Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Nada sorprende aquí, y sin embargo duele. Duele como si uno todavía albergara una mínima esperanza de que, al menos por hoy, la rutina de la asfixia se suspendiera. Ingenuo yo —ingenuos muchos— por creer que habría una tregua doméstica, un gesto simple hacia los hogares que amanecieron antes del alba para salir al desfile, con los pasos marcados más por la costumbre que por la convicción.
Las calles se llenaron temprano, como siempre. Rostros serios, banderas en alto, consignas repetidas hasta vaciarse de sentido. Pero en las casas quedó lo esencial: el humo. Ese que no entiende de celebraciones ni de discursos, que se cuela por las rendijas y convierte la vida cotidiana en una resistencia silenciosa. El carbón, la leña, el aire pesado; una presencia constante que no distingue entre días ordinarios y fechas señaladas.
Había quienes pensaban —quienes pensábamos— que hoy sería distinto. Que incluso en medio del relato épico de la patria sitiada habría espacio para un respiro. Que un político razonable, de esos que invocan al pueblo en cada intervención, recordaría que el pueblo también necesita descansar, cerrar la puerta sin miedo, volver a casa sin cargar con el peso invisible de lo que enferma lento.
Pero no. La jornada avanzó con la misma lógica implacable. Porque aquí la épica no se detiene, ni siquiera cuando la vida lo pide. Se administra la patria como escenario, y a sus ciudadanos como figurantes necesarios para sostener la imagen de una unidad que debe mostrarse firme ante un enemigo que todo lo explica.
En esa narrativa, el sacrificio cotidiano se vuelve virtud obligatoria. El humo deja de ser problema para convertirse en consecuencia aceptable. Y la familia —esa que hoy pudo haber tenido un día distinto— queda relegada a un segundo plano, como si su bienestar fuera un lujo incompatible con la causa mayor.
Muchos regresan a casa con la misma sensación: la de haber creído en algo posible. No en milagros, sino en un mínimo de sensatez. Pero la sensatez, parece, no convoca multitudes ni refuerza discursos.
Así termina el día. Sin sobresaltos, sin sorpresas. Con la certeza de que aquí, incluso en las fechas que prometen celebración, ni el humo descansa.
📖 Crónica escrita el 1 de mayo de 2026.
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