Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Hay estructuras que envejecen y desaparecen sin dejar huella, y hay otras que, aun golpeadas por el tiempo, siguen en pie como testigos obstinados de la historia. El América es una de ellas. Majestuoso, todavía se levanta en Contramaestre, desafiando al olvido, como si el paso de los años no hubiera logrado borrar del todo su pulso original.
Nació con el siglo XX, cuando el azúcar marcaba el ritmo de la vida y del progreso en Cuba. No era solo una industria: era promesa, era destino. Hacia sus dominios llegaron hombres y mujeres de tierras lejanas —Jamaica, Haití, las Islas Canarias, Andalucía, Estados Unidos— cargando acentos distintos, costumbres propias y una misma esperanza: trabajar, prosperar, echar raíces. En torno a sus chimeneas y sus jornadas interminables, se fue tejiendo una comunidad.
El América no solo molió caña; también moldeó vidas. Creó barrios, historias familiares, memorias compartidas. Su silueta se convirtió en referencia cotidiana, en punto de encuentro, en símbolo de identidad para generaciones enteras. Allí se celebraron logros y se resistieron crisis; allí se aprendió el valor del esfuerzo y la persistencia.
Hoy, cuando el tiempo ha dejado sus marcas y la actividad ya no es la misma, su presencia continúa imponiendo respeto. No es simplemente una estructura industrial: es un archivo vivo. Cada pared, cada espacio, parece guardar ecos de voces, de risas, de jornadas largas bajo el sol.
Nadie puede escribir la historia de Contramaestre sin detenerse en este gigante. Sin nombrarlo con la relevancia que merece. Porque el América no es solo pasado: es memoria colectiva, es identidad, es la prueba de que algunos legados, por más que cambien las circunstancias, nunca desaparecen del todo.
📖Crónica escrita el 29 de abril de 2017.
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