jueves, 6 de agosto de 2026

A LA DERIVA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

El hambre recorre las casas. Se detiene frente a cada ser humano, lo observa y termina por arrollarlo. Es tiempo de hambre; su reino se extiende hasta donde alcanza la vista.

He visto a una madre contar las monedas sobre un mostrador y volver a guardar un paquete de frijoles porque no le alcanzaba. He visto un litro de aceite superar los cinco mil pesos. He visto alimentos cotidianos volverse inalcanzables, tan lejanos que ni la suma de varios salarios basta para adquirirlos. Así ocurre con todo: el agua, las medicinas, el transporte. En los hospitales faltan insumos; en las farmacias particulares sobran recetas que nadie puede pagar; en las paradas de autobús se acumulan horas de espera y rostros resignados. Ya nada parece importar. Ya casi nadie cree.

Es tanto el gris, tanto el desencanto y tanto el cinismo, que las últimas velas del navío fueron arriadas. Ahora es un barco fantasma, a la deriva, que arroja al mar todo aquello que considera inútil. La vergüenza también fue lanzada por la borda, junto con la decencia y el honor.

Los capitanes de ese navío son la corrupción, la desidia y el pillaje. Entregan lo que alguna vez llamaron «del pueblo» a los mejores postores, casi siempre a los suyos. Lo que era del pueblo pasa a ser de ellos, aunque, para ser justos, quizá nunca dejó de serlo. La diferencia es que ahora han renunciado a cualquier disfraz: ya no necesitan máscaras y se muestran tal como son. Mientras unos celebran en los salones del poder, otros revisan bolsas de basura en busca de algo que llevar a la mesa. Dos países conviven sobre la misma cubierta, pero solo uno decide el rumbo.

Mientras el barco continúe a flote, seguirán arrojando al mar todo aquello que alguna vez sirvió para cautivar a una sociedad herida: las promesas, la justicia, la esperanza. Entretanto, el destino de esa sociedad parece ser el fondo del océano, donde tiburones insaciables se disputan los restos de una historia que se desvanece. Cada ola se lleva un sueño distinto: un joven que emigra, un anciano que renuncia a sus medicinas, un niño que aprende demasiado pronto que el hambre también educa.

Y pensar que, en medio de su propia locura, avanzan a toda velocidad hacia aquello que antes criticaban. O, mejor dicho, hace tiempo que llegamos allí, pero sin orden ni concierto.

Como escribió Reinaldo Arenas, las opciones parecen reducirse a dos: morir o escapar de la incertidumbre. Esa es, al menos para muchos, la estrecha encrucijada de una sociedad adolorida. Y mientras el barco siga a la deriva, la pregunta dejará de ser quién lo hundió para convertirse en quiénes lograrán sobrevivir al naufragio.

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