Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Desde el amanecer, en la vegueta del río, cargo faralla arriba troncos secos. Luego, hacha en mano, los parto en trozos y los apilo al sol.
Es un trabajo callado, duro. Me roba toneladas de sudor; pero no tanto como los apagones diarios de veintidós horas, ni como los más de setenta días sin agua; no tanto como las colas infinitas en el banco para extraer apenas dos mil pesos, que no alcanzan ni para un pomo de aceite; no tanto como el tipo oscuro que llega a casa y pretende asustarme con sus palabras; no tanto como los encapuchados que, a medianoche, asaltan los hogares; no tanto como los ancianos que bajan al río al atardecer en busca de un poco de agua para beber y cocinar.
Desde el amanecer bajo y subo la faralla con enormes troncos secos sobre mi espalda. Ni Caupolicán puede conmigo. Son tantas las lunas que llevo haciéndolo, que ya no puede disputarme el cacicato de la desgracia.
Caupolicán desafió a los conquistadores y se convirtió en el emblema de un pueblo que nunca dejó de resistir. Su fuerza sigue viva en la memoria de sus descendientes y en la tierra donde combatió.
Desde el amanecer soy Caupolicán. Vivo aún en la tierra de mis ancestros. Luna tras luna bajo y subo la faralla para tener el fuego sagrado que me salve de los demagogos; de los que prometen patria para todos mientras viven en camas de oro y cenan manjares; de los que predican un país ideal y, en la verdad de sus vidas, viven como burgueses.
Desde el amanecer subo y bajo farallas. Soy Caupolicán. Soy el hombre que, con su hacha, roba el fuego milagroso de la vida.
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