Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Hay tragedias que irrumpen con la violencia de un terremoto o la furia de un huracán. Llegan de golpe, derriban muros, arrancan techos y dejan una imagen precisa de la devastación. Otras, en cambio, avanzan despacio, casi en silencio. No hacen ruido al principio. Se deslizan por las grietas de la vida cotidiana hasta ocuparlo todo. Son las más difíciles de explicar porque no dejan una sola escena de destrucción, sino una sucesión interminable de ausencias.
En Cuba, la crisis tiene el ritmo lento y agotador de los días que transcurren sin agua.
Han pasado más de dos meses desde la última vez que el agua llegó con normalidad a mi comunidad. Sesenta días que parecen sesenta años. Sesenta días marcados por la incertidumbre de abrir una llave y encontrar únicamente silencio. Cada amanecer comienza con la misma pregunta y termina con la misma frustración.
A primera hora de la mañana, cuando el sol apenas asoma sobre los tejados, pueden verse hombres, mujeres y ancianos empujando carretillas o cargando cubos y recipientes por calles polvorientas. Algunos recorren largas distancias bajo un calor sofocante para conseguir unos pocos litros de agua. El regreso suele ser más lento.
El peso del agua se suma al cansancio acumulado de una existencia que parece haberse convertido en una prueba permanente de resistencia. La ausencia de un recurso esencial ha obligado a muchas familias a retroceder décadas. Cocinar con leña o carbón vuelve a ser una necesidad y no una elección. El humo se eleva desde los patios y ennegrece las paredes mientras las ollas hierven lentamente. Lavar ropa o asearse depende de encontrar algún lugar donde todavía corra un hilo de agua. Actividades que deberían pertenecer al pasado han regresado para instalarse en el presente con una inquietante normalidad.
Pero la escasez nunca llega sola. Cada carencia arrastra otra detrás de sí. La falta de efectivo dificulta la compra de medicamentos, alimentos y productos básicos. Conseguir una simple caja de analgésicos puede implicar recorrer varios establecimientos privados, hacer largas colas o depender de la solidaridad de familiares y amigos. Comprar comida se ha convertido en una ecuación imposible para miles de hogares. Los precios aumentan, los salarios pierden valor y la incertidumbre se sienta cada día a la mesa.
La economía doméstica ya no se organiza alrededor de proyectos o aspiraciones. Se organiza alrededor de la supervivencia. Cada jornada exige tomar decisiones difíciles: qué comprar, qué posponer, qué sacrificar.
La desconexión agrava todavía más la vulnerabilidad de la población. Vivimos en una época donde la información puede recorrer continentes en cuestión de segundos, pero para muchos cubanos las noticias siguen llegando tarde. Demasiado tarde.
Así ocurrió con numerosas personas que conocieron la magnitud de la tragedia ocurrida en Venezuela varias horas después de los terremotos. Así ocurrió también con familias humildes de Guantánamo que apenas tuvieron noticia de la llegada de un huracán cuando los primeros vientos ya golpeaban sus viviendas. Mientras otros recibían alertas y actualizaciones constantes, muchos enfrentaban el peligro prácticamente a ciegas. La tormenta llegó antes que la advertencia. Y cuando finalmente llegó la información, ya había techos arrancados, paredes derrumbadas, pertenencias dispersas entre el barro y recuerdos de toda una vida convertidos en escombros. Para quienes lo perdieron todo, la falta de información no fue una molestia: fue otra forma de indefensión.
Sin embargo, el daño más profundo no es el que puede verse. Las paredes pueden reconstruirse. Los muebles pueden reemplazarse. Incluso las ciudades encuentran la manera de levantarse después de los desastres. Lo más difícil de reparar es el desgaste emocional que producen los años de crisis acumuladas.
Vivir durante tanto tiempo entre apagones, escasez, incertidumbre y promesas incumplidas termina erosionando algo esencial: la confianza colectiva. Cada nueva promesa encuentra a una población más cansada que la anterior. Cada anuncio es recibido con una mezcla de expectativa y escepticismo. La esperanza, repetida una y otra vez como una consigna, corre el riesgo de vaciarse de significado. Y cuando una sociedad comienza a desconfiar incluso de la esperanza, entra en un territorio particularmente doloroso.
A esa realidad se suma otro sentimiento que crece en silencio: el miedo. Cuando cae la noche y las calles quedan sumidas en la oscuridad, muchas familias permanecen en estado de alerta dentro de sus propias casas. El descanso ha sido sustituido por la vigilancia. Cada ruido inesperado provoca inquietud. Cada sombra alimenta sospechas. Dormir tranquilo se ha convertido en un privilegio cada vez más escaso.
Duele el país. Duele el pueblo. Duele contemplar cómo lo excepcional termina convirtiéndose en costumbre. Duele observar cómo generaciones enteras aprenden a vivir entre carencias que nunca debieron normalizarse. Y duele aún más preguntarse cuánto tiempo puede resistir una sociedad obligada a sobrevivir en una emergencia permanente.
Sin embargo, cada mañana vuelve a producirse un acto silencioso de resistencia. Las personas se levantan. Buscan agua. Buscan alimentos. Buscan medicinas. Buscan alguna noticia capaz de iluminar el horizonte. Siguen trabajando, ayudando a sus vecinos, compartiendo lo poco que tienen y sosteniendo a sus familias en medio de la incertidumbre.
La vida continúa. No porque las condiciones hayan mejorado ni porque las dificultades hayan desaparecido, sino porque la gente se niega a renunciar por completo a la posibilidad de un futuro diferente. Quizás esa sea la última reserva de esperanza que queda: la obstinada voluntad de seguir adelante cuando todo parece empujar en sentido contrario. En medio de la escasez, el cansancio y la frustración, esa persistencia cotidiana posee una grandeza que rara vez aparece en los discursos oficiales o en las estadísticas. Es la fuerza discreta de quienes resisten sin aplausos, de quienes vuelven a empezar cada día aun cuando las circunstancias les niegan motivos para hacerlo. Y mientras esa voluntad sobreviva, la esperanza podrá estar herida, debilitada y exhausta, pero todavía no habrá muerto por completo.
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