miércoles, 24 de junio de 2026

SOY EL LEÑADOR DEL AMANECER 📖🤔

 Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Cada amanecer comienza con un olvido. No es una pérdida de memoria ni una distracción pasajera, sino una renuncia voluntaria y necesaria. Antes de que el día termine de nacer, dejo atrás mi profesión, los libros que he escrito, las páginas que me acompañan en la lectura cotidiana y todo aquello que constituye mi vida intelectual. Durante unas horas dejo de ser quien he sido durante años para convertirme en algo mucho más elemental: un leñador.

No se trata de un capricho ni de una afición tardía. Tampoco hay en ello el encanto romántico que la literatura suele conceder a ciertos oficios antiguos. La razón es más simple y más dura. Los pocos alimentos que aparecen en mi mesa sólo pueden cocinarse con leña. Y la leña no llega sola. Hay que buscarla, cortarla, partirla y apilarla. De modo que tomo el hacha y, golpe tras golpe, arranco a los troncos los pedazos que más tarde alimentarán el fuego del que depende la comida.

Mientras el acero cae sobre la madera, pienso a veces en los leñadores de los cuentos. Aquellos personajes que habitan bosques legendarios y atraviesan páginas célebres. Me gustaría pertenecer a alguna de esas historias, vivir en una narración donde el oficio estuviera rodeado de símbolos y maravillas. Pero la realidad rara vez concede semejantes privilegios. Aquí no hay hadas, ni tesoros ocultos, ni moralejas. Sólo existe una relación directa entre el esfuerzo y la supervivencia: si no me convierto en leñador, no como.

En esa verdad desnuda desaparecen las jerarquías que solemos establecer entre los trabajos del cuerpo y los del espíritu. Los libros esperan. La escritura puede aplazarse. Las ideas permanecen en silencio. El hambre, en cambio, no concede treguas ni admite aplazamientos. Por eso, en las primeras horas del día, la inteligencia cede el paso a los brazos, y la reflexión queda subordinada a la necesidad.

Hay algo revelador en esa transformación cotidiana. El hombre que dedica parte de su vida a leer y escribir descubre que toda actividad intelectual descansa sobre fundamentos mucho más humildes. Antes de la palabra está el alimento. Antes de la reflexión, el fuego. Antes de cualquier página escrita, la tarea silenciosa de asegurar las condiciones materiales que permiten escribirla.

Cuando el hacha vuelve a caer y la leña empieza a acumularse, comprendo que ese trabajo no tiene nada de secundario. Al contrario. Posee una dignidad antigua, casi sagrada. Tal vez por eso, mientras el sol termina de levantarse, me entrego por entero al oficio de leñador. Un oficio duro, elemental y necesario. Un oficio que me obliga a olvidar, por unas horas, los libros que he escrito y los que aún me esperan, para recordar algo más antiguo que la literatura misma: que toda vida comienza alrededor del fuego.

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