Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Día tras día se repite el mismo drama: sobrevivir. No la supervivencia heroica de los libros ni la que inspira discursos solemnes, sino la más humilde y silenciosa, la que empieza cada mañana frente a un fogón que hay que encender con cualquier cosa. La llama se ha convertido en una conquista cotidiana, casi en un acto de fe. Y luego viene el café, apenas un buchito, un milagro doméstico cada vez más difícil de sostener porque la colada sube de precio con la misma obstinación con que crece la inflación.
En medio de esa rutina áspera, la memoria suele abrir sus puertas. Entonces aparece el ajiaco de mamá.
Basta evocarlo para que los sentidos despierten. Mis papilas parecen llenarse de humedad al recordar aquella olla abundante donde convivían las carnes, las viandas, el maíz y un sabor tan auténtico que uno quería seguir comiendo más allá de lo que el estómago permitía. El ajiaco no era simplemente un plato; era una celebración familiar, una forma de entender la vida, una expresión de pertenencia.
Hoy, sin embargo, el ajiaco parece haberse marchado de la mesa cotidiana. Prepararlo se ha convertido en un lujo. Lo que durante generaciones fue símbolo de cubanía y abundancia doméstica habita ahora en un territorio incierto llamado nostalgia. Allí también vive el lechón asado, aquel invitado habitual de los días felices: el Día de las Madres, la Navidad, el fin de año, el Año Nuevo. Durante décadas fue tan natural verlo en la mesa familiar como escuchar las conversaciones interminables después de la comida.
Pero las cosas cambiaron.
Una utopía rota, incapaz de sostener las promesas que proclamaba, terminó expulsando de la vida diaria muchas de las costumbres que definían a la familia cubana. Los platos tradicionales dejaron de ser cotidianos para convertirse en recuerdos. Y junto con ellos fueron desapareciendo ciertas certezas, ciertas alegrías sencillas que parecían eternas.
Mientras intento encender el fogón imposible, pienso a menudo en aquellas reuniones familiares. Veo a la familia reunida alrededor de la mesa, compartiendo historias, riendo, discutiendo incluso, pero unida. Entonces advierto también las fracturas que el tiempo y la política fueron dejando sobre las relaciones humanas. Porque la escasez no solo vacía despensas; también erosiona vínculos, separa generaciones y obliga a muchos a buscar lejos el futuro que no encuentran cerca.
Mi abuelo tenía momentos de lucidez extraordinaria. Entre una conversación y otra soltaba frases que parecían sencillas, pero que con los años revelaban una profundidad inesperada. Solía decir que el rojo y el negro no eran únicamente el título de una novela de Stendhal, sino la novela cotidiana de nuestros días. Después olvidaba sus propias palabras, como si las hubiera prestado apenas por un instante.
Hoy creo comprender mejor lo que quería decir.
Mientras millones de personas enfrentan el drama diario de conseguir comida, cocinar y llegar a fin de mes, quienes representan el rojo o el negro —los extremos del poder, las castas ideológicas, las élites de cualquier signo— rara vez tienen que preguntarse cómo encender un fogón o cuánto café queda para mañana. Su realidad transcurre lejos de la angustia cotidiana de los humildes.
Por eso vuelvo tantas veces a Martí, una referencia moral y humana que parece hablarle todavía al presente. Él advirtió los peligros de los dogmas y de los privilegios que nacen cuando una minoría se considera dueña de la verdad. Comprendió que allí donde se levantan castas políticas o ideológicas termina apareciendo una distancia insalvable entre quienes mandan y quienes padecen.
Quizás Martí vio demasiado lejos.
Quizás la tragedia fue que muchos no supimos encontrar a tiempo ese Martí que hablaba de libertad, dignidad y justicia sin fanatismos. Tal vez, de haber escuchado mejor aquellas advertencias, el presente sería distinto. Tal vez otro gallo cantaría.
Mientras tanto, día tras día, la llama vuelve a resistirse. El café sigue siendo un milagro pequeño. Y el ajiaco de mamá continúa hirviendo en la memoria, convertido en algo más que un recuerdo culinario: una metáfora de todo lo que alguna vez fue cotidiano, abundante y nuestro. Allí permanece, intacto en el corazón, mientras la nostalgia hace el trabajo que la realidad ya no puede hacer.
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