Por Arnoldo Fernández Verdecia.
He visto a personas con escopetas de perle asesinar aves indefensas. Las he visto disparar como si se tratara de una simple práctica de tiro al blanco. He visto a niños celebrar esas muertes. He sentido una profunda tristeza por esos adultos, incapaces de establecer una relación sana y respetuosa con la naturaleza.
Esos mismos niños recorren calles y avenidas pobladas de árboles matando lagartijas, bijiritas, azulejos, gorriones y palomas. El comportamiento que observan en los mayores se convierte en el modelo que los inspira a actuar sin compasión. Duele ver una nación donde algunos adultos matan aves sin escrúpulo alguno. Duele aún más comprobar cómo los niños imitan esas conductas.
¿Dónde está la ley que sanciona estos actos? ¿Dónde está la familia que educa a sus hijos en el respeto por la biodiversidad y por toda forma de vida?
He visto a personas dispararle a un tomeguín del pinar y celebrar su muerte. Qué triste saber que existen individuos capaces de causar ese daño sin ser conscientes de las consecuencias que provocan sobre una fauna cada vez más vulnerable.
Duele la existencia de quienes son incapaces de apreciar el canto de la tojosa o el arrullo de una paloma de monte. Duele la indiferencia ante la belleza y el valor de la naturaleza que nos rodea.
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