Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Hubo un tiempo en que el pasillo superior no era solo una estructura de concreto suspendida entre las aulas y los dormitorios. Era un mundo. Un espacio propio donde transcurrían los días más intensos de nuestra primera juventud y donde cada rincón guardaba una historia que parecía destinada a permanecer para siempre.
Allí dimos los primeros besos y pronunciamos las primeras palabras de amor que creíamos eternas. Allí aprendimos el lenguaje silencioso de las miradas, de las manos que se buscan, de los abrazos tímidos y de las emociones que hacían temblar el corazón. Las jardineras rebosantes de flores servían de escenario para los enamorados, mientras la vida parecía avanzar al ritmo de las ilusiones juveniles.
Cada miércoles, como un ritual secreto, muchos subíamos de la mano de la novia. Otros llegaban con la esperanza de iniciar una conversación, conquistar una sonrisa o provocar ese misterioso hechizo que, sin previo aviso, terminaba convirtiéndose en enamoramiento. El pasillo superior era mucho más que un lugar de tránsito: era el escenario donde se construían afectos, amistades y recuerdos imborrables.
Era el pasillo superior de Bungo 7, de la Manuel González Polanco, aquella escuela que para toda una generación representó el puente entre la adolescencia y el porvenir. Desde sus aulas partimos hacia profesiones, oficios y destinos distintos. Algunos encontraron caminos luminosos; otros tuvieron trayectorias más difíciles. Pero todos llevamos algo de aquel lugar grabado en la memoria.
No todo era inocencia. Como ocurre en toda comunidad juvenil, también allí se incubaban travesuras y maldades. Desde lo alto, los de abajo podían convertirse en blanco de bromas y ocurrencias que hoy sobreviven apenas como anécdotas. Sin embargo, incluso esos episodios forman parte de una época que el tiempo terminó envolviendo con un velo de nostalgia.
Cuando caía la noche, el lugar adquiría una magia especial. La radio base dejaba escapar las canciones de José José y las voces parecían mezclarse con la brisa. En esos momentos, uno deseaba que el tiempo se detuviera. Que la juventud no terminara nunca. Que las promesas, los amores y los sueños conservaran para siempre la intensidad de aquellos años.
Hoy, al contemplar el pasillo superior despojado de ventanas, puertas y de buena parte de la vida que lo habitó, resulta inevitable sentir una profunda tristeza. Ya no está la escuela que conocimos. El espacio físico permanece, pero la energía que lo convirtió en un universo de emociones parece haberse desvanecido.
Y, sin embargo, basta cerrar los ojos para verlo nuevamente lleno de estudiantes, de risas, de conversaciones interminables y de corazones que descubrían el amor por primera vez. Porque los edificios envejecen, las paredes se deterioran y los años pasan, pero ciertos lugares conservan una existencia distinta en la memoria de quienes los vivieron.
Por eso duele verlo así. Porque en ese pasillo amamos y fuimos amados. Porque allí quedaron guardados algunos de los momentos más felices de nuestra juventud. Y porque, aunque hoy parezca gravitar en el olvido, para quienes caminamos por él seguirá siendo el lugar donde una vez creímos que el futuro era infinito y que la felicidad podía encontrarse, simplemente, al final de un corredor.
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