Por Arnoldo Fernández Verdecia.
En la céntrica esquina de calle Lora y Carretera Central se levanta todavía una de esas edificaciones que guardan la memoria de un pueblo. Hoy muchos lo conocen como Hotel Caribeño, pero para varias generaciones siempre será el inolvidable Hotel Carnero.
Antes de su construcción existía allí un viejo edificio de madera, levantado en la década de 1920, que resistía el paso del tiempo entre el polvo de la carretera y el movimiento cotidiano de la ciudad. Sin embargo, los nuevos aires de modernidad impulsaron la idea de sustituirlo por una obra más elegante y acorde con el crecimiento urbano de la época. El proyecto fue impulsado por el asturiano Carlos Carnero Mourín, quien terminó convirtiendo aquel sitio en símbolo de distinción y encuentro social.
La inauguración del hotel, el 20 de julio de 1948, fue también la apertura de la famosa “Terraza Club”, ubicada en los altos del edificio y conectada por una escalera interior. La expectativa aquella noche era enorme. Se comentaba que actuarían Los Panchos, el célebre trío mexicano que conquistaba la radio cubana con sus boleros. Carlos Carnero llegó a ofrecerles dos mil pesos por la presentación, pero la cifra fue superada por el millonario palmero Baldomero Casas, quien pagó diez mil para llevarlos a una fiesta privada dedicada a sus hijas.
Aunque Los Panchos no llegaron, la velada tuvo brillo propio. El joven Luis Carbonell, quien más tarde sería reconocido como el acuarelista de la poesía antillana, cautivó al público con su talento como declamador y su refinada presencia escénica.
Con el paso de los años, el Hotel Carnero se convirtió en punto de reunión de artistas, intelectuales, comerciantes e industriales. Sus salones y terrazas fueron escenario de tertulias, celebraciones y encuentros que marcaron la vida social de la ciudad.
También su cocina alcanzó notoriedad. Entre los platos más solicitados destacaban el carnero asado, especialidad exclusiva de la casa, además de la trucha asada y el filete mignón, servidos en un ambiente que evocaba elegancia y buen gusto.
Después de 1959 el hotel cambió varias veces de nombre. Primero pasó a llamarse Praga, en homenaje a una de las capitales del entonces Campo Socialista. Décadas más tarde, a finales de los años 80, adoptó el nombre de Caribeño, que conserva hasta hoy.
Han transcurrido casi 78 años desde aquella inauguración de 1948, pero el viejo Carnero continúa siendo mucho más que un edificio: es un fragmento vivo de la memoria sentimental de la ciudad.
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