martes, 2 de junio de 2026

EL HOMBRE QUE ME ENSEÑÓ A MIRAR MI TIEMPO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

En 1998 asistí a un curso de posgrado que, sin yo saberlo entonces, terminaría influyendo decisivamente en mi vida. Lo impartía el profesor Rafael Duarte, un hombre de pensamiento agudo y palabra precisa, capaz de iluminar con una explicación sencilla zonas enteras de la historia y la cultura. Han pasado los años, pero todavía puedo recordar la claridad con que habló aquel día sobre la importancia de los cronistas.

No se refería únicamente a los grandes nombres de la historiografía. Hablaba de hombres y mujeres que habían dedicado su atención a la vida inmediata, a los acontecimientos cotidianos, a la existencia aparentemente común de pueblos, barrios y comunidades. Nos dijo que la prensa, muchas veces absorbida por los grandes sucesos políticos y económicos, dejaba fuera de su agenda esos pequeños universos donde también transcurre la historia. Allí, en la rutina de la gente, en las costumbres, en las celebraciones, en los conflictos y en las maneras de vivir, se encontraba una parte esencial de la memoria colectiva.

Recuerdo que comenzó evocando a los cronistas de Indias. Explicó cuánto debía América a aquellos hombres que describieron paisajes desconocidos, culturas diversas y los complejos procesos de descubrimiento, conquista y colonización. Sin sus testimonios, dijo, numerosas zonas de nuestro pasado habrían quedado envueltas en la oscuridad.

Más tarde avanzó hacia otros cronistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Entre ellos se detuvo especialmente en Emilio Bacardí Moureau. Con admirable precisión nos mostró las múltiples dimensiones de su obra. Gracias a Bacardí conocemos episodios de la última guerra independentista cubana y aspectos esenciales de la vida santiaguera de su tiempo. Sus crónicas no solo conservaron hechos; preservaron atmósferas, sensibilidades y maneras de ser. Gracias a ellas podemos acercarnos al espíritu de una ciudad y de una época.

Aquel día Duarte también habló de numerosos pueblos de América Latina que reconocían la importancia de sus cronistas hasta el punto de nombrarlos oficialmente guardianes de la memoria local. Era una tradición que valoraba a quienes observaban y registraban el pulso diario de las comunidades.

Luego la conferencia tomó un giro que me resultó especialmente revelador. Analizó cómo la sovietización de Cuba durante las décadas de 1970 y parte de los años 80 había contribuido a relegar la crónica y la historia inmediata. Se extendió entonces la idea de que lo contemporáneo no era todavía materia historiable. La historia parecía reservada para los grandes procesos políticos, económicos e institucionales. El enfoque primordialista dominante convirtió a muchos historiadores en reproductores de las áreas temáticas consideradas prioritarias por el Estado. La vida cotidiana quedó frecuentemente fuera de ese horizonte.

Duarte cuestionó aquella visión. Defendió la necesidad de narrar la inmediatez sin temor a cruzar las fronteras del periodismo. Explicó que periodismo e historia no eran disciplinas enfrentadas, sino complementarias. Lo que hoy parece un acontecimiento menor puede convertirse mañana en una fuente invaluable para comprender una época.

Sus palabras encontraron terreno fértil en mí. Por aquellos años Cuba atravesaba las dificultades del llamado Período Especial. Yo observaba una realidad compleja que pocas veces encontraba reflejo en la prensa. Las largas horas sin electricidad, las bicicletas invadiendo las calles, las estrategias familiares para enfrentar la escasez, los silencios, los sacrificios y también las muestras de solidaridad cotidiana apenas aparecían en los medios. Predominaba un discurso triunfalista que rara vez se detenía en las experiencias concretas de la gente común.

Comprendí entonces que, si nadie las narraba, muchas de aquellas vivencias desaparecerían. El futuro no podría encontrarlas fácilmente en las colecciones de periódicos. La memoria de esos años corría el riesgo de fragmentarse o perderse.

Salí de aquel curso convencido de una idea que me acompaña hasta hoy: narrar la inmediatez desde la crónica también es una labor de historiador. Quizás una de las más urgentes. Porque el presente se desvanece con rapidez y solo permanece aquello que alguien decide contar.

Esa convicción me condujo al periodismo. Aprendí técnicas, géneros y recursos narrativos. Pero más allá de los aprendizajes profesionales, procuré desarrollar una mirada. La mirada del cronista que se detiene ante lo que otros consideran insignificante. La mirada que descubre en una conversación de portal, en una fiesta popular, en un personaje excéntrico o en una tradición familiar, fragmentos esenciales de la identidad de una comunidad.

Con el paso de los años encontré en Contramaestre un territorio inagotable para ese ejercicio de observación. Sus calles, sus barrios, sus campesinos, maestros, obreros, músicos, deportistas y soñadores me ofrecieron historias que merecían ser contadas. Muchas veces escribí pensando precisamente en aquella lección de 1998: algún día alguien buscará comprender este tiempo y necesitará escuchar las voces que lo vivieron.

Nunca he recibido un nombramiento oficial. No existe decreto ni ceremonia que me otorgue título alguno. Sin embargo, hay reconocimientos que nacen de un lugar más profundo. Cuando algunos vecinos me presentan como "el cronista de su tiempo", siento que esa sencilla expresión vale más que cualquier acreditación institucional. Es la comunidad la que identifica a quien intenta preservar sus recuerdos, registrar sus transformaciones y dejar constancia de su existencia.

Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo que la mayor enseñanza de Rafael Duarte no fue una lección académica. Me enseñó a mirar. Me enseñó que la historia también habita en los márgenes de las grandes narrativas, en las vidas comunes, en los acontecimientos que parecen destinados al olvido. Me enseñó que cada generación necesita personas dispuestas a registrar su presente para que el futuro pueda comprenderlo.

Por eso, tantos años después, vuelvo mentalmente a aquella aula de 1998 y agradezco. Gracias, profesor Duarte, por mostrarme el valor de la crónica como ejercicio de memoria y responsabilidad histórica. Gracias por convencerme de que la vida cotidiana también merece ser contada. Y gracias a Contramaestre, mi pueblo, por haberme regalado las historias y la confianza necesarias para intentar cumplir, día tras día, con esa misión.

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