Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Todas las noches son iguales. Por mucho que uno se esfuerce, resultan idénticas: infinitamente oscuras, infinitamente calladas.
En mi barrio, la mayoría se encierra apenas oscurece. Todas las noches, los encapuchados rondan las calles. Silban una y otra vez. Roban en cualquier casa donde encuentren una vulnerabilidad.
Antes, las noches eran para descansar. Eran para ver televisión, leer, vivir. Ahora son una pesadilla interminable.
Los encapuchados son los dueños de la noche. Silban una y otra vez. Parecen señales, quizá avisos. Son los reyes de un mundo nuevo que nace a la vista de todos. Son capaces de cualquier cosa. Amplían su poder noche tras noche. Sólo he visto a tres encapuchados. Sólo conozco sus silbidos. Esperan el más mínimo error, el menor descuido, para asestar un golpe en los hogares.
Todas las noches son iguales. Por mucho que uno se esfuerce, siguen siendo infinitamente oscuras. Las noches pertenecen a los encapuchados. Son reyes a los que todos temen.
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