Por Arnoldo Fernández Verdecia.
A quien cambió el arte por el odio y a todos sus súbditos.
Había una vez un actor que soñaba con alcanzar la gloria. En su pueblo natal era célebre por declamar poemas épicos, cantar las hazañas de los héroes y dedicar loas al poder. Su voz era firme, solemne, y todos admiraban la pasión con que daba vida a cada verso.
El poder, complacido, le entregó incontables pergaminos y distinciones. El actor los guardaba como quien atesora un reino entero. Sin embargo, el tiempo, que jamás se detiene ante los deseos de los hombres, pasó. Los aplausos comenzaron a apagarse y sólo era llamado para los mismos actos y las mismas tribunas. Entonces creyó que el mundo le debía un lugar mayor.
Decidió crear un hermoso proyecto con niños, convencido de que en él habitaba lo mejor de su arte. Lo presentó una y otra vez ante el poder, esperando que por fin descubrieran el talento que él creía inmenso. Pero el poder tenía oídos para escuchar los discursos y ojos para contemplarse a sí mismo; nunca miró al actor.
Cierto día, durante una ceremonia, pidió ayuda a una figura influyente. Quería viajar a un pueblo hermano para ofrecer allí lo único que poseía de verdad: su oficio. La figura respondió que vería qué podía hacer.
Pasaron los meses y el viaje llegó. El actor partió lleno de esperanza. En la tierra hermana volvió a recitar, volvió a cantar y volvió a servir en actos y tribunas. Allí comprendió que había cruzado fronteras, pero no había escapado de su destino.
Desencantado, huyó al país que durante toda su vida había aprendido a odiar. Pensó que allí encontraría la gloria que siempre le había sido negada. Pero tampoco interesó su arte ni su historia.
Entonces cambió la palabra que elevaba por la palabra que destruía. Descubrió que el odio encontraba más público que la belleza. Comenzó a calumniar, a insultar y a sembrar discordia. Cada mentira le daba un instante de fama, y cada injuria apagaba un poco más al actor que alguna vez había sido. Sin darse cuenta, dejó de representar personajes y terminó representando al peor de todos: a sí mismo.
Una noche abrió los ojos y descubrió que yacía en el infierno. No supo cuándo había llegado. Sólo recordaba que, en el silencio de la oscuridad, unos hombres le habían servido la misma medicina que él repartió durante años. Cada palabra venenosa que había lanzado regresó convertida en un eco que ya no podía silenciar.
Y comprendió, demasiado tarde, que quien hace del odio su oficio termina viviendo en el reino que ese odio construye.
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