lunes, 27 de julio de 2026

EL RUISEÑOR Y EL ECO DEL ABISMO📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

A quien cambió el arte por el odio y a todos sus súbditos. 

En un reino donde las plazas nunca callaban, vivía un ruiseñor de voz portentosa. Nadie declamaba como él los cantos a los héroes, las gestas antiguas y las alabanzas al Trono. Su fama recorría todos los caminos y, en recompensa, los guardianes del reino le entregaban pergaminos dorados que él guardaba como el mayor de los tesoros.

Sin embargo, los años, que no respetan ni al más célebre de los artistas, comenzaron a posarse sobre sus alas. El ruiseñor seguía siendo invitado a las ceremonias y a las tribunas del reino, pero ya no le bastaba. Estaba convencido de que su talento merecía horizontes más amplios.

Decidió entonces reunir a un grupo de pequeños gorriones para enseñarles el arte del canto. Con ellos preparó una hermosa obra que presentó una y otra vez ante el Trono, esperando que alguien viera en ella un futuro distinto. Pero el Trono sólo escuchaba en él la misma voz de siempre.

Un día, durante una gran celebración, el ruiseñor pidió a una alta figura del reino que le permitiera llevar su arte a un pueblo hermano. La figura respondió que estudiaría su petición. Pasaron los meses y, por fin, el ruiseñor emprendió el viaje. Creyó que al otro lado del horizonte encontraría el destino que tanto anhelaba.

Pero en el reino hermano descubrió que las jaulas podían tener otro color y seguir siendo jaulas. Allí también lo llamaban únicamente para cantar en tribunas y ceremonias. Comprendió que, si permanecía allí, toda su vida sería un eco de la misma canción.

Desesperado, cruzó el mar hacia una tierra que durante años había aprendido a despreciar. Pensó que, al fin, podría reinventarse. Sin embargo, nadie mostró interés por sus versos ni por sus antiguos laureles. El aplauso que tanto había perseguido se había extinguido.

Entonces encontró un mercado donde el odio se compraba y se vendía como si fuera pan. Descubrió que las injurias atraían más miradas que la belleza y que las calumnias se propagaban más rápido que cualquier poema. Poco a poco dejó de cantar para aprender a gritar. Cada día exageraba más, cada día hería a más criaturas, hasta olvidar que alguna vez había sido un artista.

Una noche, al cerrar los ojos, soñó que seguía siendo aclamado. Pero al despertar se encontró en un lugar oscuro donde no brillaba ningún pergamino. Estaba en el Abismo.

Confundido, intentó preguntar cómo había llegado hasta allí. Entonces, de entre las sombras, surgieron innumerables ecos. Eran las mismas palabras crueles que él había lanzado contra otros durante tantos años. Convertidas en piedras, regresaban una tras otra hasta caer sobre él.

Sólo entonces comprendió que nadie lo había condenado más que sus propios actos y que el odio siempre acaba devorando la voz de quien lo alimenta.

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