingresó a la Ritmo Oriental de Nito Ortega. Fue allí donde sus manos comenzaron a hablar con mayor soltura, donde la intuición se volvió técnica y la pasión empezó a tomar forma de oficio.

Pero Pipito no era de los que se conforman. Soñaba en grande. Aprendió de manera autodidacta, sin límites ni moldes, y decidió probar suerte en el conjunto Castellanos. Esta vez no sería la paila: exploró el acordeón y la guitarra prima, ampliando su lenguaje musical.

El servicio militar marcó una pausa obligatoria, pero no un freno. En las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias encontró otro escenario: el Conjunto Artístico. Allí se reinventó una vez más, debutando con el piano y el trombón, instrumentos que también haría suyos.

Al concluir esa etapa, su camino lo llevó a Jiguaní como trombonista del conjunto Katabatá. Sin embargo, la distancia no pudo con el llamado de la raíz. Regresó a Contramaestre, su tierra, y desde allí continuó sembrando música, incluso como instructor en la escuela primaria Manuel Galán.

Luego vendría el Movimiento de Artistas Aficionados y, con él, el encuentro definitivo: la agrupación Los Astros. No era un paso más; era el lugar donde su historia encontraría sentido pleno.

La vida lo llevó también a Holguín, donde integró durante varios años la emblemática orquesta Hermanos Avilés. Más tarde, como quien siempre sabe regresar, volvió a Contramaestre. Volvió a Los Astros. Y no solo volvió: se convirtió en su director, ya como músico profesional plenamente reconocido.

Hubo otros caminos, otras búsquedas. Tocó con La Alianza, Son 14, Cubano Express e incluso cruzó fronteras para integrar la Sinfónica de Curazao. Pero ninguna distancia fue suficiente para apartarlo de su centro.

En 2011 tomó una decisión definitiva: entregarse por completo a Los Astros, la agrupación que lo vio crecer, madurar y brillar. Con ella grabó discos, recorrió carnavales a lo largo de toda Cuba y dejó una huella que sus contemporáneos reconocen como la de un grande.

Porque cada pueblo tiene los músicos que merece. Y algunos, como Cheo —nombre con el que ya lo conocían en el ámbito profesional—, no se quedan en su tiempo: lo trascienden.

Su historia no terminó; cambió de escenario. El 23 de abril de 2017, aquel niño que tocaba la paila sobre taburetes emprendió su último viaje. Desde entonces, suena distinto, pero suena siempre.

Hoy, en la memoria de su gente, en la música que dejó, en el orgullo de Contramaestre, Cheo sigue tocando. Ya no en una paila improvisada, sino en el lugar donde habitan los que no se apagan: convertido, para siempre, en la estrella mayor de Los Astros.

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