Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Luchó por la vida con infinita dignidad. Cuando parecía haber superado la enfermedad, una recaída volvió todo al comienzo. Se negó a comer, pero aún así, con una pequeña jeringa, embutía caldo de pollo en pequeñas cantidades, lo digería y me miraba con esos ojos por donde asomaba una ternura infinita.
Afuera, un mundo en caos, las medicinas inaccesibles, pero no dudé en hacer lo imposible por ayudarla a vivir: tres sueros Ringer, tres soluciones salinas, dextrosa, digestivos… todo por seguir viendo esos ojos suyos, de un brillo infinito y una ternura profunda. Mis bolsillos diezmados sostenían la fe de ganar esta batalla que una gastroenteritis había puesto en nuestras vidas.
Pasé días y noches cuidándola. Ponía telas limpias en sus partes para mantenerla limpia cuando se orinaba o hacía sus necesidades. Por las noches, lavaba todo lo que ensuciaba, con el amor de un padre hacia su hija, porque Cacha era eso: mi amada y única hija.
En las últimas noches, otra recaída. Mi esperanza estaba en los sueros Ringer y en los digestivos, incluso con la ayuda de alguien sensible que logró conseguir esos medicamentos inalcanzables. La fe en verla mejorar seguía intacta, pero otra recaída me arrancó lágrimas. La besé mucho, hablé bajito a sus oídos, me despedí y le dije que la acompañaría a cruzar el arcoíris. Movió varias veces el rabo. Todo quedó claro: me quería a su lado hasta el final, y así lo hice.
El 13 de mayo de 2026, a las 10:24 de la noche, mientras acariciaba su cabeza, un infarto puso fin a su vida. En silencio, bajo un apagón y la luz de un bombillo recargable, hice un hoyo profundo. La envolví en su sábana y la coloqué allí, donde su cuerpo recibió la tierra que había removido. A las 11:30, la tierra selló su descanso, y mi corazón, lleno de amor y tristeza, reconoció que Cacha, la que rescatamos de la calle y transformamos con ternura, había partido.
Cacha llegó a mi vida con traumas por maltrato: no comía si alguien estaba cerca, gruñía cuando la acariciabas, y desconfiaba de todo. Pero la fuerza de mi amor, la ternura de una cama de esponja, varias comidas diarias y paseos protegidos, la transformaron en una criatura amorosa, con ojos llenos de gratitud. Fui su dios hasta que cerró los ojos. Me vio junto a ella hasta el último instante, y me dijo adiós para siempre.
Ahora, al volver a casa, puedo sentirla en todas partes. Su presencia vive en cada rincón, porque Cacha ganó para siempre mi corazón, como yo gané el suyo.
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