Por Arnoldo Fernández Verdecia.
La noche cae como un pájaro negro sobre el techo de la casa. El viento golpea las ventanas y el reloj del comedor respira lentamente: ocho campanadas huecas que parecen venir de otro tiempo.
Me acuesto sin encender la luz. El cansancio pesa más que el miedo. Cierro los ojos y el sueño me arrastra hacia un lugar frío y silencioso.
Entonces lo escucho.
Tac… tac… tac…
El sonido del bastón avanzando por el pasillo.
Quiero moverme, pero el cuerpo no responde. El cuarto se llena de una sombra alta y conocida. Allí, a los pies de la cama, está abuelo. Sus ojos brillan con una tristeza profunda, como si hubieran visto la eternidad.
—Ya es hora, hijo —dice con una voz lejana.
Siento un nudo en el pecho. Me incorporo lentamente y corro hacia él. Nos abrazamos. Su cuerpo está helado, pero el abrazo tiene una ternura infinita.
—Mamá te espera.
La frase atraviesa mi alma como un cuchillo dulce. Lo abrazo otra vez, más fuerte, hasta sentir que algo de él se queda dentro de mí: sus recuerdos, su pena, su despedida.
Tac… tac… tac…
El sonido del bastón comienza a alejarse. Intento seguirlo, pero la oscuridad se abre bajo mis pies y caigo en un sueño profundo.
Despierto sobresaltado. La habitación está vacía. El viento ha dejado de soplar. El reloj marca las tres de la madrugada.
Respiro aliviado… hasta que miro junto a la cama.
Allí descansa el bastón de abuelo. Mojado. Cubierto aún con tierra fresca del cementerio.
Y entonces lo escucho otra vez, detrás de la puerta.
Tac… tac… tac…
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