Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Mi vecino no quiere la noche. Cuando la ve llegar, se enfurece. La noche avanza con su ejército y arrasa con el sueño.
Mi vecino sabe que combatirla es inútil. La noche siempre tendrá ventaja porque, al fin y al cabo, lo tiene todo para ganar.
En algunas casas, la noche mira desde afuera. Adentro hay luces, luces y sonidos; parece que allí la oscuridad no consigue entrar. Las familias ven la televisión, escuchan música y aparentan llevar una vida normal. Desde la calle, la noche las observa. Sabe de los paneles sobre los techos, de los EcoFlow que almacenan energía. Estudia la manera de convertirlas también al reino de la oscuridad, como ya hizo con las demás.
Otras casas intentan ponerle límites. Lo hacen como pueden: bombillos, lámparas, ventiladores, split, radios; todo lo que pueda recargarse sirve para empujar la oscuridad un poco más lejos.
Pero en la mayoría de las casas señorea la oscuridad. Allí las familias no alcanzan a verse los rostros; solo reconocen las voces de quienes viven bajo el mismo techo. Allí la noche gobierna.
Mi vecino es uno de ellos. Odia la noche. Siempre dice que daría cualquier cosa por vivir en un mundo de días infinitos, donde la oscuridad nunca llegara.
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