jueves, 30 de julio de 2026

LA TRAGEDIA SILENCIOSA DE LOS PERROS CALLEJEROS📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

A Elena Matamoros Fernández, a Dayana y  su esposo.

Los veía recorrer mi pueblo como si fueran parte inseparable de su paisaje. Habitaban los parques, las avenidas y las calles; caminaban con la paciencia de quien no espera milagros, husmeando entre la basura y los rincones en busca de un pedazo de pan capaz de engañar al hambre. Siempre que mis bolsillos me lo permitían, compartía con ellos algo de comida. Era un gesto pequeño, casi insignificante, pero en sus ojos encontraba una gratitud imposible de describir.

Tres de aquellos caminantes sin destino terminaron cruzando el umbral de mi casa. Allí dejaron de ser perros callejeros para convertirse en familia. Encontraron un hogar, un nombre, un lugar donde dormir y, sobre todo, un amor que jamás les exigiría nada a cambio. Quienes me conocen saben perfectamente quiénes fueron y el inmenso espacio que aún ocupan en mi memoria.

Durante años alimenté un sueño que siempre quedó aplazado: construir un santuario donde ningún perro tuviera que cargar con la cruel etiqueta de "callejero", esa palabra que tantas veces sirve para justificar el abandono, la indiferencia y hasta la violencia. Imaginaba un lugar donde pudieran correr sin miedo, dormir sin sobresaltos y envejecer rodeados de la dignidad que toda vida merece. Tal vez ese sueño nunca llegue a hacerse realidad.

Lo que sí ha cambiado es el paisaje de mi pueblo. Cada día veo menos perros vagando por sus calles. Desaparecen sin despedirse, como si la tierra los tragara en silencio. Hoy resulta casi un milagro encontrar uno caminando entre las aceras que antes les pertenecían.

Hace algún tiempo, una amiga entrañable, protectora incansable de animales y voluntaria en innumerables jornadas de rescate, pronunció una frase que jamás abandonó mi conciencia: si no hay alimentos para los seres humanos, mucho menos habrá algo para ellos en los depósitos de basura.

Desde entonces comprendí que estos animales libran una batalla invisible. Mueren lentamente ante nuestros ojos, sin titulares, sin homenajes y casi siempre sin testigos. Son las víctimas silenciosas de una sociedad que un día los llamó "el mejor amigo del hombre" y que hoy, con demasiada frecuencia, los condena a vivir y morir como si fueran desechos.

Pero ellos conocen el amor. Lo reconocen con una precisión que pocas personas poseen. Lo aprendí de aquellos tres compañeros que un día llegaron a mi vida. Su gratitud no necesitaba palabras. Bastaba una lengua húmeda acariciando mis manos, una mirada larga y transparente, el cuerpo tendido panza arriba en absoluta confianza o el incesante movimiento de una cola que parecía querer decir aquello que ningún idioma alcanza a expresar: gracias por quererme.

Quien nunca ha sentido esa conexión solo verá cuerpos cubiertos de pulgas, garrapatas o sarna; animales sucios a los que conviene alejar de la puerta. Quien, en cambio, ha abierto el corazón a uno de ellos descubrirá una verdad mucho más profunda: el valor de un ser vivo jamás depende de su apariencia, sino de la inmensa capacidad que posee para amar sin condiciones.

Quienes me conocen saben que, en mi hogar, mis perros comían primero, igual que mis gatos. Todos tuvieron un nombre, una historia y un lugar que procuré respetar como se respeta a un miembro de la familia. Nunca fueron simples animales; fueron compañeros de vida.

Por eso me considero profundamente privilegiado. Porque he conocido una de las formas más puras del amor: aquella que no pregunta quién eres, cuánto tienes o qué puedes ofrecer. Ese amor que llega moviendo la cola, se acurruca a tus pies y, sin pronunciar una sola palabra, termina enseñándote el verdadero significado de la lealtad, la compasión y la esperanza.

Quizá algún día comprendamos que la grandeza de una sociedad no se mide por la altura de sus edificios ni por la riqueza de sus habitantes, sino por la manera en que trata a los seres más indefensos. Cuando ese día llegue, tal vez ya no existan perros condenados a vivir en las calles, porque habremos entendido, al fin, que ellos nunca necesitaron nuestra lástima: solo una oportunidad para amar y ser amados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

MUY IMPORTANTE: No se publicarán comentarios anónimos en este blog, es necesario consignar siempre la identidad de la persona. No se admiten ofensas, insultos, propagandas de ningún tipo. Cada persona tiene la libertad de expresar lo que piensa, pero con respeto al otro diferente. d



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Aviso a los lectores de Caracol de agua

Este blog admite juicios diferentes, discrepancias, pero no insultos y ofensas personales, ni comentarios anónimos. Revise su comentario antes de ponerlo, comparta su identidad y debatiremos eternamente sobre lo que usted desee. Los comentarios son propiedad de quien los envió. No somos responsables éticos por su contenido.