miércoles, 3 de junio de 2026

CRONICA DE UNA ESPERANZA AGOTADA📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Después del hambre, el silencio. Me aferro a la lectura como quien se aferra a un pedazo de madera en medio de un naufragio. Lo hago ahora y lo hice también en los años noventa, durante aquella crisis que el discurso oficial bautizó, eufemísticamente, como Período Especial. Entonces nos faltó casi todo: la ropa, los zapatos, la comida. Caminábamos por las calles con los cuerpos consumidos por la escasez y el humor convertido en mecanismo de supervivencia.

Muchos de los jóvenes de mi generación hicieron las maletas. Se fueron buscando horizontes más amplios y una vida que aquí parecía imposible. Yo decidí quedarme. No por falta de oportunidades para marcharme, sino por convicción. Creí que podría construir mi futuro en el país donde nací. Creí que la profesión que había estudiado me permitiría vivir con dignidad. Creí que las cosas cambiarían.

Han pasado décadas y hoy descubro que estaba equivocado.

Nunca imaginé que llegaría a vivir una crisis más profunda que aquella que marcó los años noventa. La de ahora no solo vacía los estómagos; también vacía las expectativas. Entonces existía la sensación de que el sacrificio era temporal, de que en algún momento llegaría una mejoría. Hoy esa esperanza parece haberse evaporado.

La pobreza ya no es una noticia ni una excepción. Es el paisaje.

Se ve en las colas interminables. En los rostros agotados. En la incertidumbre cotidiana de quienes despiertan sin saber qué pondrán en la mesa ese día. Se ve en los salarios atrapados dentro de tarjetas electrónicas que muchas veces resultan inútiles porque el dinero existe solo en una pantalla, mientras los productos desaparecen de los comercios o se venden en mercados donde esa moneda carece de valor práctico.

Pero la crisis adquiere su verdadera dimensión cuando tiene rostro humano.

He visto ancianos desplomarse por el hambre. He visto niños llorar porque no tienen qué comer. Conozco artistas admirados por toda una comunidad que pasan largas horas del día sin probar alimento porque el dinero que reciben por su trabajo no alcanza para sobrevivir. Son escenas que ocurren lejos de los titulares y de los discursos, pero forman parte de la realidad diaria de miles de cubanos.

Por eso me cuesta entender a quienes aseguran no ver lo que sucede. Hay un pueblo sufriendo. Hay un pueblo agotado. Hay un pueblo que siente que se aproxima al límite de sus fuerzas.

Y, sin embargo, el problema más grave no es únicamente material.

Lo peor ha sido la pérdida de la esperanza colectiva. La sensación de que no existe un rumbo claro, un proyecto capaz de convocar a todos. La ausencia de un diálogo sincero donde la ciudadanía pueda participar como protagonista de su propio destino y no como simple espectadora.

Cada vez estoy más convencido de que la salida no vendrá de la confrontación ni del resentimiento. Cuba necesita una conversación nacional entre cubanos, dentro y fuera de la isla, para imaginar el día después. Un diálogo sin venganzas, sin exclusiones y sin odios, capaz de colocar en el centro aquello que nos une por encima de lo que nos separa.

Porque las naciones no desaparecen solamente cuando pierden territorio o población. También desaparecen cuando sus hijos dejan de creer en ellas.

Y ese es el riesgo que hoy enfrentamos.

Después del hambre, después de las carencias, después de los años perdidos, lo que más duele es el silencio de un país que todavía no encuentra la manera de hablar consigo mismo.

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